La Librería de Bloomsbury Capítulo 17. La búsqueda
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Capítulo 17. La búsqueda

Aquella noche, la lluvia regresó sobre Londres con una persistencia casi hipnótica.

No era una tormenta violenta, sino una cortina uniforme de agua que envolvía tejados, chimeneas y calles adoquinadas bajo un rumor constante, semejante al paso ininterrumpido de miles de dedos sobre un inmenso teclado invisible.

Desde el pequeño apartamento situado sobre la librería, Abigail permanecía junto a la ventana contemplando las luces difusas de Russell Street mientras intentaba ordenar los acontecimientos de las últimas jornadas.

En apenas una semana, William le había confiado el proyecto más importante de su carrera, lord Fairfax había revelado la magnitud de las obligaciones que pesaban sobre su hijo y, cuando parecía que el mayor desafío consistiría en decidir si el seudónimo de Edmund Ashford debía desaparecer para siempre, surgía un hecho todavía más inquietante: alguien había sustraído el manuscrito antes incluso de simular un robo destinado a desviar las sospechas.

La pregunta que no dejaba de perseguirla era tan sencilla como perturbadora.

¿Quién podía obtener algún beneficio apropiándose de aquella novela?

Si el objetivo hubiera sido enriquecerse, habría resultado mucho más fácil sustraer joyas, dinero o documentos financieros de la residencia Fairfax.

En cambio, el ladrón había ignorado cualquier objeto de valor material para concentrarse exclusivamente en un conjunto de hojas manuscritas cuyo significado solo podía comprender quien conociera el secreto de Edmund Ashford.

Aquello reducía enormemente el número de sospechosos, pero hacía la situación infinitamente más peligrosa, porque implicaba que el enemigo no procedía del exterior.

Se encontraba, de un modo u otro, dentro del reducido círculo de personas que rodeaban a William.

El sueño apenas acudió aquella noche. Cuando finalmente consiguió dormir, lo hizo de manera inquieta, despertando varias veces con la sensación de que algún detalle importante escapaba constantemente a su memoria.

Poco antes del amanecer, recordó de improviso una conversación mantenida semanas atrás con Reginald Blackwood durante la recepción organizada por Eleanor Marsh.

El veterano editor había pronunciado una frase que entonces le había parecido una simple observación nacida de su experiencia profesional.

"Los grandes secretos nunca se destruyen desde fuera. Siempre terminan cayendo por culpa de alguien que cree estar protegiéndolos."

Aquellas palabras adquirían ahora un significado completamente distinto.

A primera hora de la mañana encontró a Arthur sentado frente a una taza de café que ya debía de haberse enfriado hacía tiempo.

El anciano parecía haber envejecido varios años desde la víspera.

Conservaba la misma serenidad exterior, pero sus movimientos eran más lentos y su mirada permanecía fija sobre un cuaderno abierto en el que había anotado diversos nombres acompañados por fechas.

—No ha dormido.

Arthur levantó la vista.

—Lo suficiente para recordar algunas cosas que preferiría haber olvidado.

Abigail se acercó.

—¿Qué es eso?

El anciano giró lentamente el cuaderno hacia ella. Había elaborado una lista extremadamente meticulosa. En la primera columna aparecían los nombres de todas las personas que conocían la verdadera identidad de Edmund Ashford.

Nathaniel Turner, Arthur Holloway, Eleanor Marsh, Lord Fairfax, William Fairfax y, desde hacía apenas unos meses, Abigail.

La joven recorrió la lista varias veces.

—Solo seis personas.

Arthur asintió.

—Eso creíamos.

Aquella respuesta despertó inmediatamente su atención.

—¿Qué quiere decir?

El anciano tomó aire lentamente.

—Que quizá exista una séptima persona.

Abigail sintió un leve estremecimiento.

—¿Quién?

Arthur negó con la cabeza.

—Eso es precisamente lo que debemos averiguar.

Antes de que pudiera añadir nada más, la campanilla de la puerta anunció la llegada de un visitante.

