La librería de los recuerdos de barro (Latidos de mar 2) 4
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Las costuras del tiempo

El recuerdo de la librería acompaña a Mario durante toda la cena y el lento ritual de acostar a su padre.

Mientras enjuaga los pinceles y ordena los bocetos en el nuevo cuaderno que le compró a Rosa, una duda persistente le ronda la cabeza, dejándole una sensación extraña entre el remordimiento y la timidez.

Al ver al pequeño Santi corretear hacia la puerta, algo en la forma de sus ojos y en esa energía incombustible le ha despertado un eco del pasado.

No se ha atrevido a preguntárselo directamente.

Si la preciosa mujer de mirada castaña y serena es quien él imagina, es la viuda de Santiago, su gran amigo de la infancia.

La certeza le encoge un poco el pecho. Santiago, el compañero de travesuras en el muelle, el que saltaba desde las rocas más altas cuando la marea era brava y con el que compartía bocadillos de membrillo por las tardes, el que no quiso estudiar en Inglaterra con él y se quedó a faenar con el barco de su padre.

El amigo que perdió dos veces; una, cuando se fue y perdieron contacto, y otra, cuando el mar se lo tragó.

Piensa que ese niño debe ser su hijo, un nuevo Santi que camina por el mundo con los mismos andares decididos de su padre.

Mario se queda mirando el techo de la habitación con las manos entrelazadas en la nuca, reprochándose su propia torpeza.

—Tendrías que haber dicho algo, tío —se susurra a sí mismo en la penumbra—. Una pregunta a tiempo, un «¿tú eres la mujer de Santiago?». Tampoco era tan difícil.

El respeto al duelo ajeno, su habitual timidez para las conversaciones improvisadas y el miedo a equivocarse lo hicieron callar, pero la duda se queda ahí, flotando en el aire fresco de la noche como una asignatura pendiente.

La mañana siguiente amanece con esa luz tamizada y clara que solo tienen los amaneceres del norte después de una noche de bruma.

Tras asomarse al cuarto de su padre y comprobar que descansa tranquilo, todavía acurrucado bajo la manta con la respiración acompasada de los días buenos, Mario respira aliviado.

La llegada de Carmen, la mujer del pueblo que ha contratado para encargarse de la limpieza de la casa y las comidas, es el salvoconducto que necesita para recuperar un poco de aire propio.

Carmen entra por la cocina con la energía de un torbellino amable, dejando una cesta con pan fresco del día sobre la mesa y un aroma a lavanda que disipa enseguida la humedad de la casa.

—Buenos días, muchacho —saluda Carmen con un hilo de voz para no despertar al anciano mientras se anuda el delantal con decisión—. Vete tranquilo a correr, anda. Que te hace falta que te dé el aire de la ría.

—Buenos días, Carmen. Gracias por llegar tan puntual —responde Mario mientras se ajusta las zapatillas de deporte —. Mi padre sigue durmiendo. Creo que hoy ha pasado buena noche.

—Mejor, así descansa el pobre cuerpo. Tú no vuelvas con prisa, ¿eh? Tu padre está en buenas manos y hoy le toca el guiso de ternera que tanto le gusta, que se deshace en la boca. Vete, que la mañana está preciosa fuera.

Mario le agradece el gesto con una sonrisa cariñosa y sale a la calle.

El aire fresco de las ocho de la mañana le azota la cara con un latigazo reconstituyente, espabilándolo de golpe tras las horas de vigilia.

Corre con ritmo constante, dejando atrás las cuestas empinadas de la zona alta para enfilar el paseo que bordea la ría.

Sus zapatillas golpean el suelo mojado por el rocío y el sonido rítmico de sus pasos se acompasa con el susurro del agua contra los botes amarrados.

A esta hora, Vilabruma es un lienzo de tonos grises y plateados; los marineros recogen las redes, las gaviotas planean en círculos perfectos y el olor a salitre y pino húmedo lo inunda todo.

