14
La red invisible
El día amanece con ese cielo plomizo tan propio del norte, una llovizna fina que los marineros llaman orballo y que empapa las calles de Vilabruma con suavidad.
Rosa apenas logra conciliar el sueño durante la noche.
El eco de la confesión de Mario en la playa y la imagen de su silueta vencida junto a la orilla le rondan la cabeza en un bucle incansable.
Al abrir la librería, el café que comparte con Vera en el patio interior se convierte en el escenario de la verdad.
Rosa no puede, ni quiere, guardarse el dolor ajeno que ahora también siente como propio.
Vera la escucha con el ceño fruncido y esa expresión de determinación que usa cuando el mundo se tuerce. En un pueblo como este, las noticias vuelan, pero la desgracia no se comenta de brazos cruzados, se combate con las manos.
Pronto, el grupo de mensajes del club de lectura echa humo.
No hacen falta grandes discursos ni explicaciones médicas.
Sole es la primera en activar esa red invisible pero indestructible que une a las mujeres del pueblo cuando la vida golpea a uno de los suyos.
Carmen es una vecina querida, don Emilio es parte de la memoria viva de Vilabruma y Mario, aunque pretenda ser un islote en mitad de la ría, forma parte de ese mapa emocional que todas protegen.
La solidaridad se pone en marcha con una precisión militar y silenciosa.
No hay llamadas invasivas ni visitas ruidosas que puedan alterar la paz del enfermo; hay respeto, pero también una presencia constante.
Sole cocina un caldo de los que resucitan a un muerto, Maruxa aparta dos raciones de lacón con grelos del restaurante y Vera prepara un termo gigante de café con un bizcocho de limón para las horas de guardia nocturna.
Cuando la librería echa el cierre para el almuerzo, Vera entra en el local con una cesta de mimbre tapada con un paño de cocina limpio. Mira a Rosa a los ojos con una seriedad que no admite réplica y le tiende el asa de madera.
—Tú eres la única que ha hablado con él, Rosa.
A nosotras nos va a cerrar la puerta en las narices por puro orgullo, o por esa manía que tienen los hombres de querer llevar el mundo a cuestas sin pedir ayuda.
Ve tú. Déjale esto en la cocina y dile que esta noche el marido de Sole va a ir a la casa azul para quedarse con don Emilio un par de horas para que él pueda dormir del tirón, o salir a correr o lo que quiera hacer.
Y no aceptamos un no por respuesta. Dile también que estamos dispuestos a hacer turnos para que no se lo carguen todo entre Carmen y él.
La pobre mujer pasa más tiempo ahí que en su casa.
Rosa contempla la cesta, nota el calor que traspasa el paño de algodón y traga saliva.
El corazón le late con fuerza contra las costillas.
Sabe que Vera tiene razón, sabe que Mario rechaza la compasión, pero la ayuda de la comunidad no es caridad, es la forma que tiene Vilabruma de decirle que sus raíces siguen aquí, intactas.
Se gira sobre sí misma y elige una novela que también mete en la cesta.
Sale a la calle con el paraguas abierto, la cesta resguardada bajo el brazo y los pies decididos a romper el aislamiento del hombre que la desvela.
Rosa camina bajo el orballo con el rumor del agua sobre el paraguas como único acompañamiento.
Lamenta no haberse echado algo por encima para el frío que ha traído la lluvia y que se le cuela en los huesos a traición.
Al llegar frente a la casa azul, constata que las persianas de madera siguen bajadas, pero un hilo de humo blanco se eleva perezoso por la chimenea.
Respira hondo para templar el ánimo y pulsa el timbre.
Es el propio Mario quien abre la puerta. Lleva la misma ropa de ayer, el pelo revuelto y unas ojeras oscuras que le hunden la mirada. Al verla allí, con la cesta entre las manos y las mejillas encendidas que achaca a la humedad del día, se queda inmóvil bajo el marco, desarmado.
—Rosa… ¿Qué haces aquí con este tiempo? —pregunta con una voz que arrastra todo el cansancio de la noche.
—Traigo el almuerzo —responde ella de inmediato, sin pedir permiso, y da un paso al frente para obligarlo a retroceder y dejarla entrar.
Mario frunce el ceño, clava los ojos en la cesta de mimbre y da ese paso atrás, pero con un deje de resistencia que Rosa ya conoce bien.
