La librería de los vientos Capítulo 7Sombras sobre las dunas #2
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Capítulo 7Sombras sobre las dunas #2

No añadió juicios gratuitos; sus palabras se apoyaron en nombres y acciones pasadas que Julia podía reconocer: gestos administrativos, promesas de inversión, reuniones en el ayuntamiento donde se hablaba de imagen y «perfil de visitante».

Clara dejó la libreta sobre la mesa y buscó entre los cajones un pequeño archivador; sacó un recorte de periódico amarillento y un calendario con anotaciones en tinta azul.

—Tú has hecho las cosas con orden —continuó Clara—.

Albaranes, fichas de cata, lista de préstamos, horarios.

Eso te protege más de lo que crees. Pero hay que ponerlo por escrito y que conste.

Pide copia del expediente que te mencionó el concejal; registra todo en el Ayuntamiento y presenta un escrito donde cuentes la continuidad de la actividad cultural.

No como quien pide un favor, sino como quien acredita un servicio.

Julia tomó nota mentalmente mientras las palabras de Clara iban juntando nombres técnicos con gestos de pueblo.

La anciana no le habló de leyes complejas; le ofreció rutas precisas: un número de registro, el nombre de la funcionaria de la secretaría municipal que siempre recibía los escritos a primera hora.

—Reúne testimonios —sugirió Clara, entregándole un sobrecito para que guardara un par de galletas—.

Que Don Tomás diga cuántas veces le diste libros para leer en la lonja.

Que el del molino haga constar las sillas que prestó.

Que Leo ponga un dibujo y su nombre en el cuaderno.

Todo cuenta como prueba de arraigo. Y si hace falta, nos reunimos en la plaza y lo hacemos visible: la gente que viene, las fechas y lo que hacemos juntos.

Clara habló de asambleas y de papeles como quien enlaza historias: sin dramatismo, con la certeza de quien conoce el músculo de la comunidad. No prometió que la burocracia no diera zancadas; prometió, en cambio, que la comarca tenía memoria y nombres propios que se defendían.

Julia miró la ventana. A través del cristal, las dunas se recortaban blandas contra el cielo y, en el borde del tejado, una cinta de tela se movió con el viento.

El gesto bastó para que la inquietud que había traído se transformara en un plan concreto.

No era la seguridad absoluta de una decisión administrativa; era algo más ancho: una vía para responder sin renunciar a lo que ya estaban construyendo.

—¿Crees que vendrán a quitármela? —preguntó, dejando la pregunta desnuda sobre la mesa.

Clara devolvió la mirada con la firmeza de quien no confunde esperanza con fantasía.

—Que te la quiten sería una mala noticia que tendríamos que ver con papeles y con voces.

Que la mitad del pueblo no se mueva también sería una mala noticia, pero menos probable —dijo—.

Tú no estás sola aquí, Julia. Y esta furgoneta no es solo mercadería; es un lugar donde la gente se encuentra.

Cuando lo entienden, ya no lo cambian tan fácil.

Sus manos subieron a la delantera de la mesa y la apretaron con un impulso breve. Julia dejó que los dedos de Clara le transmitieran una verdad elemental: no esperaba milagros, esperaba que los vecinos vinieran a poner sus nombres.

—Mañana —añadió Clara desplazando la libreta hacia Julia con un movimiento que cerraba la conversación y la abría al mismo tiempo—, ven con las fichas, los albaranes y una lista de quiénes estuvieron el jueves.

Yo hablo con Doña Ramos y con el panadero; Don Tomás verá qué puede traer como prueba.

Y yo llamo a la gente de la tahona para que acuda al pleno si hace falta.

No prometo que todo sea fácil, pero te prometo que no te quedes sola en una oficina con un papel en la mano.

Julia notó que, en la manera de Clara, la promesa era un acuerdo que implicaba presencia: llamadas, pasos, asientos en la plaza. La calidez de la cocina, las tazas todavía humeantes, la bolsa de galletas en sus manos, todo hablaba de una red que funcionaba con gestos pequeños.

Se llevó una galleta envuelta en un papel y guardó la libreta en la bolsa de lona; la cubierta se le resbaló en el delantal y el marcapáginas con la frase de Leo quedó cerca del bolsillo, como un talismán.

Antes de despedirse, Clara se levantó, pasó la mano por la espalda de Julia y, con un ademán casi ceremonial, señaló la puerta.

—No temas que nos miren —dijo—. Que nos miren será lo que haga que recuerden quiénes somos.

Julia salió al exterior con la libreta en la mano, la bolsa de galletas colgando del brazo y una lista de tareas claras en la cabeza. La furgoneta azul celeste aguardaba en la gravilla, su chapa brillando a medias por el sol ya bajo. Sabía exactamente a quién buscar.

La furgoneta azul celeste aguardaba en la gravilla, con la tapa trasera todavía abierta y el dibujo de Leo clavado en la plancha interior, ondeando un poco con el viento que bajaba de las dunas.

Julia apretó la libreta contra el costado y avanzó con pasos medidos; la cinta de las galletas que le había dado Clara rozó la tela del delantal y dejó un pequeño sonido de papel.

No pensó en la ciudad, solo en la medida de las acciones que tenía por delante: hablar, anotar, reunir pruebas.

A medio camino, algo crujió entre las zarzas y apareció Mateo cargando, a pulso, dos sacos que olían a tueste reciente y a corteza de madera.

Llevaba las mangas remangadas y la frente con pequeñas motas de polvo de grano.

Julia apartó un mechón de pelo que el viento le había pegado a la sien.

Mateo descargó el primer saco con cuidado y lo colocó sobre la solera de la furgoneta; las etiquetas manuscritas con lote y fecha se leían claras: "Lote 05 — 12/05".

El aroma que salió al abrir la costura fue un golpe templado: caramelo, madera y una nota casi cítrica de frambuesa verde.

—Traje el molido fino —dijo él sin aspavientos, dejando la cuerda sobre la mesa—, para filtrar y para la prensa; pensé en llevar algún paquete extra por si repiten la cata en el muelle.

Julia miró la etiqueta y clavó una chincheta en el borde para que no se moviera con el viento. Luego sacó la libreta, buscó la página con la lista de lotes y anotó la entrada con la misma caligrafía ordenada con que había pegado marcapáginas el primer día.

—Vino Santos —empezó ella; la frase le salió seca y sin teatralidad—. «Normativa», «ocupación del dominio público», «licencia». Me dio un número de expediente y un correo. Dijo que debo regularizar o podría haber inspecciones.