16
El latido de la madera
La luz de la mañana entra sin pudor por los ventanales de la librería, pero Rosa apenas puede fijar la vista en los lomos que limpia con el plumero.
Quita el polvo de forma mecánica por las cubiertas de las novedades, pero sus ojos no leen los títulos.
El tacto de los labios de Mario sigue grabado a fuego en su piel, un recuerdo abrasador que la acompaña desde que él cruzó el umbral de su terraza de madrugada.
Todavía nota la sutil presión de sus manos grandes en el rostro, el aroma a salitre y a tormenta que traía en la ropa y ese calor tan ajeno a su rutina que ha desordenado por completo su paz mental.
Tiene los dedos un poco temblorosos y el pulso acelerado, atrapada en un vaivén de sensaciones que oscilan entre el deseo más puro y un miedo que le atenaza el estómago.
El tintineo de la campana de la entrada rompe el silencio del local. Rosa da un pequeño respingo, como si la hubieran descubierto en mitad de un delito.
Vera cruza la puerta con paso decidido, protegiéndose del aire fresco de la calle que dejó la tormenta, con dos cafés en vasos de cartón que desprenden un aroma intenso a canela y tostado.
Deja su bolso sobre el taburete de la entrada y camina hacia el mostrador, pero se detiene a mitad de camino al observar la postura rígida de su amiga.
Rosa intenta disimular, se vuelve de espaldas y recoloca con excesivo esmero una torre de novelas que ya está perfectamente alineada.
—Buenos días —dice Vera, y apoya los dos vasos humeantes sobre la madera del mostrador—. Te traigo el desayuno, aunque, por la cara que tienes, creo que necesitas algo más fuerte que un espresso doble.
Rosa no responde de inmediato. Se muerde el labio inferior, sintiendo el peso del secreto como una losa en el pecho. La confesión brota de sus labios casi sin querer, en un impulso desesperado por soltar amarras, en cuanto su amiga se acerca un paso más.
—Nos besamos, Vera —suelta Rosa en un susurro con el corazón en un puño y las mejillas calientes. Deja el plumero sobre el mostrador y apoya las palmas de las manos en la madera, buscando un punto de apoyo para no tambalearse—. Dos veces. Anoche, en la terraza, mientras Santi dormía.
El silencio que se instala en la librería, roto solo por el murmullo lejano del tráfico de Vilabruma, le provoca un escalofrío.
Vera se cruza de brazos y la observa de hito en hito.
En su rostro no hay sorpresa, ni reproche, solo una sonrisa sabia, desprovista de cualquier juicio, la mirada comprensiva de quien conoce los laberintos del corazón de su amiga.
—¿Estuviste a un paso del precipicio y me lo cuentas ahora con esa cara de funeral, Rosa? —pregunta Vera, suavizando el tono para rebajar la tensión del ambiente.
—Porque me muero de culpa —confiesa ella, y las lágrimas asoman a sus ojos por primera vez en días, empañándole la vista—.
Siento que traiciono la memoria de Santiago en su propia casa, en el mismo hogar donde criamos a nuestro hijo, aunque nos hayamos mudado.
Miraba el mar y solo podía pensar en lo mucho que deseaba que Mario no se fuera de mi lado.
Es una locura, Vera. No ha pasado tanto tiempo…
o quizás sí, pero para mí el dolor sigue teniendo la misma raíz.
Rosa se pasa los dedos por las sienes, apartándose un mechón de pelo con un gesto de pura frustración. Da una zancada corta tras el mostrador, incapaz de quedarse quieta.
—Y, además, está su vida en Bristol, de la que no sé nada —continúa, y su voz se quiebra al pronunciar el nombre de la ciudad inglesa—.
Mario tiene su vida allí, sus amigos, su trabajo, sus proyectos.
Está aquí de paso, retenido por la enfermedad de su padre, pero este no es su sitio.
Si todo esto avanza, si me permito sentir lo que estoy empezando a sentir y él decide regresar a Inglaterra en algún momento, yo no seré capaz de soportar otra pérdida.
