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La velocidad del barro
La pantalla del portátil parpadea en mitad de la penumbra de la cocina, donde trabaja desde que su padre no está; la buhardilla le resulta desangelada.
El logotipo de la editorial de Bristol brilla con una luz fría que choca contra las paredes de piedra de la casa azul.
Al otro lado de la videollamada, la voz del director de contenidos llega con esa cortesía británica que, en el fondo, corta como el filo de un folio en blanco.
Saben que su padre ha fallecido; las condolencias formales llegaron por correo electrónico hace tres días.
Y con el luto resuelto, las excepciones terminan.
—Ya no hay motivos de fuerza mayor para prolongar el trabajo en remoto, Mario —dice el hombre mientras se ajusta las gafas—.
El equipo de maquetación te necesita en la oficina de Bristol el próximo lunes.
Las herramientas de traducción automatizada por inteligencia artificial requieren supervisión presencial para los cierres de catálogo.
Mario suelta una carcajada seca, desprovista de cualquier pizca de humor.
Se echa hacia atrás en la silla, cruza los brazos sobre el pecho y clava la mirada en la cámara integrada del ordenador.
La rabia, contenida durante semanas de hospitales y entierros, encuentra por fin una grieta por la que salir.
—¿Supervisión presencial? Venga ya —suelta Mario, y su tono de voz, recio y áspero, carece de la diplomacia habitual—.
Si total, ya no traduzco, solo corrijo a la IA.
El volumen grande del catálogo lo procesa un algoritmo y yo me limito a pulir las esquinas para que no suene a plástico.
No os hago ninguna falta en esa oficina, lo sabéis de sobra.
Puedo hacer exactamente lo mismo desde este rincón de Galicia o desde una duna en el desierto.
El director de contenidos se pone rígido en la pantalla. El silencio que se instala en la línea es tenso, de los que anticipan un despido inminente.
—Las políticas de la empresa son claras, Mario —responde el británico con el gesto endurecido—. Si no estás en tu puesto el lunes a las nueve de la mañana, entenderemos que renuncias a tu contrato de forma voluntaria. Tú decides si este proyecto te interesa o si prefieres quedarte ahí.
—Pues parece que ya está decidido. —Mario cierra la tapa del portátil de un golpe seco, tras despedirse, interrumpiendo la comunicación antes de que el otro termine la frase.
El eco del golpe resuena en la cocina vacía.
Mario se levanta del taburete con el pecho encendido, con una crispación que le tensa los músculos de los brazos.
Siente que las paredes de la casa se le echan encima, que le falta el aire.
Sin pensarlo, se calza las zapatillas de deporte, se enfunda una camiseta vieja y sale a la calle a la carrera con la idea de buscar en el impacto del asfalto un desahogo para la tormenta que le ruge en la cabeza.
El sol de finales de agosto empieza a caer con una luz anaranjada sobre el paseo marítimo de Vilabruma.
Mario corre con el ritmo roto de quien no busca hacer marca, sino huir de sus propios pensamientos.
Lleva las sienes empapadas en sudor y las piernas cargadas por el esfuerzo cuando, al torcer la esquina del espigón viejo, frena en seco para no chocar contra la silueta de Erik.
El piloto está apoyado en la barandilla de madera, contemplando las embarcaciones de la cofradía que descansan amarradas con la cámara de fotos en la mano.
Lleva una camisa de lino azul con las mangas remangadas hasta los codos y una expresión tranquila que contrasta de forma violenta con la agitación de Mario.
Erik nota la rigidez en sus hombros y la respiración desbocada del alfarero al primer vistazo.
—Llevas ritmo de querer romper el suelo, Mario —dice Erik con esa voz pausada de quien ha visto demasiadas tormentas como para asustarse por un mal gesto—. ¿Un mal día?
Mario se apoya las manos en las caderas e intenta recuperar el aliento. El sudor, que le resbala por el cuello, empapa el algodón de la camiseta.
—Me acaban de poner de patitas en la calle de la editorial, creo —suelta, sin rodeos, con la honestidad bruta que se maneja entre hombres de mar—. O vuelvo a Bristol el lunes o me largan. Les he cerrado el ordenador en la cara. Lo he hecho por rabia, porque en realidad no sé qué hacer.
