La librería de los recuerdos de barro (Latidos de mar 2) 17
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Las sombras en el espejo

El agua de la ría golpea los pilares de piedra del muelle con un rumor acompasado, perezoso, que se filtra por las rendijas del taller.

Dentro, el aire huele a humedad, a polvo de sílice y a esa soledad pastosa que se pega a la piel durante los días largos de julio.

Mario hoy ha bajado antes, atascado con un párrafo de la traducción y las malas noticias sobre su futuro en la editorial, que cada vez confía más en las traducciones no humanas, aunque luego le toque corregirlas.

La arcilla lo ayuda a calmar la mente. Mientras trabaja, el motor eléctrico emite un zumbido monótono, un eco mecánico que se convierte en su único anclaje con el mundo real.

Tiene los brazos rígidos, los hombros cargados por el peso de otra noche de vigilia y las palmas de las manos cubiertas por una capa de arcilla líquida y gris que se seca al contacto con el aire.

Presiona el bloque de barro con una fuerza desmedida, casi violenta, buscando en la resistencia de la materia una forma de acallar el ruido de su propia cabeza.

Para él, modelar ya no es un arte, es una necesidad física, una oración muda para olvidar que un piso más arriba su padre duerme un sueño inducido por los neurolépticos, perdiendo jirones de identidad a cada hora que pasa.

El torno gira. La arcilla sube y baja entre sus dedos, pero la pieza pierde el centro.

Se tambalea de un lado a otro como un cuerpo herido hasta que se desploma en una masa amorfa sobre la platina metálica.

Mario suelta un juramento entre dientes, retira el pie del pedal y deja que el silencio lo devore de golpe.

Se limpia las manos con rabia en el trapo de algodón gastado, sintiendo el escozor de las pequeñas cicatrices que el oficio le deja en los nudillos.

Lo asaltan los fantasmas que lleva semanas intentando esquivar.

Mira a su alrededor, a las estanterías de madera repletas de tazas, cuencos y jarrones que nadie va a usar, y se siente un impostor.

El miedo laboral le araña las costillas con una fuerza extraña.

Esa misma mañana ha abierto el correo electrónico para encontrarse con otra notificación de la editorial de Bristol: los plazos de entrega se reducen, las tarifas caen y la sombra de los nuevos motores de traducción por inteligencia artificial se cierne sobre su mesa como un verdugo silencioso.

Siente que las palabras, el único refugio que construyó con sus propias manos en Inglaterra, ya no le pertenecen, que el mundo avanza a una velocidad tecnológica que lo deja obsoleto, arrinconado en un rincón de Galicia mientras cuida de una mente fragmentada.

Se pasa las manos por el rostro, arrastrando el cansancio y los restos de polvo seco.

La vulnerabilidad lo asfixia. Está cansado de ser la roca de la casa azul, cansado de fingir una entereza que no tiene y, sobre todo, aterrorizado por la intensidad de lo que experimenta cada vez que Rosa lo mira.

Despertar abrazado a ella tras hacer el amor ha sido un oasis, un destello de vida pura, pero ahora que la luz del sol expone la realidad, el pánico a perder el control lo paraliza.

No quiere ser una carga, no quiere que la compasión sea el motor de nada y le horroriza la idea de arrastrar a Rosa a su propio naufragio personal.

Mira la hora y se levanta de una sacudida. Ha quedado en ir al café Entre Nubes, donde Vera ha organizado una pequeña bienvenida para Erik y su hijo Sam, y todavía tiene que ducharse y coordinarse con Carmen.

El ambiente que carga Mario dentro de sí mismo cambia por completo al cruzar el umbral de la cafetería de Vera un par de horas más tarde.

El local es un hervidero de luz, risas y el tintineo alegre de las copas de vino.

Vera ha organizado una pequeña bienvenida informal para celebrar el regreso de Erik y su hijo de su viaje a Oporto antes de que el chaval vuele hacia Escocia para pasar el resto del verano con su madre.

Hay platos con embutidos sobre el mostrador, empanada de maíz recién sacada del horno y una calidez vecinal que contrasta drásticamente con la penumbra del taller de Mario.

Erik está en el centro de la estancia con esa presencia tranquila y perfil curtido por los viajes.

Lleva la cámara de fotos colgada al revés, sin la tapa del objetivo, señal de que ha estado capturando momentos de la tarde.

A su lado, su hijo charla con Ximena, a quien le muestra en la pantalla del teléfono algunas imágenes de los días en Portugal.

Rosa está apoyada en la barra, compartiendo una confidencia a medias con Vera mientras sostiene una copa de vino blanco entre las manos.

Al ver entrar a Mario, el corazón le da un vuelco predecible pero intenso.

Él intenta pasar desapercibido con su camisa oscura y el pelo un poco revuelto por el viento de la ría, pero para Rosa es imposible no reparar en su presencia.