Mi corazón no puede aguantar más despedidas, Vera.
No puedo volver a quedarme en el muelle viendo cómo alguien a quien quiero se aleja en el horizonte.
Vera la escucha sin interrumpirla, asimilando cada palabra, cada gramo de angustia que Rosa proyecta en el espacio.
Conoce bien los fantasmas de su amiga, sabe que el miedo al abandono es una cicatriz abierta que el mar dejó en su vida unos años atrás.
Con un movimiento pausado, Vera rodea el mostrador, acorta la distancia entre las dos y le toma las manos con firmeza.
Sus dedos están cálidos y aprietan los de Rosa con una fuerza que busca transmitirle seguridad, obligándola a mirarla a los ojos de forma directa, sin escapatorias.
—Mírame, Rosa —le pide, y su voz es un ancla en mitad de la tormenta—.
No necesitas el permiso de nadie para volver a ser feliz, ni siquiera de tu marido, que ya no está.
Santiago se fue, el mar tomó esa decisión por ti y por él, y el mayor homenaje que puedes hacerle a la vida es vivirla, no convertirte en una estatua de sal que mira siempre hacia atrás.
Deja de anticipar los naufragios antes de que sople el viento.
Estás construyendo tormentas en tu cabeza con cosas que aún no han sucedido.
Disfruta de lo que tienes ahora, del calor de ese hombre que te mira como si fueras el único faro encendido en su propia noche, porque te lo mereces.
Vera hace una pausa, le acaricia el dorso de la mano con el pulgar y suaviza la expresión de sus ojos.
—Tu hijo no necesita una guardiana del luto que se marchite entre paredes de piedra, necesita una madre viva, que sonría de verdad, que se ría a carcajadas en la playa y no por pura inercia frente a los clientes. El amor no se gasta por usarlo, Rosa, se amplifica. Tienes derecho a reconstruirte.
Las palabras de su amiga caen en el interior de Rosa con el peso de una verdad absoluta, actuando como un bálsamo sutil que disuelve la neblina de la duda y el remordimiento.
Rosa respira hondo, permite que el aire llene sus pulmones y se seca las mejillas con la yema de los dedos.
Mira las manos de Vera, mira los ventanales de la librería, donde el sol empieza a ganar terreno a las nubes, y decide, por fin, soltar el lastre del pasado y dejarse llevar por la corriente de ese presente que la reclama.
Los días siguientes se transforman en un aprendizaje lento y dulce.
Mario y Rosa tejen una rutina sutil, un espacio propio entre el peso de sus respectivas obligaciones.
El taller de cerámica de la casa azul se convierte en su refugio los atardeceres en los que la librería echa el cierre.
Santi corre hacia el garaje con los ojos brillantes, ansioso por hundir las manos en el barro bajo la guía paciente de Mario.
Rosa se acomoda en un taburete de madera al fondo del taller con un libro en el regazo que rara vez lee.
Disfruta de verlos: la figura imponente de Mario inclinada sobre el niño, moldeando con delicadeza la torpeza infantil de Santi mientras le explica cómo respirar al compás del giro de la rueda.
Al verlo, Rosa no puede evitar que un pensamiento doloroso le cruce la mente.
Imagina cómo habría sido la convivencia con Santiago, las lecciones de pesca que nunca existieron, el vacío de un padre que el mar se cobró antes de tiempo.
Sin embargo, sacude la cabeza con fuerza y espanta al fantasma; sabe que es un laberinto sin salida, algo que nunca sabrá y que no tiene remedio.
Vera tiene razón: el pasado es un territorio estéril y su presente está ahí, vivo, en el calor de ese taller.
La complicidad entre ambos crece a la vista de todos, aunque se resguarda en los pequeños detalles.
Mario lleva nuevas piezas de cerámica a la librería casi a diario con la excusa de renovar la exposición y aprovecha para llevarse una nueva novela bajo el brazo.
Se buscan con la mirada entre cliente y cliente, se rozan los dedos al cambiar el dinero en la caja y comparten sonrisas clandestinas que oxigenan la dureza de sus vidas.
