13
Las grietas del faro
Rosa duda un instante, tiene el impulso de dar media vuelta y regresar al abrigo de la hoguera y de las madres, pero el leve crujido de la arena bajo sus pies descalzos delata su presencia en la penumbra.
Mario levanta la cabeza de golpe. Al verla recortada bajo la luz de la luna, se sacude los restos de arena de los dedos, se levanta del tronco y camina directo hacia ella.
Su figura se vuelve más imponente a medida que acorta la distancia.
—Rosa… —dice con una voz áspera, un susurro cansado que le suena como un eco lejano en mitad de la noche.
—Hola —responde ella, e intenta mantener el tono firme para ocultar el vuelco que le da el pecho—. Mario, yo…, vi la caja en la puerta ayer. Quería darte las gracias. Fui a buscarte hoy temprano para decírtelo en persona, pero…
Rosa se detiene ahí. Le tiemblan las palabras en los labios. Duda si añadir algo más, si admitir que la casa cerrada a cal y canto le ha causado una punzada de angustia durante todo el día, pero calla. No quiere entrometerse en su vida ni forzar una intimidad que todavía la asusta.
Sin embargo, no hace falta que añada nada. Mario exhala un suspiro pesado, mete las manos en los bolsillos de los vaqueros y baja la mirada hacia la orilla, donde la espuma muere a sus pies.
—Hemos estado en el hospital de Santiago todo el día desde medianoche —confiesa de golpe con los hombros inusualmente caídos—.
Con mi padre. La noche ha sido terrorífica, Rosa.
Sufre un brote de agitación psicomotriz muy severo, una crisis de desorientación y agresividad que no habíamos vivido hasta ahora.
No reconoce la casa, ni a mí ni a Carmen.
Intenta escapar a toda costa porque en su mente cree que debe salvar a alguien.
Carmen y yo somos incapaces de calmarlo, así que decidimos llevarlo a urgencias a contrarreloj.
Rosa lo escucha con el corazón encogido. Una intensa corriente de preocupación real sustituye toda la cautela anterior.
—No tenía ni idea de que estaba tan mal. —La realidad de esa enfermedad se le presenta ahora de golpe con toda su crudeza y no sabe cómo reaccionar—. ¿Y qué os dicen? ¿Cómo está ahora?
—Le han hecho pruebas durante todo el día —explica Mario con un tono monótono que refleja un agotamiento absoluto—.
El neurólogo dice que sufre un retroceso cognitivo importante, un escalón del que ya no se va a recuperar.
El Alzheimer es así, no avanza en línea recta.
A veces da estos bajones bruscos tras una crisis.
Perder la noción del tiempo y del espacio le genera un pánico brutal y reacciona de forma violenta para defenderse de lo que no comprende.
Mario hace una pausa prolongada y clava la vista en el horizonte negro de la ría, donde las luces de las bateas parpadean como estrellas mudas.
—Ahora está en casa. La medicación lo ha dejado muy sedado, profundamente dormido. Ha venido el hijo de Carmen a quedarse un rato para que ella y yo podamos descansar, y yo… necesitaba salir de esas cuatro paredes. He venido a la playa a despejarme un poco.
—Lo siento. —Le pasa la mano sobre el brazo con el alma en un puño ante la vulnerabilidad de ese hombre que en todo momento le ha parecido una roca—. ¿Y qué vas a hacer?
—No lo sé —admite él en un murmullo, moviendo la cabeza de lado a lado—. Sinceramente, no tengo ni idea.
Rosa guarda silencio, asimila el peso de la tormenta que Mario lleva a la espalda y toma una decisión. Señala de forma sutil con la cabeza hacia el resplandor de la hoguera, al fondo de la curva de la playa.
—Estamos cenando en la playa con las madres del colegio y del club de lectura. Vente conmigo. Te vendrá bien comer algo y salir de tu cabeza un rato.
Desde la distancia, el perfil del grupo cambia.
Los maridos de algunas de las mujeres acaban de llegar de trabajar y se unen a la reunión; saludan a los niños y comparten las mantas bajo la noche de julio.
Mario observa el cuadro familiar, esa estampa de normalidad y calor de Vilabruma, y da un pequeño paso atrás. El rechazo es casi físico.
—No, Rosa, gracias. Prefiero estar solo. No tengo cuerpo para ver a gente ni para poner buena cara ahora mismo.
—No tienes que poner buena cara a nadie, son Sole, Vera y los demás, ya los conoces —insiste ella.
Su voz es una caricia suave pero firme. No quiere dejarlo solo en la penumbra con sus fantasmas.
