La librería de los vientos Capítulo 4La primera taza compartida
14%

Capítulo 4La primera taza compartida

La primera taza compartida

Esa tarde el sol caía bajo y el cobertizo desbordaba un color más cálido que el ladrillo.

Julia cruzó la cancela con la bolsa de lona al hombro; al abrirla, el aroma de metal y cerámica se mezcló con el tueste persistente que venía del tambor.

El perro rojizo la olfateó, dio un giro corto alrededor de sus piernas y volvió a su puesto junto al umbral.

El banco tallado donde había reposado la libreta la recibió con la memoria de su mano, y el sonido del motor del tostador, tranquilo, marcó el pulso del lugar.

Golpeó la puerta con los nudillos como la primera vez y esperó dos latidos antes de que se abriera.

Mateo apareció sin prisa, con la manga arremangada y el polvo claro en las uñas; el sol le dibujaba una línea de luz en la mejilla.

Por un instante, la mano de Julia que sujetaba la bolsa vaciló.

Tenía la bolsa sobre la mesa y empezó a sacar los objetos: la tetera de cuello largo con la base mate, el filtro de tela ya lavado, la bandeja de madera con tres tazas que aún olían a vapor.

Cada pieza volvió a su sitio con cuidado.

—Vine a devolver esto —dijo Julia— y… a traerte las cuentas.

Sacó de la bolsa el albarán doblado y la pequeña libreta donde había ido apuntando ventas, préstamos y comentarios.

Abrió la libreta en la página marcada con la nota: EMBARCADERO — jueves.

Pasó la yema por la tinta aún húmeda y fue leyendo en voz alta, con la cadencia de quien revisa una lista de ingredientes antes de cocinar.

—Treinta y dos tazas servidas, doce préstamos, cuatro ventas —dijo—.

Cuatro bolsas selladas vendidas de los tres lotes que trajimos.

Total en efectivo: setenta y ocho euros.

Aquí anoté los gastos: filtros nuevos, marcapáginas, bolsas.

Tu parte, según el acuerdo, sería treinta y cinco euros por esta tanda; añadí veinte céntimos por la ficha de cata que me pediste que pusiera en cada taza.

Mientras ella enumeraba, él permaneció en silencio contando con los dedos una a una las marcas en la mesa, ocasionalmente mirando las etiquetas de los sacos amontonados en la esquina.

Julia le enseñó el albarán: fechas, horas, los nombres que habían pedido libros y quién se llevó qué préstamo.

Leyó también dos comentarios escritos con la caligrafía apretada de vecinos: "buen café, trae recuerdos" y "¿podéis volver con ese libro de pesca?

". Guardó la libreta y deslizó el sobre con el dinero hacia el centro de la mesa.

—Abriste la ruta de pruebas la semana pasada —añadió—.

Hice fichas para cada lote y dejé una en la caja de sugerencias.

La gente escribió, y me pidieron que trajera más del lote tres porque les gustó ese perfil.

También preguntaron por talleres pequeños.

Doña Clara dejó una nota con galletas y una propuesta para el club de lectura.

Al pronunciar el nombre de Doña Clara, Julia notó como la mandíbula de Mateo se aflojó un milímetro. Apuntó la libreta con la pluma como si confirmara un dato y exhaló un sonido breve que no fue palabra. Julia aprovechó el intersticio.

—He mantenido las bolsas con la etiqueta —continuó—. Lote y fecha en cada una, tal como dijiste. También he incluido las tres pequeñas fichas de cata por paquete y puse en la furgoneta una caja con reportes de préstamos y ventas para que puedas ver el flujo.

Extendió hacia él la ficha de cata con la letra clara: lote 03 — tueste medio — notas a caramelo, nuez y final herbáceo.

Mateo tomó la ficha entre los dedos, la arrugó apenas en la esquina y la colocó junto a un saco abierto.

La luz jugaba en la tinta y en los surcos de su palma.

Le pareció que aquel gesto era un asentimiento práctico; ella siguió, porque lo importante era la sustancia.

—Si te parece —dijo—, me gustaría que hiciéramos esto habitual. Puedo llevar una caja semanal con el lote que me remitas, etiquetado y con las fichas. También puedo preparar un pequeño informe con devoluciones de lectores y ventas.

Colocó el bolígrafo sobre la mesa y abrió la libreta en blanco, dejando la pluma atravesada en la espiral. Al hacerlo, mostró sin palabras que estaba lista para formalizar algo tan sencillo como un calendario de entregas.

Mateo se inclinó, apoyó los codos en la mesa y señaló con la barbilla una estantería donde colgaban etiquetas manuscritas.

Tomó una de ellas, la sostuvo frente a la luz y, con un movimiento lento, la dobló por la mitad.

