19
La grieta
El cabo de lona raspa contra la cornamusa de hierro del muelle con un crujido seco.
Mario flexiona las rodillas para asegurar la amarra del bote con el ceño fruncido por el esfuerzo y la piel todavía encendida por el sol de la tarde.
Rosa mantiene a Santi de la mano en el pantalán a la espera de que el artesano dé el visto bueno para saltar a tierra.
Es en ese instante cuando el interior de la bolsa de lona de Mario empieza a vibrar.
Al principio es un zumbido sordo que se mezcla con el graznido de las gaviotas del puerto.
Mario ignora el aviso, pues tiene las manos ocupadas, y termina el nudo sobre el pivote de metal.
Sin embargo, el aparato no da tregua. La vibración cesa apenas un segundo antes de arrancar de nuevo con una insistencia estridente, violenta, que rebota en las paredes del casco.
Mario se incorpora angustiado por la insistencia. Intercambia una mirada rápida con Rosa y estira el brazo para rebuscar en el fondo de la bolsa. El nombre de Carmen parpadea en la pantalla iluminada.
—¿Carmen? —Mario ni siquiera saluda. El tono de su voz se crispa al instante.
Al otro lado de la línea, la voz de la cuidadora llega rota, ahogada por un llanto jadeante que apenas deja espacio para las palabras. Se oye un estrépito de muebles de fondo, el golpe rítmico de algo pesado contra el suelo de la cocina de la casa azul.
—Mario, ven… Ven ya, por Dios —consigue articular la mujer entre sollozos—. Tu padre… Le ha dado un ataque. Ha empezado a temblar en el suelo, tiene espasmos, no respira bien. He llamado a urgencias, pero no llegan. Mario, me muero de miedo, ven ya.
El teléfono resbala entre los dedos de Mario, aunque logra atraparlo antes de que caiga al agua. Sus facciones se endurecen tanto que parecen esculpidas en granito.
—Vamos, mi padre no está bien —dice, y la firmeza de su voz se quiebra en la última sílaba.
Salta del bote al pantalán de una sola zancada, toma a Santi en brazos sin pedir permiso y comienza a correr por la pasarela de madera en dirección al paseo marítimo.
Rosa lo sigue de cerca con el estómago encogido por un presentimiento espantoso que le hiela la sangre.
El trayecto hasta la casa azul se convierte en una sucesión de zancadas desesperadas sobre el asfalto recalentado por el sol de agosto.
Mientras esquivan a los turistas que pasean con tranquilidad junto al puerto, Rosa saca su propio móvil con dedos torpes. Marca el número de Vera. La llamada conecta al tercer tono.
—Vera, necesito que vayas a la casa azul ahora mismo —suelta Rosa con el aliento justo en los pulmones—. Ha pasado algo con don Emilio. Hay que llevarse a Santi. Llévaselo a Sole, por favor, que se quede con él esta noche.
No espera la respuesta de su amiga. Corta la comunicación justo cuando tuercen la esquina del callejón que sube hacia la vivienda de Mario.
Vera ya está allí. Su silueta recortada en el porche es un faro de cordura en mitad del desastre.
Aparece a la carrera desde la cafetería con las llaves en la mano y el rostro pálido.
Mario llega a su altura, deposita a Santi en el suelo con cuidado y le da un beso rápido en la frente para calmarlo, aunque sus propios ojos delatan el pánico.
Vera toma al pequeño por los hombros, lo resguarda contra su cuerpo y se lo lleva en dirección a la casa de Sole sin hacer una sola pregunta.
De este modo, le ahorra la escena que está a punto de desatarse.
Un minuto después, el aullido de la sirena rasga el silencio de Vilabruma.
La ambulancia enfila la cuesta con las luces parpadeantes que barren las fachadas de piedra.
El vehículo se detiene con un frenazo seco que hace chirriar los neumáticos sobre la grava del jardín.
Los sanitarios bajan con el equipamiento de urgencia, el desfibrilador y las camillas rígidas.
Entran en la planta baja como un torbellino de uniformes fosforescentes.
Dentro, la escena es dantesca. Carmen permanece de rodillas en el suelo de la cocina, donde sujeta la cabeza del anciano con una almohada para evitar que se golpee contra las baldosas.
Don Emilio sufre una crisis convulsiva generalizada con los ojos vueltos hacia el techo y un hilo de espuma rígida en la comisura de los labios.
