La librería de los recuerdos de barro (Latidos de mar 2) 11
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El eco del oleaje

La cámara digital de Ximena es un ojo implacable que no sabe de secretos ni de culpas.

El lunes por la mañana, la fotografía amanece en la pantalla del ordenador de la librería, fija en el feed de la cuenta de La Orilla de Papel.

Bajo el filtro cálido de la tarde, la composición posee una belleza casi dolorosa: la silueta de Mario, con las venas del antebrazo marcadas por el esfuerzo de la retaguardia, sostiene a Rosa en un ángulo imposible mientras ella se aferra a sus hombros con los ojos clavados en los suyos.

La luz de las bombillas del patio les corona el cabello, otorgando a la caída el aspecto de un baile secreto en mitad del jaleo del evento.

El éxito en redes es inmediato, pero, en un pueblo pequeño como Vilabruma, la lente digital se transforma en murmullos antes de que el sol alcance el mediodía.

La mirada se posa primero en el mostrador.

Rosa pasa las horas pegada a él, sintiendo el juicio de los clientes que entran fingiendo buscar el periódico o la novela de playa del escaparate.

No hay malicia en los corrillos de la acera, pero la complicidad con la que Maruxa le sonríe al pasar junto al ventanal o el carraspeo intencionado de Paqui al examinar las tazas de desayuno de la mesa expositora abren una grieta en su calma.

Al mediodía, mientras limpia los filtros de la cafetera, Vera se apoya a su lado, bajando la voz con una ternura que desarma.

—La foto que subió Ximena está corriendo como la pólvora, Rosa. Medio pueblo está encantado de ver que…, bueno, de que vuelve a entrar luz por esta puerta.

—Es solo un tropezón, Vera. Mario me salvó de romperme la crisma contra las losas, nada más —responde Rosa con la barbilla alzada, buscando blindarse tras una voz profesional que no engaña a nadie.

—En un tropezón no se mira con esa intensidad, cariño. La gente ve que estáis bailando… y algo más. No tengas pena, nadie aquí va a juzgarte por ilusionarte de nuevo.

Aplastada por el agobio de las visitas, Rosa busca refugio en el almacén del fondo en cuanto la tienda se queda vacía.

Rodeada del aroma a papel viejo y cajas de cartón amontonadas, se sienta en una banqueta de madera y saca del bolsillo un pequeño llavero de plata que perteneció a su marido.

Lo aprieta en el puño hasta que las esquinas del metal le dejan una marca roja en la piel.

Un terror frío, una culpa sorda que vuelve y le recuerda que lo que sintió la noche anterior fue fugaz, le muerde las entrañas.

Siente un miedo atroz a que la presencia de Mario, con esa solidez ruda, esa paciencia infinita con su hijo Santi y esa forma de devolverle la piel a la vida, termine por desdibujar el recuerdo de Santiago.

La aterra olvidar el tono exacto de su voz, la forma en que se reía al volver del muelle o el tacto de sus manos antes de que el océano se lo quedara para siempre.

Por un momento, reconocer que Mario despierta deseos en ella la abruma porque es como si abandonara a su marido por segunda vez: abandonó su cuerpo, que nunca pudo enterrar, y no quiere abandonar su recuerdo por abrirse a otro hombre.

Unas calles más allá, Mario contempla la misma fotografía, congelado frente a la imagen mientras el documento de la novela de Yorkshire languidece a mitad de página.

Sus pensamientos son un laberinto de remordimientos que le queman la frente.

Cada vez que recuerda la textura de la cintura de Rosa bajo sus dedos, el calor de su cuerpo suspendido en el pasillo y la cercanía de sus labios, siente que le asesta una puñalada directa a la memoria del chaval con el que compartió las redes de pesca y los secretos de adolescencia.

Santiago no está para defender su territorio y ese silencio absoluto de la muerte hace que el deseo de Mario sea como una traición miserable hacia su mejor amigo.

Al cerrar la pestaña del navegador, el peso de la realidad de la planta de abajo le devuelve a la tierra.

