12
La geometría del corazón
El día se cierra envuelto en una bruma baja que desdibuja el perfil de las bateas en la ría.
Cuando Rosa abre la puerta de casa para dejar la bolsa del reciclaje en el callejón, el frescor vespertino le eriza la piel de los brazos.
Al bajar la vista, se le corta la respiración: apoyada contra el marco de madera, hay una caja de cartón rectangular, de esas que se usan para archivar documentos viejos, atada con un cordel de cáñamo gastado.
No lleva ninguna nota, ni remite ni nombre.
Al deshacer el nudo en el salón, con el aroma de la cena aún flotando en la cocina, el pasado le estalla entre las manos.
La caja custodia la adolescencia de Santiago: fotografías de colores amarillentos donde su marido sonríe con catorce años, con las rodillas costrosas de jugar en el muelle y el pelo alborotado por el viento; imanes de nevera traídos de sus primeros viajes con la lancha, una caracola pulida y un par de libretas de espiral con anotaciones de mareas escritas con su caligrafía picuda.
Rosa se desploma en el sofá, aprisionando una de las fotos contra el pecho mientras las lágrimas, densas y calientes, le resbalan por las mejillas.
No es un llanto de rabia, es esa pena reposada que se ha instalado en sus huesos desde hace tres años.
El pequeño Santi, que acaba de ponerse el pijama, aparece con los ojos entornados, se sube al sofá sin decir palabra y rodea el cuello de su madre con sus brazos delgados, escondiendo la barbilla en su hombro.
Se quedan así, meciéndose en silencio en la penumbra del salón, unidos por el eco de un hombre que se fue demasiado pronto.
Rosa acuesta al niño en su cama cuando se duerme abrazado a ella y se mete en su cuarto con la caja.
Recostada en la cama, recorre las imágenes con la yema de los dedos, pero, a medida que avanza la noche, una certeza se abre paso en su cabeza.
En muchas de esas fotos de pandilla, al lado de Santiago, siempre está Mario.
Con la misma mirada lánguida, los hombros encogidos y esa sonrisa de lado que gasta ahora en el garaje.
Rosa se queda en la cama, bajo la luz tenue de la mesilla, con las fotografías esparcidas sobre la colcha blanca.
Compara el rostro de su marido con los rasgos maduros y duros de Mario.
¿Quién más podría tener guardado ese tesoro?
Tiene que haber sido él, pero no entiende por qué.
¿Por qué dejárselo de noche en la puerta como un fantasma en lugar de dárselo en mano?
¿Es una forma de decirle que el pasado pertenece solo a ella?
¿O una despedida silenciosa tras la corriente eléctrica que los unió en el pasillo de la librería?
Cuando cae rendida, duerme inquieta soñando con ellos y una adolescencia compartida que no le pertenece.
A la mañana siguiente, la inquietud no le permite quedarse entre las sábanas.
Rosa sabe que Mario sale a correr por el paseo marítimo a primera hora, cuando el pueblo aún huele a salitre y asfalto frío, y que Carmen compra la hogaza de pan en el bar de Maruxa antes de subir a cuidar a don Emilio.
Es una rutina que ella misma comparte muchas mañanas antes de abrir La Orilla de Papel.
Sin embargo, al enfilar la calle de la casa azul con Santi de la mano, la estampa la congela.
La vivienda tiene las persianas de madera bajadas a cal y canto.
No hay rastro de movimiento en la casa, el coche no está en la entrada y nadie contesta cuando Rosa, venciendo su propio orgullo, pulsa el timbre dos veces con el corazón desbocado.
El silencio que devuelve la fachada es un muro de hormigón.
Para calmar la tormenta que le ruge por dentro, Rosa camina con el niño hacia la playa de las conchas.
El verano en julio regala unas mañanas preciosas si se madruga: la arena está peinada por la marea alta, el agua parece un espejo de plata gris y no hay turistas que rompan la paz del paisaje.
Camina por la orilla, dejando que la espuma fría le lama los tobillos, mientras busca en el horizonte esa calma que la madrugada promete, pero el runrún no se apaga.
Regresa al centro con el cuerpo destemplado y una quemadura sorda justo detrás del esternón.
Al abrir la tienda, la rutina la absorbe por fuera.
Llegan los proveedores, dos familias de Madrid preguntan por guías de la zona y el trajín de las novelas de bolsillo mantiene sus manos ocupadas, pero hay algo por dentro que le quema, un hilo tenso que amenaza con romperse.
