Capítulo 20. El precio de la libertad
Las palabras de William quedaron suspendidas en el aire con una gravedad que ninguna explicación posterior habría podido suavizar.
La biblioteca de Gray's Inn, silenciosa como una catedral levantada para custodiar el conocimiento, parecía haberse convertido en el único lugar de Londres donde la verdad podía pronunciarse sin disfraz.
Las altas estanterías de roble ascendían hasta perderse en la penumbra de la bóveda, y el olor persistente del cuero envejecido, del papel antiguo y de la cera consumida por las lámparas componía una atmósfera que invitaba a la reflexión antes que a la prisa.
Abigail observó durante largo rato el cuaderno de tapas gastadas que descansaba entre ambos.
Aquellas páginas no eran únicamente la prueba de la autoría de William Fairfax; eran el testimonio del lento nacimiento de una voz literaria, el registro íntimo de un hombre que había aprendido a escribir ocultando su propio nombre para que las palabras pudieran ser juzgadas sin el peso de un título nobiliario.
Ella deslizó lentamente la yema de los dedos sobre la cubierta, sin llegar a abrirlo de nuevo.
—No debería entregarme esto.
William permaneció inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque es demasiado valioso.
Una leve sonrisa apareció en los labios de él.
—Precisamente por eso debo confiarlo a alguien.
Abigail levantó la vista.
—¿Y si también desaparece?
William negó con una serenidad que nacía más de la convicción que de la esperanza.
—Entonces significará que elegí mal a la persona.
Ella sostuvo su mirada durante varios segundos.
Había conocido hombres seguros de sí mismos, hombres orgullosos de su posición y hombres capaces de pronunciar discursos impecables sobre el honor.
Ninguno de ellos, sin embargo, había depositado jamás una confianza semejante en otra persona.
Comprendió que William no estaba poniendo en sus manos únicamente un cuaderno ni un conjunto de cartas.
Le estaba entregando aquello que ningún aristócrata educado bajo el peso de las obligaciones familiares solía conceder con facilidad: la posibilidad de decidir libremente sobre el futuro de su propia vida.
—Acepto.
William no respondió de inmediato.
Sus facciones apenas cambiaron, pero Abigail percibió cómo desaparecía de ellas una tensión que llevaba demasiado tiempo instalada.
No era la satisfacción de quien había obtenido un sí esperado, sino el alivio de un hombre que llevaba años caminando solo y descubría, casi con incredulidad, que ya no tendría que seguir haciéndolo.
—Gracias.
Aquella única palabra contenía mucho más de lo que expresaba.
Regresaron juntos hasta la salida de Gray's Inn.
La noche había adquirido una transparencia poco frecuente en Londres.
La lluvia de los días anteriores había limpiado el aire y permitía distinguir con claridad un cielo donde algunas estrellas conseguían imponerse al resplandor de la ciudad.
Durante el trayecto apenas hablaron. Ninguno parecía dispuesto a romper el equilibrio nacido de aquella conversación.
Fue William quien finalmente detuvo el paso al llegar al pequeño jardín central.
—Hay algo más que debe saber.
Abigail aguardó.
—Mi padre ha recibido esta mañana la visita de sir Alistair Pembroke.
El nombre le resultaba desconocido. William percibió inmediatamente su desconcierto.
—Fue presidente del Ateneo de San Jerónimo.
La expresión de Abigail se volvió más seria.
—¿Qué quería?
William desvió brevemente la mirada hacia los árboles.
—Ofrecer una solución.
Ella permaneció en silencio.
—Dice que el manuscrito aparecerá si abandono definitivamente la idea de revelar mi identidad.
La indignación apareció inmediatamente en el rostro de Abigail.
—Eso es un chantaje.
William sonrió con una serenidad casi resignada.
—Ellos lo llaman negociación.
—¿Y su padre?
La respuesta tardó unos segundos.
—Mi padre les pidió que abandonaran la casa.
Aquella noticia produjo en Abigail una sincera alegría.
Lord Fairfax comenzaba, por fin, a elegir a su hijo antes que al apellido.
A la mañana siguiente, Russell Street despertó envuelta en una agitación inusual.
Varios periódicos ampliaban las insinuaciones publicadas días antes.
Algunos afirmaban que Edmund Ashford había muerto años atrás y que otras personas continuaban escribiendo bajo su nombre.
Otros sostenían que jamás había existido y que las novelas eran fruto del trabajo colectivo de varios autores anónimos.
Las teorías más extravagantes encontraban siempre lectores dispuestos a creerlas, y cuanto mayor era la ausencia de pruebas, más fértil parecía la imaginación del público.
La librería permaneció llena durante toda la mañana. No todos acudían para comprar libros. Muchos buscaban respuestas. Un joven estudiante de literatura preguntó con auténtica preocupación:
—¿Cree usted que todo era mentira?
Abigail sostuvo un ejemplar de Las Sombras del Invierno entre las manos.
—No.
El muchacho insistió.
—Pero si el autor no existe...
Ella abrió el libro por una página cualquiera y se lo entregó.
—Lea ese capítulo.
El joven obedeció.
Después de unos minutos volvió a levantar la vista.
—Es magnífico.
Abigail sonrió con suavidad.
—Entonces la verdad esencial sigue intacta.
Cuando el estudiante abandonó la librería, Arthur la observó con orgullo.
—Nathaniel habría respondido exactamente lo mismo.
Ella bajó la vista.
—Cada día entiendo mejor por qué admiraba tanto a su padre.
A media tarde apareció el inspector Mercer con expresión grave, aunque no derrotada.
—He encontrado algo.
Arthur cerró inmediatamente el libro que estaba catalogando.
—¿El manuscrito?
Mercer negó.
—Algo quizá más importante.
Extrajo de su cartera un antiguo registro notarial. Las hojas amarillentas conservaban varios sellos oficiales.
—Hace veintisiete años, el Ateneo de San Jerónimo creó un fondo privado destinado a adquirir derechos de publicación de autores fallecidos o arruinados.
Arthur frunció el ceño.
—Nunca oí hablar de eso.
—Porque figuraba a nombre de varias sociedades pantalla.
Mercer señaló un nombre escrito con tinta negra.
—Pero hay algo mucho más interesante.
Abigail leyó lentamente la anotación. Entre los miembros fundadores aparecía un apellido que conocía perfectamente.
Blackwood, Reginald Blackwood.
El editor que tantos meses atrás había elogiado públicamente la obra de Edmund Ashford. El mismo hombre que había asegurado admirar profundamente su talento.
Arthur levantó lentamente la vista hacia Mercer.
—Si Blackwood sigue formando parte de esa organización...
El inspector terminó la frase con absoluta serenidad.
—Entonces el enemigo ha estado sentado frente a nosotros desde el principio, fingiendo admirar precisamente aquello que llevaba años intentando controlar.