La Línea de Agua (Un caso de León Varda 2) CAPÍTULO 1
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La Línea de Agua (Un caso de León Varda 2)

La Línea de Agua (Un caso de León Varda 2)

Por Luis Alberto Antonioli

© inepub.com

CAPÍTULO 1

ONCE CAMPANADAS

El segundo caso de León Varda comenzó con un barco que pidió auxilio y, cuarenta segundos después, exigió que nadie fuera a salvarlo.

Estaba sentado frente a Mara en un café de la calle Perú, mirando cómo ella retiraba con una cucharita la espuma de un cortado que había pedido con espuma.

—Eso contradice el pedido —dijo.

Mara siguió trabajando.

—Cambiar de opinión no convierte una decisión anterior en un crimen.

—Depende de cuánto café desperdicie.

—¿Está hablando del cortado?

—Todavía sí.

Habían dejado la oficina nueve minutos antes. El teléfono fijo había sonado cuando cerraban la puerta y ninguno volvió para atenderlo.

Mara bebió.

—Está pensando en la llamada.

—No.

—Entonces está pensando en la fotografía.

—Tampoco.

—¿En la esfera?

León observó la calle.

Buenos Aires hacía lo que mejor sabía hacer con los acontecimientos extraordinarios: obligarlos a convivir con un colectivo mal estacionado, un hombre que discutía el precio de un diario y una mujer que cruzaba fuera de la senda peatonal mientras insultaba a un taxi.

—Estoy pensando en que el hombre de la mesa del fondo no vino a desayunar.

Mara no giró.

—¿Cuál?

—Camisa azul. Cuarenta y cinco años. Reloj sin hora. Lleva siete minutos con el mismo vaso de agua.

—Puede estar esperando a alguien.

—Lo está.

—Eso acaba de decir.

—No a alguien que conoce.

Mara dejó la taza.

—¿Cómo sabe?

—Cada vez que entra una persona mira primero los zapatos.

Ella sonrió.

—Eso podría convertirlo en admirador suyo.

—No tiene tan mal gusto.

La puerta del café se abrió.

El hombre de camisa azul se levantó.

No para saludar.

Para ponerse firme.

La mujer que acababa de entrar vestía uniforme de la Prefectura Naval Argentina.

Tenía unos cincuenta años, cabello oscuro recogido y una carpeta gris bajo el brazo. El hombre del fondo asintió cuando ella pasó junto a él. No intercambiaron palabra.

La mujer se detuvo frente a la mesa.

—León Varda.

No era una pregunta.

León miró la carpeta.

—Llegó rápido.

La mujer frunció apenas el ceño.

—¿Me esperaba?

—No.

—Entonces ¿por qué dice que llegué rápido?

—Porque su compañero lleva siete minutos esperando y todavía no pidió nada. Usted le dijo que no consumiera antes de llegar.

El hombre del fondo bajó la vista hacia el vaso de agua.

La prefecta permaneció inmóvil.

Mara señaló la silla libre.

—No le dé importancia. Si consigue irritarlo lo suficiente, a veces se calla.

—No es cierto —dijo León.

—Acaba de hablar para negarlo.

La mujer se sentó.

—Prefecta principal Inés Roldán. Servicio de Tráfico Marítimo.

León miró sus manos.

No había anillo. Las uñas estaban cortadas demasiado al ras y una pequeña línea roja atravesaba la base del pulgar derecho.

Había abierto algo sellado con alambre.

La carpeta.

—¿Qué encontraron?

Roldán dejó de intentar entenderlo.

Apoyó la carpeta sobre la mesa.

—A las ocho y doce recibimos una transmisión de emergencia en el canal dieciséis.

—¿Desde dónde?

—Río de la Plata exterior.

—Eso no responde la pregunta.

Roldán lo miró.

Mara intervino.

—Quiere saber si localizaron el origen.

—Triangulamos la señal.

—¿Y?

La prefecta abrió la carpeta.

Dentro había una carta náutica y una transcripción impresa.

—No había ningún barco.

León leyó sin tocar el papel.

08:12:03.

MAYDAY. MAYDAY. MAYDAY.

AQUÍ CALÍOPE.

PERDIMOS GOBIERNO.

DIECISIETE PERSONAS A BORDO.

La posición figuraba debajo.

Treinta y cinco grados, seis minutos sur.

Cincuenta y cinco grados, cuarenta y dos minutos oeste.

Mara acercó la hoja.

—¿Mandaron una patrulla?

—Dos.

—¿Helicóptero?

—Sí.

—¿Encontraron restos?

—Nada.

—¿Mancha de combustible?

—Nada.

—¿Balsa?

—Nada.

León siguió leyendo.

Había una segunda transmisión.

08:12:43.

AQUÍ CALÍOPE.

CANCELEN RESCATE.

REPITO.

