Capítulo 11. Una crítica despiadada
La invitación de Eleanor Marsh permaneció sobre el escritorio del despacho de la librería durante dos días sin que Abigail encontrara el valor de responderla.
No porque dudara de su deseo de asistir, sino porque intuía que aquella lectura privada representaría un punto de inflexión imposible de deshacer.
Hasta entonces había avanzado por un sendero de descubrimientos graduales, de indicios apenas entrevistos y conversaciones cuidadosamente contenidas.
Cada nuevo paso revelaba un fragmento del misterio sin destruir por completo el siguiente.
Sin embargo, asistir a la lectura de un manuscrito inédito de William Fairfax significaba cruzar un umbral distinto.
El escritor permitía muy pocas personas acceder a su obra antes de que esta estuviera concluida.
Eleanor lo había dicho con absoluta claridad.
Si la invitación existía era porque algo había cambiado en él, aunque quizá ni siquiera William fuera todavía plenamente consciente de esa transformación.
Arthur no hizo comentario alguno cuando vio la tarjeta apoyada junto al tintero.
Continuó clasificando correspondencia y revisando facturas con la misma serenidad habitual, aunque Abigail conocía ya lo suficiente al anciano para advertir cuándo estaba esperando que ella formulara una pregunta por iniciativa propia.
Nathaniel había poseído aquella misma paciencia.
Ambos comprendían que ciertas respuestas solo adquirían verdadero valor cuando nacían de una curiosidad madura y no de una simple ansiedad por conocer.
La mañana del viernes transcurrió entre clientes habituales y visitantes ocasionales atraídos por las recomendaciones que comenzaban a circular sobre la renovada librería de Russell Street.
Un joven estudiante de Derecho buscó tratados de filosofía moral; una institutriz adquirió varias novelas destinadas a las hijas de un comerciante de Kensington; un anciano marino retirado pasó casi una hora hojeando atlas de navegación mientras relataba a Arthur historias de puertos mediterráneos que parecían pertenecer a otro siglo.
Abigail disfrutaba escuchándolo. Aquellos relatos, aunque probablemente exagerados por el tiempo, poseían una sinceridad emocional imposible de fingir.
Hacia el mediodía entró en la librería un hombre cuya presencia modificó de inmediato el ambiente.
Vestía con una elegancia impecable, aunque excesivamente ostentosa para el gusto de Abigail.
El bastón de ébano rematado en plata parecía más un símbolo de posición social que una verdadera necesidad; el reloj de bolsillo sobresalía deliberadamente del chaleco; el perfume, intenso y especiado, permanecía en el aire incluso después de que hubiera atravesado la puerta.
Era un caballero de unos cincuenta años, alto, delgado, con el cabello cuidadosamente peinado hacia atrás y unos ojos oscuros donde la inteligencia convivía con una expresión permanentemente crítica, como si nada de cuanto contemplaba lograra satisfacerlo por completo.
Arthur dejó escapar un suspiro apenas perceptible.
—Buenos días, señor Blackwood.
El recién llegado respondió con una inclinación mínima de cabeza.
—Arthur.
Después dirigió la mirada hacia Abigail.
—De modo que usted es la nueva propietaria.
No era exactamente una pregunta.
—Así es. Abigail Turner.
—Reginald Blackwood.
El nombre despertó inmediatamente un recuerdo.
Sebastian Whitmore lo había mencionado semanas atrás como uno de los críticos literarios más influyentes del país.
Sus reseñas eran capaces de impulsar una novela desconocida hasta convertirla en un éxito editorial o de condenar al olvido obras prometedoras mediante una sola columna publicada en el periódico dominical.
Se decía que Blackwood jamás aceptaba presiones de editores ni favores de escritores.
Aquella independencia le había ganado un prestigio inmenso y también un número considerable de enemigos.
El crítico comenzó a recorrer lentamente las estanterías. Sus dedos se detenían en algunos lomos durante apenas un instante antes de continuar avanzando. Finalmente extrajo una novela reciente y la abrió por la mitad.