Mario la mira a los ojos y flaquea. Por dentro, siente que es incapaz de negarse por completo; le gusta estar con ella, la presencia de Rosa le transmite una paz que no encuentra en ningún otro sitio.
Sin embargo, no se siente seguro entre la gente con la cabeza tan rota como la tiene esa noche.
Rosa nota esa duda, ese muro invisible de timidez y cansancio, y decide no presionar más.
Comprende que hay silencios que se deben respetar.
Con un movimiento natural, le roza el antebrazo con los dedos.
Es una caricia rápida, un contacto cálido sobre la tela de la camisa que busca darle ánimos, recordarle que está ahí.
El roce enciende una chispa silenciosa entre los dos en mitad de la brisa marina.
—¡Mamá! ¡Mamá, ven a ver el cangrejo que ha cazado Lucas! —El grito de Santi rompe el idilio desde las rocas y la llama con urgencia infantil.
Rosa mira hacia atrás sobre su hombro y luego se vuelve hacia Mario con una sonrisa contenida, un poco triste.
—Me tengo que ir. Cuídate, por favor. Y si necesitas cualquier cosa con tu padre…, avísame.
Mario asiente en silencio. Se queda inmóvil en la orilla, fija la mirada en la silueta de Rosa mientras ella regresa sobre sus pasos por la arena húmeda, con el runrún del mar de fondo y el corazón lleno de preguntas que todavía no sabe cómo responder.
La arena de la playa desaparece bajo las botas de Mario a medida que se aleja de la orilla.
El calor de los dedos de Rosa en su antebrazo todavía le quema la piel, un contraste violento con el frío que lleva instalado en los huesos desde la madrugada.
Camina deprisa con la cabeza gacha, como si el viento de la ría pudiera arrancarle los pensamientos.
Al cruzar el umbral de la casa azul, el silencio lo recibe como un bofetón de realidad.
El hijo de Carmen sale del dormitorio de la planta baja con paso ligero y le dedica una palmada afectuosa en el hombro.
Mario le da las gracias con una voz que apenas reconoce, le paga las horas en un susurro y cierra la puerta principal con el pestillo.
La cocina está a oscuras. Mario no enciende la luz general, se limita a la pequeña bombilla de la encimera.
Saca un plato con un trozo de tortilla fría, se sienta a la mesa y abre un libro de poemas que trajo de Inglaterra, un volumen manoseado que en otra época fue un refugio infalible.
Hoy no funciona. Las letras bailan sobre el papel carentes de significado. No consigue leer ni una sola línea.
Le duele el pecho con una intensidad física.
Le duele el padre. Le duele recordar esos ojos desprovistos de luz, fijos en él unas horas antes en la sala de urgencias, mudos ante su propio hijo.
Su padre lo ha mirado como a un extraño, como a un celador molesto que le impedía huir.
Es un dolor sordo ver al hombre que le enseñó de todo, al maestro pescador sabio de Vilabruma, perdido en un mundo neblinoso donde la lógica ya no existe y donde Mario no tiene la llave para entrar.
La cabeza le va a mil por hora y las dudas lo devoran.
Sopesa la idea de ingresarlo en un centro especializado, una vez más, una opción que el médico ha sugerido con total naturalidad, pero el remordimiento le atenaza el estómago.
Lo horroriza la idea de dejarlo abandonado en un lugar extraño, entre paredes blancas que aceleren su desconexión, pero la alternativa es igual de demoledora: hipotecar su propia juventud, encerrarse en esa casa que su padre ya ni siquiera reconoce como propia y ver cómo los días se repiten en un bucle de pañales, medicinas y miradas vacías.
El teléfono móvil vibra sobre la mesa de madera. El nombre de Liam parpadea en la pantalla táctil, acompañado de una bandera británica y un emoticono de una jarra de cerveza. Mario desliza el dedo con desgana y descuelga.
—¡ Maggio , joder, por fin das señales de vida!
—La voz de su amigo, con fuerte acento escocés, llega cargada de música de fondo, risas y el eco inconfundible de un pub de Bristol—.
¿Dónde te metes? Estamos todos en el The Full Moon.
Acaban de traer los primeros ejemplares impresos de la novela de Annette Baker en español.
¡Tu nombre como traductor está en los créditos de la solapa, hermano!
Hay una fiesta increíble aquí dentro, tu editora pregunta por ti.
Tienes que pillarte un vuelo ya, la temporada en el estudio empieza la semana que viene y nos falta el jefe.
Mario escucha el bullicio, el acento inglés que durante años ha sido su hogar, y una punzada de nostalgia pura le corta la respiración.
