Capítulo 9. La temporada social
Los primeros días de mayo transformaban Londres con una puntualidad casi ceremonial.
La ciudad, durante tantos meses envuelta en nieblas, lluvias persistentes y un cielo de plomo que parecía desdibujar los contornos de edificios y personas, recuperaba lentamente el color bajo una luz todavía tímida que bastaba, sin embargo, para alterar el ritmo de la vida social.
Las grandes familias aristocráticas regresaban de sus propiedades rurales para instalarse en sus residencias londinenses.
Los carruajes volvían a desfilar por Hyde Park con una elegancia estudiada; los clubes privados recuperaban su bullicio habitual; los teatros estrenaban nuevas producciones; las galerías abrían exposiciones destinadas a atraer tanto a auténticos amantes del arte como a quienes solo acudían para dejarse ver.
La denominada temporada social no consistía únicamente en una sucesión de bailes, conciertos y cenas.
Era una compleja maquinaria donde se negociaban matrimonios, alianzas políticas, inversiones comerciales y reputaciones familiares.
Bajo el refinamiento de los modales se ocultaba un mundo gobernado por jerarquías invisibles cuya rigidez apenas había comenzado a suavizarse con el nuevo siglo.
Abigail contemplaba aquel espectáculo con la distancia de quien pertenecía a él solo de manera tangencial.
Había recibido una educación suficiente para desenvolverse con naturalidad en aquellos ambientes, pero nunca había compartido la fascinación que tantas jóvenes sentían por los grandes salones de baile.
Prefería, infinitamente, una tarde tranquila entre estanterías a cualquier recepción donde las conversaciones parecían cuidadosamente diseñadas para no decir nunca aquello que realmente importaba.
Nathaniel solía bromear afirmando que poseía un raro talento para localizar en una habitación a la única persona interesada en hablar de libros mientras todos los demás discutían sobre política, caballos o herencias.
Aquella mañana, sin embargo, la temporada social llamó literalmente a la puerta de la librería.
Una elegante mujer de unos cuarenta años entró acompañada por una joven doncella que sostenía varias cajas cuidadosamente envueltas.
Su porte revelaba una educación exquisita antes incluso de pronunciar palabra.
Era alta, de complexión esbelta, con el cabello castaño oscuro recogido bajo un sombrero adornado discretamente con plumas azul marino.
Su rostro poseía esa belleza serena que el tiempo no destruye, sino que transforma en autoridad, y sus ojos grises observaban cuanto la rodeaba con una inteligencia acostumbrada a distinguir lo esencial de lo accesorio.
Arthur levantó inmediatamente la vista.
—Lady Margaret Ellington.
La dama sonrió con afecto.
—Arthur. Veo que continúas vigilando esta librería como si fuera una extensión de tu propia casa.
—Hace muchos años que dejó de ser solo una librería.
Lady Margaret dirigió entonces su atención hacia Abigail.
—Y usted debe de ser la señorita Turner.
Su voz era suave, pero transmitía una seguridad poco común.
—Es un placer conocerla.
—El placer es mío, lady Ellington.
La aristócrata recorrió lentamente el establecimiento con una mirada cargada de nostalgia.
—Nathaniel fue uno de mis mejores amigos durante casi treinta años. Me alegra comprobar que este lugar sigue conservando exactamente la misma atmósfera.
Mientras hablaban, la doncella depositó las cajas sobre el mostrador.
—He traído algunos libros para restaurar y varios ejemplares que deseo donar a la biblioteca benéfica que organizaremos este verano.
Abigail comenzó a revisar cuidadosamente el contenido.
Había primeras ediciones de poesía romántica, varias traducciones francesas y un conjunto extraordinariamente bien conservado de ensayos históricos.
—Es una colección magnífica.
Lady Margaret sonrió.
—Pertenecieron a mi esposo.
No añadió nada más, pero el ligero cambio de expresión bastó para que Abigail comprendiera que era viuda desde hacía tiempo.
Mientras Arthur examinaba uno de los volúmenes más antiguos, la dama continuó hablando.
—Precisamente he venido también por otro motivo. Dentro de dos semanas organizaremos una velada literaria en nuestra residencia de Grosvenor Square. Nathaniel nunca faltaba. Sería una alegría que aceptara ocupar su lugar.
Abigail dudó.
—No estoy segura de ser la persona adecuada.
—Precisamente por eso lo es.
Lady Margaret sonrió con esa clase de elegancia que convertía una afirmación en algo difícil de rechazar.
—Necesitamos más personas interesadas en los libros que en los títulos nobiliarios.
Arthur intervino con una discreta inclinación de cabeza.
