La librería de los recuerdos de barro (Latidos de mar 2) 7
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El sabor de las mareas

El aire del Atlántico limpia el bochorno de la tarde en cuanto los cuatro ponen un pie en el paseo marítimo.

Mario camina al lado de Erik, tras un rato de conversación, ya siente como los hombros se le destensan con el batir de las olas contra el muro de piedra, mientras que, unos pasos por delante, Rosa y Vera avanzan compartiendo risas y confidencias con esa familiaridad ruidosa tan propia de la gente del norte.

Antes de alejarse del centro, Mario llamó a Carmen para preguntarle si podía quedarse un rato más porque pensaba cenar fuera y ella lo animó a hacerlo.

El destino elegido es el restaurante en el que trabaja Maruxa, un rincón de manteles de cuadros y olor a óleo, madera vieja y laurel, empotrado justo frente al muelle viejo.

La taberna está casi vacía a estas horas, bendecida por la paz de los días previos a la llegada masiva de los turistas de julio.

Maruxa los recibe detrás de la barra con un trapo en el hombro y esa mirada madura que lo sabe todo sin preguntar.

—Sentaos donde queráis, rapaces —les grita desde la cocina—, que hoy el pescado viene fresco de la pesca de las seis.

Mientras se acomodan en una mesa de madera gastada junto al ventanal que da a la ría, Erik pide una ración de pulpo y unos calamares de potera. Es en ese momento, entre el tintineo de los vasos de vino blanco y el rumor del agua, cuando la conversación regresa al terreno de los libros.

—Pues no eres el único que pelea con los idiomas en este rincón del mundo, Mario —comenta Vera, sirviendo un poco de Ribeiro en las copas—. Anne, la chica que suele sentarse al fondo en el club de lectura, también es traductora. Trabaja para una empresa tecnológica de Dinamarca.

Mario sonríe y siente que ese nudo de forastero que todavía le oprime el pecho empieza a ceder. Mira de reojo a Rosa, que lo observa desde el otro lado de la mesa con una luz divertida en los ojos.

—¿Te fuiste hace muchos años? —pregunta Erik.

—Tenía dieciocho, ganas de comerme el mundo y muchos sueños por cumplir.

—Así empecé yo, pero no quise ir a ningún sitio en concreto y me hice piloto.

—Suena interesante.

—Sí, solo que llega un momento en que no perteneces a ningún sitio. Tú al menos sabes que perteneces a Vilabruma.

Maruxa les trae más platos de los que han pedido.

—Os traigo estas almejas, que hoy ha habido poca clientela. Se nota que son las fiestas al otro lado de la ría. Enseguida viene la merluza.

Rosa aprovecha la interrupción para cambiar de tema.

—¿Sabéis que Mario fue muy amigo de Santiago? Crecieron juntos en este muelle. Hacían las mismas gamberradas de las que siempre me hablaba él. Espero que mi hijo no haya sacado eso de su padre.

Todos ríen y admiran a Rosa, que nunca habla desde la tristeza.

—Sí, qué tiempos. No recordaba lo bien que se está aquí —comenta Mario, aspirando el aire salino de la ría.

Vera apoya los codos en la mesa, mirándolos con esa intuición afilada que la caracteriza, y se le dibuja una sonrisa nostálgica.

—Vilabruma tiene esa magia, ¿sabes? —dice, entornando los ojos—.

A mí me atrapó de golpe. Cuando abrí el café, la mitad de los vecinos pensaban que duraría dos telediarios con mis cafés de especialidad y los bizcochos raros de Carmela.

Pero este sitio te da una raíz que no encuentras en las ciudades.

Te obliga a bajar el ritmo, a mirar el mar y a entender que las cosas importantes tardan en cocinarse.

—Y que lo digas —apunta Erik, dándole un trago a su vino—.

Yo, como piloto de aviación, ¡imagínate!

, he pasado media vida cruzando continentes y durmiendo en hoteles de aeropuerto donde todas las habitaciones parecen la misma.

Ahora ya viajo mucho menos, solo lo justo para mantener las horas de vuelo.

