La librería de los recuerdos de barro (Latidos de mar 2) 25
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El reverso de la luz

Septiembre entra en Vilabruma con una calma dorada que apacigua el oleaje y tiñe los tejados del pueblo de un tono cobrizo al caer la tarde.

La rutina se instala en el piso de arriba de la librería con una naturalidad pasmosa, casi insultante.

Mario duerme de forma habitual en la cama de Rosa, sus botas grandes ocupan un espacio fijo junto a la entrada y su cepillo de dientes comparte el vaso de loza del baño con el de ella, aunque, oficialmente, no se ha mudado y al niño le cuentan excusas que ya nadie cree.

Aquella noche, la cena transcurre entre risas y pequeñas complicidades cotidianas.

Santi está parlanchín, entusiasmado con el inicio del curso escolar, y no deja de pedirle a Mario que le cuente historias de los castillos de Escocia mientras devora el plato de pescado.

Mario lo escucha con una paciencia infinita, acomoda su voz grave al tono del niño, y así se lo lleva a su terreno centímetro a centímetro.

Rosa los observa desde el otro lado de la mesa, casi sin probar bocado, con una sonrisa fija que, sin embargo, no termina de alcanzarle los ojos.

Al terminar, Mario ayuda al niño a ponerse el pijama y se queda con él en el dormitorio pequeño hasta que la respiración del pequeño se vuelve acompasada y profunda, vencida por el sueño.

Cuando Mario sale al pasillo, la casa está sumida en una penumbra suave.

Camina descalzo hacia la cocina con la intención de recoger los platos de la cena, pero se detiene al cruzar el umbral.

La estancia está a oscuras, iluminada por el resplandor mortecino de las farolas del paseo marítimo que se cuela por el ventanal.

Rosa está de pie frente al cristal de la cocina, de espaldas a él.

Tiene los brazos cruzados sobre el pecho, los hombros hundidos y la frente apoyada contra el vidrio frío.

Mario da un paso hacia delante, pero el sonido de un hipido sordo, ahogado, lo frena en seco.

Rosa está llorando. Es un llanto silencioso, un goteo constante de lágrimas que le resbalan por las mejillas y que ella intenta contener apretándose las costillas con las manos.

Mario acorta la distancia con suavidad, con el cuidado de quien no quiere asustar a un animal herido. Se coloca justo detrás de ella y le apoya las manos en los hombros, que las reciben con el temblor violento que la recorre por dentro.

—Rosa —murmura él, su voz grave le roza la nuca—. ¿Qué pasa? ¿Qué tienes?

Al notar el contacto de sus palmas calientes, Rosa pierde la poca entereza que le queda. Se da la vuelta despacio, pero no busca su abrazo; se apoya contra la encimera de la cocina, se tapa la cara con las dos manos y dobla las rodillas, venciéndose hacia el suelo en un desgarro absoluto.

Mario se agacha de inmediato con ella. Se sienta en las baldosas de la cocina, la atrae hacia su regazo y la envuelve con sus brazos fuertes, pegando la espalda de Rosa contra su pecho mientras ella esconde el rostro en el hueco de su cuello.

El llanto de la mujer estalla por fin, desbocado, un torrente de lágrimas calientes que empapan la tela de la camiseta de Mario.

No es un llanto de rabia, tampoco de luto, es algo mucho más profundo y asfixiante.

—Tengo miedo, Mario —confiesa ella en un susurro roto, con la voz ahogada por el pánico—. Tengo un miedo que me quema por dentro.

Mario le acaricia el cabello desordenado con una mano, presionándola contra sí con una firmeza que pretende hacer de escudo contra sus fantasmas.

—¿Miedo a qué, cariño? Aquí estás a salvo. Santi está bien. Yo estoy aquí.

—A eso mismo. —Rosa se aparta un milímetro, lo justo para mirarlo a los ojos en mitad de la penumbra.

Sus ojos castaños están inyectados en sangre, desorbitados por una angustia puramente psicológica—.

Tengo pánico de lo rápido que me estoy acostumbrando a ti.

A tu olor en mis sábanas por las mañanas.

A ver tus botas junto a la puerta. A escuchar a mi hijo reír contigo en la mesa como si llevaras toda la vida sentado en esa silla.

Una lágrima nueva le surca el pómulo y Mario la recoge con la yema del pulgar con un mimo extremo.

—La felicidad me da terror, Mario, porque una vez la sentí y el mar me la arrebató —continúa ella, y sus dedos se clavan en las muñecas del alfarero con desesperación—.

Siento que la vida me está concediendo un préstamo demasiado hermoso y me muero de miedo de que en cualquier momento la marea vuelva a cambiar, el viento se levante y me lo quite todo otra vez.

No sé si tendría fuerzas para sobrevivir a otro naufragio.

No sé si podré levantarme si te vas, o si te pasa algo, o si esto se rompe.

Siento que, si me entrego del todo, me quedo desnuda ante el peligro.

Mario la escucha con el corazón encogido, comprendiendo la brutalidad de su herida. Rosa no teme al amor, teme a la vulnerabilidad que el amor trae consigo en una tierra donde el mar se lo queda todo.