—Le hará bien salir un poco de entre estas estanterías.
Abigail lanzó al anciano una mirada divertida.
—¿Pretende librarse de mí durante una noche?
—Solo comprobar si la librería sobrevive unas horas sin su vigilancia.
Aceptó finalmente la invitación.
Después de despedirse de Lady Margaret, Arthur permaneció unos segundos observando la puerta cerrada.
—Es una mujer extraordinaria.
—Da esa impresión.
—Y conoce prácticamente a todas las familias importantes de Inglaterra.
Aquella observación despertó inmediatamente la curiosidad de Abigail.
—¿También conoce a los Fairfax?
Arthur levantó lentamente la vista.
—Muy bien.
Aquella respuesta quedó suspendida entre ambos.
Abigail comprendió que el anciano esperaba la siguiente pregunta.
—¿Quién es realmente William Fairfax?
Arthur permaneció en silencio durante un largo instante.
—No me corresponde responder a eso.
—¿Ni siquiera después de todo lo que he descubierto?
—Precisamente por eso.
Abigail dejó escapar un leve suspiro.
—Empiezo a pensar que todos ustedes participan en algún extraño pacto de silencio.
Arthur sonrió con melancolía.
—No es un pacto.
—Entonces ¿qué es?
El anciano sostuvo su mirada.
—Respeto.
Aquella única palabra bastó para terminar la conversación.
Dos días más tarde, William apareció nuevamente en la librería.
Era miércoles. Todo parecía haber recuperado la normalidad, sin embargo, desde que conocía su nombre, Abigail lo observaba de un modo diferente.
Ya no era una figura envuelta únicamente en misterio.
Poco a poco comenzaban a perfilarse los contornos de una vida concreta.
Existían amigos que lo apreciaban sinceramente.
Personas que respetaban su inteligencia.
Un círculo donde era recibido con afecto.
También intuía que pertenecía a una familia importante, quizá aristocrática.
Pero, paradójicamente, cuanto más aprendía acerca de él, menos comprendía la razón de su permanente reserva.
William dejó sobre el mostrador el libro correspondiente a aquella semana.
—Espero no haber abusado demasiado del margen esta vez.
Abigail abrió el volumen.
Las anotaciones eran, una vez más, extraordinarias.
—Empiezo a creer que algunos autores escribirían mejor si supieran que usted terminará leyendo sus libros.
William sonrió.
—Eso sería una presión excesiva para cualquiera.
Mientras envolvía el nuevo ejemplar, Abigail decidió cambiar deliberadamente el rumbo de la conversación.
—Lady Margaret Ellington ha tenido la amabilidad de invitarme a su velada literaria.
William levantó ligeramente la vista.
—Es una excelente anfitriona.
—¿Usted asistirá?
Hubo una breve pausa.
—Probablemente.
—Entonces volveremos a encontrarnos.
Él sostuvo su mirada con una serenidad que ya comenzaba a resultarle familiar.
—Eso parece.
Cuando tomó el paquete, pareció disponerse a marcharse, pero se detuvo.
—Señorita Turner.
—¿Sí?
—Quisiera pedirle un favor.
Aquella petición la sorprendió.
—Si está en mi mano...
William permaneció unos segundos buscando cuidadosamente las palabras.
—Cuando llegue la velada... procure no escuchar demasiado lo que digan de mí quienes crean conocerme.
Abigail frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
Una leve melancolía asomó en sus ojos.
—Porque la sociedad siente una extraña afición por convertir a las personas en personajes.
No esperó respuesta.
Se despidió con la misma cortesía de siempre y salió a la calle.
Abigail permaneció observando la puerta varios segundos.
Arthur, que había escuchado la última parte de la conversación desde el extremo de la librería, se aproximó lentamente.
—Es un consejo sensato.
—¿Tan distinta es la imagen que los demás tienen de él?
El anciano respondió con una serenidad cargada de experiencia.
—Las familias importantes llevan generaciones aprendiendo a fabricar apariencias, Abigail. Algunas son verdaderas. Otras resultan tan convincentes que terminan sustituyendo a la realidad.
Ella volvió a mirar el lugar por donde William acababa de desaparecer. Comprendió entonces que la próxima velada no solo le permitiría conocer mejor la alta sociedad londinense.
También sería la primera ocasión en la que contemplaría a William Fairfax dentro del mundo al que realmente pertenecía. Una intuición difícil de explicar comenzó a instalarse lentamente en su interior.
La verdadera identidad de un hombre no siempre se revelaba cuando hablaba de sí mismo.
A veces aparecía con mucha mayor claridad en el modo en que los demás pronunciaban su nombre cuando él no estaba presente para escucharlos.