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Los desvanes de la memoria
El trasiego de cajas de cartón, cinta de embalar y botes de pintura fresca transforma la casa azul en un hervidero de actividad durante las semanas siguientes.
Vilabruma contempla desde el paseo cómo los porticones se abren de par en par y el olor a humedad rancia cede el paso al aroma de la madera de pino.
Ya han encargado los muebles para la habitación de Santi, que ha elegido una cama nido grande y un escritorio donde pintar sus barcos, y la furgoneta de reparto está al caer.
Mario pasa la mañana en el trastero de la buhardilla, un espacio angosto bajo el tejado de teja donde el calor de septiembre se acumula con pesadez.
Al retirar unas lonas polvorientas del fondo, descubre tres cajas de madera basta, reforzadas con esquineras de metal.
Tienen su nombre escrito a lápiz con la caligrafía temblorosa de don Emilio.
Son los bártulos que su padre recogió y guardó meticulosamente el día que él hizo las maletas para marcharse a Edimburgo.
Con los brazos cargados y el pecho cubierto de polvo, Mario baja los peldaños de la escalera y deposita las cajas en mitad del salón, junto a la alfombra nueva que Rosa ha comprado y que aún permanece enrollada.
—Mirad lo que ha aparecido arriba —anuncia mientras se limpia el sudor de la frente con el dorso de la mano.
Santi, que está sentado en el suelo intentando encajar las piezas de una estantería con manos infantiles, deja el manual de instrucciones de lado y se acerca de rodillas, arrastrado por la curiosidad. Rosa aparta la mopa, se recoge el cabello en un moño alto y se sienta a su lado, expectante.
Mario retira la primera tapa con un quejido de los clavos oxidados. El interior es un viaje en el tiempo. Hay carpetas de cartulina gastada, cámaras analógicas de carrete, mapas de carreteras del Reino Unido y decenas de fotografías sueltas con los bordes amarillentos.
Durante la hora siguiente, la mudanza se detiene por completo.
Entre los tres, van vaciando el contenido sobre el suelo.
Santi es el que más pregunta, fascinado por los objetos de un tiempo que no conoció.
El niño toma una fotografía grande, donde se ve a dos muchachos adolescentes en el antiguo muelle de Vilabruma, cubiertos de barro hasta los codos, riendo con descaro ante la cámara.
—¿Este eres tú, Mario? —pregunta el pequeño, señalando al chico más alto—. ¿Y el otro quién es?
Mario se inclina y una sonrisa nostálgica, limpia de amargura, le ilumina las facciones.
—Ese es tu padre, Santi —responde con cautela y lo mira para ver su reacción—.
Teníamos catorce años. Aquel verano nos empeñamos en construir una balsa con maderas del astillero y bidones vacíos.
Queríamos cruzar la ría hasta la orilla de enfrente.
Tu padre decía que, si calculábamos bien la corriente de la marea, no tendríamos que remar.
—¿Y funcionó? —Santi abre los ojos, completamente maravillado.
—Qué va —interviene Rosa, que recuerda la historia de oídas, y una risa suave le escapa del pecho—. Se hundieron a los cien metros del muelle. Un vecino tuvo que salir a buscaros con el bote de remo porque ninguno de los dos quería soltar los maderos.
Santi estalla en una carcajada y se pasa la tarde reconstruyendo la vida de su padre a través de los recuerdos de Mario.
El alfarero le enseña un compás de latón que su padre usaba para trazar las rutas de los barcos de juguete, unas conchas raras que recogieron en una cala escondida y cartas llenas de faltas de ortografía que se enviaban cuando Mario pasaba un mes al año estudiando inglés en Irlanda.
El niño escucha cada anécdota con una devoción absoluta; para él, Santiago ya no es solo una ausencia triste en un barco hundido, sino el gamberro ingenioso de las historias de Mario, alguien vivo en la memoria de la casa.
En mitad de la charla, el teléfono móvil de Mario empieza a vibrar con insistencia sobre la mesa de comedor. Él mira la pantalla, pone una mueca de extrañeza y se levanta de la alfombra.
—Tengo que contestar esta llamada —se disculpa, señalando el aparato—. Ahora vuelvo.
Mario se separa de ellos y sale al porche trasero, cerrando la puerta acristalada tras de sí para hablar con privacidad.
La estancia se queda en un silencio tranquilo, roto solo por el murmullo lejano de la voz de Mario al otro lado del vidrio.
Rosa se recoloca el vestido y observa a su hijo.
Santi sigue con la fotografía de los catorce años entre las manos, acariciando el borde del papel con el pulgar.
Su rostro infantil ha perdido la rigidez de las últimas semanas; hay una madurez nueva en sus gestos que a Rosa la estremece por dentro.
—¿Cómo te sientes aquí, mi amor? —pregunta en un susurro mientras le acaricia la nuca con suavidad—. ¿Te gusta la casa nueva?
Santi alza la vista. Sus ojos castaños, tan parecidos a los de ella, transmiten una calma que Rosa no esperaba encontrar tan pronto.
—Al principio pensaba que, si veníamos aquí, nos olvidaríamos de papá —confiesa el niño con una honestidad que a Rosa le encoge el estómago—.
Pero hoy, al ver las fotos y escuchar a Mario…
No sé, mamá, es como si papá también tuviera un sitio aquí dentro.
Mario habla de él como si fuera su hermano y si jugaban juntos en esta casa, yo también quiero. Como ellos.
Rosa contiene el nudo de la garganta y asiente, conmovida por la intuición de su hijo.
En su fuero interno, se permite una pequeña reflexión: comprende que el verdadero milagro de Mario no ha sido sacarla a ella de la soledad, sino ser capaz de ensanchar el espacio de esa casa para que quepan todos, los vivos y los que ya no están.
Mario no ha venido a sustituir a nadie, sino a tejer un hilo nuevo sobre las grietas del pasado.
La puerta del porche se abre y Mario regresa al salón. Trae el semblante serio, pero no hay preocupación en su mirada, sino una especie de desconcierto contenido. Se guarda el teléfono en el bolsillo del pantalón y se detiene frente a ellos.
—Era de la editorial —dice, y mira a Rosa con fijeza—. Quieren hacerme un encargo.