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Las orillas del perdón
El olor a cera quemada y a humedad centenaria inunda la iglesia de Vilabruma.
La luz de agosto, que fuera es tan intensa que mantiene el cielo despejado, se filtra por las vidrieras altas convertida en un resplandor morado que tiñe los bancos de madera.
La misa por el cuarto aniversario de la desaparición de Santiago transcurre en un murmullo de oraciones y cánticos que a Rosa le resultan distantes, como si sucedieran al otro lado de una mampara de cristal.
Mario se mantiene junto a ella, firme, con la vista fija en el altar, respetando esa distancia invisible que el protocolo del pueblo les impone ante los ojos de los vecinos.
En la primera fila, Esperanza y su marido permanecen rígidos.
Desde su posición, Rosa solo alcanza a ver el perfil de su cuñada y el leve balanceo de sus hombros; arrulla a la bebé, que permanece extrañamente silenciosa bajo una mantilla de hilo blanco.
A su lado, Santi no para de moverse. El niño está evasivo, con los ojos fijos en la punta de sus zapatos y las manos metidas en los bolsillos del pantalón corto.
Cada vez que Esperanza vuelve la cabeza a mitad de la liturgia para buscar la mirada de su sobrino, el pequeño desvía la vista de inmediato hacia las vidrieras o se esconde detrás del brazo de Rosa, rehuyendo por completo la presencia de esa parte de la familia que solo conoce por fotografías borrosas.
Al terminar la ceremonia religiosa, el duelo se traslada al porche de Entre Nubes.
Vera ha preparado un reservado en la parte trasera del café, lejos de los clientes habituales, donde ofrecer un aperitivo sencillo con el que cumplir con los allegados que han venido desde fuera.
El tintineo de las cucharillas y el murmullo de los pésames repetidos saturan el ambiente.
Santi se refugia de inmediato en una de las mesas del rincón, entreteniéndose con un cuaderno de dibujo que Erik le ha alcanzado para mantenerlo al margen de la gravedad de los adultos. El niño sigue con el ceño fruncido, esquivo, controlando la puerta del local con la mirada.
Es casi mediodía cuando Esperanza aparece en el café junto a su marido.
Tras dejar el coche en el puerto, camina con paso indeciso, sosteniendo a la niña en brazos mientras su esposo carga con el bolso de mudas y biberones.
Al divisar a Rosa junto a la barra, Esperanza le entrega la bebé a su marido en un gesto rápido y se encamina hacia ella.
Sus ojos, del mismo azul intenso que los de Santiago, están empañados por una capa de agua que no llega a desbordarse.
—Rosa, ¿podemos salir un momento? —pide en un susurro, señalando con la cabeza el porche, resguardado por las enredaderas de jazmín.
Rosa asiente en silencio. Siente una opresión conocida en el pecho, pero la madurez de los últimos años la dota de una calma que no tenía cuando firmó los papeles de la venta de la casa. Salen al porche, donde el aire de la ría alivia un poco el bochorno.
Esperanza se apoya contra la barandilla de madera, de cara al mar, y exhala un suspiro largo.
—Ahora que soy madre he comprendido tantas cosas, Rosa…
—arranca, y su voz tiembla con una honestidad que la pilla desprevenida—.
He pensado tanto en ti estos meses. En el horror de quedarte sola con Santi, en lo que te hice pasar con la herencia de la casa de mis padres.
Te pido perdón. De verdad. No estuve a la altura de lo que mi hermano habría querido.
Me escondía en mi pérdida sin entender que la tuya fue mayor.
Rosa la observa en silencio al percibir cómo el rencor que guardó durante cuatro años empieza a desinflarse ante la verdad desnuda de sus palabras.
—Voy a reabrir la casa este otoño —continúa Esperanza, dándose la vuelta para mirarla de frente—. Quiero cambiarle las ventanas, arreglar el jardín. Está a vuestra disposición, Rosa. Si queréis volver… Si Santi quiere crecer allí, es vuestra. No os voy a pedir nada.
Rosa dibuja una sonrisa suave, madura, y niega con la cabeza despacio.
—Te lo agradezco, Esperanza, pero ya no —responde con una serenidad que la sorprende a ella misma—.
Mi vida está ahora en el piso de la librería.
Aquella casa pertenece al pasado, y Santi y yo hemos aprendido a construir nuestro hogar en otro sitio, con pena, pero ya está hecho.
—La mira con una sonrisa que le cuesta horrores sacar—.
Me alegro de que la abras. Nos veremos cuando vengáis en vacaciones.
Santi os necesita, aunque ahora esté un poco arisco.
Necesita saber que tiene tíos y una prima.
A través del cristal de la puerta de la terraza, la silueta robusta de Mario se recorta contra la luz del café.
El artesano observa la escena con el ceño ligeramente fruncido, atento a cualquier ademán de incomodidad en el rostro de Rosa.
Al notar su mirada, Esperanza levanta la mano y le hace un gesto para que salga.
