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Las vueltas que da el café
La tarde avanza con ese cielo atlántico que no termina de decidirse entre el sol de bochorno y una cortina de nubes bajas que amenaza con refrescarlo todo en un suspiro.
Mario dobla la esquina de la plaza con el paso firme y las manos metidas en los bolsillos.
Al empujar la puerta de la librería, el tintineo de la campanilla se mezcla con el eco de varias voces que llegan desde el patio interior.
Mario se asoma desde la tienda, buscando a Rosa con la mirada entre las estanterías de madera, y descubre al fondo a un grupo de mujeres que están dispuestas en círculo, rodeadas de tazas, riendo y debatiendo con entusiasmo.
Al ver el panorama, a Mario le entra un agobio inmediato ante el trato social; la timidez le atenaza el estómago y sopesa si la mitad del pueblo lo va a reconocer o si van a avasallarlo a preguntas después de dos semanas escondido entre su taller y la casa azul.
Da medio paso atrás, dispuesto a batirse en retirada con discreción, pero ya es tarde.
Paqui, que está sentada de frente al local, alza la vista, se acomoda las gafas y se levanta de un salto con una sonrisa radiante.
—¡Pero bueno! ¡Si es Mario! —exclama, y contagia su entusiasmo de forma inmediata al resto del grupo—. ¡Qué alegría, muchacho! Qué alegría que hayas vuelto al pueblo. Tu padre te echaba mucho de menos, el pobre Emilio siempre andaba diciendo que a ver cuándo regresaba el hijo.
Rosa se levanta de prisa al escuchar el nombre, disculpándose con las vecinas con un gesto suave.
Camina hacia la zona de la tienda mientras Paqui, que se ha levantado para darle dos besos, le dedica una última oleada de comentarios alegres y cariñosos antes de volver a su lugar y centrar la atención en su libro.
Al quedarse frente a frente cerca del mostrador, la tensión inicial de Mario se rebaja gracias al ambiente cálido del local. Para romper el hielo, el ceramista mira de reojo hacia el fondo.
—Qué bonito os ha quedado el patio —comenta Mario, admirando la luz que entra—. No recordaba esto así.
—Sí, la verdad es que da mucha vida —responde Rosa, aliviada por la naturalidad del comentario—.
Le propuse a Vera tirar el tabique y unir los dos espacios, ya que, antes de que yo cogiera este local, las reuniones del club de lectura las hacíamos en el café.
Mi tienda anterior era demasiado pequeña.
Ahora lo usamos para todo. Estábamos justo en mitad del club de lectura semanal… Te puedes unir si quieres, ¿eh?
Mario sonríe de medio lado, negando con la cabeza ante la perspectiva de sentarse en mitad de aquel círculo.
—No sé yo. Me parece que ahí no hay hombres.
—Normalmente, no los hay, la verdad —admite Rosa, riendo con suavidad—. Pero no pasa nada por romper las normas de vez en cuando. A veces se pasa Erik, la pareja de Vera, a tomar un café con nosotras y sobrevive.
Mario se gira hacia las estanterías, rozando con el dedo el lomo de unos libros de tapas duras para ganar algo de tiempo. Rosa lo observa con curiosidad, apoyando una mano en el mostrador.
—¿Y bien? —pregunta ella en un tono simpático y profesional—. ¿Qué deseas hoy? ¿Otro cuaderno para tus dibujos o te vas a animar con una lectura para el verano?
Mario deja de tocar los libros y la mira directamente, aclarándose la voz.
—En realidad, venía a disculparme por lo de ayer. Por no haberte reconocido. Carmen me lo ha contado todo hoy durante la comida… Me ha dicho que eres la viuda de Santiago.
La mención de su marido hace que la expresión de Rosa cambie hacia una ternura reposada, desprovista de cualquier asomo de drama. Se recoloca un mechón de pelo tras la oreja con los dedos temblorosos y asiente despacio.
—No tienes por qué disculparte, de verdad. No sabía quién eras, pero luego recordé que erais muy amigos de niños y que, cuando te marchaste, perdisteis el contacto. Cuando Carmela me dijo que había vuelto el hijo de Emilio, ni siquiera asocié tu nombre.
—Ya —murmura Mario, sintiendo un leve pellizco de nostalgia—. Carmen me ha dicho que decidiste quedarte aquí por él. Eres muy valiente.