—Rosa, de verdad, agradezco el detalle, pero no hace falta. Carmen tiene la cocina organizada y yo no necesito que nadie…
—No es un detalle mío, Mario, es de todo el pueblo —lo corta ella con una suavidad irrevocable mientras apoya la cesta sobre la mesa de la cocina—.
Sole os manda un caldo gallego, Maruxa, lacón y Vera ha preparado café y bizcocho para la tarde.
Y ni se te ocurra protestar, porque en Vilabruma las cosas funcionan así cuando un vecino lo pasa mal.
No es caridad, es respeto y aprecian a tu padre.
Todos están conmovidos y quieren colaborar, también para hacer turnos con tu padre.
Mario se cruza de brazos, desvía la mirada hacia la ventana y aprieta la mandíbula. El orgullo le escuece, esa necesidad casi patológica de no ser una carga para nadie tras tantos años de autosuficiencia en Inglaterra.
—No me gusta que la gente sienta lástima por mi situación —murmura de forma hosca, aunque la rabia ya no tiene fuerza en su voz—. Y menos tú.
—Nadie siente lástima, eres tú el que confunde el cariño con la compasión —le rebate Rosa, y acorta la distancia entre los dos, obligándolo a mirarla—.
Además, no se hable más. Esta noche viene el marido de Sole a las diez.
Se va a quedar con tu padre un par de horas para que tú puedas cerrar los ojos y dormir del tirón, o salir o lo que quieras hacer.
Y Vera me ha dejado muy claro que no aceptan un no por respuesta.
Mario la contempla en silencio. La firmeza de Rosa, cargada de una ternura tan madura, termina por derribar el último muro de su resistencia.
Expulsa el aire de los pulmones en un suspiro largo, desinflado, y los hombros se le destensan por fin.
Rosa cree ver un brillo nuevo en los ojos acuosos y baja la mirada.
No puede ver a un hombre como él a punto de llorar.
—Gracias —dice en un susurro apenas audible, y esta vez la mira de verdad, con una gratitud tan profunda que a Rosa se le encoge el estómago—. Gracias a todas. De verdad. No sé qué habría hecho hoy si… En fin. Gracias, Rosa.
Ella le sonríe, aliviada al ver que la tregua se instala en la cocina. Entonces, mete la mano en el fondo de la cesta y saca el libro de portadas cuidadas.
—Te traigo esto también. Es El club de la aguja y el hilo , de Eva Woods.
Es una historia preciosa sobre segundas oportunidades y gente que se apoya cuando el mundo se desmorona, pero sin dramas innecesarios.
La estamos leyendo en el club de lectura y nos está encantando a todas.
Es luminosa. Creo que te vendrá bien cambiar de aires, aunque solo sea durante diez páginas antes de cerrar los ojos.
Mario toma el libro con las manos todavía torpes por el frío. Acaricia el tacto del papel, siente el peso de la historia entre los dedos y asiente con la cabeza, conmovido por ese gesto tan íntimo.
Rosa da un paso hacia la salida, pero, antes de abrir la puerta, se vuelve hacia él con una chispa de expectación en los ojos.
—Te esperamos el sábado en el book dating de la librería, Mario. No me faltes. El pueblo se mueve, pero La Orilla de Papel también necesita que estés allí. Te vendrá bien.
Mario sujeta el libro contra el pecho y la mira marchar bajo la llovizna con la extraña certeza de que, tal y como dice Vera, ese hilo invisible que lo une a Rosa se vuelve cada vez más fuerte, inmune a las tormentas y al olvido.
El patio de La Orilla de Papel se transforma para el book dating en un hervidero de murmullos, risas nerviosas y el tintineo constante de las tazas de porcelana.
Rosa se mueve entre las mesas con una energía que hace días no experimenta.
Coloca los números indicadores en los soportes de cerámica que Mario modeló con sus manos; rozar la superficie rugosa del barro le produce un escalofrío dulce en los dedos.
Esta vez los participantes son impares, así que, tras consultarlo con Vera, Rosa decide ocupar la silla libre para que las parejas cuadren a la perfección.
Se siente bien. A pesar de la semana tan dura, tan cargada de emociones y de silencios compartidos en la distancia, nota una ligereza inédita en el pecho.
Quizás se deba a ese nuevo hábito nocturno que la acompaña antes de apagar la lámpara: cada noche, sin falta, se acuesta con la mirada fija en esa vieja fotografía de Santiago y Mario juntos, con quince años, y las sonrisas gamberras devorando el mundo.
Es su forma de pedir permiso o tal vez de buscar un puente entre el pasado que la define y el presente que la empuja a avanzar.
