Capítulo 15. Una propuesta imposible
Abandonaron el cementerio de Highgate caminando despacio, sin apresurarse a romper el delicado equilibrio que la conversación había creado entre ambos.
La niebla comenzaba a disiparse y, a medida que el sol ascendía lentamente sobre Londres, las copas de los viejos olmos dejaban pasar una luz tamizada que dibujaba sobre los senderos un mosaico irregular de sombras.
Abigail experimentaba una sensación extraña, difícil de definir.
Durante meses había conocido a William Fairfax a través de sus silencios, de sus observaciones marginales escritas en los libros, de los comentarios prudentes de Arthur y de las intuiciones que nacían de sus propias lecturas.
Sin embargo, aquella mañana había conocido algo mucho más valioso que cualquier secreto editorial: había visto al hombre antes que al escritor, al hijo antes que al aristócrata y al ser humano antes que al nombre que el público admiraba sin conocer.
William tampoco parecía tener prisa. Caminaba con las manos cruzadas tras la espalda, la cabeza ligeramente inclinada, como quien continúa conversando consigo mismo mucho después de haber terminado una confesión.
En varias ocasiones pareció dispuesto a decir algo, pero desistía antes de formular las palabras.
Abigail no intentó ayudarlo. Había aprendido que algunas personas necesitaban encontrar por sí solas el momento exacto en que un pensamiento estaba preparado para convertirse en voz.
Al llegar a la verja principal del cementerio, William se detuvo.
—¿Le importaría acompañarme a desayunar?
La invitación surgió con una naturalidad que, precisamente por eso, sorprendió a Abigail.
—Con mucho gusto.
Escogieron una pequeña casa de té situada en una calle tranquila de Hampstead, lejos del bullicio del West End y de los establecimientos frecuentados por la aristocracia durante la temporada social.
El local pertenecía a un matrimonio escocés que conocía a William desde hacía años.
La propietaria, una mujer de mejillas sonrosadas llamada la señora MacDougall, los recibió con la cordialidad reservada a los clientes habituales.
—Hace semanas que no lo veía, señor Fairfax.
—He estado trabajando demasiado.
La mujer sonrió con complicidad.
—Eso significa que pronto tendremos otro libro que recomendar a nuestros clientes.
William respondió únicamente con una sonrisa discreta.
Aquella sencilla escena llamó la atención de Abigail.
Allí no era lord Fairfax ni el misterioso Edmund Ashford.
Era simplemente un hombre conocido por su educación, por su puntualidad y por la costumbre de permanecer durante horas escribiendo junto a la ventana mientras dejaba que el té se enfriara lentamente.
Se sentaron en una mesa apartada desde donde podía contemplarse un pequeño jardín interior cubierto de glicinas.
Durante unos minutos hablaron de asuntos intrascendentes.
De los libros que Arthur acababa de adquirir para la librería, de las alumnas de la señorita Henshaw, de un nuevo poemario francés que Eleanor insistía en traducir pese a las dificultades del original.
Poco a poco, la conversación fue devolviendo a ambos la ligereza perdida durante la visita al cementerio.
Fue William quien terminó conduciéndola hacia el verdadero motivo de aquel encuentro.
—Mi padre ha ido a verla.
No era una pregunta.
—Sí.
William bajó lentamente la vista hacia la taza de porcelana.
—Imagino lo que habrá dicho.
—Solo me habló de su preocupación.
Él asintió con una leve tristeza.
—Es un hombre bueno.
Aquella afirmación desconcertó ligeramente a Abigail.
—Pensé que su relación era complicada.
—Lo es.
William apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Pero una relación complicada no impide querer a alguien.
Guardó unos segundos de silencio antes de continuar.
—Mi padre nunca me prohibió escribir.
Abigail lo miró sorprendida.
—¿Nunca?
—Jamás.
Sonrió con una mezcla de afecto y resignación.
—Simplemente esperaba que lo hiciera después de cumplir con todo lo demás.
