La librería de los recuerdos de barro (Latidos de mar 2) 21
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Las esquinas del eco

El vapor del café sube en volutas lentas hacia el techo de la cocina de la casa azul, unos días después del entierro.

La luz de las ocho de la mañana entra con una timidez gris, colándose por los visillos que Carmen lavó antes del desastre.

Mario sostiene la taza de loza, hecha por él, entre sus manos grandes, con los ojos fijos en el remolino oscuro del líquido.

Viste una camisa negra, planchada, que le ensancha el pecho y le confiere un aire solemne, de luto riguroso.

Rosa está sentada frente a él. Lleva un vestido oscuro, liso, que le acentúa la palidez de las facciones.

El silencio que comparten a estas horas tiene el peso confuso de las fechas marcadas en rojo en el calendario.

Hoy es el aniversario. Cuatro años desde que el palangrero de Santiago se hundió en el Atlántico.

Cuatro años desde que la vida de Rosa se partió por la mitad.

—No sé si tengo fuerzas para verla hoy —susurra Rosa mientras rompe el silencio con un hilo de voz—. Esperanza ya está en el pueblo. Me llamó ayer.

Mario alza la vista despacio. Sus ojos oscuros, cargados de la fatiga acumulada por la muerte de su padre, se clavan en los de ella con una atención absoluta.

—¿Ha venido sola? —pregunta él con voz baja.

—Con su marido. Y con una bebé. —Rosa dibuja una sonrisa amarga, desprovista de alegría, y baja la mirada hacia la mesa—.

Una niña de apenas unos meses. Yo no sabía nada, Mario.

No tuvo el detalle de contarme que Santi iba a tener una prima.

Me dolió escucharlo. No por la niña, claro, sino porque me di cuenta de que ya no somos nada para ella.

De que no ha hecho el más mínimo esfuerzo por ser la familia que mi hijo necesita.

Desde que Santiago desapareció, ella solo vio números en esta villa.

Rosa estira los dedos sobre la madera de la mesa, buscando calor, y Mario desliza su mano de inmediato para cubrirla. La palma del artesano está caliente, un contacto firme que a Rosa le devuelve un poco de aire a los pulmones.

—Ella fue el motivo por el que dejé la casa grande, ¿sabes?

—continúa Rosa, y sus ojos castaños se inundan del brillo que ilumina los recuerdos—.

En cuanto pasó lo del naufragio y se declaró la muerte legal, Esperanza reclamó desde Oviedo la mitad que le correspondía de la casa de sus padres, la vivienda donde yo vivía con Santiago, donde nació mi hijo y donde lloré cada una de sus noches de ausencia.

Yo no tenía dinero para comprarle su parte.

No con los barcos retenidos y las cuentas en el limbo.

Así que cedí. Le vendí mi parte de mala gana hace un año más o menos, cerré el local antiguo de la librería cuando encontré el actual, más grande y con la vivienda arriba, al lado de Vera.

A la gente le conté que era por tener una tienda más grande y con vivienda, que no es mentira, pero no la única verdad.

Mario aprieta los dedos sobre los de ella, un gesto mudo de protección.

—Me extrañaba que no te hubieras quedado, era tu hogar.

—Esa casa lleva vacía desde entonces —añade Rosa con un nudo que le aprieta la garganta—.

Con los postigos cerrados, pudriéndose con el salitre.

En un pueblo tan pequeño como Vilabruma, es casi imposible no pasar por delante, pero yo doy rodeos solo para evitar esa esquina.

Me duele ver el jardín descuidado. Me duele recordar lo que fuimos allí dentro.

Sobre todo, me duele haberle quitado a mi hijo una conexión más con su padre y con su primera infancia; total, para que ella no la utilice.

Mario exhala un suspiro hondo. Retira la mano despacio, se levanta del taburete y camina hacia la ventana que da al jardín trasero. Se apoya contra el marco de madera, de espaldas a ella, con los hombros rígidos bajo la tela negra de la camisa.

—Santiago era un buen tipo, Rosa —dice Mario, sin volverse, con la vista fija en la higuera del patio—. Un hombre noble. De los que ya no quedan en esta costa. Para mí, era un hermano.

Rosa lo observa, intrigada por el súbito cambio de tono en su voz.

—Lo sé —responde ella—. Te quería, Mario. Aunque no hablaba mucho de ti, lo he sabido después.