Prefiero mil veces quedarme aquí, en Vilabruma, ayudando a Vera con los sacos de café y llamando por su nombre a la persona que me da los buenos días por la calle.

La cena transcurre entre esa calidez reconfortante que los ingleses llaman cozy , una mezcla de confidencias, risas francas y el crujido del pan mojado en el aceite del pulpo.

Sin embargo, la burbuja de paz se rompe en mil pedazos cuando el móvil de Rosa empieza a sonar con insistencia sobre la madera.

Al otro lado de la línea, la voz de Sole, la dueña del hostal del puerto, suena ahogada por los nervios.

—¡Rosa, por Dios! ¿Está el chico de Emilio contigo? Mario, el inglés.

—Sí, ¿qué ha pasado?

—¡Subid al hostal corriendo! Que está aquí Santi. Él y mi hijo traen a don Emilio de la mano.

—¡Vamos! —Cuelga y se dirige a Mario mientras se levanta de la silla—. Tu padre andaba por ahí perdido y mi hijo lo ha llevado al hostal.

El estómago de Mario se desploma. El pánico le hiela la sangre en un segundo, borrando el sabor del vino y la complicidad de la cena. No hace falta que Rosa le explique nada más; la mirada de terror de la librera lo dice todo. Su padre se ha escapado de casa.

La historia se reconstruye en la mente de Mario a golpe de zancadas mientras sale corriendo hacia el paseo marítimo con Rosa pisándole los talones.

Mario corre como no recuerda haberlo hecho en años, sintiendo el salitre del norte quemándole la garganta.

Detrás, Erik y Vera se quedan un segundo para dejar unos billetes sobre la mesa de Maruxa, pagar la cuenta a toda prisa y salir corriendo tras ellos.

A mitad del camino, justo en el cruce del callejón de piedra que sube de la playa, Mario y Rosa se cruzan con Carmen. La mujer avanza tropezando, con el pelo alborotado, el rostro desfigurado por las lágrimas y una angustia que le sale del pecho en forma de sollozos roncos.

—¡Mario! ¡Ay, Dios mío, Mario! —grita Carmen, tapándose la boca al verlos—.

¡Que no está! Que me quedé dormida viendo la tele en la cocina y cuando desperté, la puerta del jardín estaba abierta…

No sé cómo fue capaz de abrir el cerrojo, lo he buscado por todas partes, por el muelle, por la plaza de la iglesia…

—Tranquila, Carmen, está bien —la frena Vera, que llega en ese momento junto a Erik y la sujeta por los hombros con firmeza—. Está en el hostal de Sole. Santi lo ha encontrado y está sano y salvo. Vamos para allá.

El alivio hace que Carmen se derrumbe a llorar con más fuerza, pidiéndole perdón a Mario una y otra vez mientras caminan a paso ligero hacia el hostal.

Cuando entran en el vestíbulo, la escena tiene una luz dorada y suspendida que frena los corazones de todos.

Sentado en un sofá verde, bajo un cuadro de la ría, don Emilio sonríe con una placidez absoluta, ajeno por completo al revuelo que ha provocado.

Sostiene entre sus manos torpes un vaso de leche caliente que Sole le ha preparado y mira a la gente entrar como si asistiera a una fiesta organizada en su honor.

—Pero, bueno, ¿por qué hay tanta gente aquí hoy? —pregunta el anciano con su voz temblorosa, arrugando los ojos con simpatía—. ¿Es el cumpleaños de alguien?

Al ver al pequeño Santi, que aguarda de pie junto al mostrador con las zapatillas de deporte todavía sucias de césped, la mirada de don Emilio se ilumina con una lucidez repentina pero equivocada. Deja el vaso sobre la mesa auxiliar y le extiende una mano temblorosa al niño.

—Hombre, Santiago… Qué bien juegas al balón, rapaz. Te estaba buscando en el lavadero, pero ya veo que estabas aquí con la pandilla. Estás igualito que siempre, hijo. ¿No juegas con mi pequeño Mario?

Esas palabras caen como un mazo en mitad del vestíbulo.

Rosa ahoga un sollozo y las lágrimas le desbordan los ojos, resbalando por sus mejillas ardientes.

