La librería de los vientos Capítulo 3Páginas sobre el agua #2
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Capítulo 3Páginas sobre el agua #2

Había traído la bandeja consigo desde la mesa; la dejó apoyada en la pequeña mesa junto a la furgoneta antes de volver a la parte trasera.

Abrió las puertas con el cuidado de siempre; la madera crujió apenas y el olor del café de la finca, aún tímido, se mezcló con el de la tinta.

Con el gesto automático de quien conoce cada hueco, se agachó y empezó a registrar lomos con los dedos, uno por uno.

No le gustaba ofrecer a ciegas: prefería que el libro tropezara con el lector, que hubiese reconocimiento.

Buscó entre la fila de álbumes ilustrados y los volúmenes de naturaleza; sus manos se detuvieron en un ejemplar de tapas gruesas donde la ilustración representaba, en trazos amplios y coloridos, pulpos con tentáculos que parecían escribir, peces con ojos como linternas y mapas que mostraban islas invisibles.

Lo sacó con un cuidado que recordaba el modo en que remitía páginas delicadas a una imprenta: colocó el libro sobre la mesa para que el niño lo viera, y dejó la cubierta abierta en una doble página donde dibujitos de corales y leyendas explicaban nombres raros y rumores de profundidades.

—Esto tiene misterios y mapas —explicó Julia—. —Y dibujos que te ayudan a entender cómo se mueven los animales bajo el agua. ¿Te parece?

El niño, que se llamaba Leo según la confusión rápida y alegre con la que una madre le había enseñado el nombre una vez que lo escuchó en la tahona, se acercó en dos pasos y apoyó la barbilla sobre la mesa como si quisiera abarcar la página entera de un solo golpe de vista.

Julia había oído el nombre poco antes: una mujer en la tahona lo había dicho en voz alta al verlo pasar y el sonido se le había quedado.

Sus ojos se hicieron grandes, y aquellas pecas se le agitaron en una sonrisa que le cambió la cara por completo.

—¿Puedo? —murmuró.

Julia no contestó con filosofía; le ofreció el libro en las manos.

Había en ese gesto una precisión protectora: no simplemente le daba un objeto, le entregaba una promesa de tiempo.

Añadió un marcapáginas con la tipografía que siempre usaba, la frase ya conocida: "Para quien se atreva a cambiar de mapa", y lo deslizó entre las páginas con la exactitud de quien sabe que un detalle pequeño puede convertirse en costumbre.

Leo lo sostuvo con ambas manos como si contuviera algo pesado de verdad.

No tuvo pudor para mostrar su entusiasmo: rió quedito, pasó una página tras otra con la devoción de quien descubre un lenguaje nuevo y sacó de su mochila una libreta y un lápiz.

Empezó a dibujar sin separar demasiado la vista del texto; al principio garabateó manchas que intentaban parecer tentáculos, luego trazos más seguros: una sirena con botas de goma, un mapa con una isla coronada por una X, una furgoneta azul con alas.

Julia se acercó sin interrumpir, permaneciendo en la distancia justa para que su presencia fuese compañía y no foco.

Observó cómo las manos pequeñas combinaban lectura y dibujo; le parecía que el gesto de copiar era una manera de recordar que aquello era suyo para siempre.

Por puro reflejo profesional, preguntó en voz baja:

—¿Quieres que te deje ese para el fin de semana? Puedo cambiarlo por otro el jueves cuando vuelva.

El niño levantó la cabeza y la miró con una gratitud que no necesitó ser verbalizada: los ojos le brillaban y una palabra corta emergió, sencilla y directa.

—Sí.

Julia recogió la libreta donde anotaba las fichas de cata y escribió con la caligrafía que había usado mil veces en sellos y prólogos: "Leo — préstamo — Crónicas del mar — devuelto jueves".

No lo hizo por protocolo, sino para que el intercambio quedara con la estructura y el respeto que merecía.

Al devolverle la libreta a su bolsillo, él se acercó a la orilla del muelle y se sentó con las piernas colgando sobre el agua, las zapatillas rozando apenas la superficie.

La luz le pegaba en un lado de la cara y delineaba la curva del cuello como si fuera el inicio de una ilustración.

