La librería de los recuerdos de barro (Latidos de mar 2) 8
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La forma del barro

La mañana cae de lado sobre Vilabruma, tiñendo de un tono cobrizo las persianas de madera de la casa azul cuando Mario se levanta para trabajar.

En la buhardilla, pasa las horas atrapado entre los renglones de la novela de Yorkshire, peleando con una inteligencia artificial que insiste en traducir los páramos ingleses con palabras de enciclopedia y descripciones frías que le quitan todo el alma al texto original.

Se pasa una mano por el cuello, tenso, con el cansancio acumulado de la semana agarrado a sus músculos, cuando la voz de Carmen resuena con fuerza desde el piso de abajo, rompiendo el silencio del estudio.

—¡Mario! ¡Baja un momento, muchacho, que tienes visita en la entrada!

Mario parpadea, extrañado. Mira la hora y se sorprende de que ya sea la hora de comer.

Se quita las gafas de trabajo, se levanta de la silla y, por un impulso que no sabe bien de dónde nace, se quita la camiseta vieja de algodón gris que usa para estar por casa y se pone un polo verde oscuro que coge al pasar por su habitación, abrochándose los botones deprisa mientras baja las escaleras.

Al llegar abajo, se encuentra la puerta del garaje abierta de par en par.

En el umbral, recortados contra la luz del mediodía, están Rosa y el pequeño Santi.

Ella está preciosa a pesar de la expresión de timidez contenida en el rostro.

Agarra al niño de la mano, que no deja de estirar el cuello hacia el interior.

—Hola, Mario. Disculpa que venga así, sin avisar —dice Rosa, dando un paso hacia él—.

Es que… como no tenemos tu teléfono, no se me ocurría otra forma de saber cómo está tu padre después de lo del sábado en el hostal.

Acabo de cerrar la tienda ahora mismo y Santi quería pasar a preguntar por don Emilio antes de comer.

—Mucho mejor, gracias. Está descansando en el sofá —responde Mario, y, no sabe por qué, el estómago le da un vuelco agradable al verla allí, en su propio terreno—. No tenéis que disculparos por nada. Al revés, gracias por venir y preocuparos por él.

Santi se suelta de la mano de su madre. Sus ojos de niño se clavan en el fondo del garaje, donde reposa el torno eléctrico, los sacos de caolín y las estanterías de madera repletas de piezas de arcilla a medio terminar junto a otras ya acabadas.

La luz de la calle ilumina el polvo en suspensión del taller.

—¡Hala! ¿Esto qué es? —pregunta el crío, fascinado por la maquinaria—. ¿Es tu taller? ¿Haces cosas aquí?

—Santi, no seas maleducado, no toques nada —le reconviene Rosa, pero Mario se adelanta sonriente, agachándose a la altura del chaval.

—Sí, es mi taller, rapaz —le dice Mario con una voz suave que a Rosa le arranca una mirada intensa—. Aquí es donde juego con el barro. ¿Quieres ver cómo funciona? Si te apetece, un día de estos te enseño a modelar y hacemos un tazón para tus desayunos. El tazón de los campeones.

A Santi se le iluminan los ojos por completo y mira a su madre, pidiendo permiso en silencio, mientras Rosa contempla el espacio, maravillada por el orden y la belleza ruda que esconde ese garaje abierto a la calle.

Camina despacio entre las estanterías, rozando con la yema de los dedos la superficie mate de varios juegos de desayuno y cuencos terminados, cuyas líneas delatan las manos de un verdadero artesano.

—Mario, esto es impresionante —comenta Rosa, volviéndose hacia él con una admiración sincera que le enciende las mejillas—. Tienes piezas preciosas aquí guardadas. ¿Las vendes en alguna parte?

—Qué va, de momento no, solo tengo pedidos de amigos —admite Mario, apoyado en la mesa de trabajo y metiéndose las manos en los bolsillos al no saber qué hacer con ellas—.

Me estoy planteando abrir una página web para moverlas y vender, pero la verdad es que se me amontonan todos los trámites.

