18 #2
Rosa se levanta despacio para no desestabilizar el bote y se mueve hacia la popa, acomodándose justo al lado de Mario. Sus muslos se tocan, la piel contra la piel, un contacto abrasador que los hace estremecer a pesar del calor de ese día de verano.
—Gracias —susurra Rosa con sus ojos castaños fijos en el perfil de él—. No sabes lo que significa para Santi escuchar estas cosas. Para él, su padre es solo una foto fija en el salón. Tú le estás dando un hombre de carne y hueso.
Mario se vuelve hacia ella despacio. Su mirada es oscura, cargada de una devoción que la desarma por completo. Estira la mano y le acaricia la mejilla con los dedos, deteniéndose en la comisura de sus labios.
—Santiago habría hecho lo mismo por mí, Rosa —responde él con su voz de marea baja, un murmullo que solo pertenece a ellos dos—. Pero no solo lo hago por él. Lo hago por ti. Ver la luz en tus ojos hoy, ver que sonríes de verdad, vale cada segundo de mi vida.
La cercanía es insoportable. Rosa se inclina hacia él, acortando el último milímetro de distancia.
Sus labios se encuentran en un beso suave, pausado, salado por la brisa de la ría y cargado de una sensualidad contenida que los hace temblar en la popa del barco.
Mario la rodea con el brazo, pegándola a su costado, disfrutando del tacto de su cuerpo dócil bajo la ropa ligera.
Es un instante suspendido en el tiempo donde el dolor del pasado se disuelve en el rumor del agua en calma y el futuro empieza a parecer un lugar donde la felicidad es posible. Solo tiene que darse permiso.
Navegando hacia la costa, Mario recuerda el día en el que Santiago y él casi se ahogan.
Tenían trece años cuando cogieron sin permiso la vieja barcaza de un tío de su amigo.
El viento del norte arreciaba y el agua empezó a colarse por la madera agrietada.
Trataron de remar hacia la orilla, pero una ola cruzada, más alta y traicionera que las demás, embistió el costado de la embarcación.
Santiago perdió el apoyo. Su cuerpo se tambaleó en el aire y, con un grito ahogado, cayó de espaldas hacia las aguas gélidas y oscuras de la ría, justo donde la corriente del canal principal tiraba con más fuerza hacia el fondo.
A Mario no le dio tiempo a pensar. El pánico le anestesió el miedo y le encendió los músculos.
Dejó caer el remo, se arrastró por la madera resbaladiza de la bancada y se lanzó de bruces sobre la borda, hundiendo medio cuerpo en un agua helada que le cortó la respiración.
Sus dedos buscaron a ciegas en mitad de la espuma blanca hasta que chocaron con la lana áspera de la sudadera de Santiago.
Tiró. Tiró con una fuerza que no sabía que tenía, con las uñas clavadas en la tela y las rodillas apoyadas contra la cuaderna rota para hacer palanca, ignorando el dolor del roce de la madera.
El agua tiraba de Santiago hacia abajo como un ancla de plomo, pero las manos de Mario no cedieron.
Se aferró a él como si su propia vida dependiera de ese agarre hasta que logró izarlo de nuevo hacia el interior de la lancha, donde ambos cayeron en un montón de extremidades temblorosas, jadeando y con los corazones desbocados contra el pecho.
Santiago se sentó, escupiendo agua salada, con los labios azulados por el frío y los ojos abiertos como platos por el terror que acababa de rozarle los talones.
Mario mira el mar y la conversación que siguió le llega nítida a la memoria, le araña el pecho al darse cuenta de que no cumplió su promesa:
—Me estaba tragando, tío… —susurró con la voz temblando—. La corriente me tiraba para abajo. No podía subir.
—Te tengo —dijo Mario, apretándole el brazo con brusquedad, medio enfadado, medio aliviado—. Te tengo, idiota. No te ibas a ir a ninguna parte.
—Somos los mejores amigos del mundo, Mario. Pase lo que pase. Júrame que siempre nos salvaremos el uno al otro.
—Siempre, Santiago. Siempre te voy a sacar del agua.
—Y yo a ti, amigo.
El sonido del motor de la lancha en el presente arrastra a Mario de vuelta a la realidad, golpeándolo de frente con la brisa cálida de Vilabruma. El mar sigue siendo el mismo, una masa azul y profunda que no sabe de promesas ni de pactos de infancia.
Mario baja la vista hacia sus manos, apoyadas en el timón.
Son las mismas manos que a los trece años tuvieron la fuerza suficiente para arrancar a Santiago de las garras de la corriente.
Las mismas manos que hoy han sostenido al pequeño Santi mientras le enseñaba a mirar el horizonte sobre las olas, protegiéndolo de los golpes del mar.
Una punzada de pura angustia, un dolor sordo y lacerante le atraviesa el pecho al mirar el agua profunda que corre junto al casco.
Es la certeza de la mayor derrota de su vida.
El día que el Albatros se hundió, Mario estaba a miles de kilómetros, a salvo entre las paredes de ladrillo de su casa en Inglaterra, ajeno a la tormenta que, esa vez sí, lo arrastró y lo engulló, sin que pudiera cumplir su promesa.
Lamenta, con una culpa que le quema la garganta, no haber estado allí aquella noche.
Lamenta no haber cumplido el pacto de la Dorita.
El mar se llevó a Santiago a tumba abierta, a la velocidad del rayo, y las manos de Mario, las manos que nacieron para cuidar y sostener la fragilidad del mundo, no estuvieron presentes para buscar la lana de su sudadera entre la espuma negra, ni para cumplir la promesa de salvarlo una última vez.