La librería de los recuerdos de barro (Latidos de mar 2) 15
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El sabor de la culpa

El eco de la campana de Vera todavía reverbera en las paredes de piedra cuando el patio se llena de barullo.

Los participantes se levantan, arrastran las sillas y comentan las impresiones de la tarde con entusiasmo antes de comprar los libros que les han recomendado otros.

Todos menos Mario, que permanece clavado en su asiento con la mirada fija en el hueco vacío que Rosa ha dejado al marcharse a la carrera hacia el mostrador.

Le escuece el pecho. El desconcierto le nubla el juicio; está tan sumergido en el pozo de sus propios problemas domésticos, tan agotado por las noches en vela junto a la cama de su padre que no logra descifrar la huida de Rosa.

Solo percibe que sus palabras han actuado como un detonante pirotécnico, una chispa que ha prendido fuego a la frágil calma que estaban construyendo entre los dos.

Incapaz de marcharse a casa con esa distancia insoportable, Mario sale a la calle y decide esperar.

Camina de un lado a otro de la acera con las manos en los bolsillos y los ojos fijos en los ventanales iluminados de la librería hasta que la última luz se apaga.

Cuando Rosa cruza el umbral junto a Santi, el frío de la noche la recibe de golpe. Se detiene en seco al ver la silueta de Mario recortada bajo la farola. Su presencia es un imán que la atrae y la asusta a partes iguales.

—Rosa, por favor… ¿Podemos hablar un momento? —pide él, y da un paso al frente con la voz teñida de una urgencia sincera.

Rosa baja la mirada hacia su reloj de pulsera.

El tictac parece marcar el ritmo de sus dudas.

Piensa en el cansancio acumulado, en la cena que aguarda en la cocina y, sobre todo, en el bienestar de su hijo, que observa al artesano con los ojos muy abiertos.

Al final, el deseo de proximidad gana la batalla contra la prudencia.

—Puedes subir a casa y cenar con nosotros —se decide ella con un tono suave que desarma al hombre—. A Santi le gustará.

Mario acepta de inmediato con un leve cabeceo que delata su alivio.

La cena en el piso de arriba transcurre entre el vapor del guiso y una inesperada calidez que inunda el comedor.

Santi, entusiasmado por la presencia del invitado, monopoliza la conversación con la curiosidad voraz de sus pocos años.

Pregunta si en el taller puede modelar dinosaurios de barro, si los hornos queman mucho y, con una naturalidad que a Rosa le corta la respiración, inquiere sobre el pasado.

—¿Mi papá era divertido cuando erais pequeños? —pregunta el niño con la cuchara suspendida en el aire.

Mario se tensa un instante, pero, al mirar de reojo a Rosa y encontrar en sus ojos un destello de aprobación, se relaja.

Su rostro se ilumina al recordar. Comienza a desgranar anécdotas de juventud, historias de travesuras en el muelle, de tardes de pesca prohibida y de bicicletas que volaban por las cuestas de Vilabruma.

Habla con un cariño tan sincero que Santi escucha embelesado, devorando cada palabra sobre el hombre al que apenas llegó a conocer.

El tiempo corre sin tregua entre risas y confidencias. Rosa, consciente de la hora, acaricia el hombro de su hijo.

—A la cama, mi amor. Es muy tarde.

Santi protesta, se levanta a regañadientes, pero, tras un choque de manos con Mario y un beso nocturno a su madre, desaparece por el pasillo con ella pisándole los talones para arroparlo.

El silencio se instala entonces en la estancia, un silencio cargado de una electricidad latente que los vuelve a colocar en el filo de la navaja. Rosa regresa y pasa por la cocina para servir dos copas de vino tinto. Luego, señala con la cabeza hacia el exterior.

—Salgamos a la terraza —propone en un susurro.

El aire de la ría los recibe con su abrazo salino. Desde la barandilla, las luces del pueblo se reflejan en el agua oscura como un manto de diamantes rotos. Rosa da un sorbo a su copa con la vista fija en la inmensidad del mar.

—Gracias por acercarle a su padre —dice ella, y su voz es una caricia agradecida—. Yo no puedo contarle demasiadas cosas sin que me duela y no tiene abuelos que le hablen de él.

—Lo hago encantado, Rosa. Fue una época muy feliz de mi vida —responde Mario, apoyado en la barandilla, muy cerca de ella—. Pero dime…, si recordar a Santiago te causa este sufrimiento, prefiero medir mis palabras.

—Ya no es por él —confiesa Rosa con los ojos fijos en el fondo de la copa—. No es el recuerdo de Santiago lo que me hace sentir mal, Mario. Es estar así contigo. Eras su mejor amigo.

Mario la mira confuso y la distancia entre ambos parece ensancharse debido a un malentendido invisible.

—No tienes por qué disculparte por su memoria, Rosa. No hay nada malo en que compartamos esto —dice él con una distancia formal que a ella le sienta como un jarro de agua fría.

Rosa se pone tensa al instante. Una punzada de orgullo y decepción le cruza el pecho.

¿Acaso él no siente lo mismo que ella? ¿Significa esa respuesta que no le gusta, que solo busca una amistad?

¿O es que se siente responsable por ser la viuda de su amigo?