Entre las entregas de la editorial, los cuidados de mi padre, el papeleo de autónomos y todo lo que supone empaquetar y enviar, no me da la vida.

Se me cae el mundo encima. Además, solo es una afición, no pretendo ganar dinero con esto.

Rosa lo observa con atención, captando el peso real que el hombre lleva sobre los hombros desde que regresó a Vilabruma. Da un paso hacia él con una sonrisa juguetona.

—Pues si quieres, yo te hago un hueco en la librería —le ofrece sin dudarlo—.

Tengo una mesa cerca del ventanal del patio que le vendría de perlas a tu cerámica.

Trae unas cuantas piezas un día de estos, las ponemos bien bonitas con unos libros de arte y vemos cómo reacciona la gente.

Te quitarías de encima la prisa de la web y a la tienda le daría una vida tremenda.

Mario se queda mirándola, conmovido por la propuesta y por la naturalidad con la que ella se ofrece a ayudarlo a aligerar la carga.

—¿De verdad harías eso? —pregunta en un susurro, buscando sus ojos.

—Claro que sí. Para eso estamos —responde ella, y el tono de su voz tiene una calidez que acorta de golpe los metros de distancia que los separan.

—¡Oye! ¿Y cuándo me vas a enseñar lo del tazón? —interrumpe Santi, tirando del polo de Mario, impaciente por estrenar el torno.

Mario se ríe con una carcajada sincera que desbarata cualquier tensión en el garaje. Se agacha de nuevo, coge un trozo de arcilla húmeda de uno de los contenedores y se lo entrega al niño para que note el tacto.

—Pues mira, podemos empezar ahora mismo si tu madre tiene diez minutos —dice Mario, mirando a Rosa de reojo.

Ella asiente con la cabeza y se apoya en la mesa de madera con los brazos cruzados, dispuesta a disfrutar de la escena.

Durante la siguiente media hora, el garaje se llena del zumbido rítmico del motor del torno.

Mario se coloca detrás de Santi, que lleva un delantal enorme, envolviendo las manos pequeñas del crío con las suyas, enseñándole a centrar la masa, a acariciar el barro sin apretar demasiado para que no se rompa la magia.

El niño ríe, salpicándose un poco los brazos de agua arcillosa, entregado a la experiencia.

Desde su rincón, Rosa no pierde un solo detalle.

Observa la paciencia infinita de Mario, la anchura de sus hombros bajo el polo verde, que ha tapado con un delantal negro manchado de arcilla, y la delicadeza con la que guía a su hijo.

Hay algo en la estampa que le aprieta el corazón de una forma nueva, una mezcla de nostalgia por lo que ya no está y una atracción física, extraña y, a la vez, madura, que empieza a despertarse en su interior tras tres años de silencio.

Cuando la luz del mediodía empieza a asomar y el tazón de Santi queda perfilado sobre el plato del torno, Rosa da un paso al frente para recoger al niño, que ya bosteza del cansancio.

—Bueno, artista, ya es hora de ir a comer, se nos ha hecho tardísimo —dice Rosa, limpiándole a Santi un churrete de barro de la mejilla con ternura.

Luego, mira a Mario y sus ojos se detienen un instante de más en sus labios—.

Gracias por enseñarle, Mario. De verdad. No solo por el tazón, sino por… todo.

—A vosotros —alcanza a decir él, sintiendo el roce levísimo de sus miradas como una caricia en la penumbra del garaje—. Cuando esté seco, tienes que venir a pintarlo. ¿Quieres?

—Claro, esto mola mucho. ¿Podré hacer más?

—No seas pesado, hijo.

—No te preocupes. Me hace feliz que os guste. Nos vemos pronto, Rosa.

Mientras madre e hijo se alejan por el callejón de piedra bajo los árboles del paseo, Mario se queda de pie junto al torno, con las manos manchadas de tierra y el cuerpo confuso por las sensaciones del encuentro.

Mira el tazón moldeado a medias, siente el eco de la risa de Santi y, sobre todo, la promesa de esa mesa compartida en la librería.

