La Librería de Bloomsbury Capítulo 10. El secreto del seudónimo
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Capítulo 10. El secreto del seudónimo

Durante la semana que precedió a la velada organizada por lady Margaret Ellington, la librería de Russell Street experimentó una actividad poco habitual incluso para aquella época del año.

La llegada de la temporada social incrementaba de forma considerable la demanda de libros.

Muchas familias aristocráticas consideraban indispensable mantener una biblioteca cuidadosamente seleccionada para impresionar a sus invitados, mientras que otras adquirían novelas recientes únicamente para poder opinar sobre ellas en los salones literarios, aun cuando difícilmente encontraban tiempo para leerlas.

Abigail observaba aquel fenómeno con una mezcla de ironía y comprensión.

Después de todo, incluso quienes compraban libros por vanidad terminaban, en ocasiones, descubriendo entre sus páginas una emoción auténtica que modificaba discretamente sus vidas.

Nathaniel solía decir que ningún volumen juzgaba las razones por las que alguien lo abría.

Una vez comenzada la lectura, todos los lectores quedaban sometidos al mismo poder silencioso de las palabras.

Arthur dedicaba buena parte de las mañanas a preparar pedidos especiales destinados a varias residencias londinenses.

Las mesas del almacén aparecían cubiertas de catálogos, papeles de embalaje, cintas de seda y pequeñas tarjetas manuscritas donde anotaba recomendaciones personalizadas para algunos clientes de muchos años.

Aquella costumbre fascinaba a Abigail. El anciano conocía con una precisión casi milagrosa los gustos de centenares de lectores.

Sabía qué poeta podía aliviar el duelo de una viuda reciente, qué ensayo histórico entusiasmaría a un coronel retirado o qué novela resultaría adecuada para una muchacha de diecisiete años que acababa de descubrir el placer de leer.

—La mayoría cree que vender libros consiste en conocer títulos —comentó mientras envolvía cuidadosamente un ejemplar ilustrado de poesía italiana—. En realidad consiste en conocer personas.

Abigail levantó la vista desde el inventario que estaba revisando.

—¿Nunca se equivoca?

Arthur sonrió con humildad.

—Todos los días.

Ella rio.

—No parece preocuparle demasiado.

—Porque un libro equivocado también enseña algo. A veces descubre con mayor claridad aquello que el lector no busca.

La conversación quedó interrumpida por la llegada de Sebastian Whitmore, cuya energía parecía haber aumentado todavía más desde la última reunión del círculo literario. Entró agitando un sobre lacrado con evidente satisfacción.

—¡Por fin!

Arthur dejó la pluma.

—Por la expresión de tu cara deduzco que no has heredado un castillo.

—Mucho mejor.

Depositó el sobre sobre el mostrador.

—Ha llegado respuesta del abogado.

Abigail levantó inmediatamente la mirada.

—¿Del abogado de Edmund Ashford?

Sebastian asintió.

—Después de cuatro meses de silencio.

Arthur observó el sello.

—¿Y qué dice?

Whitmore abrió cuidadosamente la carta.

Su entusiasmo inicial fue dando paso, mientras leía, a una expresión de divertida resignación.

—Exactamente lo mismo de siempre.

—¿Es decir?

—El autor agradece el interés de la editorial. Continúa trabajando en su próximo manuscrito. No desea realizar entrevistas. No autoriza retratos. No participará en actos públicos. Cuando la novela esté terminada será enviada por los cauces habituales.

Guardó nuevamente la carta.

—Ni una palabra más.

Arthur sonrió.

—Al menos mantiene la coherencia.

—La coherencia empieza a costarme una fortuna en campañas publicitarias.

Abigail permanecía pensativa.

—¿Nunca han intentado averiguar quién entrega realmente los manuscritos?

Sebastian soltó una carcajada.

—Mi querida señorita Turner, si supiera la cantidad de detectives privados que algunas editoriales han contratado durante los últimos diez años...

—¿Y?

—Nada.

Se apoyó sobre el mostrador.

—Los manuscritos aparecen. El abogado los entrega personalmente. El contrato se renueva. Los derechos se pagan. Después todo vuelve a desaparecer hasta la siguiente novela.

