Capítulo 3Páginas sobre el agua
Páginas sobre el agua
La niebla se despegaba del lago en tiras finas que el sol de la mañana iba estirando.
Julia condujo La Biblioruta hasta el final del embarcadero de madera y detuvo el motor con un gesto medido: no de golpe, sin aspavientos, para que el traqueteo de las estanterías se acomodara sin que ningún libro rodara.
La chapa azul celeste reflejaba una luz pálida, deslavada por la humedad, y el olor a pino y agua se filtró por la ventanilla abierta.
Del termo que había dejado sobre el salpicadero todavía escapaba un susurro cálido.
Antes de abrir, apoyó la palma en la frente un instante; la mano le tembló.
Abrió el cerrojo trasero con el mismo cuidado metódico con que había preparado la furgoneta en la plaza: un clic seco, las puertas que se abrieron como un escenario.
El interior devolvió la mezcla familiar de goma nueva, tinta y la nota de café que venía de la finca.
Sacó la pizarra de tiza, todavía con restos de letras de días anteriores, y la apoyó contra la puerta.
Con la caligrafía que solía emplear en los sellos, trazó el menú en dos líneas: LIbrOS • CAFÉ de El Susurro.
Debajo, en letra más pequeña, añadió "fichas de cata y lecturas sugeridas".
La tiza hizo un polvo blanquecino en su pulgar.
Enderezó la pizarra con las palmas, la puso firme en su caballete y dio un paso atrás para verla desde la distancia que tendría un paseante.
Eligió las sillas plegables con la misma precisión con que elige títulos: colores suaves, dispuestas en semicírculo para facilitar el intercambio.
Las abrió una a una y comprobó la estabilidad de cada pata contra la madera húmeda del muelle.
Alineó tres tazas de cerámica en una bandeja, las limpió con un paño de algodón y colocó al lado los marcapáginas con la frase impresa: Para quien se atreva a cambiar de mapa.
Dejó uno destacado sobre la tapa del libro que había llevado a propósito, la portada abierta por la página marcada.
Sus manos repitieron una coreografía de ensayo, colocando y recolocando, hasta que la disposición le pareció suficientemente hospitalaria.
Desembaló con cuidado la cafetera que Mateo le había prestado: una pieza sencilla de metal bruñido, con el asa un poco oscurecida por el uso y una tetera de cuello largo que recordaba al gesto calmado de verter.
La colocó sobre la mesa auxiliar, comprobó el filtro y abrió la bolsa para dejar que el aroma se liberara con timidez.
El olor a café se mezcló con la humedad del lago y con la tinta de las cubiertas, creando una concatenación de olores que Julia había ensayado en su cabeza desde hacía semanas.
Llenó la tetera y la puso al calor en una placa portátil; la llama prendió con un suspiro casi inaudible.
Observó el agua subir de temperatura, miró el termómetro, midió con la vista el tiempo exacto que debía tardar.
Mientras esperaba, colocó una caja con fichas de cata y un portapapeles con un albarán simple.
Escribió la fecha en la primera ficha con la letra que solía usar para anotar correcciones: clara, compacta.
Las tablas del muelle crujían bajo sus pies al caminar, un crujido que Julia utilizó como metrónomo para ensayar su saludo: uno o dos pasos hacia quien se acercara, una sonrisa medible, la presentación breve.
Dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa, la pantalla oscura.
La piel entre sus dedos conservaba el polvo de la tiza y el calor de la taza que había tocado antes.
Sus movimientos se hicieron más pequeños.
Colocó en la balda exterior una selección visible de títulos que, pensó, podrían ser puente: un libro de relatos cortos, una antología de poesía local, un álbum infantil ilustrado con criaturas del agua.
Empujó hacia delante el ejemplar con la dedicatoria, colocándolo contra una pequeña cuña de madera, de modo que la frase quedara legible desde la orilla.
Después, dejó una libreta en la mesa y ató una pluma con una cuerda para que nadie la perdiera.
El vapor comenzó a subir en un hilo fino cuando la cafetera emitió su primer murmuro.
Julia inclinó el cuerpo sobre la mesa y dejó correr el agua en movimientos circulares.
El sonido del vertido llenó el espacio vacío de gente y, por un par de segundos, la combinación de agua caliente y granos tostados fue suficiente compañía.
Puso la primera taza sobre la bandeja y la acercó a la nariz por costumbre: notas de caramelo, un final con hueso de nuez.
Paladeó sin estridencias, como quien toma la temperatura de un gesto.
