9
El norte del verano
Julio entra en Vilabruma arrastrando un aire distinto, más denso, cargado del rumor de los primeros coches de fuera que aparcan en batería frente al puerto.
Han pasado dos días desde que estuvo Santi moldeando su tazón cuando Mario dobla la esquina de la calle Nueva cargando una caja de cartón entre los brazos.
El sol del mediodía castiga las piedras del callejón, pero el interior de La Orilla de Papel mantiene ese frescor de los muros antiguos del edificio, envuelto en el aroma de los cafés de especialidad que Vera prepara al otro lado del tabique.
La campanilla anuncia su entrada y Rosa levanta la vista desde el mostrador, donde anota unos pedidos en su libreta. Al verlo, una luz rápida le cruza los ojos, seguida de ese rubor sutil que Mario ya empieza a reconocer.
—Vaya, el artesano se ha dado prisa —lo recibe, apoyando las manos en la madera.
—Traigo unas pocas piezas para ver cómo quedan en esa mesa que me dijiste —dice Mario, dejando la caja en el mostrador con cuidado—. Y de paso, venía a avisar de que el tazón de Santi ya está seco. Si queréis, podéis venir esta tarde al taller para que lo pinte.
—Iremos sin falta. A Santi le va a dar algo de la emoción, lleva dos días preguntando cuándo se puede volver a manchar de barro sin que lo riña —sonríe ella, rodeando el mostrador para acercarse.
Mario saca los objetos de la caja con movimientos pausados: tres jarrones de cuello estrecho con un esmalte gris tormenta que imita el color de la ría en los días de temporal y varias tazas de desayuno de líneas elegantes con la base de arcilla vista, ruda y arenosa.
Rosa los coge uno a uno, dándoles la vuelta para observar el sello que Mario estampa en el fondo.
—Son preciosos, Mario. De verdad. Tienen una fuerza muy pura.
—Con admiración los coloca con mimo en la mesa expositora junto a unos volúmenes de fotografía—.
El sábado es el segundo book dating y esto va a volar.
Esta vez viene bastante gente de Santiago y de la villa que se ha enterado por las redes de Vera.
El patio va a estar hasta arriba. ¿Te vas a animar a venir?
—Vendré —admite Mario, mirándola de frente—. He conseguido avanzar en el trabajo esta mañana y me vendrá bien despejar la cabeza de tanto traducir.
—Me alegro —responde ella, sin ser consciente de que retiene la mirada de él un segundo de más—. Si tienes más piezas terminadas, tráelas. Habrá mucho público de fuera y es la oportunidad perfecta para que empieces a vender sin depender de intermediarios.
Mario mete la mano en la mochila y saca un envoltorio de papel de estraza.
—Para el sábado —dice, desenvolviéndolo sobre el mostrador—. Hice esto ayer con los restos de la arcilla.
Sobre la madera quedan expuestos una docena de tacos pequeños de barro cocido con una ranura fina en la parte superior y una textura rugosa, envejecida.
Rosa los observa y se da cuenta de que son soportes artesanales para colocar las tarjetas con los números de las mesas del patio.
Un detalle sencillo, pero de una delicadeza que le corta el habla.
—Mario…, no tenías por qué. Son una maravilla —murmura mientras toca la superficie áspera de uno de ellos.
—Es solo arcilla sobrante —le resta importancia con una modestia que le encoge los hombros—. Nos vemos esta tarde. Espero que a Santi le gusten los colores que tengo en el taller.
Cuando Mario sale de la tienda y la puerta se cierra, Rosa se queda inmóvil junto al mostrador con el pequeño taco de barro todavía entre los dedos.
Siente el peso de la piedra cocida y, de golpe, la mente se le escapa hacia la tarde del torno.
Cierra los ojos un instante, inundada por el recuerdo de la sensualidad de esas manos grandes y fuertes moldeando la arcilla húmeda, imaginando por un segundo, con un escalofrío que le eriza la piel, el tacto de esa misma piel ruda y decidida deslizándose sobre la curva de su propio cuerpo, despertándole zonas que creía enterradas bajo el salitre.
Esa misma tarde, el garaje se llena del olor a esmalte fresco y de la risa infantil de Santi, que se esmera en decorar el tazón con unos pinceles gruesos bajo la mirada atenta de Mario.
Rosa se sienta en un taburete bajo con el vestido verde recogido entre las rodillas y contempla cómo Mario se agacha junto al niño para corregirle el pulso con una paciencia infinita; sus manos grandes y ásperas rozan inevitablemente las del crío.
—A ver, artista, frena un poco el pincel ahí, que se te corre el color azul —le dice Mario con voz suave, sujetándole la muñeca al niño con delicadeza.
—Es que quiero que quede como el mar del puerto, Mario —responde Santi, concentradísimo, con la punta de la lengua fuera.
—Pues para eso hay que darle una capa fina, ya verás qué bonito queda cuando salga del horno.
En el espacio abierto a la calle del taller, la cercanía física se vuelve tan tangible que duele.
Cada vez que Mario levanta la vista y se encuentra con los ojos de Rosa, el aire se espesa, transformándose en una masa densa que a ambos les cuesta respirar.
Cuando el niño termina, Rosa se acerca a la mesa para contemplar el dibujo, acortando la distancia con Mario hasta casi rozarle el brazo.
Es un milímetro, pero la piel de él reacciona como si se hubiera quemado.
Rosa intenta tocar la base para ver el resultado, pero Mario le frena la mano con un movimiento rápido, atrapándole los dedos entre los suyos. Su piel está templada; la de él, de repente, arde.
—No lo toques todavía, Rosa —le advierte en un susurro mientras el contacto de sus pieles enciende una corriente eléctrica en el ambiente que les eriza el vello de la nuca—.