Erik no se inmuta. Se aparta de la barandilla, se mete las manos en los bolsillos del pantalón y le indica con la cabeza la terraza pequeña de la taberna del muelle, un rincón de piedra resguardado del viento de la tarde.
—Vamos a tomar una cerveza —propone—. A mí la prisa me pilló una vez y tardé años en desprenderme de ella.
Minutos después, con dos jarras de cerveza fría sobre la madera basta de la mesa, el silencio entre ellos es de una madurez honesta. Mario da un trago largo y nota el amargor del líquido en la garganta, pero la crispación no se diluye.
—Estuve en la misma tesitura que tú, ¿sabes?
—arranca Erik con sus ojos claros fijos en los de Mario—.
Hace años, mi vida consistía en subirme a un avión cada tres días.
Me hice piloto comercial para huir de todas partes.
Pensaba que, si me mantenía a diez mil metros de altura, a la velocidad del reactor, los problemas de tierra no me alcanzarían.
No tenía raíces, no tenía puerto, no tenía nada que me doliera perder, excepto a Sam.
Es difícil criar a un hijo en la distancia.
Mario lo escucha en silencio, dándole vueltas al posavasos de cartón con los dedos.
—Hasta que conocí a Vera —continúa Erik, y una sonrisa suave, honesta, le relaja las facciones—.
Entonces la velocidad dejó de tener sentido.
Me di cuenta de que volar solo era una forma cobarde de no mirar lo que tenía dentro.
Tuve que elegir entre el ruido de los aeropuertos o el silencio de esta ría.
Escúchate a ti mismo, Mario. El barro no se moldea a la velocidad de los trenes de Inglaterra.
Requiere tiempo. Requiere quedarse en un sitio y hundir los dedos en la tierra, aunque la tierra a veces parezca yerma.
Mario alza la vista y sostiene la mirada de Erik. Hay un respeto mutuo en ese juego de ojos, un entendimiento de hombres que han tenido que romper sus propios mapas para descubrir hacia dónde querían caminar.
—Gracias, Erik —dice Mario en un susurro, y por primera vez en todo el día, los hombros se le relajan un milímetro—. Tienes razón. Han pasado tantas cosas estas últimas semanas que no me he parado a pensar en ninguna.
—Si quieres a Rosa, se lo debes. Te quedes o no, dale una razón real, que sientas dentro. Para saberlo, mi consejo es que pares, que aterrices todo lo que vuela por tu cabeza y elijas lo que de verdad te dicta el corazón. Es lo que yo hice.
—Eso mismo le dije a Santiago cuando renunció al plan de estudiar juntos en Edimburgo. Necesito aterrizar, gracias.
La noche cae sobre Vilabruma con parsimonia.
Mario, tras despedirse de Erik, camina por la arena desierta de la playa de la cala, la misma donde semanas atrás tendió los hilos de complicidad con Rosa.
El mar está plano, transformado en un espejo inmenso que refleja la luna de agosto.
Una luna llena, redonda y radiante, que baña el agua con un resplandor de plata vieja y tiñe la arena de tonos azulados.
Se sienta sobre una roca húmeda con las piernas estiradas y los brazos apoyados en las rodillas.
No ha cenado, pero no siente hambre; el vacío que tiene en el estómago es de otra naturaleza.
Es el vacío del espacio en blanco, de la página que empieza de cero.
Observa el horizonte quieto y escucha el murmullo minúsculo de las olas que mueren en la orilla con un siseo constante, un rumor que le acalla el ruido de la discusión de la tarde.
Saca el móvil de la mochila por primera vez en horas. La pantalla iluminada le devuelve el reflejo de cinco llamadas perdidas de Rosa. Todas de la última hora de la tarde, cuando ella cerró la librería y se encontró con el silencio de la casa azul.
Mario se queda mirando el nombre de Rosa parpadear en la penumbra de la playa.
Nota el trazo del nudo inacabado en su hombro izquierdo y comprende que el tiempo de las huidas se ha terminado.
Su mano no tiembla cuando pulsa el botón verde para devolver la llamada.
El tono conecta de inmediato, rasgando la quietud de la cala con la promesa de lo que está por venir.