Capítulo 16. El manuscrito desaparece
Durante varios segundos, Abigail fue incapaz de responder.
Las palabras de William permanecían suspendidas entre ambos con el peso de una decisión destinada a alterar no solo el curso de sus respectivas vidas, sino también el delicado equilibrio que, durante tantos años, había sostenido el misterio de Edmund Ashford.
La pequeña casa de té seguía envuelta en la apacible rutina de la mañana.
La señora MacDougall atendía a nuevos clientes con la misma sonrisa hospitalaria, el tintinear de la porcelana acompañaba las conversaciones discretas de los presentes y el aroma del pan recién horneado llenaba el salón de una calidez doméstica que contrastaba con la magnitud de la propuesta formulada por William.
Aquella normalidad hacía aún más extraordinario el instante.
Parecía imposible que una conversación capaz de transformar el panorama literario inglés estuviera produciéndose en una mesa cualquiera, junto a una ventana cubierta de glicinas.
Abigail apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa para ordenar sus pensamientos.
Nunca había imaginado que un escritor de semejante prestigio pudiera depositar en ella una responsabilidad tan inmensa.
No se trataba únicamente de revisar un manuscrito ni de sugerir cambios estructurales.
William le estaba ofreciendo ocupar el lugar que Nathaniel había desempeñado durante años: convertirse en la primera lectora de todas sus dudas, en la guardiana de sus inseguridades y en la única persona autorizada para decirle cuándo una historia todavía no había encontrado su verdadera forma.
—No sé si soy la persona adecuada.
William sonrió con una serenidad que desarmaba cualquier intento de modestia.
—Precisamente porque duda de ello, estoy convencido de que sí lo es.
Ella negó suavemente con la cabeza.
—Conoce a editores mucho más experimentados que yo.
—Conozco excelentes editores.
Su expresión se volvió más seria.
—Pero muy pocas personas que sean capaces de leer al hombre y no solo al libro.
Aquella respuesta bastó para que Abigail comprendiera que la decisión ya estaba tomada desde hacía tiempo. William no buscaba una profesional brillante. Buscaba una confianza que no pudiera comprarse ni negociarse.
—Necesito unos días para pensarlo.
—Eso esperaba que dijera.
Se levantaron poco después. Antes de despedirse, William extrajo de su cartera una llave antigua de hierro ennegrecido.
—¿Sabe qué abre?
Abigail observó la pieza con curiosidad.
—No.
—El escritorio donde guardo todos mis manuscritos.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Por qué me lo dice?
William volvió a guardar la llave.
—Porque si acepta mi propuesta, un día será también su responsabilidad proteger todo cuanto contiene.
Aquellas palabras acompañaron a Abigail durante el trayecto de regreso a Russell Street.
Arthur comprendió inmediatamente que algo importante había sucedido.
No preguntó nada mientras atendían a los clientes de la mañana. Solo cuando la campanilla dejó de sonar y el silencio volvió a instalarse entre las estanterías, levantó la vista desde un volumen de historia romana que acababa de catalogar.
—Le ha pedido ayuda.
No era una pregunta.
Abigail sonrió.
—¿Siempre lo adivina todo?
—No.
Arthur cerró el libro.
—Solo conozco muy bien a William.
Ella terminó contándole la conversación casi por completo. Arthur escuchó sin interrumpirla. Cuando terminó, permaneció varios segundos pensativo.
—Nathaniel habría aceptado sin dudarlo.
—Yo no soy Nathaniel.
El anciano sonrió.
—Exactamente por eso William ha pensado en usted.
Aquella misma tarde apareció Eleanor Marsh. Llevaba el rostro más serio de lo habitual. Después de saludar, pidió hablar con Arthur a solas.
La conversación apenas duró diez minutos. Cuando regresaron al salón principal, Abigail advirtió inmediatamente que algo había ocurrido.
Arthur parecía profundamente preocupado. Eleanor mantenía los labios apretados con una gravedad impropia de su carácter.
—¿Ha sucedido algo?
Fue Eleanor quien respondió.
—Anoche entraron en casa de William.
Abigail sintió un sobresalto inmediato.
—¿Está bien?
—Sí.
La escritora respiró profundamente.
—Él no estaba allí.
Arthur añadió:
—Pero alguien registró su despacho.
La noticia cayó como una piedra.
—¿Han robado dinero?
—No.
—¿Joyas?
—Nada.
Eleanor negó lentamente.
—Solo buscaban papeles.
Abigail comprendió inmediatamente.
—El manuscrito.
Ninguno de los dos respondió. No hacía falta. Eleanor continuó.
—La policía supone que ha sido un ladrón cualquiera.
Arthur soltó una breve exhalación.
—Pero nosotros sabemos que no.
La escritora caminó lentamente entre las estanterías.
—Alguien sabía perfectamente qué debía buscar.
Abigail sintió que el estómago se contraía.
—¿Encontraron el manuscrito?
Eleanor tardó unos segundos en responder.
—Eso es lo extraño.
Miró directamente a Abigail.
—William asegura que había desaparecido antes de que entraran los ladrones.
El silencio volvió a dominar la librería. Arthur frunció lentamente el ceño.
—Explíquese.
—Hace tres días quiso continuar revisando algunos capítulos.
Eleanor hablaba con extrema precisión.
—Abrió el escritorio.
Hizo una pausa.
—Y la carpeta ya no estaba.
Abigail sintió un frío recorrerle la espalda.
—¿Está completamente seguro?
—Absolutamente.
Arthur permanecía inmóvil.
Su experiencia parecía ordenar silenciosamente las piezas del rompecabezas.
—Entonces alguien tuvo acceso a la casa antes del robo.
Eleanor asintió.
—Y sabía exactamente dónde guardaba William sus originales.
Los tres permanecieron callados. La conclusión era inevitable. No podía tratarse de un desconocido, solo alguien perteneciente a su círculo más cercano habría sabido dónde buscar.
Solo alguien que conociera el secreto de Edmund Ashford habría comprendido el valor incalculable de aquel manuscrito.
Cuando Eleanor abandonó la librería, la tarde comenzaba a oscurecer. Arthur cerró cuidadosamente la puerta con doble llave. Después se volvió hacia Abigail. Su rostro había perdido la serenidad habitual.
—Creo que ya no estamos ante un simple secreto literario.
Ella aguardó. El anciano habló muy despacio.
—Alguien no quiere impedir únicamente que William publique una novela.
Sus ojos se dirigieron hacia el rincón donde descansaban los ejemplares de Edmund Ashford.
—Alguien está dispuesto a destruir para siempre al hombre que se esconde detrás de ese nombre.