Apareció la rutina que había planeado en tantas listas: pizarra, sillas, cafetera, fichas, un libro con la dedicatoria a la vista.
Pero la rutina también dejó un hueco: el muelle continuaba vacío, el embarcadero, salvo por un par de garzas que observaban desde un poste, no ofrecía señales de vida humana.
Julia caminó hasta el extremo del muelle y miró el espejo del lago donde la niebla todavía dejaba manchas; una barca pequeña, amarrada a un lado, emitió un leve golpe contra la madera.
Volvió por la tabla con la misma parsimonia con la que había salido.
Sacó la libreta y repasó la lista de ideas que llevaba en su bolsillo: Clubes de lectura, Rutas semanales, Intercambio de libros.
Repitió los tres puntos en voz baja como quien ensaya una presentación.
Escribió una nota al margen: "Recordar: Doña Clara trae galletas jueves".
Cerró la libreta con la yema del pulgar y la dejó sobre el puesto de ventas junto a las fichas de cata.
Se frotó la yema contra el borde del delantal y se obligó a ordenar los paquetes de café con movimientos firmes.
Esa mínima disciplina era su medicina: si todo lo demás fallaba, el orden quedaría como testigo.
Guardó la reserva de libros en una caja baja, puso un cartelito con horarios y, antes de volver a la mesa, alisó la tela de una de las sillas.
El sol ya había ganado terreno sobre la niebla y, con él, la mañana pareció tomar color.
El humo del café y la tinta de las cubiertas flotaron juntos en el aire, una mezcla que a Julia le pareció, por un pulso fugaz, suficiente.
Tomó la tiza y añadió al pie de la pizarra una línea pequeña: "Hoy: pruebas piloto —comentarios bienvenidos". La letra salió más decidida esta vez.
Un sonido llegó desde la orilla, apenas perceptible: un golpe seco contra la madera del muelle, como cuando alguien deja apoyado algo con cuidado. Julia dejó la tiza en el soporte, recogió la bandeja con las tazas y fue hacia el borde con las manos todavía manchadas de polvo blanco.
Al asomarse al borde del muelle, Julia tardó un segundo en reconocer el movimiento: un cuerpo pequeño que se detenía frente a la chapa azul celeste, la mano apoyada sobre la rueda trasera como si aquello fuera una roca amigable.
El niño la miró con una mezcla de cautela y fascinación, y en su rostro las pecas dibujaban constelaciones que el sol descomponía en puntitos cálidos.
Tenía el cabello rubio con un remolino rebelde en la coronilla y una mochila gastada colgando de un hombro; por un instante Julia adivinó los contornos de libretas y lápices por la forma irregular que asomaba bajo la tela.
—Hola —dijo ella, sin moverse demasiado para no asustarlo—. —¿Vienes por el café o por los libros?
El niño vaciló, como contabilizando la sinceridad de la pregunta, y luego señaló la pintura de la furgoneta con la punta de los dedos.
Sus ojos brillaron de un modo que Julia reconoció como la misma luz que veía en lectores de cualquier edad cuando descubrían un título nuevo en el estante: una curiosidad pura, urgida.
Se adelantó hasta la tabla, pegó las palmas al borde y se asomó, asimilando el reflejo del agua como quien aprende un truco del mundo.
—Por el color —respondió, con voz que esperaba una broma y no la encontró—. —Me gusta ese color. —Se parece al lago.
Julia sonrió; era una respuesta honesta y sin la vanidad de buscar un motivo mayor.
Se permitió, antes de abrir la furgoneta, observarlo con la misma paciencia ordenada con que acomodaba las estanterías: los zapatos limpios a medias, un pantalón con el dobladillo gastado, la mochila remendada con una puntada de hilo azul.
Había algo en la forma en que jugaba distraídamente con la cremallera lo que le sugirió que no era un visitante ocasional sino un vecino —o un niño que pasaba por allí a diario—.
—¿Te gustan los libros? —preguntó—. —¿O prefieres que te haga un café de mentira?
El niño soltó una risa sin aspavientos, como si la idea de un café de mentira le resultara tan absurda como una historia sin final. Apartó la mirada un instante hacia la orilla, donde la niebla dejaba rendijas de luz, y luego se volvió con decisión.
—Me gustan los misterios del mar —dijo—. Y los mapas. Y los bichos raros que viven debajo del agua. No tenemos biblioteca en casa.
La última frase cayó sencilla, sin carga dramática. Julia sintió el impulso familiar, el gesto automático de sus antiguos días de editora: presentar el libro correcto a la persona correcta.