Capítulo 18. El escándalo editorial
La noticia apareció tres días después, no en los grandes titulares políticos ni en las columnas dedicadas a los acontecimientos internacionales, sino en la sección cultural de The Morning Chronicle .
Apenas ocupaba media página, aunque bastó para alterar el ánimo de todo el mundo literario londinense.
Bajo un encabezado deliberadamente ambiguo, un periodista conocido por su habilidad para transformar rumores en escándalos insinuaba que el célebre Edmund Ashford llevaba años utilizando intermediarios para ocultar aspectos esenciales de su identidad y que una importante revelación estaba a punto de sacudir el mercado editorial británico.
El artículo no ofrecía pruebas, ni mencionaba nombres concretos, pero utilizaba un tono de falsa prudencia que resultaba aún más peligroso que una acusación directa.
Cada párrafo parecía cuidadosamente construido para despertar la imaginación de los lectores y alimentar la curiosidad de los periódicos rivales.
Cuando Arthur dejó el ejemplar sobre el mostrador de la librería, el silencio que siguió fue más elocuente que cualquier comentario.
Abigail recorrió el texto con creciente inquietud.
No había ninguna afirmación verificable, ninguna fecha precisa, ningún dato cuya falsedad pudiera demostrarse fácilmente.
El autor del artículo se limitaba a formular preguntas insinuantes.
¿Existía realmente Edmund Ashford? ¿Por qué jamás había asistido a una presentación pública?
¿Cómo era posible que ningún retrato suyo hubiera sido confirmado?
¿Quién administraba realmente los derechos de sus novelas?
El periodista no acusaba a nadie de fraude, pero sembraba suficientes dudas para que el prestigio construido durante años comenzara a resquebrajarse.
—Esto no es periodismo —murmuró Abigail mientras doblaba lentamente el periódico—. Es una invitación al linchamiento.
Arthur permanecía con los brazos cruzados.
—No.
Ella levantó la vista.
—¿No?
—Es algo peor.
El anciano señaló uno de los párrafos.
—Quien escribió esto sabe demasiado.
Abigail volvió a leer con detenimiento. Arthur tenía razón.
Entre las insinuaciones aparecían referencias tan concretas que solo podían proceder de alguien familiarizado con el funcionamiento interno del círculo editorial de Ashford.
El artículo mencionaba, por ejemplo, la existencia de un reducido grupo de colaboradores que actuaban como intermediarios entre el autor y las imprentas.
Aquella información jamás había trascendido al público.
También hablaba de manuscritos entregados personalmente y de reuniones privadas celebradas fuera de Londres. Eran detalles imposibles de inventar.
La campanilla de la puerta sonó varias veces a lo largo de la mañana.
Algunos clientes acudían movidos únicamente por la curiosidad.
Otros preguntaban directamente si Arthur sabía algo acerca de los rumores.
Una anciana que compraba regularmente poesía de Wordsworth expresó su indignación con una franqueza admirable.
—Siempre ocurre lo mismo. Cuando un hombre destaca demasiado, aparece alguien dispuesto a destruirlo.
Arthur sonrió con amabilidad mientras envolvía los libros.
—Esperemos que la verdad conserve todavía algunos defensores.
La mujer lo observó con atención.
—La verdad siempre los necesita, señor Holloway.
Cuando la clienta abandonó la librería, Abigail permaneció unos instantes mirando la puerta cerrarse tras ella.
—Cada vez resulta más difícil mantener el secreto.
Arthur asintió lentamente.
—Y precisamente por eso debemos conservar la calma.
Poco después del mediodía llegó Eleanor Marsh con expresión preocupada.
Habitualmente irradiaba una energía contagiosa, incluso cuando discutía apasionadamente sobre literatura o criticaba alguna moda editorial pasajera.
Aquel día, sin embargo, caminaba con la rigidez de quien llevaba varias horas recibiendo malas noticias.
—No somos los únicos que hemos leído el periódico.
Arthur la invitó a pasar al pequeño despacho situado tras la tienda. Una vez cerrada la puerta, Eleanor dejó sobre la mesa tres sobres.
—Han llegado esta mañana.
Abigail tomó el primero. No llevaba remitente. Dentro solo había una hoja.
"El público merece conocer la verdad antes de que otros la manipulen."
El segundo contenía una frase todavía más inquietante.
"El manuscrito ya no pertenece a su autor."
El tercero estaba completamente vacío. Solo una pequeña mancha de tinta azul aparecía en el centro de la hoja.
Arthur observó largo rato aquel detalle.
—No es casual.
Eleanor negó con gravedad.
—William piensa lo mismo.
Abigail levantó la vista.
—¿Cómo está?
La escritora dudó antes de responder.
—Más preocupado de lo que quiere reconocer.
Después añadió en voz más baja:
—Pero no por sí mismo.
Arthur comprendió inmediatamente.
—Teme por quienes conocen el secreto.
—Exactamente.
En ese instante llamaron discretamente a la puerta. Era el inspector Jonathan Mercer. Su expresión confirmaba que tampoco él traía buenas noticias.
—Acabo de regresar de Fleet Street.
Dejó su sombrero sobre una silla.
—He hablado con el director del periódico.
Arthur aguardó.
—El periodista recibió información anónima hace una semana.
—¿Ha revelado la fuente?
Mercer negó lentamente.
—Afirma no conocer su identidad.
Sacó entonces un pequeño sobre de su bolsillo.
—Pero sí conservó esto.
Colocó sobre la mesa una tarjeta de visita.
No llevaba nombre.
Solo aparecía grabado, con elegantes letras doradas, un emblema compuesto por una pluma estilográfica cruzada con una rama de laurel.
Arthur quedó completamente inmóvil. Su rostro perdió el color.
—No puede ser...
Abigail lo miró sorprendida.
—¿Conoce ese símbolo?
El anciano tardó unos segundos en responder.
—Sí.
Su voz apenas era un susurro.
—Hace más de treinta años pertenecía a una sociedad privada formada por algunos de los editores, críticos y coleccionistas más influyentes de Inglaterra.
Mercer frunció el ceño.
—Nunca he oído hablar de ella.
—Porque oficialmente dejó de existir.
Arthur sostuvo la tarjeta con manos visiblemente tensas.
—Se llamaban el Ateneo de San Jerónimo.
Eleanor abrió mucho los ojos.
—Creía que aquello era solo una leyenda editorial.
Arthur negó lentamente.
—No lo era.
El anciano levantó la mirada hacia los tres. En su expresión había aparecido un temor completamente nuevo.
—Si ese símbolo ha vuelto a circular...
Hizo una pausa, como si le costara pronunciar las siguientes palabras.
—...entonces el robo del manuscrito nunca tuvo como objetivo perjudicar únicamente a William Fairfax.
El inspector Mercer sostuvo la mirada del anciano.
—¿Qué buscaban realmente?
Arthur respondió con una gravedad que hizo que el silencio volviera a apoderarse del despacho.
—Buscan controlar qué historias merece conocer el mundo... y cuáles deben desaparecer para siempre.