20
Las muescas del agua
El segundero del reloj de pared de la sala de espera avanza con un chasquido metálico, sordo, que perfora el silencio de la madrugada.
La luz de los fluorescentes del hospital tiene un tono quirúrgico, frío, que deslava el color de la piel y hace que las horas carezcan de sentido.
Son casi las cuatro de la mañana cuando la puerta de los boxes de críticos se abre de nuevo.
Rosa se incorpora del asiento de plástico en cuanto ve aparecer al neurólogo de guardia. Mario, que lleva dos horas inmóvil frente a la cristalera con los brazos cruzados sobre el pecho, ni siquiera parpadea. Solo da un paso al frente.
El médico no necesita hablar demasiado; la distancia con la que sostiene la carpeta médica y la inclinación leve de sus hombros lo dicen todo antes de tiempo.
El TAC confirma lo peor: no hay derrame reversible, sino un fallo multiorgánico derivado de la crisis convulsiva prolongada.
El cerebro de don Emilio, desgastado por años de sombras, ha decidido apagar los motores.
—Es cuestión de horas, Mario —dice el médico con esa compasión profesional que resulta tan aséptica—. Está sedado, no sufre. Podéis pasar a despediros.
Mario asiente. No hay rabia en su gesto, solo una aceptación cansada, una rigidez que le recorre la espina dorsal. Se vuelve hacia Rosa. Sus ojos oscuros, habitualmente tan firmes, están vacíos, desprovistos de ese brillo que la cala dorada les había devuelto unas horas antes.
—Ve, tranquilo —lo anima ella, dándole un apretón suave en los dedos—. Yo te espero aquí.
El box es un habitáculo pequeño, dominado por el ritmo decreciente del monitor cardíaco.
El padre de Mario parece más pequeño entre las sábanas blancas del hospital, despojado de esa presencia imponente que tenía cuando caminaba por Vilabruma.
Mario se sienta en la banqueta de metal, toma la mano de su padre y echa de menos esa mano grande, de tendones marcados, que le enseñó a medir la fuerza en las redes.
Apoya la frente contra el colchón. No hay palabras de despedida.
Solo el susurro de la respiración del anciano, que se va espaciando, haciéndose cada vez más leve, como una marea que se retira de la arena sin intención de regresar.
A las cinco y doce de la mañana, le parece ver que su padre abre los ojos y, con cariño en la mirada, esboza un tenue «hijo mío, mi Mario, te quiero tanto.
Sé feliz», pero no está seguro, tal vez lo ha imaginado por ese estado de vigilia que lo descentra.
El monitor emite un pitido continuo, plano.
El silencio que se instala después es el más asfixiante que Mario ha escuchado en toda su vida.
¿Ha tenido un último segundo de lucidez?
La médica de guardia entra en el box con pasos amortiguados por el linóleo del suelo, apaga el aparato con un clic seco y deja la estancia sumida en una quietud de cementerio.
Mario no suelta la mano de su padre. Sigue con los dedos entrelazados en esos nudillos gastados, fríos, que ya no oponen ninguna resistencia.
Se queda ahí, inmóvil, con la mirada fija en el perfil de don Emilio, que ahora parece libre de la crispación del dolor y de las nieblas de la enfermedad.
Rosa abre la puerta del box despacio, avisada por la enfermera.
No dice nada. Sabe que las palabras son estorbos en momentos así.
Se coloca al lado de Mario, estira el brazo y le pone una mano en la nuca, apretando con suavidad, ofreciéndole el calor de su propia piel.
Mario dobla la espalda hacia delante, apoya la frente contra el brazo inerte de su padre y exhala un suspiro ronco, un amago de llanto que se le queda atascado en la garganta.
—Creo que se despidió de mí —solloza.
—Seguro que sí. Se fue feliz de verte a su lado, estoy segura —le contesta con los labios pegados a su cuello, donde deja unos cuantos besos consoladores.
El papeleo, las firmas y la burocracia de la muerte los arrastran durante las dos horas siguientes en una especie de duermevela gris.
Cuando salen por fin del Hospital Clínico, el amanecer de agosto los recibe con una luz lechosa, húmeda, que les lastima los ojos cansados.
El trayecto de vuelta a Vilabruma en el coche de Rosa es un viaje de puros fantasmas.
Mario va en el asiento del copiloto con la cabeza apoyada en la ventanilla, viendo pasar los eucaliptos de la autopista como sombras borrosas. No ha dejado de llorar.
Al llegar a la casa azul, el vacío se les echa encima en cuanto cruzan el umbral.
La cocina sigue igual que el día anterior: el vaso de agua a medio terminar sobre la mesa, la almohada que Carmen usó para proteger la cabeza de don Emilio tirada junto a la chimenea, los restos de lo que usaron los paramédicos y el olor a lino limpio mezclado con el rastro metálico de la crisis de la tarde.