—¿Y qué era "todo lo demás"?
William respondió casi mecánicamente, como quien repite una lista aprendida desde la infancia.
—Administrar las propiedades familiares. Asistir a las sesiones parlamentarias. Representar a la familia en recepciones oficiales. Contraer un matrimonio conveniente. Tener un heredero. Mantener intacto el prestigio del apellido Fairfax.
Después levantó la vista.
—Y, si quedaba tiempo, escribir novelas.
Abigail percibió por primera vez el peso aplastante de aquella educación.
No se trataba de un padre cruel.
Se trataba de una tradición tan antigua que ninguno de sus miembros parecía capaz de distinguir dónde terminaba el deber y dónde comenzaba la propia vida.
William permaneció unos instantes observando cómo el vapor ascendía lentamente desde la tetera.
—Hace dos noches recibí una carta.
Extrajo del bolsillo interior de su chaqueta un sobre cuidadosamente doblado.
No se lo entregó.
Simplemente lo sostuvo entre los dedos.
—Procede del despacho de mi tío.
—¿Ocurre algo?
William respiró lentamente.
—Mi primo Edward ha fallecido.
Abigail inclinó la cabeza con respeto.
—Lo siento mucho.
—Yo también.
Permaneció unos segundos en silencio.
—Era un buen hombre.
Después añadió con una serenidad que no conseguía ocultar la gravedad de la noticia.
—Y era el heredero del título.
Abigail comprendió inmediatamente las consecuencias.
—Ahora...
William terminó la frase.
—Ahora todas las responsabilidades recaen sobre mí.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Desde la cocina llegaba el aroma del pan recién horneado. En otra mesa, una pareja de ancianos discutía amistosamente sobre un artículo aparecido en el periódico de aquella mañana.
La vida continuaba con absoluta normalidad. Solo para ellos parecía haberse detenido. William dobló cuidadosamente la carta y volvió a guardarla.
—Durante años he logrado mantener separados mis dos mundos.
Miró directamente a Abigail.
—Eso ha terminado.
Ella no encontró ninguna respuesta inmediata. Él continuó con una honestidad absoluta.
—Dentro de pocas semanas deberé asumir oficialmente obligaciones que apenas dejarán espacio para seguir escribiendo.
La tristeza de aquellas palabras no residía únicamente en el sacrificio artístico.
Era la resignación de quien había empezado a imaginar una vida distinta y veía cómo el pasado volvía a reclamarlo con toda su fuerza.
Abigail sostuvo su mirada.
—Usted no habla como un hombre dispuesto a aceptar ese destino.
William sonrió con una expresión casi imperceptible.
—No.
Después permaneció largo rato en silencio. Cuando finalmente volvió a hablar, su voz era tan serena que Abigail comprendió inmediatamente que aquellas palabras habían sido meditadas durante mucho tiempo.
—Precisamente por eso deseo hacerle una propuesta.
Ella aguardó sin interrumpirlo. William apoyó lentamente las manos sobre la mesa, como si aquel sencillo gesto le proporcionara el valor necesario.
—Quiero revelar al mundo que Edmund Ashford nunca ha existido.
Abigail sintió que el corazón le daba un vuelco. Él prosiguió antes de que pudiera reaccionar.
—Quiero publicar mi próxima novela con mi verdadero nombre.
Hizo una pausa.
—Y necesito a alguien en quien confíe plenamente para ayudarme a afrontar todo lo que ocurrirá después.
Sus ojos permanecieron fijos en los de Abigail. No había en ellos rastro alguno de solemnidad teatral, solo una vulnerabilidad inmensa.
—Quiero que sea usted mi editora.
Abigail quedó completamente inmóvil. William añadió con una sonrisa tenue, consciente de la magnitud de lo que acababa de pedir:
—Sé perfectamente que es una propuesta casi imposible.
—Precisamente por eso... no deseo hacérsela a ninguna otra persona.