Mientras Leo volteaba las páginas, a veces se detenía y murmuraba una pregunta que se respondía con su propio dibujo; otras, gritaba un nombre fantástico como si lo hubiera descubierto en voz alta para que el lago lo absorbiera.

Julia, apoyada en la pizarra donde todavía quedaban restos de tiza, observó la escena.

Recogió la taza que había dejado en la bandeja, la limpió con el borde de un paño y la miró un instante antes de volver a guardarla: el café esperaba su turno, pero por ahora aquella mañana había encontrado su primer lector.

Leo llegó al dibujo de una criatura con ojos demasiado grandes y, sin darse cuenta, comenzó a tararear una canción que conocía de cuando su madre le contaba historias antes de dormir.

Julia escuchó la melodía y anotó en el margen de su libreta una idea para el club de lectura: "Pescadores + relatos cortos marinos".

No era una decisión grandilocuente, solo una línea útil, pero allí se cerró un circuito: el libro entregado, la libreta de Leo abierta, el muelle que se transformaba, en silencio, en un lugar para que la curiosidad pudiera aterrizar.

Cuando, por un momento, Leo levantó la vista y la encontró, sus ojos contenían una devoción que no pedía ser correspondida, solo reconocida.

Julia le hizo un gesto con la mano, pequeño y firme, que quiso decir: vuelve cuando quieras.

Él asintió, apretó el libro contra el pecho como si fuera un tesoro, y volvió a hundirse en las ilustraciones, tan concentrado que el mundo alrededor se le hizo apenas un rumor.

Se inclinó sobre el borde del muelle y dejó la bandeja con las tazas sobre la mesa auxiliar, cuidando que la porcelana no tintineara contra el metal.

La taza que había tocado antes quedó al lado, como quien espera su turno; el olor al café que había vertido minutos antes se elevó, cálido, y al mezclarse con la bruma que todavía se despegaba del agua, se convirtió en una llamada silenciosa.

Julia ajustó la pizarra con la tiza entre los dedos, comprobó de nuevo que la inscripción fuera legible y recogió las fichas de cata; la mañana, hasta entonces reservada a su ritual, empezaba a llenarse de pequeñas interrupciones.

Unas tablas crujieron más arriba; pasos sonoros, botas de goma raspando la madera y una voz que se preguntó en voz alta sin pedir permiso: —¿Esto es...

de verdad café de allí? —Un hombre de barba corta asomó su cabeza, oliendo el aire como si quisiera confirmar la procedencia del aroma.

No le dio tiempo a preguntar el precio antes de que otra voz más aguda, risueña, llegara desde la senda: —Y libros, ¿verdad?

—Una mujer con una cesta de hortalizas apoyó la mano en la barandilla, sus dedos con la piel curtida por las estaciones y las redes.

Julia no se movió del sitio por puro cálculo: había aprendido que los primeros encuentros ganaban en naturalidad si no se apresuraban.

En lugar de una réplica, dejó que la oferta quedara servida sobre la mesa: tres tazas, una cajita con marcapáginas y una pila de fichas donde se leía la fecha y el lote del café.

Alargó la mano y señaló con la barbilla el letrero: LIbrOS • CAFÉ de El Susurro.

—Prueba una taza, y si te gusta, cuento qué hay en las estanterías —dijo, con la voz que usaba para presentar autores en menos tiempo que un prólogo.

El primero en acercarse fue un pescador con los dedos callosos y una gorra azul; aceptó la taza sin ceremonias, dejó que el vapor le pegara en la cara y sostuvo la cerámica con ambas manos como si fuera algo frágil que reanudaba un ritual.

Julia le abrió la puerta trasera de la furgoneta y empezó a sacar títulos con la misma calma que exhibía para servir: libros con cubiertas que olían a sal, relatos que hablaban de ríos y atardeceres.

No eligió al azar; cada elección era una pequeña apuesta por el lector que tenía delante: para el pescador, un volumen de relatos breves donde la mar era personaje y memoria.

—¿Te lo dejo a préstamo? —preguntó sin solemnidad.

Él negó con la barbilla y, como si se tratara de un intercambio antiguo, clavó una mirada en la cubierta y dijo algo entre dientes que parecía una aprobación.

Julia anotó en la libreta: "Préstamo — relato marino — devolver jueves", bordó la línea con trazos precisos y, al guardar la pluma, notó que una pieza del plan encajaba sin ruido.