Capítulo 7Sombras sobre las dunas
Sombras sobre las dunas
Esa tarde el mirador estaba más lleno de lo habitual: siluetas agrupadas sobre la cresta de la duna, voces bajas que se mezclaban con el viento y el olor cálido del café que salía en hileras desde la puerta trasera de la furgoneta.
Julia se movía entre libros y tazas con la facilidad de quien ejecuta una coreografía ensayada: puso una pila de relatos en una cajita baja, ofreció una taza a la señora del huerto, anotó un préstamo en la libreta y ató un marcapáginas con la frase de Leo en la cubierta de un álbum infantil.
El sol de primavera doraba los lomos y el polvo de la pista centelleaba como una multitud de puntos diminutos.
Habían traído sillas plegables y mantas; algunos vecinos se sentaron a la sombra del cartel del "Plan de Desarrollo Turístico" que alguien, con ironía o con esperanza, había bordeado con una nota que decía "Cultura local".
Doña Clara, con su bastón apoyado en la madera del mirador, sonreía al oír a un hombre contar una anécdota de pesca, y Leo dibujaba en su libreta con la concentración de quien construye un mundo.
Desde la mesa lateral, la bandeja con tres tazas humeantes parecía el epicentro diminuto de aquella calma compartida.
Un coche se detuvo en la entrada del camino.
Las ruedas pisaron la grava y el motor calló con compostura.
Julia levantó la vista por instinto. Un hombre descendió con paso comedido.
Iba impecable: chaqueta clara sobre una camisa sin arrugas, zapatos limpios.
Tenía la sonrisa medida de quien ha practicado todas las posibles cordialidades y las guarda como recursos de protocolo.
Cuando llegó junto a la furgoneta, saludó con un gesto que buscaba ser cortés sin acercarse demasiado.
—Buenas tardes —dijo el hombre con una voz limpia y algo distante—. ¿Es usted la responsable de esta actividad?
Julia dejó la pluma sobre la libreta y le ofreció un vaso con la misma naturalidad con la que atendía a cualquier vecino.
—Sí —respondió—. Soy Julia Sanz. Esto es La Biblioruta: libros y café. Hoy probamos un menú de maridajes con El Susurro.
El hombre asintió, mirando las tazas, la pizarra y las pilas de libros como quien registra elementos en una lista invisible.
—Me llamo Alberto Santos —añadió—. Concejal de Turismo. Me han informado de que se organizan actividades en distintos puntos de la comarca.
La palabra "concejal" llegó con un matiz oficial; los murmullos alrededor de Julia se hicieron más cortos y las conversaciones se deslizaron a susurros.
Doña Clara apretó el bastón contra la falda sin dejar de sonreír.
Julia observó las manos de la mujer y volvió la atención al visitante, recogiendo la libreta con gesto profesional.
—Llevo el registro de préstamos y ventas —dijo—. Aquí tengo el albarán de hoy y la ficha de lotes del café. También estoy registrada como autónoma y tengo los números de mi actividad fiscal.
Santos inclinó la cabeza y miró los papeles con una mirada escrutadora antes de devolverlos.
—Agradezco la documentación —respondió—.
Entiendo la iniciativa. Sin embargo, debe conocer que el Ayuntamiento está desarrollando una normativa para el uso de suelo público y para actividades comerciales en espacios comunes.
El Plan de Desarrollo Turístico que se ha presentado busca un perfil determinado de visitantes y de infraestructuras.
Actividades itinerantes como la suya pueden entrar en conflicto con esas directrices si no cuentan con la licencia municipal específica.
—Hay permisos para puestos en ferias y para actividades culturales —continuó—.
La ordenanza municipal de ocupación del dominio público, artículo 14, regula concesiones y criterios de compatibilidad.
Cuando se habla de "perfil" se trata de planificación.
No quiero alarmarla —añadió en un tono que pretendía suavizar—, pero le sugiero que regularice su situación cuanto antes para evitar sanciones.
Comprenderá que la administración debe velar por la coherencia del proyecto global.
Julia recogió cada término como si fuera una ficha: "licencia", "ocupación del dominio público", "concesión".
No nombró en voz alta los billetes contados que guardaba en la cartera ni las horas que había pasado ajustando etiquetas, pero dejó que la libreta quedara a la vista como documento de trabajo.
Señaló con el mentón a los vecinos que la escuchaban y al dibujo de Leo clavado con chinchetas en la tapa de la caja.
—Esto no es solo comercio —dijo—. Si quiere confiar en una prueba, hoy hemos traído fichas de cata y llevamos un registro de quién consume y qué compra.
Tengo la lista de préstamos. Mire —abrió la libreta en la página del día y la dejó a la vista—.
Puede hablar con Doña Clara, con Don Tomás...
Ellos le dirán lo que representan estos encuentros.