Una tarde de calor pegajoso en el taller, con el cielo amenazando tormenta sobre la ría, Mario detiene el torno y mira a Rosa con una chispa de desafío en los ojos.
—Cariño, ¿quieres merendar? —pregunta Rosa a Santi.
—Me muero de hambre, mami. ¿Vamos a casa?
—No, ve con Carmen, que ha traído helado y torrijas caseras. Anda, ve.
Santi sube a merendar a la cocina de la casa principal, dejando el taller sumido en un silencio íntimo, roto solo por el zumbido del motor eléctrico.
—Te toca, Rosa. Ven aquí —la invita él, y señala el taburete del torno.
—No, Mario, yo no sé hacer eso, lo voy a romper todo —protesta ella con una risa nerviosa, pero sus pies avanzan hacia él como hipnotizados.
A pesar de la negativa, se sienta frente a la rueda giratoria.
Mario se coloca inmediatamente detrás de ella, acortando cualquier distancia de seguridad.
Su pecho robusto se apoya contra la espalda de Rosa; el calor de su cuerpo la envuelve como una marea alta.
Él estira los brazos, rodea los costados de la mujer y le toma las manos para guiar sus dedos hacia la masa húmeda y gris que gira en el centro de la platina.
—Presiona hacia el centro, despacio… —le susurra Mario al oído, y su respiración cálida le eriza el vello de la nuca.
El contacto del barro fresco entre sus palmas contrasta con el fuego que se enciende bajo su piel.
Las manos de Mario, grandes, seguras y cubiertas de arcilla líquida, se deslizan sobre las de ella, presionando, acariciando, subiendo y bajando en un vaivén rítmico que vuelve el aire irrespirable.
Rosa arde por él con una intensidad que la asusta.
Siente la dureza de sus hombros, la tensión de sus muslos rodeando los suyos y el pulso desbocado de Mario contra sus costillas.
El deseo es un animal hambriento en mitad del taller, pero la prudencia la frena; Santi está a pocos metros, en la misma casa, y el respeto por el espacio la obliga a contenerse.
Se separa del torno con la respiración alterada, se limpia las manos en un trapo de algodón con dedos temblorosos y lo mira a los ojos con una promesa ardiente en la mirada.
—Ven a mi casa esta noche —le propone con una voz que es un hilo de seda.
Cuando Mario llega a casa de Rosa, Santi ya duerme profundamente en su habitación, vencido por el cansancio del verano.
La mesa está recogida y la única luz que ilumina el salón es el resplandor suave de la terraza.
No hacen falta palabras, ni cenas de cortesía ni rodeos que posterguen lo inevitable.
Rosa lo recibe en el pasillo. Al cerrar la puerta principal, Mario da un paso al frente, le acuna el rostro y la besa con una urgencia contenida que arrastra meses de soledad y silencios.
Ella se cuelga de su cuello, se empina para buscar su boca y se entrega por completo al torbellino de sensaciones que la inunda.
Se mueven a tientas hacia el dormitorio, despojándose de las prendas con una prisa torpe que arranca suspiros en la penumbra.
La piel de Mario es cálida, firme, marcada por las horas de trabajo; el cuerpo de Rosa se amolda al suyo con una naturalidad asombrosa, como si hubieran sido diseñados para encontrarse en esa precisa cama.
Hacen el amor por primera vez con una lentitud preñada de ternura y madurez.
No hay prisa, solo el descubrimiento mutuo de dos cuerpos que conocen el dolor y que deciden sanarse a través del tacto.
Cada caricia de Mario desbanca un recuerdo triste; cada gemido de Rosa es una declaración de rendición ante el presente.
El peso de la culpa desaparece en la oscuridad, sustituido por el ritmo acompasado de sus respiraciones y el aroma a salitre que entra por la ventana abierta.
En ese instante de entrega absoluta, bajo el cielo estrellado de Vilabruma, Rosa comprende que la vida ha vuelto a ganar la partida y que su corazón, lejos de estar roto, late con más fuerza que nunca.