—¡Venga, primera ronda! ¡Cinco minutos y cambiamos! —anuncia Vera desde el mostrador con un timbre de voz entusiasta que arranca los primeros aplausos.
En el primer turno, a Rosa le toca compartir mesa con una chica de un pueblo cercano, una lectora voraz de novela negra que habla por los codos sobre crímenes en los fiordos.
Rosa la escucha, sonríe y debate con soltura, contagiada por el ambiente.
En la segunda ronda, un vecino de la zona le desgrana su pasión por las biografías históricas mientras alrededor el patio cobra vida propia.
Se escuchan risas cómplices en la mesa tres; en la cinco, dos personas discuten con pasión casi teatral sobre el final de una saga de fantasía.
El aire está impregnado de olor a azahar, de café recién molido y de esa expectación flotante de las alianzas inesperadas.
La campana de Vera vuelve a sonar.
—¡Última ronda, señores! ¡Último cambio!
Rosa levanta la vista para buscar su nuevo destino y el corazón le da un vuelco tan violento que pierde el hilo de la respiración.
Mario camina hacia su mesa. Lleva una camisa de lino azul oscuro con las mangas remangadas y los ojos cansados, pero transparentes, fijos en ella con una intensidad que la desarma antes incluso de que se siente.
Al ocupar la silla frente a Rosa, el universo exterior, con sus jaleos y sus cotilleos vecinales, se difumina por completo. Solo existen ellos dos.
—Has venido —susurra Rosa con una sonrisa que le nace desde el centro del alma.
—Te dije que no faltaría —responde Mario, y su voz, grave y pausada, se filtra bajo la piel de ella—.
Traigo los deberes hechos. Me he leído El club de la aguja y el hilo en dos días.
Tenías razón, es luminoso. Me ha salvado de mi propia cabeza estas dos últimas noches.
Hace mucho tiempo que una lectura no me atrapaba así.
—Me alegro tanto, Mario… —Rosa siente una calidez hermosa al escucharlo. A su vez, ella le habla de una novela de realismo mágico que descubrió hace poco, desgranando las metáforas con un brillo en los ojos que encandila al artesano.
Conectan de una manera natural, sin esfuerzo, como si sus mentes hablaran el mismo idioma desde siempre.
El ruido del patio los rodea: Sole se ríe a carcajadas un par de mesas más allá y el murmullo general es una melodía de fondo que los aísla del resto del mundo.
La tensión entre ambos crece, se vuelve densa, un hilo invisible que se tensa a cada segundo.
De pronto, Mario estira la mano sobre la mesa de madera y le toca la mano.
Sus dedos, grandes y de tacto firme por el trabajo con el barro, rozan los de ella con una delicadeza que contrasta con su corpulencia.
Rosa no se aparta. Se deja llevar por ese contacto, permite que el calor de su piel se fusione con la de él y el mundo exterior se reduce a ese milímetro de piel compartida.
Una oleada de deseo eléctrico y sutil le recorre la espina dorsal.
Mario la observa con una devoción que la hace temblar por dentro.
—Me encanta tu sonrisa, Rosa. Es preciosa, de verdad —dice él en un murmullo que solo ella puede captar—. Qué suerte tuvo Santiago… Siempre fue el más listo de los dos por saber ver lo que tenía delante.
El comentario cae sobre Rosa como una losa de mármol.
El nombre de su difunto marido, pronunciado en mitad de ese instante de intimidad y magnetismo, la atraviesa de parte a parte con la crueldad de un puñal de hielo.
El calor de la mano de Mario se transforma de golpe en una acusación silenciosa.
La culpa, esa vieja enemiga que creía haber adormecido, despierta con una fuerza arrolladora.
Vuelve a sentirlo con nitidez: está traicionando a Santiago.
Está deseando al mejor amigo de su esposo en el mismo pueblo donde construyó su vida.
Rosa retira la mano como si la madera quemara, borra la sonrisa de golpe y baja la mirada, con las pestañas húmedas por una pena repentina que le oprime la garganta.
Mario se tensa al instante, detecta el cambio drástico en el aire y retira los dedos con una expresión de puro pánico y arrepentimiento en el rostro.
—Rosa… ¿He dicho algo malo? Lo siento… No quería… Joder, lo siento.
La campana de Vera suena con estridencia en ese mismo segundo, marcando el final del evento, pero para ellos el silencio es absoluto y doloroso en mitad de la multitud que empieza a levantarse.