Leyó una página. Después otra. Cerró el volumen.
—Mediocre.
Lo devolvió a su lugar.
Repitió exactamente el mismo proceso con otro libro.
—Pretencioso.
Un tercero.
—Artificial.
Abigail observaba la escena con creciente diversión.
Arthur, en cambio, parecía resignado.
Finalmente Blackwood llegó ante la sección dedicada a Edmund Ashford.
Permaneció varios segundos contemplando los volúmenes.
Tomó uno de ellos.
Abigail advirtió un cambio casi imperceptible en su expresión.
No era admiración.
Era algo mucho más complejo.
Leía lentamente.
Pasó cinco minutos completos sin pronunciar palabra.
Después cerró el libro.
—Extraordinario.
Aquella única palabra parecía pesar mucho más que todas las críticas anteriores.
Abigail sonrió.
—Entonces le gusta.
Blackwood la observó con una mezcla de severidad y paciencia.
—No confunda admiración con gusto, señorita Turner. Algunas de las mejores novelas jamás escritas me resultan profundamente incómodas. Eso no disminuye un ápice su calidad.
Aquella respuesta revelaba una honestidad intelectual poco frecuente.
—¿Qué le incomoda de Edmund Ashford?
El crítico sostuvo el libro entre las manos como si pesara más de lo que realmente pesaba.
—Que escribe con una claridad moral que obliga al lector a juzgarse a sí mismo. Muy pocos autores poseen semejante capacidad. La mayoría se limita a entretener. Él obliga a pensar mucho después de haber cerrado el libro.
Arthur intervino.
—Siempre ha defendido esa opinión.
Blackwood asintió.
—Y seguiré haciéndolo.
Hubo un breve silencio.
Después añadió con una expresión mucho más sombría.
—Precisamente por eso me preocupa su próxima novela.
Abigail sintió un sobresalto.
—¿Ha leído el manuscrito?
—No.
—Entonces...
—He oído rumores.
Arthur frunció ligeramente el ceño.
—Los rumores rara vez producen buena literatura.
—No.
Blackwood dejó el libro en su lugar.
—Pero a veces anuncian grandes tragedias.
La conversación quedó suspendida por la llegada de un mensajero. Traía una carta para Abigail. Reconoció inmediatamente la elegante caligrafía de Eleanor Marsh.
La lectura privada tendría lugar al día siguiente, a las seis de la tarde, en la propia residencia de la novelista.
Solo asistirían cuatro personas. Eleanor, Arthur, Ella y William Fairfax.
Cuando Abigail levantó nuevamente la vista, Blackwood seguía observándola.
—¿Una invitación literaria?
Ella dudó apenas un instante.
—Sí.
El crítico pareció comprender mucho más de lo que aquella sencilla respuesta revelaba. Se colocó lentamente los guantes.
—Permítame darle un consejo que quizá llegue demasiado tarde.
Abigail aguardó en silencio.
—Si alguna vez un escritor le pide una opinión sincera sobre un manuscrito...
Hizo una pausa.
—...sea despiadadamente honesta.
Ella frunció el ceño.
—¿Incluso si eso puede herirlo?
Los ojos de Blackwood adquirieron una gravedad inesperada.
—Especialmente entonces.
Guardó un instante de silencio antes de concluir.
—Los elogios complacen al escritor. La verdad, en cambio, salva los libros.
Después abandonó la librería con la misma elegancia sobria con la que había entrado.
Abigail permaneció varios minutos sosteniendo la carta de Eleanor entre las manos.
Hasta entonces había imaginado la lectura privada como una oportunidad privilegiada para acercarse un poco más al hombre oculto tras tantos silencios.
Ahora comprendía que también podía convertirse en algo mucho más delicado.
Quizá William Fairfax no necesitaba otra admiradora. Quizá necesitaba, por primera vez en muchos años, una lectora capaz de decirle exactamente aquello que nadie más se atrevía a pronunciar.