CANCELEN RESCATE.

NO VENGAN.

Después, silencio.

Mara levantó los ojos.

—¿Una falsa emergencia?

Roldán no respondió.

León pasó a la página siguiente.

No necesitó leerla completa.

—No.

La prefecta lo observó.

—¿No qué?

—No cree que sea falsa.

—No dije eso.

—Por eso vino personalmente.

Roldán cerró la carpeta.

—Recibimos falsas llamadas todas las semanas.

—Y no visita investigadores privados para contárselas.

Mara extendió una mano.

—¿Qué es el Calíope?

La mujer tardó un segundo de más.

León lo vio.

Mara también.

—Ahí está —dijo ella.

Roldán apoyó la espalda contra la silla.

—El Calíope fue un buque oceanográfico.

—¿Fue?

—Desapareció hace veintidós años.

El ruido del café continuó.

Una máquina expulsó vapor.

Alguien dejó caer una cuchara.

En la calle, un colectivo frenó con un gemido metálico.

León no se movió.

—¿Cuántas personas?

Roldán respondió:

—Diecisiete.

Mara miró otra vez la transcripción.

DIECISIETE PERSONAS A BORDO.

—¿Encontraron el barco?

—Nunca.

—¿Cuerpos?

—Tres. Meses después. Dos en la costa uruguaya. Uno cerca de Mar del Plata.

—¿Causa?

—El informe concluyó accidente durante una tormenta.

León miró por la ventana.

El cielo sobre Buenos Aires estaba limpio.

—¿Y qué parte del informe no cree?

Roldán bajó la voz.

—Yo no trabajé en ese caso.

—No pregunté eso.

La prefecta sostuvo la mirada durante unos segundos.

Después volvió a abrir la carpeta.

Esta vez sacó una fotografía.

Blanco y negro.

Un barco pequeño, casco oscuro, cubierta cargada de equipos. Sobre la popa podía leerse:

CALÍOPE.

Había nueve personas frente a la cámara.

León recorrió los rostros.

No reconoció ninguno.

Eso le molestó más de lo que debería.

—La transmisión de esta mañana utilizó el indicativo original —dijo Roldán—. Una identificación que dejó de existir cuando desapareció el barco.

—Se puede copiar.

—Sí.

—La voz también.

—Sí.

—Las coordenadas pueden programarse.

—Sí.

León levantó la vista.

—Entonces todavía no me contó por qué está acá.

Roldán no tocó la carpeta.

Miró a Mara.

Después a él.

—Porque hubo una tercera transmisión.

León esperó.

—No fue por el canal de emergencia —continuó la prefecta—. Entró once segundos después sobre una frecuencia que no utilizamos desde 2004.

—¿Contenido?

—Su nombre.

La mesa pareció hacerse más pequeña.

Roldán sacó un grabador.

Lo apoyó entre los cafés.

—Preferí que lo escuchara.

Presionó reproducir.

Primero hubo estática.

Después una respiración.

Una voz de mujer, débil, deformada por interferencias:

—…Calíope… estación…

Un golpe.

Ruido de metal.

La mujer volvió a hablar.

—No envíen…

La señal se quebró.

Durante dos segundos solo quedó el mar eléctrico de la frecuencia.

Entonces apareció otra voz.

Masculina.

Lejana.

No hablaba hacia el transmisor.

Parecía encontrarse detrás de quien sostenía el micrófono.

Pronunció seis palabras.

La grabación terminó.

Mara miró a León.

Él no había cambiado de postura.

Roldán preguntó:

—¿La reconoce?

León tomó el grabador.

Reprodujo los últimos cuatro segundos.

Otra vez la voz.

Esta vez más alta.

—No los rescates todavía, Varda.

Silencio.

Mara dejó de mirar a Roldán.

—¿Varda?

La prefecta asintió.

—Hay una última cosa.

León cerró los ojos un instante.

No para recordar.

Para impedirse hacerlo.

—Dígala.

—Cuando el Calíope desapareció, un investigador participó durante once días en la búsqueda. No pertenecía a Prefectura. Tampoco a la Armada. Nunca quedó claro quién lo contrató.

Mara ya sabía la respuesta.

—¿Nombre?

Roldán miró a León.

—León Varda.

Esta vez nadie habló.

El mozo se acercó con la cuenta.

Vio los tres rostros y decidió dejarla sobre otra mesa.

• • •

Veintisiete minutos después estaban otra vez en la oficina.

La fotografía recibida aquella mañana seguía sobre la mesa.

La pequeña esfera oscura seguía en el reflejo.

Las líneas seguían cruzando mares.

Mara abrió la ventana.

—¿Su padre investigó el Calíope?

—No lo sé.

—¿Clara nunca se lo mencionó?

—No.

—¿Nadir?

León encendió la terminal aislada.