Santos observó la libreta como quien consulta un documento en una carpeta mayor y, tras un instante en el que consultó algo en el bolsillo —Julia no alcanzó a ver si era una tarjeta o un documento—, alzó la vista.
—Le facilitaré un número de expediente y los formularios —respondió—.
Pero debe entender que, hasta que no conste la autorización municipal, la actividad quedará sujeta a inspección.
No quiero crear alarma entre los vecinos, pero la normativa es clara en algunos puntos: el uso continuado del dominio público para actividades comerciales requiere una concesión.
El Ayuntamiento tiene, además, acuerdos con algunos promotores que trabajan en la línea del plan.
—Haré lo que haga falta —repuso—. ¿A quién debo dirigirme para iniciar el expediente?
Santos le dio un nombre, un horario de oficina y un correo electrónico; la información fue un conjunto de datos concretos que no resolvían la cuestión de inmediato, pero ofrecían un procedimiento. Antes de marcharse, añadió una frase que pareció trazar una raya entre dos maneras de ver el paisaje.
—Entiendo la belleza de su proyecto —dijo—.
Solo pido coherencia con la visión que se ha planteado para atraer cierto turismo que la comarca necesita.
La coherencia exige normas. Entiendo que una furgoneta de libros y café, por pintoresca que sea, no encaja del todo con el modelo de turismo de lujo y alta gama que pretende atraer la comarca.
No hubo abucheos; solo un silencio cortés que Julia percibió en la respiración contenida del grupo.
Santos se apoyó un instante en la puerta del coche, miró el cartel del Plan y luego la línea de dunas recortada contra el cielo.
Subió, arrancó y el vehículo se alejó dejando la grava en calma.
Las palabras quedaron flotando entre los lomos de los libros y en las miradas de los vecinos.
Julia apoyó las palmas sobre la tapa de la libreta, recogió la pizarra con rapidez y dejó que una chincheta rodara hasta el borde de la madera.
Miró la nota escrita a mano en el cartel del Plan —"Cultura local"— y la letra le pareció, por un instante, delicada en su fragilidad.
Con la misma calma con la que había servido la primera taza de la tarde, dejó el marcapáginas con la dedicatoria de Leo encima de la libreta y escribió en el margen una sola línea: "Hablar con Clara".
Guardó la libreta con el marcapáginas y cerró la tapa con el mismo cuidado con que había atado un paquete de libros; luego salió del mirador por la senda que llevaba a la casa de Doña Clara, sintiendo bajo las suelas el crujido de grava mezclado con hojas secas.
No pensó en la ciudad ni en la propuesta que había rechazado; la palabra que había dejado escrita en el margen era un hilo que la guiaba hacia una cocina donde las respuestas llegaban envueltas en olor a pan.
La puerta de la casa de Clara estaba entreabierta.
Al entrar, la luz de la tarde se filtró por unas cortinas de hilo y dio sobre la mesa de madera una mancha cálida.
La cocina olía a galletas de avena; el aroma se mezclaba con un trasfondo de té y cáscara de limón.
Doña Clara la recibió con la sonrisa que siempre ajustaba los ángulos de cualquier noticia.
—Anda, siéntate —dijo tendiéndole una taza de porcelana floreada—. Traigo galletas, que son mejores para pensar.
Julia apoyó la libreta en la mesa y dejó que la porcelana tibia le impusiera calma en las manos.
Las galletas crujieron bajo los dientes como si arrancaran de un problema un pequeño trozo para examinarlo.
Clara movió una servilleta y, sin prisa, fue colocando sobre la mesa una pila de platos pequeños; sus dedos estaban manchados de harina.
—¿Qué te trae por aquí con esa cara de pájaro que busca viento? —preguntó Clara, inclinándose apenas sobre la taza.
Julia le explicó, en frases cortas y medidas, el encuentro con el concejal: la tarjeta, la mención a la ordenanza, la advertencia sobre la licencia, la referencia al Plan de Desarrollo Turístico.
Enumeró fechas, nombres y el gesto limpio de la voz de Santos que había sonado a trámite.
Clara escuchó sin interrumpir, apoyando la barbilla en la mano.
Cuando terminó, Clara dejó la taza a un lado y tomó la libreta con sus dedos finos.
La hojeó despacio, como si los papeles tuvieran tiempo propio, y clavó la vista en la línea donde Julia había escrito «Hablar con Clara».
Luego respiró hondo y habló con la voz de quien conoce pliegues antiguos del pueblo.
—No es nuevo —dijo—. Santos y los suyos llevan años mirando las orillas como quien mira un terreno que puede cambiar dinero por paisaje.
Quieren zonas de hotelitos, paseos pavimentados y muelles cerrados a la gente de siempre.
Y cualquier cosa que estorbe a esos planes —una furgoneta que se detiene en el muelle cada jueves, un club de lectura bajo un roble— la ven como una molestia.