Capítulo 12. El éxito inesperado
La tarde de la lectura privada llegó envuelta en una luz dorada que parecía suavizar incluso la severidad de las fachadas georgianas de Bloomsbury.
Londres poseía una extraordinaria capacidad para transformarse según el humor del cielo.
Bastaba que las nubes concedieran una breve tregua para que las calles, normalmente dominadas por un tono grisáceo, revelaran matices cálidos en el ladrillo, reflejos cobrizos sobre las ventanas y una inesperada alegría en los jardines públicos, donde los primeros rosales comenzaban a florecer con una discreción elegante.
Abigail recorrió en carruaje la distancia que separaba Russell Street de Bedford Square contemplando aquella ciudad que empezaba a sentirse menos ajena.
Hacía apenas unos meses había llegado como una mujer obligada a reconstruir su existencia tras la muerte de Nathaniel.
Ahora caminaba por sus calles con la sensación de pertenecer lentamente a una red invisible formada por libreros, escritores, profesores y lectores cuya verdadera riqueza consistía en compartir una misma pasión por las palabras.
La residencia de Eleanor Marsh no poseía el esplendor ostentoso de otras casas frecuentadas durante la temporada social.
Su elegancia procedía precisamente de la ausencia de artificio.
Era una construcción de tres plantas revestida de ladrillo claro, con amplios ventanales orientados hacia una pequeña plaza arbolada.
El jardín delantero estaba poblado por lavandas, hortensias y rosales blancos cuya fragancia llegaba hasta la puerta principal.
En el interior predominaban los muebles antiguos cuidadosamente restaurados, las alfombras persas desgastadas por décadas de uso y, sobre todo, los libros.
Había libros en cada habitación, sobre las mesas auxiliares, junto a las ventanas, en pequeñas pilas apoyadas directamente sobre el suelo, como si la propietaria hubiera terminado aceptando que resultaba inútil intentar imponer un orden definitivo a una biblioteca que no dejaba de crecer.
Fue la propia Eleanor quien abrió la puerta.
Vestía un sencillo traje color marfil cuya sobriedad resaltaba la serenidad de su figura.
Su cabello plateado permanecía recogido con la misma elegancia práctica que Abigail recordaba del círculo literario.
No era una mujer preocupada por impresionar.
Su autoridad nacía de otro lugar mucho más profundo: la inteligencia tranquila de quien había dedicado toda una vida a observar a las personas antes de convertirlas en personajes.
—Me alegra que haya venido.
La condujo hasta un amplio salón donde Arthur Holloway ya conversaba junto a la chimenea con una taza de té entre las manos.
—Empieza a parecerme que pasamos más tiempo fuera de la librería que dentro de ella —comentó el anciano con una sonrisa.
—Solo porque Londres se ha empeñado en convertir nuestra librería en el centro de media vida literaria.
Arthur soltó una breve carcajada.
—No subestime el poder de las librerías. Muchas revoluciones han comenzado entre estanterías.
Eleanor sirvió el té con movimientos pausados.
—William llegará dentro de unos minutos.
Aquellas palabras alteraron discretamente el ánimo de Abigail.
Había preparado durante días las preguntas que quizá formularía, las observaciones que consideraba oportunas y hasta la actitud prudente con la que pensaba escuchar el manuscrito.
Sin embargo, ahora comprendía que ninguna preparación bastaba cuando uno estaba a punto de contemplar el trabajo más íntimo de otra persona.
Un libro inédito no era únicamente un conjunto de páginas.
Era una parte todavía vulnerable de quien lo había escrito.
Pocos minutos después sonó el timbre.
William Fairfax entró llevando bajo el brazo una carpeta de cuero oscuro visiblemente desgastada por el uso. Saludó primero a Eleanor con un afecto sereno, estrechó después la mano de Arthur y finalmente dirigió una leve inclinación de cabeza hacia Abigail.
—Señorita Turner.
—Señor Fairfax.
Su voz conservaba la misma calma de siempre, aunque Abigail creyó advertir cierto cansancio bajo aquella serenidad cuidadosamente controlada. Había sombras más marcadas alrededor de sus ojos y el gesto con que sostuvo la carpeta revelaba una tensión que nunca antes había observado en él.
Tras unos minutos de conversación intrascendente, Eleanor cerró suavemente la puerta del salón.
—Bien.
Su tono adquirió una solemnidad discreta.
—Solo hay una norma esta tarde.
Miró sucesivamente a los tres presentes.
—Olvidemos quién escribió estas páginas.
William bajó la vista.
—Exactamente.