Escuchar el nombre de su marido muerto en boca del anciano desorientado, ver la confusión tan pura y la herida abierta del pasado unida a la inocencia de su propio hijo la rompe por completo.

Mario, movido por un impulso que le nace de las entrañas, da un paso al frente y rodea a Rosa con sus brazos.

La pega a su pecho grande, cubriéndola con su cuerpo para protegerla de las miradas de los demás, mientras ella esconde el rostro en el lino azul de su camisa, temblando con un llanto contenido que le empapa la tela.

El contacto físico agita a Mario como una corriente eléctrica.

Sentir el calor de Rosa a través de la ropa, el aroma a papel y lavanda que desprende su pelo, la delicadeza de sus hombros temblando bajo sus manos y la entrega absoluta de su cuerpo herido lo llena de unas sensaciones intensas, puras y magnéticas; unas sensaciones que cree que no tiene derecho a tener.

Es la mujer de Santiago. Es el territorio sagrado de su amigo muerto.

Asustado por la fuerza del deseo y la ternura que le acaban de brotar en mitad de la tragedia, Mario se separa de ella contrariado con un gesto brusco del que se arrepiente al instante. Se aclara la voz, intentando recuperar la distancia y el control de sus propios hilos.

—Gracias a todos, de verdad —dice Mario, mirando a Sole, a Vera y a Erik, con una voz que delata un leve temblor—. ¿Qué ha pasado?

Sole le cuenta que el pequeño Santi y su hijo, al salir del polideportivo municipal donde jugaban al fútbol sala con sus amigos, se han encontrado al anciano caminando desorientado por las inmediaciones de la carretera general, vestido solo con unas zapatillas de casa y su vieja chaqueta de pana sobre el pijama.

Los críos lo han reconocido al instante y lo han llevado de la mano directamente a la librería, que era lo más cercano.

Al ver que La Orilla de Papel estaba ya cerrada tras el evento, Santi y el hijo de Sole han decidido guiarlo hacia el hostal, sabiendo que allí siempre hay alguien dispuesto a ayudar.

Mario se agacha frente al pequeño Santi. Le coge la mano derecha, una mano pequeña y tibia que le recuerda tanto a las tardes de juegos en el muelle, y le aprieta los dedos con un respeto inmenso.

—Has sido el más valiente del pueblo hoy, Santi. Me has salvado de una muy gorda. Te debo una, colega. ¿De acuerdo?

El niño asiente con los ojos brillantes, orgulloso, mientras Rosa se seca las lágrimas con el dorso de la mano, mirando a Mario con una gratitud que le quema la piel.

—Carmen, ayúdame a levantarlo, nos volvemos a casa. —Mira a Erik antes de salir—. Luego hacemos cuentas.

—Tranquilo, nos vemos otro día. Tenemos mucho de qué hablar.

—Gracias a todos —se despide, reteniendo las lágrimas que quieren salir de sus ojos.

El regreso a la casa azul es un camino silencioso bajo la luna que se refleja en las aguas negras de la ría. Don Emilio camina despacio, tarareando una vieja tonada marinera, cogido del brazo de una Carmen que no deja de santiguarse en la penumbra.

—Carmen, vete a casa y no te preocupes. No ha sido culpa tuya.

—Ay, Mario, lo siento tanto —solloza—. Si necesitas algo, llámame. Iré enseguida.

La mujer le da un beso en la mejilla a cada uno y se va por su calle, abatida.

Cuando Mario cruza el umbral de su hogar y cierra la puerta de madera, siente el cuerpo completamente desordenado.

Tras acostar a su padre, se sienta al borde de su cama con las manos apoyadas en las rodillas y la mirada fija en el suelo de madera.

Siente un pesar hondo, una melancolía que se mezcla con la culpa y el latido desbocado de su propio corazón.

El verano de Vilabruma ya no es un refugio de aislamiento; es un territorio vivo, lleno de emociones ásperas y luces claras, donde los besos que no dio y los labios que no debe mirar empiezan a pesar más que todas las palabras que ha traducido en su vida.