La librería de los recuerdos de barro (Latidos de mar 2) 6
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Las costuras de las páginas

La rutina en la casa azul se mide ahora por el horario de las medicinas y el traqueteo de la cafetera por las mañanas.

Cuatro días después de su encuentro en la librería, Mario desayuna en la cocina con la mirada perdida en el vapor que asciende de su taza mientras Carmen llega con el pan del día.

El crujido de la bolsa de papel de la panadería rompe el silencio de la estancia y la mujer, tras dejar la hogaza sobre la mesa, rebusca en el bolsillo de su delantal con una sonrisa de complicidad.

—Toma, muchacho, mira lo que he cogido del mostrador de la Maruxa. —Carmen le tiende un pequeño folleto de cartulina color crema un poco arrugado por las esquinas—. En cuanto lo vi, pensé en ti. Como te pasas el día encerrado ahí arriba con tus libros y tus papeles, esto te toca de cerca, ¿no?

—¿Qué tramas?

— Ná —dice sonrojada—. Que necesitas salir de casa, chico. Te estás perdiendo la vida. Ve a eso, que yo me quedo con tu padre.

Mario coge el papel, intrigado. En la portada, impreso con una tipografía elegante, se lee: Book Dating: Encuentros literarios en el patio .

Debajo, la dirección de la calle Nueva y el logotipo de La Orilla de Papel.

No hace falta ser un lince para deducir de qué se trata: Rosa y la dueña del café Entre Nubes se han aliado para montar un evento, un espacio para juntar a la gente y charlar a través de las lecturas el sábado por la tarde.

Al subir a la buhardilla, las palabras de Carmen y el tacto del folleto permanecen en el ambiente húmedo de la habitación, antes de poner las manos sobre el teclado.

El deber lo llama desde la pantalla, donde un nuevo capítulo de la novela de Yorkshire aguarda una revisión minuciosa para eliminar la frialdad que la traducción automática de la editorial le ha incrustado en las costuras del texto, pero la curiosidad es más fuerte.

Abre el navegador del ordenador y teclea el nombre de la librería.

Aparece la página de La Orilla de Papel.

La última publicación en sus redes muestra una fotografía del patio interior que ya conoce, pero esta vez está decorado con hileras de bombillas dispuestas entre las macetas de hiedra y los helechos.

El texto, escrito por Rosa con sencillez, invita a los vecinos la tarde del sábado para compartir lecturas elegidas a ciegas y conversar.

En una esquina de la imagen, capturada sin artificios, se aprecia el reflejo de Rosa en el cristal de la puerta, con el pelo recogido y esa sonrisa serena que Mario no es capaz de borrarse de la mente.

Se fija de nuevo en sus labios, recordando la dulzura de su voz en la tienda, y cierra la pestaña de golpe con la culpa del intruso que espía un jardín ajeno trepando por su garganta.

El sábado por la tarde, el bochorno de junio pesa sobre los tejados de Vilabruma.

Tras comprobar que su padre duerme una siesta tranquila, arrullado por el zumbido de la tele del salón y bajo la vigilancia de Carmen, Mario se cambia la camiseta vieja de trabajo por una camisa de lino azul oscuro y baja hacia el centro.

A medida que se aproxima a la calle Nueva, los nervios empiezan a jugarle una mala pasada en el estómago.

Teme encontrarse con un tumulto, con preguntas incómodas de vecinos que no ve desde hace dos décadas, pero, al empujar la puerta de madera de la librería, la realidad es mucho más recogida.

El local es fresco, envuelto en un aroma maravilloso a tarta de manzana recién sacada del horno, libro nuevo y el grano de café tostado que se filtra desde el negocio de al lado.

Al fondo, en el patio unido, la afluencia es modesta; apenas una docena de personas se reparten por las mesas de hierro.

Hay un par de caras jóvenes de los pueblos de la ría que Mario no reconoce, dos chicas de la villa vecina que ojean los estantes y la presencia incombustible de Paqui, que ya capitanea la esquina más cercana a las plantas.

No es un éxito masivo, sino un estreno pequeño, íntimo y un poco expectante.

Rosa está junto al mostrador principal, anotando unos nombres en tarjetas de cartulina prensada.

Lleva un vestido fino de algodón color crema que contrasta con el tono tostado de su piel y deja al descubierto la línea de sus clavículas.

Cuando escucha el tintineo de la campanilla, levanta la vista.

Al encontrarse con los ojos de Mario, su expresión cambia por completo; la rigidez del trabajo diario se disuelve en una sorpresa sincera que le ilumina el rostro.

—Vaya, el hombre misterioso se ha dignado a salir de casa.

—Lo recibe con una sonrisa traviesa que a Mario le araña el pecho de una forma extraña y agradable.

Rosa se muere por saber qué hace encerrado todo el día, porque ya le han contado que en el taller de cerámica que ha montado solo se lo ve por las tardes y, además, imagina que eso no dará lo suficiente para vivir.

