Capítulo 13. Sombras familiares
La conversación mantenida en casa de Eleanor Marsh permaneció durante varios días instalada en el pensamiento de Abigail con la persistencia de aquellas melodías que uno descubre tarareando sin advertir en qué momento comenzaron a formar parte de la memoria.
No era únicamente la gratitud expresada por William lo que regresaba una y otra vez a su recuerdo, sino la intensidad casi dolorosa con la que había recibido una observación que, en cualquier otro escritor, habría provocado una reacción defensiva.
Ella había conocido autores incapaces de aceptar la menor corrección, hombres y mujeres tan enamorados de sus propias frases que confundían cualquier sugerencia con un ataque personal.
William, en cambio, había permanecido inmóvil, escuchando hasta el final, y cuando comprendió el origen de la debilidad de su novela no sintió humillación, sino alivio.
Aquella diferencia hablaba de un carácter excepcional, pero también revelaba una fatiga profunda, como si hubiera pasado demasiados años sosteniendo un peso invisible que comenzaba a resultarle insoportable.
La librería recuperó su ritmo habitual. Los pedidos aumentaban impulsados por la temporada social, las tertulias improvisadas entre clientes se prolongaban hasta bien entrada la tarde y Arthur parecía disfrutar observando cómo Abigail resolvía con creciente seguridad los pequeños conflictos cotidianos del negocio.
La joven ya conocía los gustos de muchos lectores habituales, recordaba qué autores prefería cada uno y había empezado incluso a elaborar discretas recomendaciones escritas a mano que dejaba dentro de algunos ejemplares, una costumbre heredada de Nathaniel que los clientes recibían con sincero entusiasmo.
Una mañana especialmente luminosa apareció en la librería la señorita Beatrice Henshaw, profesora de literatura en un prestigioso colegio femenino de Kensington.
Era una mujer cercana a los cincuenta años, de complexión menuda, cabello entrecano cuidadosamente recogido en un moño y unos ojos vivaces detrás de unas discretas gafas de montura metálica.
Caminaba con rapidez, como si su pensamiento avanzara siempre varios pasos por delante del resto del mundo.
—Señorita Turner, temo necesitar su ayuda.
—Será un placer.
—Mis alumnas han descubierto la existencia de Edmund Ashford.
Abigail sonrió.
—No parece una desgracia.
—Lo sería menos si ahora no quisieran escribir todas como él.
Arthur soltó una discreta carcajada desde el otro extremo del mostrador.
Beatrice continuó con una resignación afectuosa.
—Necesito novelas capaces de convencerlas de que también existen otras formas de escribir con belleza.
Durante casi media hora, Abigail seleccionó cuidadosamente diversos títulos de autoras inglesas y francesas, acompañando cada recomendación con breves explicaciones que la profesora escuchaba con creciente satisfacción.
Cuando terminaron, Beatrice permaneció unos instantes contemplando el rincón reservado a Edmund Ashford.
—Es curioso.
—¿Qué cosa?
—Llevo quince años estudiando literatura contemporánea.
Acarició distraídamente el lomo de una de las novelas.
—Y nunca he conocido un caso semejante.
—¿Se refiere al anonimato?
—No exactamente.
Sus ojos adoptaron un brillo reflexivo.
—Me refiero al hecho de que todos intentan descubrir quién es Edmund Ashford... cuando quizá la pregunta verdaderamente importante sea por qué necesita dejar de existir para poder escribir.
Aquellas palabras permanecieron resonando en Abigail incluso después de que la profesora abandonara la librería.
No era la primera vez que alguien formulaba esa idea, pero cada vez parecía adquirir mayor profundidad.
Aquella tarde William no apareció. Tampoco al día siguiente. Ni al otro.
Al principio Abigail supuso que estaría entregado a la reescritura del manuscrito.
Después comenzó a inquietarse. No porque existiera motivo objetivo para ello, sino porque el hábito había terminado convirtiendo sus visitas semanales en una parte silenciosa del funcionamiento mismo de la librería.