Abigail recordó inmediatamente el manuscrito hallado entre los papeles de Nathaniel.

Aquella obra nunca había llegado a la editorial.

¿Por qué?

La pregunta comenzó a adquirir una importancia inesperada.

Cuando Sebastian se marchó, Abigail pidió permiso a Arthur para volver a examinar el manuscrito olvidado.

El anciano asintió sin formular objeciones.

—Creo que Nathaniel habría hecho exactamente lo mismo.

Subieron al pequeño despacho situado en la planta superior.

Allí reinaba el mismo orden meticuloso que Nathaniel había mantenido durante décadas.

El escritorio de roble permanecía orientado hacia la ventana desde donde podía contemplarse Russell Street.

Las estanterías contenían diccionarios, atlas, catálogos editoriales y numerosos cuadernos donde el antiguo propietario anotaba observaciones sobre libros, autores y clientes.

Arthur abrió el cajón donde descansaba el manuscrito.

Abigail volvió a recorrer lentamente aquellas páginas. Esta vez decidió no dejarse seducir únicamente por la calidad literaria. Buscó detalles. Pequeñas señales, correcciones, fechas y marcas del mecanógrafo.

Al llegar aproximadamente a la mitad del texto encontró una hoja ligeramente doblada. No pertenecía al manuscrito. Era una simple cuartilla escrita a mano. Reconoció inmediatamente la letra.

William.

La nota no estaba dirigida a Nathaniel. Parecía más bien una reflexión escrita para sí mismo.

"Nunca he sabido si el anonimato protege al escritor o termina devorándolo lentamente.

Al principio uno cree esconder únicamente el nombre.

Después descubre que también empieza a ocultar opiniones, amistades, afectos y hasta pequeños fragmentos de la propia existencia.

Llega un día en que la máscara deja de ser un refugio para convertirse en una segunda piel.

Entonces ya no resulta sencillo recordar cuál era el verdadero rostro. "

Abigail leyó aquellas líneas dos veces. Después una tercera.

Arthur permanecía en silencio.

Ella levantó lentamente la vista.

—No habla de un simple seudónimo.

—No.

—Habla como alguien que lleva muchos años viviendo dividido entre dos identidades.

Arthur observó la ventana antes de responder.

—El anonimato tiene un precio mucho mayor del que imaginan quienes nunca lo han necesitado.

Abigail guardó cuidadosamente la hoja entre las páginas donde la había encontrado. En aquel momento comprendió algo que hasta entonces había pasado por alto.

Todos hablaban del misterio de Edmund Ashford como si se tratara de una brillante estrategia literaria. William, en cambio, escribía acerca de ello como si fuera una carga.

La diferencia resultaba enorme. Aquella misma tarde, mientras descendía nuevamente a la librería, encontró a Eleanor Marsh esperándola junto a la sección de poesía.

La novelista sostenía un pequeño volumen de Christina Rossetti entre las manos.

—Espero no llegar en mal momento.

—En absoluto.

Eleanor recorrió distraídamente las estanterías.

—He venido a pedirle un favor bastante peculiar.

—La escucho.

La escritora sonrió con una mezcla de complicidad y prudencia.

—Dentro de unos días celebraremos una pequeña lectura privada antes de la recepción de lady Margaret. Solo asistiremos cuatro personas.

Abigail sintió curiosidad inmediata.

—¿Qué clase de lectura?

—La de un manuscrito inédito.

La respuesta fue pronunciada con absoluta naturalidad, sin embargo, Eleanor añadió inmediatamente:

—Y creo que ha llegado el momento de que usted esté presente.

Abigail permaneció inmóvil.

—¿Quién leerá ese manuscrito?

Eleanor sostuvo durante unos segundos su mirada.

Después respondió con voz tranquila.

—William.

El corazón de Abigail comenzó a latir con fuerza. Eleanor continuó hablando.

—Lleva muchos meses negándose a mostrar ese texto a nadie.

Hizo una breve pausa.

—Y, por razones que todavía no alcanzo a comprender del todo, sospecho que usted puede convertirse en la primera persona capaz de convencerlo de que, algunas veces, una historia necesita abandonar el escondite donde ha permanecido demasiado tiempo para empezar, por fin, a pertenecer también a los demás.