La Librería de Bloomsbury Capítulo 19. El verdadero autor
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Capítulo 19. El verdadero autor

Las últimas palabras de Arthur permanecieron suspendidas en el reducido despacho de la librería con una gravedad que ninguno de los presentes intentó aliviar.

Afuera, la actividad cotidiana de Russell Street continuaba con su ritmo habitual.

Los carruajes pasaban levantando un fino polvo que el viento arrastraba hasta las aceras; un repartidor descargaba cajas de papel en la imprenta situada frente a la librería; un grupo de estudiantes discutía acaloradamente sobre la reciente publicación de un ensayo de filosofía alemana.

Todo parecía conservar el orden conocido de una ciudad convencida de su propia estabilidad.

Sin embargo, para quienes se encontraban reunidos tras aquella puerta de nogal, Londres acababa de adquirir un rostro distinto.

Bajo la apariencia respetable de sus editoriales, de sus clubes literarios y de sus elegantes salones culturales comenzaba a revelarse una red de influencias cuya existencia apenas podía sospecharse.

El inspector Jonathan Mercer fue el primero en romper el silencio. Su formación policial le impedía dejarse arrastrar por teorías sin fundamento, pero tampoco ignoraba la experiencia de Arthur Holloway, un hombre cuya prudencia había demostrado ser tan fiable como su memoria.

—Necesito que me explique exactamente qué era ese Ateneo de San Jerónimo.

Arthur permaneció unos segundos observando la tarjeta de visita que aún sostenía entre los dedos. La pluma cruzada con la rama de laurel parecía un símbolo inocente para cualquiera que lo contemplara por primera vez. Para él, en cambio, representaba una época que creía definitivamente enterrada.

—Hace más de treinta años —comenzó lentamente— algunos de los hombres más poderosos del mundo editorial británico empezaron a reunirse de manera privada.

Oficialmente discutían sobre literatura, patrocinaban bibliotecas y financiaban la publicación de jóvenes autores.

Extraoficialmente decidían qué libros recibirían promoción, cuáles pasarían inadvertidos y qué escritores serían elevados a la categoría de genios mientras otros desaparecían sin dejar rastro.

Mercer permanecía inmóvil.

—¿Está diciendo que manipulaban el mercado editorial?

Arthur negó lentamente.

—No solo el mercado.

Levantó la mirada.

—También el prestigio.

Eleanor apoyó los codos sobre la mesa.

—Siempre había oído rumores.

Arthur asintió.

—Porque nadie podía demostrar nada.

Abigail escuchaba fascinada.

Comprendía ahora que la literatura victoriana no era únicamente un territorio de talento e inspiración. También estaba atravesada por intereses económicos, rivalidades personales y estrategias cuidadosamente calculadas para construir o destruir reputaciones.

—¿Nathaniel perteneció a ese grupo?

Arthur sonrió con una mezcla de orgullo y tristeza.

—Le ofrecieron entrar.

—¿Y?

—Los rechazó.

Aquella respuesta pareció aliviar a Abigail.

—¿Por qué?

Arthur dejó escapar una leve sonrisa.

—Porque decía que ningún lector debía recibir permiso para admirar un libro.

El inspector Mercer tomó nota mentalmente de cada detalle.

—¿Y William?

—Era demasiado joven cuando el Ateneo desapareció.

Arthur hizo una pausa.

—O eso creíamos.

La reunión terminó poco después. Mercer prometió investigar discretamente los antiguos miembros conocidos del Ateneo, mientras Eleanor se comprometió a averiguar si algún editor había recibido recientemente ofertas relacionadas con un manuscrito anónimo.

Ninguno deseaba alertar prematuramente a quien movía los hilos entre bastidores.

Al caer la tarde, Abigail recibió una nota entregada por un muchacho de los recados. La reconoció inmediatamente por la elegante caligrafía.

"Necesito verle. Esta noche. La biblioteca de Gray's Inn. Entre por la puerta lateral. William."

Arthur leyó la nota sin ocultar su preocupación.

—No me gusta.

—¿Cree que puede tratarse de una trampa?

—Creo que William no habría escrito si no fuera absolutamente necesario.

La noche cayó sobre Londres envuelta en una neblina tenue que hacía brillar las farolas de gas como pequeños círculos dorados suspendidos en el aire.

Gray's Inn conservaba a esas horas una solemnidad casi monástica.

Sus edificios de ladrillo oscuro, las galerías cubiertas y los jardines silenciosos transmitían la impresión de un lugar apartado del bullicio de la ciudad, donde el tiempo avanzaba con la misma lentitud que siglos atrás.

La biblioteca ocupaba un ala antigua del complejo. Las altas ventanas góticas dejaban escapar una luz cálida que contrastaba con la oscuridad exterior.

William la esperaba junto a una mesa cubierta por mapas, documentos y varios volúmenes abiertos.

Su aspecto sorprendió inmediatamente a Abigail.

Había perdido parte de la serenidad que lo caracterizaba.

Las ojeras marcaban su rostro con una intensidad nueva y la barba incipiente revelaba varias noches de descanso insuficiente.

Sin embargo, sus ojos conservaban la misma claridad inteligente de siempre.

—Gracias por venir.

Ella ocupó el asiento frente a él.

—Arthur me ha contado lo del Ateneo.

William asintió lentamente.

—Entonces comprenderá por qué debo hacer algo antes de que ellos lo hagan por mí.

Abrió un cajón del escritorio.

Extrajo un paquete cuidadosamente envuelto con una cinta azul.

Lo colocó delante de Abigail.

—¿Qué es?

—Mi correspondencia.

Ella lo miró sin comprender.

William continuó.

—Todas las cartas que escribí a Nathaniel durante veinte años.

Abigail abrió ligeramente el paquete.

Decenas de sobres aparecieron perfectamente ordenados por fechas.

—En ellas está toda la historia de Edmund Ashford.

La emoción comenzó a mezclarse con la inquietud.

—¿Por qué me las entrega?

William apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa.

—Porque el manuscrito robado no era el único peligro.

Hizo una pausa.

—Si consiguen convencer al mundo de que Edmund Ashford nunca existió, también intentarán convencerlo de que William Fairfax jamás escribió esos libros.

Abigail sintió un escalofrío. Nunca había contemplado aquella posibilidad. William prosiguió con una calma admirable.

—No bastará con revelar mi identidad.

Sus ojos permanecían fijos en ella.

—Habrá que demostrarla.

Sacó entonces un segundo paquete. Era mucho más pequeño. Dentro había un cuaderno de tapas de cuero gastadas.

Abigail reconoció inmediatamente la caligrafía. Era la misma que había visto durante meses en los márgenes de tantos libros.

William abrió una de las primeras páginas.

Allí aparecían los borradores iniciales de la primera novela firmada por Edmund Ashford.

Cada capítulo mostraba correcciones, frases tachadas, ideas abandonadas y párrafos completamente reescritos.

Era el nacimiento de una obra maestra. Era también una prueba imposible de falsificar.

William cerró cuidadosamente el cuaderno.

—Esto demuestra quién soy.

Abigail levantó lentamente la mirada. Él sonrió con una serenidad inesperada.

—Pero ya no me preocupa demostrar que soy el verdadero autor.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—¿Entonces qué le preocupa?

William tardó varios segundos en responder. Cuando finalmente habló, lo hizo con una honestidad absoluta que hizo desaparecer toda distancia entre el aristócrata, el escritor y el hombre.

—Que cuando toda esta verdad salga a la luz... usted sea quien más tenga que pagar por haber decidido creer en mí.