Era el inspector Jonathan Mercer, un hombre de poco más de cuarenta años, alto, de complexión robusta y rostro afeitado con una precisión casi militar.

Su cabello oscuro comenzaba a encanecer en las sienes, detalle que suavizaba unos rasgos naturalmente severos.

Vestía un discreto abrigo gris impermeable y sostenía un sombrero entre las manos con una educación que no era frecuente encontrar entre los agentes de Scotland Yard.

Sus ojos, de un azul apagado, transmitían una inteligencia práctica y una extraordinaria capacidad de observación.

No parecía el tipo de hombre que sacara conclusiones precipitadas.

Más bien daba la impresión de recopilar pacientemente cada detalle hasta que todos encajaran por sí solos.

—Señor Holloway.

—Inspector Mercer.

Se estrecharon la mano con la cordialidad de dos personas que ya se habían tratado anteriormente.

—Señorita Turner.

Abigail respondió al saludo.

Mercer recorrió la librería con una mirada rápida pero extraordinariamente atenta.

—Lord Fairfax me ha pedido que investigue discretamente ciertos acontecimientos recientes.

Arthur frunció ligeramente el ceño.

—Pensaba que la policía consideraba el asunto un simple robo.

El inspector sonrió apenas.

—Oficialmente, sí.

Hizo una breve pausa.

—Extraoficialmente, también creo que alguien buscaba documentos concretos.

Abigail sintió un alivio inesperado. Al menos no estaban completamente solos. Mercer extrajo una pequeña libreta.

—Necesito hacerles algunas preguntas.

Durante casi una hora repasaron minuciosamente cuanto sabían acerca del manuscrito desaparecido.

El inspector escuchaba más de lo que hablaba.

Apenas interrumpía para precisar una fecha, confirmar un nombre o aclarar el orden exacto de los acontecimientos.

Su método poseía una serenidad casi académica.

Cuando terminaron, cerró la libreta.

—Hay algo que no encaja.

Arthur lo observó atentamente.

—¿Qué?

—Si el manuscrito desapareció tres días antes del robo...

Miró alternativamente a ambos.

—...¿por qué regresar después?

El silencio respondió por ellos. Mercer continuó razonando en voz alta.

—Quien se llevó esas páginas sabía perfectamente que ya las tenía.

—Exacto.

—Entonces el segundo robo perseguía otro objetivo.

Abigail comenzó a comprender.

—Hacer creer que el manuscrito había desaparecido esa misma noche.

El inspector sonrió con aprobación.

—Muy bien.

Arthur permanecía inmóvil.

—Eso significa que el ladrón necesitaba ganar tiempo.

Mercer asintió.

—Exactamente.

Guardó cuidadosamente la libreta en el bolsillo.

—Y ahora debemos averiguar para qué.

Antes de marcharse, el inspector se detuvo junto a una de las estanterías dedicadas a Edmund Ashford. Tomó un ejemplar de la primera edición, lo abrió al azar y leyó en silencio un breve fragmento. Después volvió a cerrarlo lentamente.

—Curioso.

Abigail lo miró.

—¿Qué ocurre?

Mercer sostuvo el libro unos segundos más.

—Nunca había leído nada de Edmund Ashford.

Levantó lentamente la vista.

—Ahora entiendo por qué alguien estaría dispuesto a cometer un delito por estas páginas.

Abigail creyó que se refería al inmenso valor económico de la obra, sin embargo, el inspector añadió una observación completamente distinta.

—No para venderlas.

Sus ojos permanecían fijos sobre la cubierta del libro.

—Sino para impedir que alguien las lea.

Cuando Mercer abandonó la librería, Arthur permaneció largo rato contemplando la puerta cerrada. Finalmente habló con una gravedad que Abigail nunca le había oído.

—Ya no basta con encontrar el manuscrito.

Ella aguardó en silencio. El anciano añadió lentamente:

—Debemos encontrarlo antes de que quien lo robó tenga tiempo de hacer exactamente aquello para lo que lo necesitaba. Porque empiezo a temer que esa novela contenga una verdad que alguien lleva demasiado tiempo intentando mantener oculta.