La ausencia no es un hueco, es un peso que ocupa todo el espacio.
Mario camina hasta el centro de la sala, se cruza de brazos y se queda mirando el suelo de baldosas. Parece un extraño en sus propios metros cuadrados.
Rosa se acerca por detrás, le quita las llaves de las manos y le toca el hombro.
—Mario, no te voy a dejar solo aquí dentro —le dice en un susurro firme con los ojos empañados—. Voy a ver a Santi a casa de Sole y vuelvo con algo para desayunar. Me quedo contigo el tiempo que haga falta. No pases el día en esta casa así.
Él se vuelve despacio. Rosa nota que su mirada está desbocada, oscurecida por una fatiga que va más allá de la falta de sueño.
La mira, pero es como si estuviera observando un paisaje lejano, inalcanzable.
Sus ojos reflejan una gratitud infinita, tamizada por un cansancio extremo.
Busca las manos de Rosa y se las estrecha entre las suyas con una suavidad que a ella la desarma por completo.
—Los dos tenemos que descansar, Rosa. Te lo agradezco en el alma, de verdad…, pero prefiero que te vayas. Necesito estar solo aquí —pide él, y su voz suena serena, desprovista de cualquier atisbo de reproche—. Necesito asimilarlo.
Rosa percibe la flaqueza en su tono y, aunque le duele dejarlo, asiente. Lo abraza, le da un beso tierno en la mejilla y sale de la casa azul de vuelta con su hijo.
Al quedarse solo, Mario se apoya contra la puerta cerrada y se desliza hasta sentarse en el suelo.
El silencio de las paredes vacías empieza a asfixiarlo.
Mira a su alrededor, desorientado, sin saber muy bien dónde está ni quién es en ese nuevo escenario.
Hace apenas doce horas se sentía flotar en un bote al lado de Rosa, rebosante de una gratitud enorme hacia la vida, convencido de que por fin el viento soplaba a su favor.
Ahora, el contraste es una bofetada helada: su padre descansa en una cámara frigorífica y él se descubre de golpe como el único dueño de una casa fantasmal y de un taller cuyo destino le da vértigo.
Siente que su existencia ha vuelto a dar un vuelco violento, un giro completo de esos que te descolocan el mapa, y la incertidumbre lo paraliza; no sabe hacia dónde quiere caminar ni tiene fuerzas para arrastrar a nadie más en su caída.
Se levanta y se esconde en el único lugar en el que se siente a salvo, junto al torno, moldeando y creando sin planes, sin ataduras, sin ningún otro objetivo que el de dejar que el tiempo corra y se lleve los malos pensamientos con él.
El entierro en el cementerio parroquial de Vilabruma se celebra al día siguiente, bajo un cielo de agosto que se ha vuelto plomizo y espeso.
Mario lo ha querido así, sin vigilia que lo atormente y que obligue a los que lo conocían a despedirse dos veces.
Los vecinos acuden en silencio con los rostros serios de la gente de costa que conoce el valor del respeto a los muertos.
Erik y Vera se mantienen a una distancia prudencial, sosteniendo el espacio con la mirada, mientras Carmen llora sin disimulo detrás de Mario.
Rosa se apoya contra la pared del pasillo del cementerio con la mirada perdida en la fosa abierta de don Emilio, y un peso conocido y asfixiante le desgarra el pecho.
Al ver la madera de la caja, el recuerdo de Santiago la golpea con la fuerza de una ola negra.
Piensa en que ella nunca tuvo este momento.
No hubo un pedazo de tierra al que llorar, ni un ataúd que tocar con la punta de los dedos para despedirse ni un lugar físico en Vilabruma donde dejar sus flores y su dolor.
El mar se lo tragó todo una noche de agosto y la dejó a ella con las manos vacías, habitando un luto suspendido en el aire, sin tierra firme.
Las lágrimas, calientes y amargas, le resbalan por las mejillas sin que pueda contenerlas; es un llanto que no es solo por el anciano que se va, sino por el cuerpo de su marido que nunca regresó a la orilla, por la despedida que el océano le robó y que hoy, viendo enterrar al padre de Mario, vuelve a sangrar como una herida abierta.
Se ha quedado un paso por detrás de Mario, entre las filas de nichos de piedra húmeda.
Sabe que las miradas del pueblo son afiladas, que cualquier gesto de excesiva cercanía en mitad del luto encendería los comentarios que llevan semanas conteniendo.
Sin embargo, cuando la tierra cubre por fin la madera de la caja, Mario se vuelve.
Ignora los convencionalismos de Vilabruma.
Busca los ojos de Rosa entre la multitud y le sostiene la mirada durante dos segundos eternos.
Es un pacto mudo, un hilo invisible que se estira pero no se rompe: la coraza sigue puesta ante los demás, pero ella es la única que sabe qué hay detrás de las grietas.
Al caer la tarde, Rosa regresa a su casa.
