La Librería de Bloomsbury Capítulo 14. El deber de un aristócrata
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Capítulo 14. El deber de un aristócrata

Las palabras de lord Fairfax continuaron resonando en la librería mucho después de que el anciano abandonara Russell Street.

Durante algunos minutos, ni Arthur ni Abigail encontraron nada que decir.

El silencio no resultaba incómodo; era el silencio de quienes acababan de contemplar una parte esencial de una historia demasiado compleja para ser comprendida de inmediato.

Desde la calle llegaban los sonidos habituales de la ciudad —el rodar de los carruajes sobre los adoquines, las voces de los vendedores ambulantes, el silbido lejano de un agente de policía ordenando el tráfico creciente de la temporada social—, pero dentro de la librería parecía haberse formado una pequeña isla donde el tiempo avanzaba con otra cadencia.

Abigail permanecía apoyada sobre el mostrador, con la mirada fija en la puerta por la que acababa de marcharse lord Fairfax.

Nunca había conocido a un hombre capaz de expresar tanta autoridad y tanta tristeza en un mismo gesto.

Su figura seguía ocupando su imaginación con una nitidez extraordinaria: la espalda apenas vencida por los años, las manos firmemente apoyadas sobre el bastón de nogal, el impecable cuello almidonado que parecía sostener no solo una cabeza llena de preocupaciones, sino también el peso de varias generaciones de responsabilidades heredadas.

Había esperado encontrar a un aristócrata orgulloso, quizá distante o incluso altivo.

En su lugar había descubierto a un padre profundamente preocupado por un hijo al que parecía admirar tanto como temer.

Arthur fue el primero en romper el silencio.

—Ha envejecido mucho.

Abigail levantó lentamente la vista.

—¿Lo conoce desde hace mucho?

—Desde que William era un muchacho.

La respuesta despertó inmediatamente una nueva curiosidad.

—Nunca me ha contado nada sobre aquella época.

Arthur sonrió con una melancolía apenas perceptible.

—Porque no me correspondía hacerlo.

Se acercó lentamente a una de las ventanas y permaneció contemplando la calle antes de continuar.

—Pero quizá haya llegado el momento de que conozca algunas cosas.

Abigail aguardó en silencio.

—William nació en una familia cuya historia se remonta varios siglos atrás.

Los Fairfax sirvieron a la Corona mucho antes de que Londres tuviera el aspecto que hoy conocemos.

Han sido diplomáticos, jueces, militares, ministros y miembros de la Cámara de los Lores.

Cada generación heredó de la anterior una convicción muy concreta.

Hizo una breve pausa.

—Que el apellido estaba por encima del individuo.

Aquella frase encerraba una dureza inesperada.

—¿Y William nunca aceptó esa idea?

Arthur dejó escapar una sonrisa que parecía recordar tiempos muy lejanos.

—La aceptó durante muchos años.

Abigail frunció ligeramente el ceño.

—Entonces ¿qué cambió?

El anciano no respondió inmediatamente. Tomó uno de los libros que Nathaniel conservaba siempre sobre el mostrador y lo abrió distraídamente mientras hablaba.

—Cuando William tenía veintitrés años escribió una novela.

Abigail permaneció completamente inmóvil.

—La presentó a una editorial firmándola con su verdadero nombre.

—¿Y qué ocurrió?

Arthur cerró lentamente el volumen.

—Fue rechazada.

Aquella respuesta la sorprendió.

—¿Cómo es posible?

—La novela era excelente.

—Entonces...

Arthur sonrió con una ironía cargada de experiencia.

—El editor creyó que un aristócrata jamás podría comprender la vida de la gente corriente.

Abigail quedó desconcertada.

—¿La rechazó por prejuicio?

—Exactamente.

El anciano apoyó ambas manos sobre el respaldo de una silla.

—William quedó profundamente herido. No porque rechazaran el libro. Todo escritor sabe que eso puede ocurrir. Lo que le resultó insoportable fue comprender que nadie estaba dispuesto a leerlo antes de juzgar quién era.

Abigail recordó inmediatamente la reflexión encontrada meses atrás entre las páginas del manuscrito.

