24
El brillo en la arcilla
La vibración del teléfono se corta y la voz de Rosa inunda el silencio de la cala. Al otro lado de la línea, su respiración llega agitada, rota por una inquietud que no ha sido capaz de calmar desde que vio las luces apagadas de la casa azul.
—¿Mario? Por Dios, ¿dónde estás? He ido a buscarte y no había nadie. Me tienes muy preocupada, dime si estás bien.
Mario escucha el temblor de sus palabras y cierra los ojos, conmovido por la urgencia de su tono.
—Estoy bien, Rosa. De verdad. Estoy en la playa.
Rosa guarda un breve silencio. En la distancia, algo en su corazón le dice que esa ausencia, que esa voz grave y pausada que le responde desde la penumbra tiene que ver con ella.
Siente una intuición invisible, una certeza que le recorre la espalda y la empuja a buscar el contacto con él a cualquier precio.
—La luna de agosto está preciosa hoy —continúa Mario, y contempla el reflejo de plata vieja sobre el espejo del agua—. Me preguntaba si querías venir a compartirla conmigo aquí abajo.
Rosa exhala un suspiro ahogado, lleno de frustración y de un deseo incontenible que la atenaza.
—No puedo, Mario… No puedo dejar al crío solo a estas horas de la noche, pero la luna se ve perfectamente desde mi terraza. El mar está justo enfrente.
Mario se incorpora de la roca. La decisión se dibuja en sus facciones con una claridad absoluta. El tiempo de las distancias se ha agotado.
—Voy para allá.
No pasan ni diez minutos cuando Mario sube los escalones de madera del piso sobre la librería.
Rosa abre la puerta de inmediato, antes incluso de que él llegue a llamar.
Tiene el miedo pegado al cuerpo, una tensión eléctrica que se le nota en la rigidez de los hombros y en la forma en que aprieta las manos contra la tela de su ropa.
Lo mira con los ojos desorbitados, asustada por la incertidumbre de lo que está a punto de escuchar, temerosa de que el destino haya vuelto a golpearlos donde más duele.
Mario se detiene en el umbral. No dice nada.
Se limita a observarla bajo la luz tenue del recibidor, con esa mirada profunda y oscura que parece capaz de leer cada uno de sus secretos.
Su silencio prolongado solo alimenta la agitación de Rosa.
Ella da un paso atrás, se recoloca el cabello con dedos torpes y rompe la quietud con un hilo de voz tenso, desbordada por los nervios.
—Mario, me estás asustando. Habla, por favor. ¿Qué pasa? ¿Qué ha sucedido?
Él da un paso al frente y acorta la distancia que los separa con una resolución que no admite dudas.
—Pasa que eres preciosa, Rosa —dice él con una voz rota, baja, que reverbera en el espacio estrecho del pasillo.
Antes de que ella pueda articular una sola defensa, Mario estira los brazos y la toma por la cintura.
La atrae hacia su pecho con una firmeza rotunda y le clava un beso que mueve montañas.
Es un impacto puro, una entrega que derriba de golpe todos los muros, los lutos y los miedos acumulados durante semanas.
Al principio, Rosa se queda inmóvil, paralizada por la tremenda impresión del reencuentro y el alivio salvaje que la invade al ver que él está bien.
Sin embargo, la calidez de los labios de Mario y la urgencia de sus manos en su espalda actúan como un resorte.
El susto se le pasa en un parpadeo. Rosa cede por completo, rodea el cuello del artesano con los brazos y le devuelve el beso con la misma desesperación dulce, con un hambre acumulada que ya no entiende de frenos.
Se adentran en la penumbra del dormitorio con pasos ciegos, sin romper el contacto de sus bocas.
El deseo, maduro y limpio, los guía en mitad de la oscuridad.
Las prendas de ropa caen al suelo de madera una a una, despacio, en un ritual silencioso donde cada centímetro de piel descubierta es una victoria contra la soledad.
Se desvisten con una reverencia mutua, admirando sus cuerpos recortados por el resplandor de la luna que entra por la ventana abierta.
Hacen el amor sobre las sábanas frescas con una sensualidad pausada, profunda, que se aleja del desahogo agónico anterior.
Es una entrega total, un lenguaje de caricias lentas y suspiros compartidos que les devuelve la cordura.
Mario la recorre con sus manos de artesano, memorizando sus curvas como si fuera la pieza más valiosa de su taller, y Rosa se abre a él sin reservas, entregándole su puerto y su abrigo en mitad de la noche de agosto.
Horas más tarde, con la calma instalada en la habitación y el rumor del mar de fondo, Mario permanece recostado contra el cabecero de la cama.
Rosa apoya la cabeza en su pecho desnudo, atenta al ritmo tranquilo de su corazón.
El alfarero le acaricia el hombro con el pulgar con la vista puesta en las vigas del techo.
—¿Qué pensarías si me instalo definitivamente en Vilabruma? —lanza Mario, y su voz rompe el silencio con una suavidad nueva que asusta a Rosa. No esperaba esa noticia y no la acaba de asumir. Alza la cabeza despacio y apoya la barbilla en su esternón para mirarlo.
—¿A qué te refieres? —pregunta en un susurro.
—La editorial me ha puesto un ultimátum esta tarde.
Tengo que regresar a Bristol el lunes o se acaba el contrato.
Y les he dicho que no vuelvo. Si dejan de darme encargos de traducción como autónomo, da igual.
Puedo poner en marcha el negocio de la cerámica con las ideas de Sam, que deje de ser solo una afición, aunque sé que es difícil vivir de ello.
Quiero encender el horno de la casa azul, recuperar el huerto abandonado de mi padre, limpiar los frutales del jardín y trabajar la arcilla aquí. Contigo. A tu lado.
Rosa lo escucha con el corazón desbocado, iluminada por la promesa de ese futuro que hace unas semanas parecía un sueño imposible.
Las palabras de Mario son hermosas, racionales, pero lo que de verdad la convence, lo que le derriba la última duda y la hace confiar es el brillo de los ojos de él.
Es un destello limpio, una chispa de luz que Mario no tenía cuando llegó de Inglaterra, una claridad que solo poseen los hombres que han encontrado una ilusión verdadera por la que luchar.
Nadie mantiene esa mirada si no está ilusionado de verdad con lo que tiene delante.
Rosa sonríe en la penumbra, siente que la felicidad le llena el pecho y le besa el trazo del nudo del hombro.
—Pienso que es el mejor plan que he escuchado en toda mi vida, Mario —responde ella, y se refugia de nuevo en su abrazo mientras la luna empieza a descender sobre la ría.