Es un esfuerzo físico que no le exige pensar, un ejercicio de purga donde el estrés acumulado en los hombros se disuelve con cada zancada.

Siente que el pueblo, a pesar de las cargas, tiene una extraña capacidad para recomponer los trozos rotos por el cansancio.

¿Tendrá que recomponerse él también antes de decidir su futuro?

Esta pausa obligada debería ser temporal, se dice a sí mismo para que el agobio por sentirse otra vez encerrado no le amargue la estancia en el pueblo.

Un «ya veremos» zanja la cadena de pensamiento.

Al regresar a la casa azul, el ambiente ya es otro. El olor a sofrito casero inunda el pasillo y su padre está sentado en la cocina, impecable, conversando con Carmen sobre el tiempo con una lucidez primaveral que da gusto ver.

—¡Hombre, hijo! —dice su padre al verlo entrar sudoroso—. Ya volvió el atleta. ¿Soplaba mucho viento en el muelle?

—Un poco de brisa, papá, pero se corre bien —responde Mario, aliviado al notar el tono firme de su voz—. Voy a la ducha y me pongo a trabajar un rato arriba.

—Sube, sube, no vayas a coger frío —interviene Carmen desde los fogones, removiendo la pota con una cuchara de madera—. Yo le pongo ahora el desayuno a tu padre y le doy la pastilla. Tú, a lo tuyo.

Mario se ducha, se prepara una taza de café humeante y sube a la pequeña habitación de la buhardilla que ha habilitado como despacho.

Abre el ordenador portátil y se queda unos instantes mirando el documento en blanco.

La nueva traducción de la editorial inglesa lo espera.

Se trata de una novela costumbrista ambientada en los valles de Yorkshire, un texto lleno de descripciones minuciosas y giros lingüísticos que exigen toda su atención.

Mario saborea el café, sintiendo el calor de la taza entre las manos, y empieza a teclear.

Hay algo sumamente terapéutico en el acto de encajar las palabras, en buscar el adjetivo preciso que traslade la calidez del original al castellano. Es un trabajo silencioso, un refugio de pantallas y folios donde, por unas horas, el ritmo lo marca él.

A mitad de la mañana, el teléfono móvil vibra sobre la mesa de madera. Es un correo de su editora en Bristol, Sarah. Mario suspira antes de abrirlo, sabiendo lo que toca.

«Hola, Mario. Te paso la revisión de los primeros tres capítulos. El programa de traducción automática nos ha dado una estructura base bastante limpia para el capítulo cuatro, a ver si puedes revisarla esta semana para acortar plazos. Ya sabes cómo está el mercado con los costes».

Mario apoya los codos en la mesa y se frota los ojos, cansado. Mira la pantalla y murmura para sí mismo:

—Una estructura limpia, ¡ya! Como si las novelas se tradujeran solo intercambiando palabras.

A veces siente que pelea contra gigantes invisibles, intentando demostrar que el alma de un libro no se puede programar en un algoritmo.

Se detiene un momento y estira los brazos, mirando por el pequeño tragaluz que da al tejado.

Desde ahí no se ve el mar directamente, pero se percibe su inmensidad en el reflejo azul de los cristales.

Mario regresa a la pantalla después de dar otro sorbo al café y empieza a teclear.

A medida que avanza por los párrafos ingleses que describen la vida en una pequeña comunidad rural, la mente se le desvía hacia los libros que descansan en las estanterías de Rosa.

Traducir, al fin y al cabo, es tender puentes entre mundos lejanos, encontrar el hogar de una historia en un idioma extraño.

Y esa mujer, con su librería recién estrenada en una esquina del pueblo, parece estar intentando lo mismo con los vecinos de Vilabruma.

La idea de que el local pueda ser un punto de encuentro le ronda mientras pulsa las teclas, convenciéndose de que no puede dejar pasar un día más sin resolver la duda.

En cuanto baje a comer, le preguntará a Carmen.