—Lo sé. Éramos como hermanos hasta que me fui. —Mario se vuelve despacio. Su rostro está en la penumbra, pero sus ojos brillan con una intensidad dolorosa—. Te dije que emigré para estudiar porque me ahogaba en el pueblo. Uno de los motivos que aceleraron mi marcha a Edimburgo fue Esperanza.

Rosa se acomoda en la silla y endereza la espalda para darse ánimo. El nombre de la hermana de su difunto marido flota en el espacio de la cocina con una vibración extraña.

—Ella y yo salimos juntos un invierno —confiesa el artesano, y sus nudillos se vuelven blancos al apoyarse en el respaldo de la silla—.

Éramos jóvenes e inexpertos. Desde críos decían que acabaríamos juntos y ella se lo debió de creer.

Era muy inquieta y solo pensaba en irse lejos del pueblo.

Con intención de hacer dinero, Esperanza se juntó con la peor calaña de la ría, con la gente que metía a chavales en las descargas de fardos, y había empezado a probar esa mierda.

Yo me enteré de todo y me metí por medio para intentar sacarla de ahí antes de que se destruyera.

Rosa contiene el aliento, atenta a cada uno de sus movimientos.

—Santiago se enteró —continúa Mario con la voz rota por un remordimiento viejo—.

Vino a buscarme a casa. Estaba furioso. Me reprochó que hubiera liado a su hermana, que la hubiera metido en esa mierda para luego dejarla tirada por irme; esa fue la mentira que ella le contó.

Me dolió tanto que no me creyera… Mi orgullo pudo más que mi cordura.

En lugar de jurarle la verdad, le grité que, si prefería creer a las malas lenguas de las tabernas antes que confiar en su mejor amigo, no teníamos nada más que hablar. Me largué esa misma semana.

El silencio regresa a la cocina, pero ahora es un silencio herido. Rosa se levanta de la silla y camina hacia él, reduciendo la distancia hasta quedar a escasos centímetros de su pecho. Percibe el aroma a café y a jabón que desprende su piel.

—¿Y luego? ¿Qué pasó? —pregunta ella en un susurro.

—Unos días después, cuando vio que con esa mentira no me retuvo aquí, Esperanza confesó la verdad.

—Mario baja la cabeza con los ojos fijos en el suelo—.

Confesó a Santiago que todo fue una mentira suya, un invento desesperado para intentar retenerme en el pueblo y que su familia no supiera que había consumido, aunque hubiera sido solo una vez.

Santiago no se lo pensó dos veces. Se plantó en Edimburgo, en el piso compartido donde yo malvivía.

Me buscó, nos pedimos perdón con los ojos empañados, él, por no creerme y yo, por haber cubierto a su hermana, y nos abrazamos como los amigos que siempre habíamos sido.

Su idea era quedarse a estudiar también, pero no aguantó.

Mario alza la vista y busca los ojos de Rosa. Hay una vulnerabilidad tan brutal en su mirada que a ella se le enciende el pecho de una ternura infinita.

—Me pidió perdón, Rosa, pero yo seguí siendo un estúpido orgulloso —admite él, y una lágrima solitaria le resbala por la mejilla—.

No quise regresar a Vilabruma con él. Me quedé en el Reino Unido.

Después de eso, solo nos vimos en navidades, de una forma demasiado fría, formal, con conversaciones de compromiso en la cofradía.

Nunca recuperamos lo que tuvimos de niños.

Y luego… luego el mar se lo llevó. Aún me escuece el orgullo, Rosa.

Me mata pensar que perdí años de su vida por no haber seguido en contacto.

Rosa no responde con palabras. Da el último paso que los separa y le rodea el cuello con los brazos, pegando su cuerpo al de él con una firmeza rotunda. Mario la recibe con desesperación; sus manos grandes se clavan en su cintura, atrayéndola hacia sí, hundiendo la cara en su cabello oscuro.

El contacto de sus cuerpos genera una corriente eléctrica, una tensión cargada de necesidad, de consuelo y de un deseo maduro que se mezcla con el dolor del luto.

Se sostienen el uno al otro en mitad de la cocina vacía, dos supervivientes que arrastran sus propios fantasmas, pero que eligen no soltarse.

Mario le busca la boca en un beso corto, urgente, que sabe a lágrimas y a una promesa muda de fidelidad, antes de que las campanas de la iglesia comiencen a doblar a lo lejos, anunciando que es la hora de salir a enfrentarse al pasado.