No se atreve a pronunciar el nombre de Mario en alto; la aterra que Paqui o Maruxa o Sole le lean en los ojos la urgencia de saber dónde está.
A las dos de la tarde, la librería se queda vacía y el silencio regresa al patio interior.
Vera la observa desde la barra del café mientras limpia unos vasos con un paño.
Con esa intuición afilada que tienen las mejores amigas, cruza el arco de piedra y le deja un cuenco de ensalada de pasta sobre la mesa de hierro.
—Erik y su hijo se han ido unos días solos de viaje a Portugal —suelta Vera de golpe, sentándose enfrente y cruzándose de brazos—. Sam lleva tiempo queriendo conocer Oporto y su padre ha aprovechado para hacer kilómetros.
—Sí, lo sabía —responde, lacónica.
—Ya, lo decía para romper el hielo. Te noto ida y quería ponerte a prueba. ¿Ha pasado algo? ¿Santi está bien?
Rosa baja la vista hacia el plato, removiendo los tomates con el tenedor y un nudo en la garganta por culpa de un secreto que le pesa demasiado.
Santi está a salvo en la playa, pasando la tarde con los hijos de Sole en la escuela de verano del club náutico, así que están solas, protegidas por los helechos y el murmullo de la buganvilla del patio.
—Me dejaron una caja en la puerta ayer —confiesa en un susurro, con la voz cargada de una emoción contenida que le hace temblar las comisuras de los labios—.
Fotos de Santiago de crío. Sus cosas. Creo que ha sido Mario, pero hoy la casa azul estaba cerrada.
Nadie contesta. Y tengo… tengo algo aquí dentro que me ahoga, Vera.
Una sensación extraña que no sé ni cómo definir, que me quema y me hiela a la vez.
Vera se inclina hacia delante, cubriendo la mano de Rosa con la suya, ofreciéndole ese refugio cálido y seguro que solo las personas que te quieren de verdad saben construir.
—¿Qué clase de sensación? ¿Qué crees que es?
—Es que no lo sé —suelta Rosa, y la primera lágrima cae solitaria sobre la mesa de hierro—.
Es como un vértigo constante. Me da pánico olvidar cómo se reía Santiago, sus ojos brillantes y la calidez de sus abrazos.
Tengo miedo de mirar a Mario y sentir que la piel se despierta de golpe cuando me roza o me habla.
Es como si volviera a tener veinte años y que no soy una viuda retirada entre mis libros.
Pero, al mismo tiempo, me invade una culpa tremenda, como si desear esto fuera ir borrando poco a poco a Santiago, como si estuviera traicionando lo que tuve con él.
No sé qué hacer con todo este barullo que me ha metido Mario en el cuerpo, Vera.
Y encima, ni siquiera sé si él siente lo mismo o si solo son imaginaciones mías, porque a veces parece que se muere por huir de Vilabruma y siento que me evita desde que me caí.
Vera le aprieta los dedos con fuerza, con los ojos brillantes por la empatía, respirando el aroma a café y flores que define su rincón.
—Rosa, mírame —le pide con firmeza, obligándola a alzar la cabeza—.
Santiago te amaba con locura y, precisamente porque te amaba, no querría verte convertida en una sombra el resto de tu vida.
Tienes derecho a volver a amar, a sentir que el corazón te da un vuelco en el estómago cuando alguien te mira.
Y respecto a Mario…, ese hombre te mira como si fueras el agua de mayo en mitad de la sequía.
Si ha querido que vieras esas fotos, sus razones tendrá. Lo mejor es que habléis.
—No estoy tan segura; tú lo ves así porque eres una romántica empedernida. Voy a prohibirte leer romance —ríe sin ganas con la intención de bajar un poco la tensión—. Para hablar he ido esta mañana y, ya ves, no estaba y yo me he quedado con este nudo que no me deja respirar.
Rosa respira hondo, se limpia las mejillas con la servilleta de papel y nota que la presión de esa contradicción interna se aligera un poco tras decirlo en voz alta.
Eso es lo bueno de tener amigas como Vera, piensa.
El verano de julio sigue su curso ruidoso fuera de las paredes de piedra, pero en la intimidad de La Orilla de Papel, el calor del refugio y las palabras de Vera quedan flotando en el aire como una promesa sutil.
Cuando Entre Nubes vuelve a llenarse para la hora del café de sobremesa, Rosa regresa a la librería a trabajar antes de abrir.
