La librería de los recuerdos de barro (Latidos de mar 2) 18
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El rumor del agua en calma

Agosto estalla en Vilabruma con una luz dorada que reverbera en el agua de la ría como un espejo roto.

Es domingo, el único día en que el cartel de «Cerrado» cuelga del picaporte de La Orilla de Papel, permitiendo a Rosa respirar sin el peso de las novedades editoriales ni los albaranes sobre el mostrador.

La mañana arranca con una tregua hermosa, de esas que se celebran en silencio: don Emilio ha tenido una noche tranquila, se ha despertado con los ojos ubicados en el tiempo y ha reconocido a Mario al primer intento, pidiéndole el café con leche con la misma voz recia de los viejos tiempos.

Ese pequeño milagro cotidiano dota a Mario de una ligereza inédita en los hombros.

Sumado a las dos semanas de vacaciones que le corresponden en el trabajo, que le han concedido el derecho a disfrutar del verano.

Le hace mucha ilusión el plan del día, sugerido con cautela por la psicóloga de Santi semanas atrás, y que se materializa en el muelle pequeño del pueblo.

No es una salida a mar abierto, ya que el océano impone un respeto que el niño aún no puede gestionar.

Cada vez que ve un barco, se acuerda de su padre y tiene miedo de naufragar como él.

Han preparado un paseo breve por el interior de la ría, un recorrido pegado a la costa, donde el agua es un plato manso de tonos verdosos y las bateas descansan alineadas como gigantes de madera negra.

Santi permanece clavado en el pantalán con los dedos de las manos encogidos alrededor de las cinchas del chaleco salvavidas naranja que Mario le ha ajustado con mimo.

El niño observa la pequeña embarcación de recreo del marido de Sole, un pequeño bote de madera barnizada que flota con un balanceo rítmico, y da un paso atrás, buscando la seguridad de las piernas de su madre.

—No sé si quiero subir, mamá —susurra el pequeño con los ojos fijos en la regala del barco—. Los barcos se hunden. Papá no volvió por culpa de uno.

Rosa se agacha al instante sobre las tablas del muelle y se sitúa a su altura. Al apartarle un mechón de pelo de la frente, nota la rigidez en sus hombros menudos. Siente una punzada de dolor en el pecho, pero la mitiga con una sonrisa serena, esa que ha ensayado tantas veces frente al espejo.

—Lo sé, mi amor. Pero no vamos a salir al mar grande donde faenaba papá —le explica con voz pausada, acariciándole la espalda—.

Nos vamos a quedar aquí dentro, muy cerca de la orilla, donde podemos ver las casas del pueblo todo el tiempo.

Mario conoce esta ría como la palma de su mano. Estamos seguros.

Mario se acuclilla a su lado, reduciendo la distancia. Su presencia física, robusta y tranquila, actúa como un imán para los nervios del niño. Desliza una mano grande sobre el hombro de Santi, transmitiéndole ese calor firme que Rosa ya conoce tan bien.

—¿Sabes un secreto, Santi? —dice Mario en un tono confidencial—.

Tu padre y yo empezamos en un bote exactamente igual que este.

Al principio, a mí también me daba miedo el crujido de la madera, pero mi padre nos enseñó que, si miras al fondo de la ría, puedes ver las nécoras caminar por las rocas. ¿Me ayudas a buscarlas hoy?

El niño mira a Mario, luego, a Rosa, y tras un largo suspiro que arrastra el último reducto de desconfianza, asiente con la cabeza. Sube al bote agarrado a la mano del artesano, que lo acomoda en la bancada central con una delicadeza extrema.

—¿Era valiente?

—¿Tu padre? El que más. Juntos aprendimos muchas cosas de barcos y de pesca, aunque él siempre fue el más valiente de los dos. ¿Quieres que te las enseñe?

—Mami, ¿puede? A mí me gustaría —solicita con timidez. Rosa, con la pena ahogándola por dentro, sonríe a ambos. Sabe que es mejor aceptar y que su hijo conozca a su padre a través del que fue su mejor amigo. De pronto, ve a Mario como un regalo y sonríe de nuevo, pero esta vez para sí misma.

El viaje transcurre en una calma deliciosa.

El motor del bote emite un ronroneo sordo, constante, que se acompasa con el chapoteo del agua contra el casco.

El aire huele a salitre puro, a algas secas y al aroma dulce del lino de la ropa.

Rosa se sienta en la popa, dejando que la brisa marina le alborote el cabello y le refresque la cara, libre de maquillaje.

Observa a Mario, que maneja el timón con una soltura innata.

Lleva una camiseta gris que expone la anchura de sus hombros y la firmeza de sus brazos, curtidos por las horas de torno.

La luz del mediodía hace brillar una fina capa de sudor en su nuca y le viene a la mente el relieve del pequeño tatuaje en su hombro izquierdo, ese trazo que ahora, lejos de recordar a Rebecca, representa el puente de confidencias que tendieron en la cala.

Cada vez que Mario gira el timón, sus bíceps se tensan a escasos centímetros de las rodillas de Rosa.