Resultaba extraño contemplar la puerta abrirse una y otra vez sin que apareciera aquella figura alta, de movimientos contenidos y mirada serena que ya parecía pertenecer al paisaje cotidiano del establecimiento.
Fue precisamente al cuarto día cuando un carruaje negro se detuvo frente a la entrada.
No descendió William. Lo hizo un caballero de edad avanzada cuya presencia imponía respeto desde el primer instante.
Debía rondar los sesenta y cinco años. Conservaba una elevada estatura pese al ligero encorvamiento de los hombros.
Su cabello completamente blanco estaba cuidadosamente peinado hacia atrás y unas pobladas cejas acentuaban la severidad de un rostro marcado por arrugas profundas.
Vestía con absoluta corrección, aunque sin el menor deseo de llamar la atención.
Había en él una dignidad sobria, casi militar, que hablaba de décadas acostumbrado a ejercer autoridad.
Arthur dejó lentamente el libro que estaba catalogando. Su expresión cambió apenas un instante. Fue suficiente para que Abigail comprendiera que conocía perfectamente al visitante.
—Lord Fairfax.
El anciano respondió con una leve inclinación de cabeza.
—Arthur.
Su voz era grave, perfectamente modulada y desprovista de cualquier aspereza innecesaria. Solo entonces dirigió la mirada hacia Abigail.
Aquellos ojos grises eran extraordinariamente parecidos a los de William. Más fríos y más cansados, pero inconfundiblemente pertenecientes a la misma familia.
—La señorita Turner, supongo.
—Sí, milord.
Él observó detenidamente la librería antes de hablar de nuevo.
—William me ha hablado de usted.
Aquella afirmación sorprendió profundamente a Abigail. No imaginaba que él hablara de ella fuera de aquel reducido círculo de amistades.
Lord Fairfax pareció advertir su sorpresa.
—No suele hacerlo.
La frase fue pronunciada con una serenidad casi melancólica.
—Precisamente por eso he considerado oportuno venir.
Arthur permanecía completamente inmóvil.
Conocía demasiado bien aquella conversación para intervenir antes de tiempo.
El anciano aristócrata recorrió lentamente las estanterías. Sus dedos se detuvieron sobre uno de los libros de Edmund Ashford.
No lo abrió. Simplemente permaneció observándolo durante unos segundos. Después habló casi para sí mismo.
—Siempre pensé que algún día terminaría ocurriendo.
Abigail lo miró con atención.
—¿Qué cosa, milord?
Él volvió a dirigirle la mirada. Por primera vez desapareció toda severidad de su rostro. Solo quedó un cansancio inmenso.
—Que alguien lograra acercarse a mi hijo sin interesarse por su apellido, su fortuna o su posición.
El silencio que siguió fue largo. Lord Fairfax apoyó lentamente ambas manos sobre el bastón.
—No he venido para entrometerme en su amistad.
Respiró profundamente.
—He venido porque temo que William esté a punto de tomar una decisión que cambiará para siempre el curso de su vida.
Abigail sintió un escalofrío.
—¿Qué decisión?
Lord Fairfax tardó varios segundos en responder.
Cuando finalmente habló, su voz apenas era superior a un susurro.
—Quiere matar para siempre a Edmund Ashford.
La frase quedó suspendida en el aire como si hubiera alterado incluso el silencio de la librería.
Arthur cerró lentamente los ojos. Abigail comprendió inmediatamente el verdadero significado de aquellas palabras.
No hablaban de un hombre. Hablaban del seudónimo.
Del escritor más admirado y misterioso de Inglaterra.
Y si Edmund Ashford desaparecía para siempre, el mundo exigiría inevitablemente conocer el nombre del hombre que había permanecido oculto tras él durante tantos años.
Lord Fairfax sostuvo la mirada de Abigail con una mezcla de esperanza y temor.
—Mi hijo cree que ha llegado el momento de dejar de esconderse.
Hizo una pausa cargada de gravedad.
—Yo solo temo que el mundo al que pretende revelarse no sea, ni de lejos, tan compasivo como los libros que ha dedicado toda su vida a escribir.