17 #2
Erik frunce el ceño ligeramente, captando el cambio drástico de energía en su nuevo amigo, e intercambia una mirada de reojo con su hijo.
—Mario, es una oportunidad de oro —interviene con suavidad, intentando razonar con él—.
Las piezas son magníficas. No hay ningún riesgo, la dirección de la tienda de Rosa sirve de aval y las redes sociales harán el resto del trabajo antes de que el chico se marche a Escocia. Es solo activar el enlace.
—He dicho que no —insiste Mario, y la rigidez de su cuerpo se vuelve una barrera insalvable.
Siente el sudor frío de la ansiedad recorriéndole la nuca—.
La cerámica es un pasatiempo, algo que hago para no volverme loco.
No quiero un negocio, no quiero mercantilizar mi intimidad ni poner mis manos en una pantalla para que cualquiera opine desde su casa.
Yo soy traductor, Erik. Ese es mi oficio, aunque la tecnología me lo ponga más difícil cada día.
No soy un comerciante. No contéis conmigo para esto.
Rosa capta de inmediato el repliegue del hombre, el miedo cerval a perder el control de su último reducto de paz. Nota la rigidez en su costado y cómo la sombra de sus inseguridades laborales y familiares vuelve a oscurecerle la mirada.
El joven Sam, lejos de ofenderse, capta la duda del artesano y sonríe con una madurez que alivia el ambiente. Baja un poco la tapa del ordenador, quitándole trascendencia al asunto.
—No te preocupes, Mario, no hay ninguna prisa —le dice el chico con total naturalidad—.
No hace falta activar la tienda online ni vender nada si no quieres.
Podemos dejar la web simplemente como un escaparate, o crear una cuenta de Instagram para ir guardando las fotos de lo que vas haciendo, como un archivo personal de tu trabajo.
Así, la gente del pueblo o tus amigos de Bristol pueden ver tus piezas sin que tengas que gestionar pedidos ni envíos. Solo para compartirlo.
Mario exhala un suspiro hondo, un sonido que arrastra gran parte de la tensión acumulada en su pecho. Mira al chaval con una gratitud sincera y luego desvía los ojos hacia Rosa, encontrando en su mirada un refugio cálido, un apoyo que no le exige nada.
—Te lo agradezco, Sam. Es una buena idea —responde Mario, y una sonrisa tímida, de puro alivio, asoma por fin a sus labios—. Déjame que lo piense estos días, ¿vale? Me cuesta asimilar los cambios tan rápido, pero lo que has hecho tiene mucho mérito y te lo agradezco. Lo pensaré, te lo prometo.
Erik asiente con un gesto de aprobación, levantando su copa para brindar, mientras Rosa respira aliviada, sintiendo que el hilo que la une a Mario, lejos de romperse bajo la presión, se vuelve un poco más flexible y resistente.
Esta noche de verano pesa sobre Vilabruma con un bochorno espeso, de esos que pegan la ropa al cuerpo y hacen que el aire se vuelva casi sólido.
El jaleo de la cafetería va quedando atrás a medida que avanzan por el callejón lateral.
Mario camina a su lado con las mangas de la camisa de lino remangadas y los primeros botones desabrochados, buscando la brisa de la ría, que apenas alivia el calor.
No hay una invitación formal. Los dedos de Mario rozan los de Rosa en la penumbra del sendero de tierra y, de un modo natural, terminan entrelazándose.
La palma de su mano está caliente, un poco rugosa, y ejerce una presión suave que la guía hacia la bajada de la cala pequeña, allí donde las farolas del paseo marítimo ya no alcanzan y el agua lame las rocas con un susurro rítmico.
Al llegar a la arena, Mario se detiene. Deja sobre una roca plana una pequeña bolsa de tela que lleva colgada del hombro.
Rosa lo observa en silencio, intrigada, mientras él saca su teléfono móvil, enciende la linterna y lo apoya boca arriba sobre la piedra.
El haz de luz blanca y fría hiende la oscuridad de forma estridente, pero Mario sonríe de medio lado y saca el segundo objeto de la bolsa: una pequeña pieza de porcelana blanca, finísima, sin esmaltar, en la que ha estado trabajando estas semanas.
Al colocar la pieza invertida sobre el teléfono, la luz se tamiza a través de las paredes translúcidas del barro cocido, transformándose en un resplandor dorado, íntimo y trémulo que baña la arena a sus pies.
Es como si hubieran atrapado una constelación entera bajo un cuenco.
—Mejor así —murmura él, y su voz baja compite con el rumor de las olas—. Lo he hecho para ti. ¿Te gusta?