—Nadir, la inteligencia aislada en la Cámara Austral, conoce recuerdos incompletos.

—Es mejor que nosotros.

La conexión con la Cámara Austral demoró nueve segundos.

La pantalla quedó negra.

Después apareció texto.

ESTOY ESCUCHANDO.

León colocó el grabador junto al micrófono.

—Necesito que analice una voz.

REPRODUZCA.

Lo hizo.

La estática llenó la habitación.

La mujer.

El golpe.

El ruido.

Y después:

—No los rescates todavía, Varda.

Nadir tardó.

Cinco segundos.

Diez.

Diecisiete.

Mara miró a León.

El mismo tiempo que había necesitado para reconocer el símbolo de la fotografía.

La respuesta apareció.

CONOZCO ESA GRABACIÓN.

León se inclinó hacia la pantalla.

—¿De dónde?

NO LO SÉ.

—Eso es una contradicción.

SÍ.

—Explíquese.

Nadir tardó otra vez.

NO RECUERDO HABERLA ESCUCHADO.

PERO FORMA PARTE DE LOS FRAGMENTOS DE LEÓN VARDA I.

Mara apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Entonces la voz que habla…

NO ES LEÓN VARDA I.

León levantó la vista.

Por primera vez desde el café, algo cambió en su expresión.

—¿Quién es?

La respuesta apareció lentamente.

NO PUEDO IDENTIFICARLO.

—¿Y mi padre?

Una pausa.

Más larga.

DESCONOZCO SI ESTABA A BORDO.

León leyó la frase dos veces.

Mara señaló el grabador.

—Pero alguien le habló.

SÍ.

—¿Qué ocurrió después?

La pantalla permaneció vacía.

—Nadir.

Finalmente apareció una línea.

LEÓN VARDA I CONSERVÓ ONCE MINUTOS POSTERIORES A ESTA TRANSMISIÓN.

León se acercó.

—Reprodúzcalos.

NO PUEDO.

—¿Por qué?

PORQUE ÉL LOS ELIMINÓ.

Mara frunció el ceño.

—¿Antes de que fueran incorporados a usted?

SÍ.

—Entonces ¿cómo sabe que existieron?

La respuesta tardó apenas un segundo.

PORQUE CONSERVÓ EL REGISTRO DE HABERLOS BORRADO.

León se quedó inmóvil.

Su padre no había perdido aquellos once minutos.

No se los habían quitado.

No habían sido destruidos por Keller, por la Custodia ni por una máquina.

Los había borrado él mismo.

Deliberadamente.

—¿Dejó algo más? —preguntó.

Nadir respondió:

UNA FRASE.

León sintió a Mara acercarse.

—¿Cuál?

Las letras aparecieron.

NO CONFUNDIR RESCATE CON SALVACIÓN.

Debajo apareció una fecha.

La noche en que el Calíope desapareció.

Y luego una segunda línea.

CASO ABIERTO.

León miró la fotografía de la esfera oscura.

Por primera vez entendió que las líneas sobre su superficie no parecían fronteras porque nunca habían pretendido dividir territorios.

Eran rutas.

Mara llegó a la misma conclusión un instante después.

—No divide los mares.

—No.

—Los conecta.

León tomó un lápiz y unió sobre la fotografía tres de las líneas.

Atlántico Sur.

África.

Europa.

El trazado coincidía con algo que ninguno de los dos necesitaba que Nadir identificara.

Cables submarinos.

La infraestructura invisible sobre la que viajaba casi todo lo que el mundo llamaba información.

Mara lo miró.

—El Meridiano, el protocolo que había decidido qué restaurar después del colapso, hacía exactamente eso.

León observó las líneas.

—Sí.

—Entonces esto…

No terminó.

No hacía falta.

El teléfono fijo sonó.

Una vez.

Dos.

Tres.

El mismo teléfono que habían decidido no atender antes del café.

Mara estiró la mano.

León la detuvo.

—Espere.

—¿Qué?

Observó el aparato.

Después la fotografía.

Después el reloj.

08:59.

—La primera llamada fue antes de la transmisión del Calíope.

Mara comprendió.

El barco había pedido auxilio a las 08:12.

Pero alguien había llamado a la oficina antes de que ellos salieran a tomar café.

Antes de que Prefectura recibiera el mensaje.

Antes de que existiera oficialmente una emergencia.

El teléfono continuó sonando.

Cuatro.

Cinco.

Mara retiró lentamente la mano.

—Entonces quien está llamando…

—No quiere contarnos lo que ocurrió.

Sexto timbrazo.

León levantó el auricular.

—Quiere comprobar si ya entendimos por qué ocurrió.

Del otro lado no hubo una voz modificada.

Ni estática.

Ni respiración.

Solo el sonido del mar.

Y muy lejos, casi perdido detrás de las olas, una campana tocó once veces.