El esmalte está muy tierno. Si lo coges ahora, se borrará el dibujo del chaval y se tiene que quedar aquí para la cocción final.
Debe pasar por el fuego para que vitrifique. Para que sea permanente.
Rosa sostiene la mirada de Mario con la respiración un poco alterada por la firmeza de su agarre y la calidez de su mano. Tiene los ojos fijos en los de él, enormes, intentando descifrar el misterio que esconden.
—Está bien… —alcanza a decir ella, retirando los dedos despacio, milímetro a milímetro, arrastrando el contacto con una timidez que le tiñe las mejillas de rosa—. Lo dejo en tus manos entonces. Confío en ti.
—Mamá, ¿a que es chulísimo? Quiero que me pongas los cereales del desayuno en mi bol todos los días.
—En cuanto esté seco, nos lo llevamos, hijo —responde Rosa, recomponiéndose y apartando la vista con un nerviosismo tierno que a Mario le dan ganas de aliviar—. Vamos, que se hace tarde. Gracias.
—De nada. Le debía un regalo.
—¿Es que ya no puedo venir más? —dice con tristeza el crío, arrugando la nariz.
—No, claro que no quiero decir eso, campeón —le explica Mario, sintiendo un pellizco en el estómago—. Puedes venir siempre que quieras y que haya un adulto contigo. Nunca entres aquí solo, ¿entendido? Es peligroso.
—Sí, sí, sí, gracias, Mario. —Santi no se lo piensa y lo abraza por las piernas, dándole un apretón fuerte que lo deja sin aire.
Por encima de la cabeza del pequeño, Mario mira a Rosa. Ella sonríe, pero sus dedos juegan nerviosos con la correa del bolso.
—Vamos, no insistas, cariño.
Mario los despide en la puerta del jardín.
Se queda allí plantado, viendo cómo se alejan bajo la luz de la tarde de Vilabruma con el corazón agarrotado, protegiéndolo con los brazos cruzados para que no se le desboque con todos los sentimientos prohibidos que se le cruzan y a los que, por puro respeto al pasado, no quiere ni debe dar salida.
El sábado por la tarde, el book dating arranca con un ritmo que nada tiene que ver con el del primer encuentro de junio.
El patio unido de la librería y el café es un hervidero de voces, risas y el repiqueteo de las cucharas contra la loza.
Los turistas se mueven entre las macetas, sacando fotos con los móviles al rincón de las bombillas de luz tenue y comentando las novedades literarias.
En la retaguardia, las chicas del club de lectura toman café mientras observan el panorama con ojos de lince.
—Hay que ver cómo le ha sentado Inglaterra al hijo de Emilio —comenta Paqui en un susurro audible, dándole un codazo a Maruxa—. Qué guapo está ese muchacho y qué porte tiene.
—El aire británico lo habrá vuelto fino —aclara la mujer—, pero la percha es de aquí, de la ría.
Mario, ajeno a los comentarios pero incómodo por la atención, se mantiene cerca de la mesa de su cerámica, que Rosa ha colocado estratégicamente junto al mostrador. El éxito es inmediato. Un grupo de chicas jóvenes de la Universidad de Santiago se agita alrededor de las tazas de desayuno.
—¿Esto lo has hecho tú de verdad? —pregunta una de ellas, cogiéndole a Mario las manos sin ningún reparo para examinarle las palmas con una admiración exagerada—. Tienen un tacto increíble, se nota el peso de lo artesanal. Me llevo dos para el piso.
Mario asiente, abrumado, cobrando las piezas con torpeza mientras las chicas le hacen tres encargos más de vajillas completas para regalar en una boda. Rosa, que pasa por su lado cargando una bandeja de bizcochos, le guiña un ojo al ver los billetes sobre la mesa.
—Te lo dije, genio. Necesitas un book de fotos bien hecho para enseñarlo o una página web cuanto antes. Esto es una mina.
Al otro lado de la barra, Erik recibe con un abrazo fuerte a su hijo Sam, un chico de veinte años que estudia Relaciones Internacionales en Santiago y que acaba de llegar de Dundee, donde vive su madre.
Ha venido a pasar el fin de semana al pueblo, acompañado por su novia, Ximena.
El chaval escucha la queja de Rosa y se acoda en el mostrador, mirando a Mario con simpatía.
—Si necesitas montar la web, cuenta conmigo, Mario —se ofrece, saludándolo con la mano—. Mi padre me ha hablado de tu taller y en dos tardes te dejo una plataforma lista para que todo el mundo pueda ver lo que haces.
—Te lo agradecería mucho, Sam —responde Mario, sintiendo que el calor del pueblo empieza a tejer una red de apoyo a su alrededor—. Todo lo que sea quitarme líos de encima me salva la vida ahora mismo.
El evento avanza hacia el final de la tarde, en mitad de un jaleo vibrante que llena el patio de una energía palpable.
Mario participa en las últimas rondas de conversación, pero sus ojos, como siempre, buscan la figura de Rosa a través de la multitud.
La ve moverse entre los estantes del fondo, cargada con una pila de novelas pesadas que intenta recolocar en una de las baldas superiores para despejar una mesa, cuando no está atendiendo a los asistentes.
El espacio es estrecho, hay demasiada gente de fuera moviéndose por el pasillo y, justo cuando Rosa se estira para alcanzar el estante más alto, el pie de un turista tropieza con la base de la escalera de madera.
Rosa pierde el equilibrio de golpe, los libros se le escurren de los brazos con un estrépito sordo y su cuerpo empieza a caer hacia atrás, directo contra el suelo de piedra del pasillo.