—Al principio fue duro, no te voy a engañar —confiesa Rosa, mirando hacia el patio, donde se escucha una risa de Paqui, para disimular la pena que le sube por el cuello—. Pero aquí lo siento cerca.
—No solo duro, también sería triste.
—Es algo que no se puede evitar, pero ahora ya no estoy triste, Mario. Ahora vivo por mi hijo, y Santi es inmensamente feliz viviendo en Vilabruma y creciendo en las mismas calles que su padre. Es una forma de tenerlo presente.
—No sé qué decir. Yo…
—Nada —dijo ella, tocándole el brazo—. No hace falta que digas nada ni que sientas lástima ni nada parecido. Yo solo siento gratitud por haber podido disfrutar de Santiago durante doce años y que me diera el mayor regalo que podía darme, mi hijo.
Mario traga saliva; las palabras de Rosa resuenan en sus oídos y se suma en un silencio que es como una tregua tranquila, un puente tendido entre el pasado de él y el presente de ella. Rosa rompe la pausa con una sonrisa franca.
—Si quieres, podemos quedar a tomar un café un día de estos con más calma. Sin que Paqui nos vigile desde el fondo. Seguro que a Santiago le hubiera encantado que nos conozcamos.
—Me gustaría mucho —acepta Mario, sintiendo que los hombros se le relajan por completo—. Nos vemos pronto, Rosa.
Mientras Mario sale de la librería y el tintineo de la campanilla se apaga, Rosa regresa despacio hacia su silla en el club de lectura, pero su mente se ha quedado atrapada en el mostrador.
Piensa en el porte de ese hombre, en la nobleza que transmite y en la tremenda carga que debe llevar a la espalda cuidando a don Emilio él solo y teniendo que asumir un cambio de vida radical por el padre.
Le sorprende lo cómodo que ha resultado hablar con él, como si la sombra de Santiago, en lugar de separarlos, los uniera en una extraña complicidad de náufragos que intentan reconstruir su vida en el mismo pueblo.
Al mismo tiempo, Mario camina de vuelta por el callejón de piedra con las manos en los bolsillos y la brisa de la ría acariciándole la cara.
En su fuero interno, reflexiona sobre la entereza de Rosa.
Esperaba encontrarse a una mujer hundida por la pérdida o endurecida por la soledad, pero ha descubierto a alguien que desprende luz, una madurez que acepta las ausencias sin dejarse arrastrar por ellas.
En la retina aún puede ver la forma en que los ojos de Rosa se arrugaban al sonreír y ese vaivén suave de su vestido de lino.
Tiene una belleza que se le ha quedado grabada a fuego en apenas cinco minutos de conversación.
Se fijó especialmente en los labios, le costó no mirarlos cuando hablaba, y entonces recuerda que es la mujer de su amigo, aunque este ya no esté.
«Qué bien eligió Santiago, qué centrado estaba», piensa con una punzada de admiración y un respeto profundo.
Qué bien lo hacía todo su amigo. Cuando eran adolescentes y Mario decidió marchar del pueblo persiguiendo títulos y un futuro lejos de las redes de pesca, sus caminos se separaron drásticamente.
Al principio, planearon irse juntos, un curso de inglés y luego ya verían, pero Santiago cambió de opinión.
Después de dos semanas en Edimburgo, decidió volver.
La tierra y el mar tiraban de él; la morriña que llaman.
Mario, en cambio, decidió quedarse y hacer el posgrado de Traducción donde conoció a Rebecca, su novia durante tres años, y que acabó por alejarlo de los suyos.
Para los del pueblo, parecía que el triunfador era él por haber encontrado un buen trabajo en otro país, pero, ahora, pisando de nuevo las cuestas de Vilabruma, Mario comprende que el verdadero acierto fue el de Santiago.
Su amigo se quedó, asumiendo el trabajo duro, rudo y noble de pescador, sosteniendo el pulso del pueblo con sus propias manos y construyendo una vida con raíces de verdad.
Rosa debió de ver eso en él: al Santiago de siempre, un hombre humilde, bueno y auténtico.
Mario suspira, sintiendo el contraste de su propia vida de forastero, allí lo era y en el pueblo también se siente así, frente a la sólida huella que su amigo ha dejado en ese rincón de la ría.