Con las manos todavía un poco temblorosas, recoge las fotografías de Santiago de la mesa de hierro y las guarda de nuevo en la caja de cartón con cuidado de no doblar las esquinas gastadas.
Ata el cordel de cáñamo con un nudo ciego y esconde el tesoro debajo del mostrador, justo detrás de los libros para devolver.
Es un gesto físico, un intento de poner a buen recaudo el pasado para poder lidiar con el presente. Luego, va a recoger a Santi.
A las cinco de la tarde, abre las puertas de la librería y la rutina la absorbe por completo.
Rosa se mueve por el local por pura inercia.
Muestra una sonrisa automática que sale al encuentro de los clientes, pero que no le llega a los ojos.
Cobra novelas históricas, recomienda cuentos infantiles a una pareja de veraneantes y recoloca los escaparates de forma mecánica.
Por dentro sigue la quemadura de ese algo difuso, un pálpito constante que le acelera el pulso cada vez que mira de reojo hacia la mesa donde se expone la cerámica de Mario.
Al final del día, el cansancio acumulado le pasa factura. Cuando el sol empieza a hundirse en el mar e inunda el cielo de tonos rosados y violetas, Santi asoma la cabeza.
—Venga, mami, cierra ya, que vamos a ser los últimos.
Rosa se acuerda de pronto de que han quedado para cenar en la playa. Mira el chat del grupo de madres y le entra la prisa.
—Es verdad, hijo. Acaba de avisar Sole por el grupo. Ya están casi todos abajo en la playa con las empanadas y las tortillas. Me vendrá bien el aire de la ría para despejar la cabeza.
—¿Qué dices, mami?
—Nada, cielo, nada. ¿Has cogido las toallas?
—Sí, todo lo que preparaste esta mañana, mira.
El niño levanta la bolsa para que la vea y Rosa ríe. Aunque le da algo de tristeza pensar que Santi ha madurado más de lo normal por sus circunstancias. No es fácil criar sola a un niño y ha tenido que aprender a valerse por sí mismo antes que otros de su edad.
Quince minutos más tarde, el grupo de amigas del club de lectura y los niños se instalan en la arena de la playa principal, en esa cena comunitaria que ya se ha convertido en un ritual de los miércoles de verano.
La masificación de la tarde ha desaparecido; ahora solo queda el jaleo tierno de los pequeños, que corren cerca del agua con sus linternas de plástico en busca de cangrejos y el rumor compasivo de las olas contra la orilla.
Sentada sobre una manta de cuadros, Rosa comparte risas y raciones con Sole, Vera y las demás, contemplando de reojo a Santi, que juega feliz a pocos metros.
Sin embargo, a medida que la noche avanza, la quietud y el runrún interno terminan por ahogarla.
Necesita distancia. Se levanta despacio, se sacude la arena del vestido largo y mira a su hijo, que está entretenido con los demás niños.
—Voy a dar un paseo corto por la orilla, mi amor —le dice Rosa a Santi, dándole un beso en el pelo—. No me alejo nada, quédate aquí con los chicos.
—¡Vale, mamá! ¡Mira lo que ha encontrado Lucas! —responde el niño, señalando un cangrejo, sin apartar el foco de su linterna de las rocas.
Rosa empieza a caminar por la línea donde el mar lame la arena húmeda.
El agua está fría, pero el contacto con sus pies descalzos la ayuda a enraizarse y calma la vibración que le recorre el cuerpo desde la mañana.
El viento del norte le alborota los mechones sueltos de la frente y arrastra el olor a salitre hacia el paseo marítimo.
Camina despacio con las manos metidas en los bolsillos de la cazadora, con la vista fija en la inmensidad oscura de la ría.
Se aleja unos doscientos metros del grupo y rodea la pequeña curva que esconde la zona de los antiguos almacenes de salazón, donde las farolas del paseo apenas alcanzan a iluminar la arena. Es un rincón solitario, protegido por unas rocas pulidas por el golpe constante del mar.
Rosa se detiene cuando el corazón le da un vuelco tan violento en el pecho que percibe un dolor físico justo detrás de las costillas.
A unos pocos metros de ella, sentado sobre un tronco de madera a la deriva que la marea dejó encallado en la arena alta, hay un hombre solo.
Lleva una camisa oscura con las mangas remangadas hasta los codos y la cabeza gacha, con la mirada fija en sus propias manos, que juegan distraídas con un puñado de arena fina.
La luz de la luna le recorta la anchura de los hombros y dibuja de perfil esa mandíbula dura y contenida que Rosa reconoce en mitad de la noche más oscura.