"La máscara deja de ser un refugio para convertirse en una segunda piel..."

Ahora aquellas palabras adquirían un significado completamente distinto.

Arthur continuó.

—Nathaniel le propuso un experimento.

—¿Edmund Ashford?

Arthur asintió.

—Volvieron a enviar exactamente el mismo manuscrito con un nombre completamente inventado.

Abigail sintió un escalofrío.

Ya conocía la respuesta.

—Lo publicaron.

—Con entusiasmo.

—Sin cambiar una sola línea.

Arthur sonrió con amargura.

—Ni una coma.

Durante unos segundos Abigail permaneció incapaz de formular una sola pregunta.

Comprendía por fin el origen del seudónimo. No había nacido del deseo de ocultarse. Había nacido del deseo de ser leído con justicia.

Aquella misma tarde recibió una nota manuscrita. La caligrafía era inconfundible.

William.

El mensaje era breve.

"¿Tendría la amabilidad de acompañarme mañana por la mañana al cementerio de Highgate? Hay algo que deseo mostrarle antes de que otras decisiones nos obliguen a mirar únicamente hacia el futuro."

No había más explicaciones, solo la hora y el lugar del encuentro.

A la mañana siguiente Londres despertó cubierto por una ligera niebla que confería al cementerio de Highgate un aspecto casi irreal.

Los viejos mausoleos emergían entre los árboles centenarios como fragmentos de una ciudad abandonada.

Las estatuas de ángeles, oscurecidas por la humedad y el paso del tiempo, parecían vigilar silenciosamente los senderos cubiertos de hojas.

El canto lejano de algunos mirlos rompía de cuando en cuando el silencio reverencial que envolvía aquel lugar donde convivían la memoria, la historia y el olvido.

William ya la esperaba junto a la entrada.

Vestía de manera más sobria que de costumbre, con un largo abrigo negro y un sombrero de ala estrecha. Bajo la luz grisácea de la mañana su rostro parecía más pálido, aunque sus ojos conservaban la serenidad que Abigail comenzaba a identificar como una de sus cualidades más constantes.

—Gracias por venir.

—No podía negarme después de una invitación tan misteriosa.

Él sonrió apenas.

—Empiezo a pensar que el misterio se ha convertido en una costumbre difícil de abandonar.

Caminaron varios minutos sin hablar. Finalmente William se detuvo ante una sencilla lápida de mármol blanco. No pertenecía a ningún miembro de la familia Fairfax.

Sobre la piedra podía leerse un único nombre. Elizabeth Fairfax Debajo figuraban únicamente dos fechas.

William permaneció largo rato contemplando la inscripción. Cuando habló, su voz sonaba distinta. Más íntima. Más vulnerable.

—Mi madre.

Abigail permaneció respetuosamente en silencio.

—Murió cuando yo tenía dieciséis años.

Se inclinó para retirar algunas hojas secas depositadas sobre la lápida.

—Fue la única persona que leyó mis primeros cuentos.

Una leve sonrisa apareció en sus labios.

—Siempre decía que escribir era el único momento en que dejaba de comportarme como un heredero y volvía a ser simplemente su hijo.

El viento agitó suavemente las ramas de los tejos. William permaneció unos instantes con la mirada perdida.

—Cuando murió...

Guardó silencio antes de continuar.

—...comprendí que toda mi vida empezaría a estar gobernada por una palabra que nunca había entendido del todo.

Miró directamente a Abigail.

—Deber.

Aquella única palabra encerraba décadas de renuncias.

William respiró profundamente antes de añadir, con una serenidad que hacía aún más conmovedora la confesión:

—Durante mucho tiempo creí que un aristócrata debía sacrificar su felicidad para proteger el honor de su familia. Hoy empiezo a sospechar que quizá el verdadero deber consista en algo mucho más difícil.

Abigail lo observó sin apartar la mirada.

—¿Y qué cree ahora?

William contempló una vez más el nombre de su madre grabado en la piedra. Su respuesta llegó casi en un susurro.

—Que ningún apellido, por antiguo que sea, debería exigirle a un hombre que renuncie para siempre a ser quien realmente es.