Visualiza el local, el olor a cerveza tostada, las discusiones literarias a medianoche y esa vida libre, cosmopolita y brillante que ha dejado atrás en Bristol.
Una vida que le pertenece, que ha construido con sus propias manos y que ahora se desvanece como el humo.
—No puedo, Liam —responde Mario con un nudo en la garganta—. Las cosas están complicadas aquí. Mi padre ha tenido un bajón importante. No es el momento.
—Tío, lo siento mucho… —El tono de Liam cambia, se vuelve maduro, teñido de esa compasión a distancia que no arregla nada—. Sé que es duro, pero vas a desaparecer allí abajo. Te estás anulando, bro . No puedes salvarlo tú solo.
—Tengo que colgar, Liam, no es un buen momento. Disfrutad de la fiesta. Gracias por llamar. Hablamos otro día, te lo prometo.
Mario corta la comunicación antes de que las lágrimas lo traicionen.
Deja el teléfono sobre la mesa, boca abajo, como si así pudiera apagar el eco de la vida que se le escapa entre los dedos.
La renuncia le pesa en los hombros como una losa de granito.
Se siente un extraño en su propio pueblo, un fantasma en su antigua vida de Inglaterra y un guardián de una mente rota que se desintegra un poco cada día.
Se levanta, arrastra los pies hasta la habitación de su padre y se asoma a la penumbra.
Lo ve dormir con una tranquilidad aparente, ajeno por completo al sacrificio silencioso de su hijo, ajeno al dolor de un Mario, que, a sus treinta y cuatro años, contempla cómo sus propios sueños se marchitan en un rincón de Vilabruma.
Hastiado de todo, conecta la videovigilancia de bebés que ha instalado en el móvil y baja al taller, al único sitio donde se siente feliz, con las manos en la arcilla y la mente en los objetos que crea como si así pudiera moldear los pensamientos que lo atormentan.
Mira sus manos y recuerda aquella vez que fue con Santiago al muelle y se colaron en la barcaza de su padre.
Su amigo trataba de desanudar una cuerda con ese nervio que tenía siempre, sin éxito.
Cuanto más lo intentaba, más la apretaba y sugirió cortarla.
Su padre saltó de inmediato, parece que lo esté escuchando:
—En este barco no se corta nada, rapaciño —dijo el viejo con aquella voz ronca de tabaco, frío y viento—. Si cortas el cabo cada vez que algo se enreda, te quedas sin aparejo antes de conseguir salir a la ría. Deja que lo mire Mario.
Mario, que siempre había sido el observador silencioso, el que aguardaba sentado en el suelo de cemento del muelle con las rodillas raspadas y los ojos fijos en los barcos, se acercó despacio.
Él no sabía usar la fuerza bruta. Sentó a Santiago de un empujón cariñoso y cogió la línea enredada entre sus dedos pequeños y delgados.
Con una paciencia infinita, buscó el bucle escondido, el hilo exacto que cedía ante la presión.
Aflojó el nailon milímetro a milímetro, destensando la rabia que Santiago le había transferido al nudo, hasta que la línea se deshizo entre sus manos, suave y sin necesidad de romper nada.
—Tú tienes manos para cuidar las cosas, Mario —dijo su padre—.
Hay gente que nace para salir a tumba abierta a buscar la vida, para desgastarla y romperla a jirones, pero tú tienes el don de conservar lo que importa.
El don de quedarte a recoger los pedazos cuando todo lo demás salte por los aires.
Tienes manos de creador, de las que no rompen, de las que sostienen la fragilidad del mundo sin que apenas se note. No lo olvides nunca.
El torno sigue girando en el taller, emitiendo un zumbido constante que llena el espacio.
Mario parpadea, regresando de golpe al presente, y limpia el exceso de agua grisácea de la pieza de barro con una esponja húmeda.
Se mira las manos de adulto; son las mismas manos anchas que desataban nudos imposibles en el muelle de Vilabruma.
Durante años ha creído que su vida en Inglaterra y el hobby de la cerámica que aprendió allí eran una forma de romper con su pasado, una oportunidad de tener una existencia más rica y plena que arrinconado en un pueblo pequeño y sin posibilidades.
Sin embargo, al observar la arcilla moldeada entre sus dedos, comprende que sus manos siempre han hecho el mismo trabajo.
Santiago era el que arriesgaba, el que vivía deprisa, el que se marchó en aquel barco porque poseía un espíritu indomable que nadie podía frenar.
Pero él no. Mario tiene el don de la paciencia.
El don de recoger los pedazos rotos del suelo y tener el valor de volver a unirlos.