La librería de los vientos Capítulo 3Páginas sobre el agua #3
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Capítulo 3Páginas sobre el agua #3

Las preguntas siguieron a la estela del aroma.

Una pareja que paseaba al borde del agua se acercó por la curiosidad de Leo; al verla de cerca, reconocieron el azul de la furgoneta que ya les había llamado la atención otras veces desde la plaza.

Una señora mayor, que caminaba apoyada en un bastón de madera, pidió algo ligero para acompañar sus dedos temblorosos con una lectura accesible —Julia le ofreció una antología de poesía— y un joven agricultor, con la camisa manchada de tierra, sonrió al descubrir en la estantería un tomo de fotografías antiguas del lago y compró la última copia llevándosela bajo el brazo.

Leo, que se había quedado a un lado con la libreta y los lápices, se movía de un lector a otro como en una coreografía preparada: ofrecía marcapáginas, señalaba páginas con dibujos y, a veces, se colaba en la conversación con una pregunta inoportuna que desarmaba cualquier formalidad.

—¿Tiene bichos que brillan? —le preguntó a un padre que hojeaba un libro de ciencia natural.

El hombre rió y, sin dejar de sonreír, señaló una ilustración: —Ahí —murmuró—, mira esa alga que brilla por la noche.

Leo asintió con solemnidad y dibujó la escena en su libreta como si la capturara para siempre.

Julia fue sirviendo las tazas con movimientos medidos: calentó agua, midió con la cuchara el café de la finca, dejó que el filtrado tirara con paciencia y, entre un servicio y otro, sostenía una conversación que no pedía grandes revelaciones.

Unos hablaban de la pesca del sábado anterior, otros de la lonja y de una receta de bacalao que se pasaba de mano en mano.

Ella escuchaba con ojos atentos, devolviendo el gesto con preguntas puntuales: —¿Y eso dónde lo leíste?

—, —¿qué tipo de historias te gustan más?

—. Sus recomendaciones nacían de los contornos que le dibujaban: voz, oficio, un rastro de curiosidad que dejaban en el aire.

No se trataba de vender; se trataba de tender puentes.

A media mañana, el muelle ya no era solo madera y niebla: unas sillas ocupadas, un chiquillo con las piernas balanceándose sobre el agua, un anciano que hoy sí recordó su libro porque alguien se lo nombró, una madre que dejó que su hija hojease un álbum infantil con peces que parecían sonreír.

Julia anotó cada préstamo y cada venta en el albarán sencillo: cifras sin grandilocuencia, pero con la exactitud que siempre la sostuvo.

Cuando se equivocó en una suma, una vecina le ofreció la corrección y se rieron juntas como si aquello cerrara un pacto tácito de barrio.

Hubo silencios que dijeron tanto como las conversaciones.

En uno de ellos, cuando la fila fluyó y la brisa pudo recuperar su territorio entre las tazas, Julia apoyó la espalda contra la chapa de la furgoneta y miró a la orilla donde Leo, erguido con su libreta, discutía el mejor modo de dibujar una sirena con una mujer que le enseñaba a trazar ondas.

La escena le devolvió a la palma el pulso menos tenso que venía practicando: pequeñas personas con libros entre las manos, palabras que se compartían como pan, la promesa de un retorno el jueves.

No lo pensó en voz alta; lo dejó que se transformara en un hilo de movimiento: recogió una silla vacía, la acercó a una pareja reciente y les ofreció un marcapáginas.

A mediodía, cuando el sol ya había ganado altura y la niebla se deshilachaba en la orilla, una conversación prolongada tomó el muelle: dos hombres discutían, con amabilidad, sobre cuál de los relatos locales describía mejor la marea que revuelve las redes.

Julia se quedó a escuchar, no por cotilleo sino por la afinidad profesional de quien disfruta el matiz en una narrativa.

No intervino; dejó que la charla encontrara su ritmo.

Al terminar, uno de ellos se acercó, apoyó la mano en la valla y dijo, como si fuera un resumen: —Esto hacía falta —y no había en su voz otra intención que la constatación.

Antes de que la tarde se adivinara, Julia cerró el albarán con la misma pausa con la que cerraba un capítulo: ni apresurada ni complaciente.

Contó las monedas en la pequeña caja, colocó en fila tres bolsas selladas con el sello de la finca y dejó en una pila el resto de los ejemplares que habían salido prestados.

El muelle, que horas antes le había parecido un espejo casi vacío, ahora estaba poblado de gestos: conversaciones en bajo, libros bajo el brazo, alguna risa aguda que se escapó como un pez.

Guardó la tiza en el bolsillo, recogió la bandeja vacía y reparó en la cita del marcapáginas que había repartido esa mañana.

Leo, con el pelo despeinado por el viento, vino a recoger un marcapáginas olvidado y le dejó un dibujo arrugado en la palma: una furgoneta azul con alas.

Julia lo tomó con ambas manos, lo leyó sin hacer preguntas y lo colocó en la caja donde guardaba los recortes. No dijo nada; su gesto fue suficiente.

Al cerrar la puerta trasera de La Biblioruta con un clic que resonó más familiar que cualquier aplauso, miró una última vez al embarcadero: vecinos conversando con libros bajo el brazo, una taza sobre la mesa que aún despedía vapor, Leo señalando una ilustración con entusiasmo.

Julia apoyó la mano en la chapa azul y permitió que una sonrisa se abriera sin prisa sobre su rostro.