—Tenía curiosidad por ver cómo funciona el invento de las parejas y las lecturas —admite él, dando un paso hacia la mesa expositora central para disimular la urgencia que siente por quedarse mirándola—.

En Londres fui un par de veces; es interesante.

—Mira hacia el patio y añade—: Veo que estáis en familia.

—Sí, al ser el primero, la gente del pueblo todavía mira de reojo desde la acera, ya sabes cómo son aquí con las novedades —explica Rosa, rodeando el mostrador para ponerse a su lado—.

Les da vergüenza eso de sentarse a hablar con un extraño, pero los que han venido tienen muchas ganas. ¿Te vas a animar?

Mario no responde de inmediato. Su mirada se ha quedado clavada en el centro de la mesa de novedades, donde, bajo un pequeño cartel que reza «Recomendación de la casa», descansa una novela de tapas duras y tonos grisáceos.

Es una historia costumbrista ambientada en los acantilados de Cornualles; un texto denso, hermoso y lleno de paisajes heridos por el Atlántico. Le recuerda a su propia historia.

Rosa, al notar su fijeza, coge el ejemplar con delicadeza, sosteniéndolo entre las manos como quien muestra un tesoro escondido.

—¿Te llama la atención? —pregunta ella, acariciando la faja de papel con la yema de los dedos—.

Es una auténtica delicia de libro, Mario.

Si te apetece llevarlo para leerlo estos días, te lo reservo ya.

Tiene una sensibilidad asombrosa para describir el aislamiento, el peso de los silencios y esa forma tan cruda que tiene el mar de marcar el carácter de la gente.

En la distribuidora lo etiquetan de «literatura para mujeres» porque es muy emotiva y hay amor, pero es una soberana estupidez.

Es una historia con una fuerza psicológica brutal.

Mario contempla las manos de Rosa sujetando el volumen y siente una corriente cálida que le sube por los brazos. Se mete las manos en los bolsillos del pantalón, reteniendo una sonrisa que le empuja las comisuras de los labios.

—Me lo sé de memoria, Rosa —dice en un susurro, disfrutando del momento.

—¿Ah, sí? ¿Lo has leído en inglés durante tus años en Inglaterra? —pregunta ella, entornando los ojos con curiosidad—. No te pega nada.

Mario saca la mano del bolsillo y la estira con lentitud, tomando el libro por el extremo superior.

Sus dedos rozan la piel de Rosa un instante, un contacto breve, apenas un roce áspero de sus dedos maltratados por el barro, pero lo bastante intenso como para que él contenga la respiración.

Abre el ejemplar por las páginas de cortesía, pasa la hoja del título y se detiene en los créditos de la edición en castellano, impresos en una grafía diminuta en la parte inferior.

Con el dedo índice, señala una línea concreta: Traducción de Mario Mouriño .

Rosa abre los ojos de par en par. Mira la página, luego, el rostro serio de Mario y vuelve a bajar la vista hacia las letras impresas, asimilando la certeza de golpe. Una sonrisa enorme y desprovista de cualquier asomo de duda le transforma la cara.

—No me lo puedo creer… ¿Tú tradujiste esto?

Pero si las reseñas de los suplementos culturales de Madrid alabaron precisamente la música del texto, decían que el castellano mantiene el alma del mar original.

—Rosa niega con la cabeza, fascinada, mirándolo con una admiración que a Mario le hace recolocar la postura de los hombros, abrumado—.

Qué buen trabajo, Mario. De verdad. Qué gran labor haces con las palabras de otros.

—Es solo… encontrarle el hogar al texto en nuestro idioma —alcanza a decir él, sintiendo el calor subiéndole por el cuello.

Por suerte, Vera asoma la cabeza desde la puerta del patio, haciendo sonar una pequeña campana de latón para convocar a los asistentes a las mesas.

—¡Venga, parejas, id buscando vuestro número, que el café se enfría y los libros no se defienden solos! —grita con su habitual energía arrolladora.

Rosa le entrega a Mario una de las cartulinas que tiene sobre la mesa, rozándole la palma de la mano.

—Te toca el número cuatro. A ver qué te parece la experiencia.

El funcionamiento del encuentro resulta más fluido de lo que Mario teme.

Se sienta en una de las mesas de hierro forjado del patio, justo bajo la sombra de una buganvilla que empieza a perder los pétalos, frente a una mujer de mediana edad que viene desde la villa vecina cargada con una novela histórica de solapas gastadas.

Durante los diez minutos que dura cada turno, Mario se descubre a sí mismo hablando con una soltura que creía haber perdido en los últimos meses de Inglaterra; argumenta sobre estructuras, escucha con paciencia los resúmenes de los demás y comparte el gusto por las historias bien rematadas.