Santi viaja sentado en la bancada central, muy rígido, con las dos manos aferradas a la regala de madera y los ojos fijos en el suelo del bote, contando los listones para no mirar el agua.

De pronto, una lancha motora cruza a lo lejos a gran velocidad, levantando una estela de olas imprevistas que golpean con fuerza el costado del bote. El casco cabecea de golpe, escorándose hacia un lado con un crujido seco.

—¡Mamá! —El grito de Santi sale desgarrado, agudo, cargado de un pánico real que le blanquea las facciones.

El niño pierde el equilibrio y resbala hacia el suelo de la embarcación, tapándose la cabeza con los brazos, reviviendo en un segundo el fantasma del naufragio.

Rosa reacciona por puro instinto de madre; se arroja hacia delante para sujetarlo, pero el balanceo del barco la hace tambalearse a ella también.

Antes de que la inercia los golpee, el brazo libre de Mario se dispara.

Con una rapidez y una fuerza rotunda, rodea la cintura de Rosa para estabilizarla y, al mismo tiempo, dobla las rodillas para bloquear el cuerpo de Santi con su propia pierna, haciendo de escudo entre el niño y la madera del casco.

El bote recupera la línea, asentándose de nuevo sobre el agua quieta, pero el espacio de la popa se ha reducido a la nada.

Quedan los tres enredados en el suelo. Rosa tiene el pecho pegado a la espalda de su hijo y la mano de Mario sigue anclada en su cadera, presionando el vestido playero contra su piel.

El calor que desprende el cuerpo de él es abrasador, un contraste violento con la brisa fresca de la ría.

—Ya pasó, campeón. Mírame, Santi, ya ha pasado —la voz de Mario es suave, ha perdido toda la prisa, y se ha convertido en un refugio de calma mientras mantiene el timón firme con la otra mano—.

Solo ha sido la ola de un barco de turistas.

Mira la orilla, sigue en el mismo sitio y el barco está perfecto.

Santi rompe a llorar, un llanto de puro desahogo, y se esconde en el cuello de Rosa.

Ella lo abraza con fuerza, pero, al levantar la vista, se encuentra con los ojos de Mario a escasos centímetros de los suyos.

Él la observa desde arriba con la respiración un poco alterada y las cejas ligeramente fruncidas por la preocupación.

Su mano grande no se retira de la cadera de Rosa; al contrario, sus dedos se tensan de forma imperceptible, transmitiéndole un apoyo mudo que a ella le acelera el pulso de una manera muy diferente.

Rosa clava la mirada en la boca de Mario, tan cerca que nota el olor a café de su aliento.

Hay una intimidad brutal en compartir el miedo del niño, en estar pegada a la firmeza de sus muslos en mitad de la lancha.

Desea con una fuerza que la asusta acortar esa distancia, besarlo allí mismo como agradecimiento y como desahogo de toda la tensión contenida del verano, pero la cabeza de Santi contra su pecho la devuelve a la realidad.

—Estoy aquí, mi amor —le susurra Rosa al niño, aunque sus ojos siguen encadenados a los de Mario—. Mario nos tiene sujetos. No va a pasar nada.

El hombre desliza la palma de la mano por el costado de Rosa en una despedida lenta, imperceptible para el pequeño, pero que a ella le deja un rastro de fuego por toda la piel, antes de regresar al timón.

Sus nudillos se quedan blancos por la presión al aferrar la madera y no vuelve a apartar la mirada de ella en todo el trayecto.

Rosa experimenta una paz inédita en el centro del pecho cuando Santi vuelve a sonreír, más sosegado y confiado.

Al mirar el agua en calma, descubre que la culpa ya no escuece.

No siente que esté traicionando la memoria de Santiago; al contrario, siente que el luto ha mutado en algo natural, en un agradecimiento por el pasado que le permite reclamar su derecho a estar viva en el presente.

—¡Mira allí, Santi! —anuncia Mario, interrumpiendo sus pensamientos mientras señala una ensenada resguardada donde los pinos casi tocan el agua—.

Detrás de esa punta de roca, tu padre y yo encallamos una tarde porque nos quedamos dormidos leyendo tebeos.

Tuvimos que saltar al agua para empujar el bote con el barro por las rodillas.

Santiago se pasó toda la cena intentando convencer a su madre de que los pantalones se habían manchado por culpa de una ola gigante.

Santi estalla en una carcajada, una risa que inunda el espacio y que a Rosa le sabe a gloria bendita. El niño escucha embelesado cada anécdota, devorando las piezas del puzle de la vida de su padre que Mario le entrega con tanta generosidad.

A media tarde, Mario para el motor en una zona de aguas tranquilas, al abrigo de una pequeña cala inaccesible por tierra.

El silencio que se instala es absoluto, roto solo por el grito lejano de las gaviotas.

Santi, vencido por el sol y el traqueteo del mar, se queda dormido en la bancada del medio, con la cabeza apoyada en una toalla doblada y la respiración rítmica de la infancia.