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El instante suspendido
Mario reacciona antes de que su propio cerebro procese el estrépito.
El tiempo parece congelarse en el pasillo estrecho de la librería: las novelas pesadas caen al suelo de piedra con un golpe sordo, abriéndose las páginas como alas heridas, mientras el cuerpo de Rosa termina de perder el equilibrio por completo tras el empujón involuntario de la escalera.
No hay espacio para la modestia, ni para las dudas ni para los dilemas morales que le han amargado las noches en la cama durante las últimas dos semanas.
Mario se lanza hacia delante con la agilidad felina de quien se ha criado esquivando las embestidas del mar en las rocas del muelle viejo.
Estira los brazos en un reflejo puro y la atrapa al vuelo justo un segundo antes de que su espalda golpee contra las losas.
El impacto del cuerpo de Rosa contra el suyo los hace tambalear a los dos, obligándolo a dar un paso corto hacia atrás para equilibrar el peso, pero Mario fija las zapatillas con decisión en el suelo, afianzando el agarre.
Sus manos grandes se hunden con firmeza en la cintura de ella, sujetándola con una fuerza contenida pero absoluta.
El cuerpo de Rosa se arquea hacia atrás, suspendido en el aire, sostenido únicamente por la firmeza de esos brazos.
La camisa de lino de rayas azules de Mario se arruga bajo los dedos de Rosa, que se agarra con desesperación a sus hombros, clavando las uñas sin querer a través de la tela fina para no caer.
Durante tres segundos infinitos, el bullicio del book dating , las voces cruzadas de los visitantes que llenan el patio, las risas de la mesa de las chicas y el tintineo constante de las cucharillas de Vera en la barra desaparecen por completo.
El universo entero se reduce al espacio mínimo que separa sus cuerpos.
Mario tiene el rostro a escasos centímetros del de ella; puede percibir el calor súbito que desprende su piel por el susto, el latido desbocado de su corazón golpeándole el pecho como un animal atrapado y esa forma en que sus labios se abren, asustados, buscando el aire que se les ha escapado de golpe.
Sus ojos se clavan en los de Rosa con una posesión física, sutil y desarmante.
Es una fijeza tan intensa que echa por tierra, en un solo latido, todos sus planes cobardes de huida, la culpa sorda por la memoria de Santiago y esa idea desesperada de buscar una residencia para su padre para marcharse lejos y ponerse a salvo de ella.
No quiere irse. Mirándola así, tan cerca que puede ver el temblor de sus pestañas, comprende que ya no puede huir de Vilabruma.
A su alrededor, el murmullo del verano regresa como una marea ruidosa que rompe la burbuja.
—¡Ay, Dios mío, Rosa! ¿Estás bien? —grita Paqui, levantándose de la mesa vecina con las manos en las mejillas y tirando la servilleta de papel sobre el plato, todo a la vez.
—Menudo costalazo te ibas a llevar, muchacha. Menos mal que el hijo de Emilio tiene los reflejos de un gato y los brazos bien puestos —apunta Maruxa, asomándose desde el arco del patio con los ojos abiertos de par en par.
Mario la ayuda a incorporarse despacio, con una lentitud deliberada, sin soltarle la cintura hasta que comprueba que Rosa tiene los dos pies firmes en el suelo y ha recuperado el equilibrio.
Cuando retira las manos, siente las palmas calientes, marcadas a fuego por el contorno de su cuerpo.
Rosa se pasa los dedos temblorosos por el pelo para recolocarse un mechón que se le ha escapado de la coleta, con las mejillas encendidas por un rubor salvaje que ya no es solo por el susto de la caída, sino por la descarga eléctrica que le ha recorrido la columna al sentirse sostenida por él.
—Estoy bien, estoy bien… Ha sido solo un tropezón tonto con la pata de la escalera —alcanza a decir Rosa con la voz más baja de lo normal, intentando sonreír a las vecinas para quitarle importancia al asunto mientras baja la vista para recoger las novelas dispersas por el suelo—.
Muchas gracias, Mario. Si no llegas a estar ahí justo detrás…
—Para eso estamos —responde él en un susurro, agachándose a su lado a toda prisa para ayudarla a apilar los volúmenes caídos, evitando cruzarse de frente con su mirada porque sabe que, si lo hace, todo el mundo en la librería notará el hilo invisible que acaba de tensarse entre los dos en mitad del pasillo.
Lo que ninguno de los dos sabe en ese momento, mientras juntan las esquinas dobladas de los libros sobre las losas, es que, en la esquina más sombreada del patio, Ximena ha estado jugando con su cámara réflex durante toda la tarde para inmortalizar el ambiente del evento y subir el carrusel de fotos a las redes sociales del café, como hace desde que Vera la contrató el verano pasado.
Y el objetivo, con la punzada implacable de la casualidad y el ojo de la fotógrafa, ha capturado el instante exacto con total nitidez: la silueta de Mario sosteniendo a Rosa en el aire, la tensión de las venas de sus brazos, las manos de él hundidas en la cintura del vestido y esa mirada de Rosa, desarmada, vulnerable y profundamente viva, que no tiene nada de duelo y sí mucho de mujer que empieza a desear.
El evento termina de disolverse una hora después, entre el tintineo de las últimas tazas que Vera recoge y las felicitaciones de los veraneantes por el éxito de la convocatoria.
Mario pasa los últimos minutos anotando en un trozo de papel arrugado tres encargos más de tazas de desayuno que unas mujeres de Bétemar le han pedido tras ver su rincón expositor.
Al caer la noche, cuando el último coche enfila la carretera general, la calle Nueva recupera su calma de piedra y salitre.
Ya en la soledad de su habitación, en el piso de arriba de la librería, Rosa se sienta en el borde de la cama tras comprobar que Santi duerme profundamente, abrazado a su oso de felpa.
El silencio de la casa es absoluto, roto por el vaivén rítmico de la ría que se cuela por la ventana abierta junto con el frescor de la noche.
Se acerca despacio al espejo del tocador de madera, se suelta la coleta con movimientos lentos y contempla su propio reflejo bajo la luz tenue de la lamparita de noche.
Despacio, baja las manos y se toca la cintura, justo en el lugar exacto donde los dedos grandes de Mario se han hundido por la tarde para frenar su caída. Un escalofrío involuntario, un calor que hace tiempo que no sentía, le recorre el cuerpo de arriba abajo.
Rosa cierra los ojos y se descubre a sí misma atrapada en el recuerdo de Mario.
Piensa en la tarde del torno, en la anchura de sus hombros cuando se agachaba con su hijo y en esa masculinidad ruda, contenida y dolorosamente respetuosa que el traductor desprende en cada gesto, como si tuviera miedo de romper algo sagrado.
La asusta la velocidad con la que ese hombre callado está derribando los muros que ella tardó tres años en levantar para protegerse de la pena.
Pero ahora, mientras el faro de la ría barre el techo de la habitación en la penumbra de julio, Rosa admite para sí misma lo que pasó en el garaje y lo que ha sentido en ese tropiezo.
Admite que no quiere volver a ser una estatua de piedra.
Quiere estar viva, aunque el precio sea poner a temblar los cimientos de todo lo que ha construido.