El cansancio se le acumula en la nuca como una losa.
Encuentra a Santi sentado en la alfombra del salón, rodeado de sus barcos de plástico, pintando con ceras de colores sobre un folio en blanco, con Ximena, que se ha quedado a su cargo.
El niño alza la vista en cuanto la oye entrar.
Tiene la intuición afilada de la infancia.
—¿El abuelo Emilio ya no va a volver a la casa azul, mamá? —pregunta el pequeño, dejando la cera amarilla sobre el suelo.
Rosa se arrodilla a su lado con cuidado y le recoge las manos entre las suyas. El olor familiar de su hijo la reconforta, le devuelve un pedazo de la realidad que el hospital le había robado.
—No, mi amor —le explica con suavidad, buscando las palabras exactas, las que la psicóloga le enseñó a usar—.
El cuerpo del abuelo Emilio estaba muy cansadito, ya lo sabías.
Su mente se había ido perdiendo un poco cada día y el domingo su corazón decidió que era el momento de descansar del todo. Ya no le duele nada.
Santi baja la cabeza, pensativo. Juega con el borde de la manga de su camiseta.
—¿Se ha ido al mismo sitio que papá? —suelta el niño con una voz minúscula que a su madre le parte el alma.
Rosa contiene el nudo que le aprieta la garganta. Le acaricia la mejilla, sintiendo el calor de su piel.
—Están en el mismo sitio, sí. En los recuerdos que tenemos de ellos. Tu papá cuidaba del mar grande, y el abuelo Emilio cuidaba de la huerta de la casa azul. Ahora nos toca a nosotros cuidar de Mario, porque está muy triste. ¿Me ayudas a cuidarlo?
Santi asiente de inmediato con una seriedad que conmueve y se abraza al cuello de su madre, escondiendo la cara en su hombro.
Es casi medianoche cuando Rosa sube el sendero que conduce a la casa azul.
No ha querido presionar a Mario en todo el día, pero el instinto la empuja a comprobar que sigue a salvo.
No hay luces encendidas en las ventanas principales de la vivienda, solo el resplandor mortecino del cobertizo del taller. La puerta de madera está entornada.
Al entrar, el olor a arcilla húmeda la recibe con familiaridad.
Mario está sentado en el taburete, frente al torno apagado.
No está moldeando. Tiene las manos caídas entre las piernas, la cabeza vencida hacia delante y los hombros hundidos por el peso de un silencio absoluto.
La cubeta del agua tiene una capa de polvo gris en la superficie, estancada.
Rosa se acerca sin hacer ruido. Se coloca detrás de él y le apoya las manos en los hombros, ejerciendo una presión firme, cálida.
Mario se estremece ante el contacto, pero esta vez no se aparta.
Se vuelve despacio, la rodea con los brazos por la cintura y esconde la frente en el vientre de Rosa, soltando un gemido ronco, un llanto seco que nace de lo más profundo de sus costillas.
Es un dolor primario, el de quedarse huérfano de la única raíz que lo ataba a Vilabruma. Rosa le acaricia el pelo desordenado, deja que se desahogue contra ella y se convierte en el pilar que él necesita.
Al cabo de unos minutos, Mario alza la vista. Sus ojos están enrojecidos, cansados, pero la mirada es franca, despojada de todos los muros que construyó en Inglaterra. Toma la mano de Rosa y se la lleva al pecho, justo donde el latido del corazón le bombea con una fuerza salvaje.
—Ya no hay nada que me retenga aquí, Rosa —murmura él con la voz rota—. La editorial, la casa…, todo me empuja a volver a Inglaterra. Sería lo más fácil, volver a lo que era.
Rosa siente que el suelo se le mueve bajo los pies, pero mantiene la entereza. Le sostiene la mirada, rozando con el pulgar la línea del cuello que muere en el tatuaje de su hombro, escondido bajo la camiseta.
—¿Y qué es lo que quieres tú, Mario? Sé que lo fácil te atrae porque estás cansado, pero ¿es eso lo que deseas? —pregunta ella en un susurro.
Mario se pone en pie, elimina la distancia entre sus cuerpos. La atrae hacia sí con una firmeza que no admite dudas, pegándola a su pecho con una necesidad que ya no entiende de culpas ni de pasados.
—Quiero quedarme —dice él, y sus labios buscan los de ella con una desesperación dulce, un beso que sabe a tierra, a sal y a una promesa de futuro—. Quiero aprender a moldear este barro contigo. Aunque el mundo cambie, aunque todo se caiga. Quiero que mi puerto sea este.
En mitad de la penumbra del taller, rodeados de las piezas que su padre vio nacer y de las sombras que por fin empiezan a aclararse, se buscan con la urgencia de los supervivientes.
La sensualidad de sus cuerpos se vuelve un lenguaje de consuelo, una entrega total donde el luto no es una barrera, sino la grieta por la que empieza a entrar la luz de verdad.