Rosa siente que el aire se le escapa de los pulmones.
Contempla el círculo dorado que los aísla del resto del universo, la delicadeza de un hombre tan corpulento creando un refugio de luz solo para ellos.
Da un paso hacia él, descalzándose sobre la arena que aún conserva el calor del sol de la tarde.
Cuando Mario la rodea con los brazos, la piel de Rosa reacciona con un escalofrío que desafía el bochorno de la noche.
Sus manos suben por los costados de ella, ascendiendo despacio, disfrutando de la textura del vestido de lino hasta acunarle el rostro.
El beso se dilata en el tiempo, es hondo, lento, un reconocimiento mutuo que los hace perder el sentido de la orientación en mitad de la cala.
La arena cede bajo el peso de sus cuerpos cuando se dejan caer, amparados por la oquedad de las rocas altas.
Rosa busca la frescura de la piel de Mario con la imperiosa necesidad de apagar el fuego que la recorre por dentro.
Sus dedos, un poco trémulos, se enredan en los botones de su camisa, abriéndola por completo para deslizar las palmas por la firmeza de su pecho.
Mario se quita la prenda con un movimiento rápido, arrojándola a un lado.
Es en ese instante, cuando él apoya el antebrazo sobre la arena para inclinarse sobre ella, cuando la luz dorada de la lámpara de porcelana incide de lleno en la parte interna de su hombro izquierdo.
Rosa detiene el movimiento de sus manos.
Sobre la piel clara de Mario destaca un trazo negro y sencillo: un pequeño tatuaje geométrico, apenas tres líneas entrelazadas que simulan un nudo inacabado o una runa rota.
Rosa desliza la yema del pulgar sobre el relieve sutil de la tinta, notando como el músculo del hombro de Mario se tensa de inmediato bajo su tacto.
—No te había visto esto —susurra ella, alzando los ojos para buscar los suyos en la penumbra—. ¿Qué significa?
Mario mira el trazo negro en su hombro y exhala un suspiro amargo, un sonido que parece viajar desde muy lejos.
—Me lo hice en Edimburgo. En el primer año de la universidad —confiesa, y su voz pierde la seguridad de hace un momento—. Una noche loca, Rebecca y yo nos tatuamos lo mismo.
Rosa no dice nada, pero mantiene sus dedos fijos sobre la marca, invitándolo a seguir con el silencio protector que siempre le ofrece.
—¿Rebecca? ¿Tu…?
—Ex… Éramos compañeros de piso —continúa él, desahogándose de una manera tan fluida que parece que la confesión llevara días empujando por salir—.
Estudiábamos Traducción juntos y los dos buscábamos compañero de piso.
Pasamos de pelearnos por los turnos de la limpieza a compartirlo todo.
Yo creía que aquello era para siempre, Rosa.
Diseñé toda mi vida en Inglaterra en torno a ella, a esa casa, a nuestros horarios de estudio.
Pero me equivoqué. Duró lo que duraron los estudios.
Ella me dijo que nunca fue nada serio, aunque para mí lo fue; me entregué del todo a alguien para quien solo fui un entretenimiento temporal.
Rebecca quería volar, trabajar en organismos internacionales, qué sé yo…
A mí me salió lo de la editorial en Bristol y me fui después de que ella se marchara de un día para otro, dejándome con un piso medio vacío y el corazón roto.
Me costó volver a confiar en alguien. Tenía pánico a volver a entregarle el mapa de mi vida a alguien que pudiera borrarse en un segundo.
La vulnerabilidad que emana de sus palabras atraviesa a Rosa con la fuerza de un impacto. No hay reproche en su mente, solo una comprensión profunda que nace de sus propias cicatrices. Entiende el miedo al vacío, aunque a ella se lo haya infligido el océano y a él, la traición.
Rosa acorta la distancia que los separa, toma la mano de Mario entre las suyas y acerca los labios a su hombro desnudo para besar el trazo de tinta antes de mirarlo a los ojos.
—Pienso que fue una suerte, Mario, no era una chica de fiar —le dice, y su voz es un ancla firme en mitad de la cala—. Y yo no me voy a ir a ninguna parte.
La verdad desnuda de sus palabras disuelve el último reducto de temor en los ojos del artesano.
Mario la contempla como si fuera el primer milagro del verano y, con una necesidad que ya no entiende de pasados ni de culpas, la atrae hacia sí, fundiendo sus cuerpos en una entrega total que borra la sombra de Rebecca de la piel y deja que la marea de la noche escriba una historia nueva sobre la arena.