Él no responde con frases hechas ni promesas baratas de película de mediodía.

Se limita a sostenerle la mirada con esa claridad que le define los ojos desde que decidió quedarse en Vilabruma.

Toma las manos de Rosa entre las suyas, se las lleva a los labios y les da un beso pausado, solemne.

Luego, guía una de las manos de ella hasta colocarla plana sobre su pecho izquierdo, justo encima de la cicatriz de su propia vida, donde el corazón le bombea con una fuerza rítmica, sólida y real.

—Mírame, Rosa —pide él, y su tono de voz tiene la contundencia de la piedra de su taller—.

No soy un fantasma que está de paso. No soy un marinero que tiene que salir a faenar mañana a las tres de la madrugada en mitad del Atlántico.

Soy un hombre que trabaja el barro a diez minutos de esta casa.

Mis manos están manchadas de la misma tierra que tú pisas.

Rosa lo observa, atrapada por la tremenda intensidad de su presencia física, sintiendo el latido constante bajo su palma.

—No te voy a negar que la vida puede torcerse —continúa Mario con una honestidad descarnada—.

Sería un mentiroso si te prometiera que nunca va a pasar nada malo, pero lo que sí te puedo asegurar es que yo no me voy a marchar.

He elegido este puerto por voluntad propia, Rosa.

He roto mis mapas de Inglaterra no solo por ti y por Santi, sino por mí.

Si la marea vuelve a subir o si el suelo se mueve, nos va a pillar a los dos juntos, con las manos entrelazadas en el lugar en el que nos encuentre.

Deja de pagar los intereses de un dolor que aún no ha llegado. Permítete respirar.

Las palabras de Mario actúan como un bálsamo que apaga el incendio de su pecho.

Rosa clava la frente en su hombro, asimilando la solidez de su cuerpo, y exhala un suspiro largo, el primero de alivio verdadero en muchas semanas.

La angustia empieza a disolverse en el suelo de la cocina, sustituida por una paz densa, madura.

Mario la alza en vilo con una delicadeza asombrosa y la traslada hasta el dormitorio, sin romper el contacto de sus pieles.

Allí, bajo la mirada cómplice de la luna de septiembre, se buscan de nuevo.

No hay prisa en sus gestos, solo una necesidad imperiosa de reafirmar que están vivos, que se tienen el uno al otro en el presente absoluto.

Se desnudan despacio, despojándose de los miedos como si fueran capas de ropa vieja, y hacen el amor con una entrega pausada, profunda, donde cada caricia de Mario en los muslos de Rosa y cada suspiro de ella contra su boca se convierten en la demostración definitiva de que el futuro, por fin, ha ganado la partida.

Con los cuerpos aún entrelazados y la respiración acompasada bajo la sábana fina, Mario le retira un mechón de cabello de la frente. Sus dedos se mueven con una ternura infinita por la línea de su mandíbula.

—Llevo días pensando en algo, Rosa —dice él, y su voz rompe el silencio poscoito con una firmeza que a ella la hace estremecer—. Me gustaría que vivamos juntos en la casa azul.

Rosa alza la vista, atrapada por la propuesta en mitad de la penumbra. Mira el techo bajo de su dormitorio, ese espacio que durante meses ha sido su único refugio, y procesa sus palabras.

—Este piso es muy pequeño —continúa Mario mientras le acaricia la cadera con un ritmo pausado—.

Santi necesita espacio y aquí estáis apretados.

Si os venís a la casa, he pensado que podemos usar todo este piso de arriba como almacén para la tienda.

Eso te permitiría tirar los tabiques de abajo, ampliar la librería y montar una sección nueva, un rincón dedicado a la cerámica donde exponer las piezas que salgan del taller.

Rosa lo escucha con el corazón desbocado, completamente iluminada por la perspectiva. La idea encaja con una precisión tan inesperada en sus vidas que siente como el último rastro de temor se disuelve en el aire.

—Ya es hora de que levante esa casa, Rosa —añade él, y sus ojos oscuros brillan con un propósito renovado—.

Lleva demasiado tiempo estancada en el dolor, porque yo me he refugiado aquí para no enfrentarme a mi propia realidad.

Y eso no es sano. Necesito pasar página, limpiarla a fondo, retirar el rastro de la enfermedad de mi padre y abrir de par en par las ventanas para que entre el aire de la ría.

Llevo días pensando en cambiar los muebles, en pintar las paredes y tirar algún tabique para que entre más luz.

Pero no quiero hacerlo solo. Quiero que lo hagamos a gusto de los tres.

Quiero que Santi elija su habitación, que juntos decidamos dónde va cada mueble y que esa casa deje de pertenecer a los recuerdos para ser nuestro hogar de verdad.

Rosa dibuja una sonrisa inmensa, una de esas sonrisas libres que llevaba años sin permitirse. Se inclina sobre su pecho, le toma el rostro entre las manos y lo besa con una devoción dulce, sellando el pacto sobre su piel desnuda.

—Mañana mismo empezamos a planificar, Mario —susurra ella contra sus labios, convencida de que, esté donde esté, Mario ya es hogar para ella.