La preocupación por los olvidos de su padre, cada vez más frecuentes y erráticos, se mezcla con un cansancio físico que le arrastra los pies.

De nuevo, se le pasa por la cabeza la idea cobarde de buscar una residencia especializada para don Emilio, una institución donde esté cuidado las veinticuatro horas, lo que le permitiría a él cerrar la buhardilla, empaquetar el torno y regresar al anonimato gris de Bristol, a salvo de la mirada de Rosa y de los comentarios del pueblo.

Pero el remordimiento por abandonar al anciano en sus últimos años le paraliza el corazón.

El ambiente se oscurece de golpe cuando el bochorno de julio da paso a una tormenta de verano. Mario baja a la cocina a por un vaso de agua y se encuentra a Carmen de pie junto a la ventana del porche, con el rostro pálido y las manos apoyadas en el cristal.

—Mario, baja al huerto, por Dios. Tu padre ha vuelto a las andadas y a mí ya no me hace caso, está completamente fuera de sí —le pide la mujer en un susurro ahogado por los nervios.

Mario sale al exterior a toda prisa, bajo una lluvia que empieza a caer en hilos gruesos y templados, golpeando las hojas de las hortensias.

En mitad del huerto, don Emilio está arrodillado sobre la tierra, escarbando con las manos desnudas entre las plantas de lechuga.

Lleva puesto el pijama de franela de invierno, empapado ya por el agua, y las uñas le sangran levemente por la insistencia de arañar el suelo pedregoso y arrancar las raíces.

—¡Papá! ¿Pero qué haces aquí fuera? Nos estamos mojando enteros, vamos para dentro —le dice Mario, agachándose a su lado en el barro, intentando sujetarlo por los hombros.

El anciano lo aparta con una fuerza descomunal y los ojos encendidos por una angustia ciega, desprovistos de cualquier rastro del hombre sabio que fue. No hay reconocimiento en su mirada, solo el extravío absoluto de un episodio severo de su enfermedad.

—¡Suéltame, carajo! ¡Tengo que encontrarla!

—grita don Emilio con la voz rota por el llanto, señalando el camino de tierra con sus dedos manchados de fango—.

Que se ha ido a la parada del autobús sin el paraguas y está empezando a granizar.

Tu madre no puede andar con este frío, Mario, que le duelen mucho los huesos.

Déjame ir a buscarla, que se me va a perder en la carretera.

El impacto de las palabras le da a Mario directo en el centro del pecho.

Su madre lleva muerta más de doce años, pero en la mente rota de su padre ella acaba de salir por la puerta para un viaje del que nunca va a regresar.

El anciano llora de pura impotencia, temblando bajo el agua, atrapado en la urgencia desesperada de proteger a la mujer de su vida.

Mario siente un nudo de hierro en la garganta mientras rodea el cuerpo de su padre con los brazos, permitiendo que el anciano luche contra él, confundiéndolo con un obstáculo, hasta que las fuerzas se le agotan por el frío y se derrumba a llorar sobre su pecho.

—Ya está, papá, ya está. Mamá ya está en casa —le miente Mario en un susurro con la cara empapada por sus propias lágrimas, que se mezclan con la lluvia que le corre por las mejillas—. Ha vuelto por el camino viejo y está al lado de la cocina, bien abrigada. No te preocupes. Vamos dentro con ella.

Al escuchar el nombre de su esposa, el anciano se calma de golpe, mirándolo con unos ojos desvalidos que poco a poco van perdiendo la fijeza del delirio.

Con la ayuda de Carmen, que baja con una manta gruesa, consiguen meter al anciano en casa.

Le cambian la ropa, le curan las manos heridas y lo acuestan en la cama, donde don Emilio se queda sumido en un sueño profundo, arrullado por la medicación y el sonido de los truenos que reverberan sobre los tejados de Vilabruma.

A medianoche, Mario se sienta en el último escalón del porche, a oscuras, con la cabeza apoyada entre las manos. Tiene el cuerpo dolorido, la camisa de rayas todavía húmeda y la mente completamente desordenada por el peso de un verano que avanza sin tregua, empujándolos a todos contra las cuerdas.