El verano en Vilabruma avanza despacio, pero la marea entre los dos empieza a subir y ya es imposible ignorar que los caminos se están cruzando con una fuerza que ninguno de los dos puede frenar.

Cuando el eco de los pasos de Rosa y el niño se apaga del todo en la piedra de la calzada, Mario se queda inmóvil en mitad del garaje.

El silencio regresa de golpe, pero ya no tiene el vacío de antes; ahora está lleno del olor a arcilla mojada, del rastro sutil de lavanda que Rosa ha dejado flotando en el aire y de la luz del sol que dibuja rectángulos dorados sobre el suelo de cemento al atravesar las hojas de los árboles.

Se mira las manos, todavía cubiertas por esa película fina de barro gris que se va secando y agrietando sobre su piel a medida que pierde la humedad.

Se acerca al balde de agua, sumerge los brazos y se limpia con movimientos lentos, casi mecánicos, mientras contempla el tazón que ha modelado con el niño.

Está allí, reposando sobre la madera del plato del torno, un poco torcido, con las marcas de los dedos pequeños de Santi impresas en la base.

Son las costuras de un mediodía que no planeaba vivir.

—Una mesa en la librería… —murmura para sí mismo, dejando escapar un suspiro hondo que le reverbera en el pecho.

La idea de ver sus piezas expuestas allí, junto al ventanal del patio, rodeadas de los libros que Rosa elige y bajo la misma luz que le ilumina a ella el cuello por las tardes, le provoca una sacudida que va mucho más allá del alivio profesional.

Ya no es solo la comodidad de ahorrarse los trámites de la web, es la certeza de que ahora tiene una excusa legítima, un puente tendido con hilos firmes para volver a cruzar esa puerta una y otra vez sin levantar las sospechas de su propia culpa.

Entra en la vivienda despacio, arrastrando los pies por el cansancio físico y mental.

Al llegar a la cocina, se encuentra a Carmen recogiendo los platos de la comida mientras don Emilio, sentado en su butaca de siempre, dormita con la barbilla apoyada en el pecho y las manos entrelazadas sobre el estómago, ajeno por completo al mundo.

—¿Se han ido ya la librera y el rapaz? —pregunta Carmen de reojo a la vez que le acerca su plato recalentado para que coma—. Vaya par de ojos inocentes tiene ese niño, Mario. Es clavadito a su padre cuando tenía esa edad y venía a pedir las peras del huerto.

—Sí, se acaban de marchar —responde él de forma escueta, pasando de largo hacia el pasillo para evitar que la mirada sagaz de la mujer le lea los pensamientos.

Cuando acaba de comer, vuelve a la buhardilla y se sienta frente al ordenador, que sigue encendido, mostrando el documento parpadeante de la novela de Yorkshire.

Sin embargo, al mirar las frases rígidas que ha dejado a medias en la pantalla, Mario se da cuenta de que ya no puede concentrarse.

Los páramos ingleses, la frialdad de la traducción hecha con inteligencia artificial y la distancia de sus años en Bristol los siente ahora como un traje que le queda demasiado grande, o quizás demasiado ajeno.

Se apoya en el respaldo de la silla y clava la vista en el folleto de cartulina crema del book dating que sigue sobre la mesa.

Lo coge haciendo pinza con los dedos, le da la vuelta y repasa las letras impresas por Rosa.

Siente el pulso desordenado y un pesar sordo en el estómago, una melancolía que ya no sabe si pertenece al recuerdo de Santiago o al miedo a lo que está empezando a desear con todas sus fuerzas.

El verano de Vilabruma ha dejado de ser una tregua silenciosa para convertirse en una corriente subterránea que lo arrastra hacia el mostrador de La Orilla de Papel.

Mario se descubre deseando que la noche pase rápido para que el barro de su taller termine de secarse y poder llevarlo a la librería, aunque piensa de nuevo en la posibilidad de ingresar a su padre en una residencia y alejarse de allí antes de que sea demasiado tarde y no pueda controlar lo que siente por Rosa, por una mujer que debería estar prohibida para él.

«Santiago, perdóname, es tu familia y no tengo derecho. Ningún derecho».