Luego buscó entre un montón de cuadernillos viejos y sacó uno pequeño, de tapas duras y lomo gastado.

Lo abrió en blanco y alumbró la primera hoja con el dedo.

Aquel cuaderno podía ser un registro, un cuño, una promesa escrita a mano.

—Anota lo que quieras que figure —dijo él, señalando la libreta—. Fechas, cantidades, condiciones.

La voz fue escasa, domesticada por el ruido del tambor.

Julia dejó en el cuaderno, con la caligrafía que siempre usaba para los sellos, una nota concisa: "Entregas semanales — 3 lotes rotativos — fichas incluidas — pago tras venta.

" Inclinó la hoja hacia él para que la viera y, como acto final, deslizó encima una etiqueta pequeña que llevaba la impresión de La Biblioruta: un dibujo sencillo de la furgoneta azul.

Él recogió la etiqueta, la colocó sobre la página y, con la punta del bolígrafo, trazó una raya que sellaba aquel registro.

No dijo mucho más. Julia observó la movilidad de sus manos: primero liberar la cuerda de un saco, después soltar un gesto que pareció ordenar el material.

Finalmente, sacó de un cajón un paquete pequeño envuelto en papel kraft y lo dejó sobre la mesa al lado del sobre con el dinero.

Sobre el papel, en letra de molde, había una fecha y un número de lote.

Julia reconoció los símbolos: un ofrecimiento práctico.

—Esto es para la furgoneta —dejó dicho él— y señaló el paquete con un movimiento tan pequeño que apenas fue un índice—. Prueba un lote nuevo cuando puedas. Si funciona, fijamos entrega.

Aceptó el paquete como si fuera una invitación con condiciones. Guardó la libreta en la bolsa y, por costumbre, sacó dos tazas limpias de la bandeja que había devuelto.

—¿Qué tal si lo probamos ahora? —propuso—. Solo un sorbo.

Puso la tetera al calor sobre la placa portátil.

El sonido del agua al hervir repicó en la madera y el olor, al mezclarse con el humo del tambor, se espesó en la garganta.

Julia midió con la cuchara la dosis que había usado en el muelle, vertió con movimientos lentos y escuchó cómo el café corría en el filtro.

Cuando sirvió las tazas, la espuma era tersa y la primera nota, de caramelo, salió como quien susurra una confirmación.

—Tiene un final a nuez —comentó Julia— y una limpieza en el retrogusto que lo hace ir a otra taza.

Mateo inclinó la taza y la olfateó; sus dedos rodeaban la cerámica con la misma naturalidad con que antes manipulaba palancas.

Alzó la taza y bebió. Ella tuvo la prudencia de no decir nada más.

Él dejó la taza en el platillo y, con el dedo, limpió un surco de café que había quedado en el borde.

Después, sin ceremonia, señaló con la mano el cuaderno donde habían dejado la anotación y murmuró algo que sonó a aceptación práctica.

Julia cerró la libreta, dobló el albarán y guardó el sobre vacío en un bolsillo, dejando sobre la mesa la cifra anotada en rojo.

Sacó un marcapáginas con la frase de la dedicatoria —Para quien se atreva a cambiar de mapa— y lo dejó dentro del cuaderno, como marca para el próximo encuentro.

Antes de levantarse, miró el suelo; Mateo, sin instrucción, fue a buscar otra bolsa de papel con más etiquetas y la puso junto a la puerta del cobertizo.

—Haré la ruta de siempre el jueves —anunció ella—. Llevaré el lote de hoy y el tercero, por si piden repetirlo. También quiero probar algo: un par de sugerencias de maridaje entre cafés y géneros. Poesía con tueste ligero, quizá; relatos con algo más de cuerpo. ¿Te parece si lo dejamos anotado?

Ofreció la proposición como una línea práctica en su plan.

Él dio una respuesta apenas audible, que Julia interpretó como un acuse de recibo; en la superficie, la tarde acomodaba una nueva pauta.

Ella dejó la bolsa vacía sobre la estantería para que el perro la olfateara y abrir la mano ya no fue un gesto de restitución, sino de continuación.

Al salir del cobertizo, con la última luz pegada a la piel, Julia giró la cabeza y vio a Mateo apoyado en la mesa, mirando el tambor.

No supo decodificar si miraba el inventario, el cielo o la furgoneta, pero en esa figura encontró la medida exacta del trato: sencillo, con plazos y nombres escritos a mano.

Guardó la libreta en la bolsa de lona, cerró la cremallera y, al inclinarse para acariciar la cabeza del perro, dejó el marcapáginas sobre el primer folio.

Cuando volvió a levantar la vista, la finca ya estaba bañada en tonos que prometían un mañana de trabajo.