Mario percibe de inmediato la rigidez en los hombros de la mujer y maldice para sus adentros; comprende que vuelve a meter la pata, que sus palabras de hombre contenido levantan muros en lugar de tender puentes.

Para romper el hielo que amenaza con congelar la noche, Rosa cambia de tercio con una pregunta directa.

—¿Cómo está tu padre?

Mario apoya los puños en el cemento de la barandilla y hunde la cabeza entre los hombros. La vulnerabilidad regresa a él con la fuerza de una marea viva.

—Es duro, Rosa. Es jodidamente duro ver cómo la persona que más has querido en tu vida, el hombre que me lo enseñó todo, me mira y no sabe quién soy.

El otro día en el hospital sus ojos estaban vacíos de mí.

Es como si una goma de borrar pasara cada noche por su cerebro y eliminara los nombres, los recuerdos, los rostros.

Estoy a su lado, le sostengo la mano, pero para él soy un extraño peligroso.

Me duele ver cómo se desintegra su identidad y saber que no hay ningún lugar al que pueda ir a buscarlo para traerlo de vuelta.

Rosa siente una compasión infinita que le atenaza la garganta. Da un paso hacia él, conmovida por el desgarro de sus palabras.

—¿Y tu vida en Inglaterra? ¿Te cuesta dejarla atrás?

Mario exhala un suspiro amargo, un sonido que arrastra toda la frustración de sus renuncias.

—Mucho. Allí tengo mi estudio, mis proyectos, una rutina que construí desde cero tras marcharme de aquí.

Siento que he tenido que amputar una parte de mí mismo para volver.

El teléfono suena, mis amigos me hablan de fiestas, de libros publicados con mis traducciones, y yo solo puedo mirar el gotero de una medicina o cambiar una sábana.

Siento que hipoteco mi juventud en una casa que mi padre ya ni siquiera reconoce como suya. Es una jaula de oro y culpa.

Rosa lo escucha con el alma en un puño. Desea saber más, pero no se atreve a preguntar por amores pasados, por si existe una mujer en Bristol que llore su ausencia al otro lado del canal. El temor a la respuesta la frena.

Se acerca a la mesa auxiliar y sirve otra ronda de vino.

El alcohol empieza a hacer su trabajo; Rosa nota como la rigidez de los músculos se afloja, como las barreras de la prudencia se difuminan bajo el influjo de la noche.

Observa los labios de Mario mientras él habla, la curva de su boca desarmada por la tristeza, y experimenta un deseo irrefrenable de besarlo.

Quiere arrojarse a ese vacío, aunque al amanecer el remordimiento la devore.

Mario la mira con la misma sed, con el mismo temor al arrepentimiento.

Se aproximan de manera inevitable. Sus respiraciones se mezclan en el espacio mínimo que los separa, un susurro inaudible que la brisa arrastra hacia la ría.

Sus labios se encuentran al fin en un beso lento, torpe al principio por el miedo, pero cargado de una necesidad acumulada que los hace temblar.

Es un contacto cálido, un oasis de vida en mitad de tanta pérdida.

Sin embargo, el hechizo se rompe casi de inmediato.

Se separan con brusquedad con la respiración alterada y los ojos llenos de una alarma repentina.

La sombra de Santiago se interpone entre los dos como un muro invisible, un recuerdo que reclama su espacio en la terraza.

Mario da un paso atrás, se pasa una mano por el rostro y desvía la vista hacia el paseo marítimo.

—Gracias por la ayuda de la comida y el relevo de estos días, Rosa —dice con una voz que intenta recuperar la firmeza—. De verdad. Pero no quiero que el pueblo sienta lástima por mí. No soporto la compasión ajena.

Rosa lo observa con el pulso todavía revolucionado por el roce de sus labios. Comprende ese orgullo herido mejor que nadie.

—Te entiendo perfectamente —responde, y su tono se vuelve serio, maduro—.

Cuando Santiago no volvió del mar, el pueblo entero se volcó conmigo.

Había comida en mi puerta cada mañana, llamadas a todas horas, miradas de pena en cada esquina…

y a mí me sobraban todos. Me asfixiaba su caridad.

En esa época, yo trabajaba de administrativa en la cofradía de pescadores.

Lo dejé todo. No quería tener nada que ver con el mar, ni con los barcos ni con la compasión de los marineros.

Por eso cogí el traspaso de la antigua librería, para construir un refugio donde nadie supiera cuántas lágrimas lloraba por las noches.

Sé lo que es querer levantar un muro frente a los demás.

Mario se vuelve hacia ella despacio. La revelación de Rosa le llega al centro del pecho, derribando el último reducto de su desconfianza. Comprende que ella no lo mira desde la superioridad del que ayuda, sino desde la hermandad del que conoce el fondo del pozo.

—No es lástima lo que siento por ti —susurra él, y sus ojos se clavan en los de ella con una verdad desnuda.

Rosa siente que toda la tensión, que todo el miedo a traicionar el pasado se evapora bajo la honestidad de esa confesión.

Su cuerpo se afloja, la culpa da un paso atrás y permite que el presente gane la partida.

Mario acorta la distancia de un solo movimiento, le acuna el rostro entre sus manos grandes y la besa de nuevo.

Esta vez no hay dudas, no hay timidez ni fantasmas en la terraza; solo hay dos personas rotas que encuentran en la boca del otro el único refugio seguro en mitad de la tormenta.