Sin embargo, no importa quién tenga enfrente ni qué argumento esté escuchando; sus ojos buscan de manera inevitable la figura de Rosa.

La librera se mueve entre los pequeños grupos con una elegancia natural, sirviendo los tés que Vera le pasa desde la barra o deteniéndose a escuchar las risas de las chicas del club de lectura en las mesas vecinas.

Cada vez que Rosa cruza la mirada con él en mitad del patio, le dedica una pequeña sonrisa cómplice, un gesto privado entre la multitud que a Mario lo hace perder el hilo de lo que está diciendo su interlocutora.

Le cuesta una barbaridad mantener la concentración; la conciencia de que es la viuda de Santiago opera como un dique en su cabeza, pero la atracción física, la luz de la tarde gallega filtrándose por el techado del patio y la calidez de su presencia son una marea silenciosa que gana terreno a cada minuto.

Al cabo de una hora, las parejas empiezan a levantarse, despidiéndose entre murmullos de satisfacción y anotando fechas para la próxima convocatoria en el tablón de anuncios.

Mario recoge su silla y se dispone a enfilar el pasillo hacia la puerta de la calle, convencido de que ya ha cumplido, pero Rosa lo intercepta justo al pasar junto al mostrador principal, colocándose en su camino con una suavidad imprevista.

—No te vayas todavía —le pide, poniéndole una mano suave, apenas un peso tibio, en el antebrazo—. Quédate unos minutos, que ya casi hemos terminado de recoger las tazas. Vera y yo vamos a tomar algo cuando acabemos. ¿Te apetece?

Mario asiente, incapaz de negarle nada ante la cercanía de sus ojos.

Rosa lo guía hacia la barra de la cafetería adjunta, donde el patio muere y la madera clara del mostrador conecta los dos mundos.

Allí, Erik limpia el brazo de la cafetera exprés con un trapo blanco, haciendo salir un chorro de vapor que perfuma el aire de inmediato.

—Erik, deja la limpieza un segundo —lo llama Rosa con tono alegre—. Te presento formalmente a Mario, el traductor de la novela de Cornualles de la que te hablé el mes pasado. Y resulta que también pasó unos cuantos años viviendo bajo el cielo gris británico.

Erik se da la vuelta, deja el trapo sobre la barra y le tiende una mano firme, ancha y curtida, acompañada de una sonrisa hospitalaria que no deja espacio a las distancias de forastero.

—¿Ah, sí? ¿En qué zona estuviste, Mario?

—Casi todo el tiempo en Bristol, por los contratos con la editorial —responde él, acomodándose en uno de los taburetes altos de madera—.

Antes de la pandemia trabajábamos en las oficinas, pero el posgrado de Traducción Literaria lo hice en Edimburgo.

Pasé tres años en Escocia antes de bajar hacia el sur.

A Erik se le ilumina el rostro por completo, abandonando la postura profesional para apoyarse con los codos en la barra, con la camaradería instantánea de los que comparten las mismas nubes sobre sus cabezas.

—¡No me fastidies! Yo he vivido en Dundee casi cinco años y allí vive mi hijo con su madre —dice Erik, riendo de buena gana—.

Voy a menudo a verlo. Menuda tierra. Se echa de menos el ambiente de los pubs los martes por la tarde, esa lluvia fina que no te moja pero te empapa el alma y la forma que tienen de entender la cerveza, ¿verdad?

Aunque el mar de esta ría no tiene nada que envidiarle al Mar del Norte.

—Desde luego que no —sonríe Mario, sintiendo como el peso de las últimas dos semanas se disuelve en la conversación—.

El invierno de Edimburgo te curte la piel a base de viento, pero la claridad que entra por este patio al amanecer no la encuentras allí ni aunque vuelvas a nacer.

Aquello es hermoso, pero esto tiene otra sangre.

Mientras los dos hombres se enzarzan en una animada charla sobre las marcas de whisky de malta, las diferencias entre el salitre escocés y el gallego y la bendición que supone el ritmo pausado de Vilabruma para los que vienen con la velocidad de fuera, Rosa se apoya en el extremo libre del mostrador.

En silencio, con la barbilla apoyada en la mano, contempla a Mario.

Observa la anchura de sus hombros bajo la tela azul de la camisa, la forma en que gesticula con las manos, unas manos fuertes, grandes, que retienen la textura del artesano, y esa risa franca, honda, que le sale del pecho al escuchar una ocurrencia de Erik sobre los hosteleros británicos.

Hay algo en la presencia de ese hombre, en su timidez educada que se transforma en madurez cuando gana confianza, que empieza a llenar los rincones de la librería de una manera imprevista, tejiendo una red invisible que promete atraparlos a los dos bajo la luz de la calle Nueva, aunque ella todavía no lo sepa.

Solo piensa en cuántas historias tendrá de Santiago que no conoce y lo envidia por haber pasado más años con él que ella.