A las dos de la tarde, el aroma del guiso de ternera ya ha invadido toda la buhardilla, anunciando que es hora de una pausa.

Mario baja las escaleras y ayuda a poner la mesa mientras su padre toma asiento con parsimonia.

Comen los tres juntos en la cocina, en una agradable atmósfera de calma rota solo por los comentarios pausados de don Emilio sobre las mareas de antaño y las historias del puerto que Carmen secunda con paciencia y cariño.

Hay una calidez reconfortante en esa rutina compartida, una sensación de hogar recobrado que a Mario le alivia el peso de las últimas semanas.

Al acabar el almuerzo, don Emilio bosteza levemente, vencido por el calor del mediodía y la medicación. Mario lo acompaña hasta el sofá del salón, le acomoda un cojín y lo cubre con una manta ligera antes de regresar a la cocina, donde Carmen termina de recoger los platos.

—Se quedó frito en un segundo —comenta Mario en voz baja, apoyándose en la encimera.

—El guiso no perdona, muchacho —sonríe Carmen, orgullosa, mientras guarda el paño de cocina—. Le viene bien la siesta, así pasa mejor la tarde. Yo ya os dejo todo listo, que me voy marchando.

—Carmen, antes de que te vayas… quería preguntarte una cosa —dice Mario, bajando un poco más la voz—. Ayer estuve en la librería, en la de la calle Nueva. Rosa. ¿Es la viuda de Santiago?

Carmen detiene sus movimientos por completo y lo mira de frente con una expresión en la que se mezclan la sorpresa y una profunda ternura.

—Sí, Mario. Sí que lo es —responde con un suspiro suave—. Es la mujer de tu amigo.

Mario asiente despacio y en su cabeza nota como las piezas del rompecabezas terminan de encajar con una mezcla de tristeza y alivio.

—Me pareció reconocer al niño en cuanto lo vi correr. Se parece tanto a él… Me quedé con la duda de por qué no se marchó del pueblo tras lo sucedido. Su familia no es de aquí, ¿verdad?

—Qué va, Rosa es de Logroño —explica Carmen, cruzándose de brazos y apoyándose también cerca de él—.

Cuando pasó la desgracia del naufragio, todos pensamos que recogería sus cosas y se volvería con los suyos.

Es lo que habría hecho cualquiera para huir de la pena, pero nunca se recuperó el cuerpo de Santiago, ya sabes cómo es este mar de traicionero…

Ella se plantó y dijo que de Vilabruma no se movía.

Dice que aquí, mirando la ría, se siente más cerca de él de lo que se sentiría jamás en el interior, rodeada de campos.

Mario mira hacia la ventana, asimilando las palabras de la mujer. La fidelidad silenciosa de Rosa hacia el recuerdo de su amigo lo conmueve de una manera pura y honda.

—Tiene que haber sido muy duro para ella sacar adelante la tienda y al niño sola —murmura.

—Lo ha sido, no te vayas a creer, pero Rosa es de otra pasta, tiene una fuerza que no le cabe en el cuerpo por muy delgada que la veas.

Y el niño es completamente feliz aquí, se ha criado entre los barcos y los callejones como hacía su padre.

—No es una mujer delgada lo que él vio, sino una chica de curvas que marean y una cara preciosa en la que no ha dejado de pensar.

Carmen coge su bolso y le da una palmadita cariñosa en el brazo a Mario—.

Pásate por allí a hablar con ella, hombre.

A Santiago le habría hecho una ilusión tremenda saber que su amigo de la infancia ha vuelto al pueblo y conoce a su familia, como si él aún trasteara por aquí.

Anda, descansa un poco tú también antes de volver a los papeles.

Mario se queda solo en la cocina, escuchando el tictac pausado del reloj de la pared y la respiración tranquila de su padre desde el salón.

Mira el cuaderno artesanal que descansa sobre la mesa y se da cuenta de que los hilos del pasado no solo tiran hacia atrás para causar dolor, sino que también pueden tejer un camino hacia delante.