Capítulo 7Sombras sobre las dunas #3
Mientras hablaba, el viento arrastró una franja de arena que hizo tintinear la guirnalda de luces en la parte trasera; Julia apartó la mirada un instante para enderezar una de las bombillas y volvió a Mateo. Lo dejó como un dato técnico: la existencia de un trámite que podían atender o ignorar.
Mateo apoyó ambas manos sobre el borde del saco y, con un movimiento medido, lo orientó para que la etiqueta quedara hacia fuera.
Julia observó sus manos: cuidadosas, limpias de afán excesivo.
Vio cómo aflojaba los hombros en un gesto que, para ella, tuvo la misma función que una palabra de aliento.
—Entonces lo haremos —dijo él—. Empezamos por registrar esto: albaranes, entregas, quién estuvo en cada parada. Si alguien mira, que tenga delante hojas firmes.
Julia dejó la pluma dentro de la libreta y cerró un momento los dedos alrededor del bolígrafo. Su voz, que hasta entonces había sido un inventario, se volvió práctica.
—Clara ya me recomendó eso —contestó—. Testimonios, albaranes, quien dejó sillas… Pero no quería ir sola al Ayuntamiento. Me basta que me acompañes a presentar el escrito.
Mateo asintió, sin palabras añadidas. Tomó un segundo saco y lo arrastró hacia la caja baja; al pasarlo a su lado, sus dedos rozaron los de Julia al enganchar la cincha.
Fue un roce breve, accidental y al mismo tiempo pactado.
Julia notó el calor en la punta de los dedos y, sin dramatismo, dejó que el gesto se quedara en ese punto.
—Trae los albaranes que tengas —dijo él—. Yo te ayudo a numerarlos y a hacer copias. Y si hace falta, les llevamos un resumen con fechas y firmas.
Su propuesta era operativa; no arreglaba el problema de un plumazo, pero marcaba un plan con pasos claros.
Julia asintió y sacó de la bolsa unas fichas ya escritas: lista de préstamos, registro de ventas del muelle, los nombres que Doña Clara le había dicho que podía traer como testimonios.
Depositó las hojas sobre la mesa y Mateo las fue colocando en orden, separando las que necesitaban firma de las que solo eran constancia.
El viento les jugó otra pasada; una cinta suelta del tablero de La Biblioruta se alzó y describió un arco breve sobre sus manos.
Desde la distancia, el perfil de las dunas recortaba una línea pálida contra el cielo.
Metió una de las fichas en el bolsillo del delantal y, al cerrar la mano, notó la textura de la tinta fresca.
—Si hace falta que alguien dé un testimonio en el pleno —añadió ella, casi sin pensarlo—, yo puedo hablar. Pero no quiero hacerlo sin que estemos organizados.
Mateo recogió una taza que había quedado en la bandeja, la olfateó y se la ofreció sin pronunciar la palabra. Julia la tomó: el calor le llegó a las yemas y la nota del café, ligera, la ancló de nuevo al presente.
—Nosotros llevamos los papeles —dijo él—. Tú traes las palabras.
La fórmula fue sencilla y justa. Julia dejó que la frase se asentara. Subrayó la idea en su libreta: «Registrar — Copiar — Testimonios — Presentar». Luego, con la calma que había hecho de los últimos meses su estrategia, deslizó el marcapáginas con la dedicatoria de Leo entre las hojas.
Mientras ataban la última bolsa, Julia miró de reojo hacia el muelle: unas sillas plegables apiladas, la pizarra con tiza aún legible y el dibujo de niños colgado.
El viento de las dunas volvió a barrer la pista y trajo hasta ellos un olor limpio a agua y pino.
Todo aquello se ordenó en su cabeza como piezas de una misma suma práctica.
Mateo dejó la cuerda bien sujeta, recogió la paleta con tiza y la guardó en el cajón.
Al girarse, su gesto fue tan natural que Julia lo siguió con la mirada; notó el surco que la luz dibujaba en su mejilla y la manera discreta en que apoyó la palma sobre la lona del saco antes de tomar el siguiente.
—Mañana vamos al Ayuntamiento a primera hora —dijo ella, con la voz medida de quien sabe dosificar la urgencia—. Llamaré a Clara para que confirme testimonios y a Don Tomás para que traiga su asiento. Luego nos sentaremos y haremos lo que haga falta.
Él hizo un sonido corto que pudo ser un acuerdo.
Mientras colocaban los sacos en fila dentro de la furgoneta, sus movimientos encajaron como si hubieran practicado esa coordinación desde hacía tiempo: él levantaba, ella asentaba, él ataba, ella escribía.
El último saco quedó ya dentro, bien pegado a la estantería; Julia cerró la tapa trasera con el clic que conocía de memoria.
Antes de despedirse, Mateo dejó un saquito pequeño, envuelto en papel kraft, en el borde de la mesa y señaló la etiqueta.
Julia la leyó: "Prueba — muelle — 13/05".
Sonrió sin exageración y recogió el paquete como quien acepta un presente profesional.
Extendió la mano para devolverle la cuerda que había soltado y, por un segundo, sus dedos se encontraron de nuevo; esta vez, ambos se quedaron un instante más.
Se miraron. Julia apoyó la palma en la chapa azul celeste y dejó que el viento de las dunas hiciera bailar la guirnalda sobre sus manos.
Se quedó allí, con la mano contra el metal y la otra sosteniendo la libreta, mientras el café recién entregado respiraba en sacos alineados dentro de la furgoneta.