Sus miradas se cruzan en el aire, un contacto breve, cargado del eco de la noche anterior, antes de que Mario desvíe los ojos, un poco abrumado por el ruido del local.

Erik es el primero en alzar la mano y dedicarle una sonrisa franca, desprovista de cualquier formalismo.

—¡Hombre, Mario! Pasa, por favor. Estábamos esperándote —dice Erik, y da dos zancadas para cortarle el paso y ofrecerle un vaso de vino tinto—. Vera me ha dicho que llevas una semana de locos en la casa azul. Te va a venir bien un respiro.

Mario toma el vaso, un poco cohibido por la atención, pero la mirada directa de Erik le transmite una confianza inmediata.

Erik no es del pueblo, no arrastra los prejuicios ni el pasado de Vilabruma y eso, para Mario, es un bálsamo.

Rosa los observa desde la distancia con una sonrisa contenida, aliviada al ver que Mario encuentra un espacio de tregua.

Se apoyan los dos hombres en una de las mesas altas del rincón, apartados con sutileza del barullo general. Erik observa las manos de Mario, todavía con rastros de arcilla en las uñas, y asiente con la cabeza.

—Sé lo que es el peso de la responsabilidad —comenta Erik en un tono más bajo con esa madurez de quien también ha tenido que tomar decisiones difíciles en la vida—.

Mi trabajo me obliga a estar en el aire, a mirar el mundo desde arriba, pero a veces lo más difícil es quedarse abajo y sostener lo que se cae.

Si necesitas que un día te eche una mano con tu padre para que salgas a estirar las piernas, solo tienes que pedirlo. De verdad.

Mario lo mira de hito en hito, sorprendido por la oferta tan sincera de alguien a quien apenas conoce. Siente que la rigidez de sus hombros cede un milímetro. Hay una camaradería masculina, directa y sin rodeos, que lo hace sentirse cómodo por primera vez en muchos días.

—Te lo agradezco, Erik. De verdad —responde Mario, dando un sorbo largo al vino, notando como el calor del alcohol le afloja el nudo del estómago—. Hay días en que las paredes de casa se me caen encima. Y eso que la gente del pueblo se está portando increíble y puedo trabajar sin preocuparme.

—Pues no dejes que se te caigan. Para eso estamos —le espeta Erik con una palmada afectuosa en el hombro—. Además, mi chaval viene con ganas de guerra. No ha dejado de hablar del proyecto de tu web en todo el trayecto desde Oporto.

Rosa se acerca despacio a la mesa, arrastrada por el magnetismo de la conversación y por el deseo de estar cerca de Mario. Se coloca al lado de Erik, rozando el brazo de Mario con el suyo en un contacto invisible para los demás, pero abrasador para ellos dos.

En ese momento, el hijo de Erik se acerca a la mesa con el ordenador portátil abierto, aprovechando que el grupo de las madres está distraído con las historias de Sole y que Ximena habla con su hermano.

El chaval exuda esa energía arrolladora de los nativos digitales, una seguridad que a Mario le resulta casi alienígena.

—Mira, Mario, aproveché las horas muertas para diseñar algunas ideas —anuncia el chico con orgullo, girando la pantalla hacia el artesano—.

La web que pensamos antes de irnos a Portugal ya está operativa a falta de abrirla a todo el mundo.

He subido las fotografías que sacó mi padre de tus piezas en el rincón de La Orilla de Papel.

Solo falta que la revises y me des el OK para publicar y que la tienda online empiece a funcionar.

He puesto la dirección de la librería como punto de entrega y envío.

Es perfecto. ¿Qué te parece? Ah, y te haría falta alguna red social.

—Sí, como Vera, que fue abrir un Instagram para Entre Nubes y llenarse de clientes de la zona.

Mario clava la vista en la pantalla. El diseño es minimalista y muy elegante; sus tazas de barro y sus jofainas lucen como piezas de diseño exclusivas bajo una luz que ni él mismo sabía que tenían.

La marca está asociada al encanto de la librería.

A su lado, Rosa contiene el aliento, fascinada por el resultado, y mira a Mario con los ojos brillantes, esperando ver en él un destello de orgullo.

Erik observa la pantalla con una sonrisa de satisfacción, apoyando la iniciativa de su hijo.

Sin embargo, a Mario el aire se le congela en los pulmones.

El pánico le da un vuelco brutal en el estómago.

La idea de que su refugio nocturno, el único espacio donde puede ser él mismo sin dar explicaciones a nadie, se transforme en un escaparate público expuesto a los ojos de todo el mundo y se pueda convertir en una obligación más le provoca un rechazo físico instantáneo.

Da un paso atrás, apartándose de la mesa con la mandíbula apretada.

—No… No, espera. Esto va demasiado rápido —dice Mario, y su voz sale más hosca de lo que pretende, rompiendo la armonía del rincón—. Agradezco el trabajo del chaval, de verdad, pero esto… esto es demasiado. No estoy seguro de querer vender así.