—Mario, ven, por favor —pide en voz alta.
Él empuja la puerta batiente y sale al porche con pasos lentos, manteniendo las manos en los bolsillos del pantalón negro. Su presencia física, imponente, llena el espacio de la terraza.
—Hola, Esperanza —dice él con una voz neutra, desprovista de la antigua hostilidad.
—Te debo una disculpa pública desde hace muchos años, Mario —suelta ella, mirándolo a los ojos, sin rehuir la culpa—. Y quiero darte el pésame por tu padre. Me llamó Paqui para decírmelo. Lo siento muchísimo.
—Gracias.
—¿Sabes? Me acuerdo mucho de aquella época.
Tú y mi hermano… erais increíbles. Santiago siempre hablaba de ti con una admiración que a mí me carcomía por dentro.
Tenía unos celos espantosos de veros siempre juntos, de esa hermandad que teníais y en la que yo nunca lograba entrar.
Por eso hice lo que hice. Por eso inventé aquellas mentiras, por el afán estúpido de romper vuestro mundo y llamar la atención.
Fui una cría egoísta y os costó la distancia.
Sé que lo estropeé todo porque Santiago también se enfadó conmigo.
No sabes cuánto he lamentado mi estupidez.
A Rosa se le acelera el corazón al escuchar la confesión. Mira a Mario y descubre que la mandíbula se le ha relajado por completo; el remordimiento que lo atormentaba esa misma mañana en la cocina parece encontrar, por fin, una vía de escape.
—Ya pasó, Esperanza —responde Mario con suavidad, estirando una mano para darle un apretón firme en el brazo—. Santiago y yo lo arreglamos en Escocia y fuimos los únicos responsables de no mantener la amistad. Quédate con eso.
En ese momento, la puerta del porche se abre de nuevo y aparece el marido de Esperanza. Trae a la bebé en brazos, que ha empezado a llorar con un gemido agudo, incómoda por el calor. Santi viene caminando un paso por detrás de ellos con los ojos clavados en el bulto blanco que no deja de llorar.
—No hay manera de calmarla —se disculpa el marido con gesto apurado.
—Trae, anda. —Rosa reacciona por puro instinto—. Vamos dentro, que el aire acondicionado la aliviará.
Regresan al reservado del café. Rosa se acomoda en el sofá del rincón y le pide al marido que le entregue a la pequeña. Santi se acerca despacio, vencido por la curiosidad de la infancia, y se apoya en el reposabrazos del sofá, observando la cara diminuta y enrojecida de su prima.
—¿Puedo tocarla, mamá? —susurra el niño, olvidando por fin la timidez de la mañana.
—Claro, mi amor. Siéntate aquí. —Rosa le hace un hueco a su lado—. Pon los brazos así, como si fueras a sostener un libro grande.
El marido de Esperanza, en vez de dirigirse a Rosa, acomoda a la bebé sobre el regazo de Santi con extremo cuidado.
El niño ensancha los ojos, completamente maravillado por la ligereza del cuerpo de la niña.
En ese instante, la bebé deja de llorar, emite un pequeño balbuceo y estira una mano diminuta que termina enredándose en el cuello de la camisa de Santi.
El niño estalla en una carcajada divertida, abierta, una risa que resuena en las paredes del café y que a Rosa le suena a la música más hermosa del verano.
Mario observa la escena desde la barra con una sonrisa de medio lado que le ilumina los ojos oscuros.
La atracción que siente por esta mujer y el magnetismo que arrastran desde la noche en la cala sigue ahí, latiendo bajo el luto, transformado ahora en una complicidad protectora que los une sin necesidad de tocarse delante de los demás.
—Estaremos encantados de veros, Esperanza —dice Rosa, sin apartar los ojos de su hijo, que sigue haciéndole muecas a la pequeña—.
De celebrar juntos las fechas señaladas.
Yo suelo ir a Logroño a ver a mis padres varias veces al año, y ellos solían venir por estas fechas para acompañarme en el aniversario, pero esta vez no ha sido posible.
Mi padre ya está muy mayor y ha tenido que dejar de viajar.
Las distancias se hacen cuesta arriba, pero no quiero que Santi se distancie de su familia.
Esperanza se sienta en la silla de enfrente con la mirada fija en su hija y en su sobrino.
—Siento tanto que hayas estado tan sola todos estos años, Rosa… —confiesa con un hilo de voz, apretando el pañuelo entre los dedos—. Me siento muy culpable por haber desaparecido así.
Rosa alza la vista del sofá. Su mirada viaja por encima de las cabezas de los invitados hasta encontrarse con los ojos de Mario, que la observa con una devoción absoluta, firme como la piedra de su taller. La esquina de la boca del artesano se curva en un gesto mudo que le pertenece solo a ella.
—No te preocupes, Esperanza —responde Rosa, y su voz tiene el peso definitivo de las verdades que se quedan para siempre—. Eso ya no importa. Y no, no estoy sola.