—No estamos aquí para proteger susceptibilidades ni reputaciones. Estamos aquí para ayudar a que un libro llegue a ser todo aquello que puede llegar a ser.
Arthur asintió lentamente.
—Como siempre.
William abrió la carpeta. Durante un instante permaneció inmóvil contemplando la primera página.
Después comenzó a leer. La historia narraba la vida de un pintor que, tras alcanzar una fama inmensa bajo un nombre falso, descubría que la identidad inventada empezaba a recibir un amor y un reconocimiento que jamás habrían sido concedidos al hombre verdadero.
Lo que inicialmente parecía una simple reflexión sobre el éxito literario evolucionaba muy pronto hacia una meditación extraordinariamente profunda sobre la identidad, la memoria y el precio psicológico de esconder durante demasiado tiempo la propia existencia.
Abigail escuchaba sin apartar los ojos de William. La belleza del texto resultaba indiscutible.
Cada frase poseía esa respiración de la que Eleanor había hablado semanas atrás.
Las descripciones no buscaban exhibir virtuosismo, sino revelar lentamente la vida interior de los personajes.
Los diálogos avanzaban con una naturalidad tan precisa que parecía imposible imaginar otras palabras distintas para cada escena.
Sin embargo... Al cabo de una hora comenzó a percibir algo. Algo que no funcionaba. No era un defecto de estilo, ni de estructura. Era otra cosa.
El protagonista analizaba sus emociones con una lucidez admirable, pero nunca permitía que el lector sintiera auténticamente el dolor que describía. Existía una distancia constante entre el personaje y su propio sufrimiento, como si una parte de él continuara observándose desde fuera.
Cuando William terminó el capítulo, el silencio ocupó el salón. Nadie habló inmediatamente. Eleanor fue la primera.
—Es magnífico.
Arthur añadió:
—La construcción psicológica es extraordinaria.
William agradeció ambos comentarios con una ligera inclinación de cabeza.
Después miró directamente a Abigail.
—¿Y usted?
Ella recordó inmediatamente las palabras de Reginald Blackwood.
Sea despiadadamente honesta.
Respiró despacio.
—Creo...
William aguardó inmóvil.
—Creo que está escribiendo un libro extraordinario.
Él no pareció sorprendido, esperaba que continuara.
—Pero también creo que no está siendo completamente sincero con su protagonista.
El silencio se volvió aún más profundo.
William no apartó la mirada.
—Explíquese.
Abigail apoyó lentamente las manos sobre el regazo.
—Ese hombre habla continuamente de soledad.
William asintió.
—Sí.
—Pero nunca permite que el lector la experimente con él.
Él permanecía completamente inmóvil.
—Lo protege constantemente.
Eleanor comenzó a observar alternativamente a ambos sin intervenir.
Abigail continuó.
—Es como si tuviera miedo de que alguien descubriera cuánto ha sufrido realmente.
William bajó muy despacio la vista hacia el manuscrito. Ella sintió que había llegado demasiado lejos, sin embargo, decidió terminar.
—Y creo que ese miedo no pertenece al personaje.
Hizo una breve pausa.
—Creo que pertenece al escritor.
Nadie habló. Durante casi un minuto completo solo se escuchó el crepitar del fuego. William cerró lentamente la carpeta. Su expresión era imposible de interpretar. Finalmente se levantó.
Abigail sintió un inmediato remordimiento. Tal vez había sido demasiado dura. William caminó hasta la ventana. Permaneció allí varios segundos contemplando el jardín.
Cuando volvió a girarse hacia ellos, algo había cambiado en su rostro. No era enfado, era alivio. Un alivio sereno y profundamente humano. Sonrió por primera vez sin reservas.
—Llevo casi dos años intentando descubrir por qué este libro no conseguía respirar.
Miró directamente a Abigail.
—Y usted acaba de decírmelo en cinco minutos.
Eleanor dejó escapar una sonrisa satisfecha.
Arthur cerró lentamente los ojos, como quien presencia la resolución de un problema largamente esperado.
William volvió a colocar cuidadosamente el manuscrito dentro de la carpeta.
—Ahora tendré que escribir de nuevo casi la mitad de la novela.
Abigail comenzó a disculparse.
—Lo siento, yo no pretendía...
Él negó suavemente con la cabeza.
—No se disculpe.
Su voz sonaba más libre que nunca.
—Acaba de regalarme exactamente aquello que un escritor necesita encontrar una sola vez en toda su vida.
La observó con una gratitud tan sincera que Abigail sintió un leve estremecimiento.
—Una lectora que ha sido capaz de leer también al hombre escondido entre las páginas.