Mario se arroja al suelo junto a la cuidadora.
Le agradece el gesto con una mirada rápida y asume el control del espacio.
Ayuda a los sanitarios, que de inmediato canalizan una vía para inyectarle los anticonvulsivos.
Rosa se queda apoyada en el marco de la puerta con las manos pegadas a la boca, reteniendo el aire.
El olor a medicina, el pitido de los monitores portátiles y las órdenes rápidas de los técnicos crean una atmósfera asfixiante donde el tiempo deja de existir.
—Hay que trasladarlo ya —anuncia la médica del equipo tras estabilizar la respiración del anciano—. El Clínico de Santiago está avisado. ¿Quién sube?
—Yo. —Mario se pone en pie. Mira a Carmen, que tiembla como una hoja al viento, todavía conmocionada—. Carmen, quédate aquí, tranquila. Has reaccionado muy bien, gracias. Rosa te lleva en el coche detrás de nosotros si quieres venir o marcha a descansar. Yo no me separo de él.
El viaje por la autopista hacia Santiago de Compostela es una tortura de cuarenta minutos que se estira como un chicle.
Carmen decide quedarse en el pueblo para asimilar el susto, de modo que Rosa conduce sola su coche.
Mantiene la vista fija en la línea blanca de la carretera y guarda una distancia prudencial con los pilotos traseros de los coches que le sirven de ancla para no dejarse llevar por los nervios.
Rosa apenas registra los paisajes que pasan por la ventanilla.
Su mente está fija en la silueta de Mario dentro de aquel vehículo de emergencias.
El contraste con la mañana en el barco es doloroso, una sacudida de realidad que destruye la burbuja de felicidad en la que se encontraban.
Piensa en la fragilidad de todo lo que empiezan a tocar, en cómo la vida cambia de rumbo en el espacio de un solo pitido de teléfono.
Cuando llega al servicio de urgencias del Hospital Clínico, el caos urbano la recibe con el calor y humo de tubos de escape. De lejos ve cómo la ambulancia ya descarga a don Emilio por las puertas batientes de la zona de críticos.
Rosa estaciona el coche en el primer hueco disponible del parking y camina a paso ligero por el pasillo de baldosas blancas que conduce a la sala de espera principal.
El olor a desinfectante, el murmullo de las camillas que ruedan por los pasillos y la luz fluorescente del techo crean ese limbo hospitalario donde todos los miedos se magnifican.
Mario la espera en el pasillo de la zona de boxes. Tiene la camiseta gris manchada de un rastro sutil de saliva y barro de la cocina y el pelo revuelto por el sudor. Al verla entrar, camina hacia ella y busca de inmediato su amparo.
—Está en boxes —explica Mario con un hilo de voz—. Le cortan la crisis con medicación, pero está sumido en un sueño muy profundo. Tienen que hacerle un TAC craneal para descartar que la crisis la haya provocado un pequeño derrame o si es parte de la evolución del Alzheimer. Nos toca esperar.
Se apoya contra la pared del pasillo y se tapa la cara con las dos manos. Le tiemblan los hombros, una vibración interna que delata que la coraza de hombre fuerte se agrieta por completo.
Rosa acorta la distancia entre los dos. No le importa que estén en mitad del hospital, ni que las enfermeras pasen de largo con sus carros de medicinas.
Se coloca frente a él, le toma las muñecas con suavidad y lo obliga a apartar las manos de la cara.
Al recordar el trazo del nudo inacabado en su hombro, siente una necesidad imperiosa de sujetarlo para que no caiga.
—Mario, mírame —le pide en un susurro, buscando sus ojos oscuros, que ahora están empañados por las lágrimas que se niega a soltar.
Él alza la vista. La vulnerabilidad que descubre Rosa en su mirada la atraviesa por dentro de parte a parte.
—Tengo miedo, Rosa —confiesa, y por primera vez la madurez de su voz cede ante el desamparo—. Siento que se me escapa entre los dedos. Que se va y que ya no hay vuelta atrás.
Rosa no responde con palabras. Se pega a su pecho, le rodea la cintura con los brazos con una firmeza rotunda y le ofrece su propio cuerpo como un parapeto contra el dolor.
Mario se aferra a ella con una desesperación salvaje, hunde los dedos en la tela de su vestido y busca en el olor a salitre que aún traen de la ría el único cabo suelto que lo ata a la vida.
Mientras tanto, la noche cae sobre el hospital.