La Librería de Bloomsbury Capítulo 8. Una lectura privada
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Capítulo 8. Una lectura privada

Durante unos instantes, el salón de la residencia del doctor Pembroke pareció adquirir una cualidad irreal, como si el tiempo hubiera ralentizado discretamente su marcha para permitir que determinadas miradas se encontraran antes de que las palabras volvieran a ocupar el espacio.

Abigail permanecía inmóvil junto a una de las altas estanterías de nogal, sosteniendo todavía la copa de jerez que apenas había probado.

El nombre de William Fairfax continuaba resonando en su memoria con una fuerza inesperada.

Era un nombre sobrio, antiguo, perteneciente a una familia cuya posición social podía adivinarse incluso antes de conocer su historia.

Encajaba, pensó, con la elegancia contenida de aquel hombre, con la impecable educación que nunca abandonaba sus gestos y con esa forma casi aristocrática de desplazarse por cualquier estancia sin llamar deliberadamente la atención y, sin embargo, terminar convirtiéndose en un punto de referencia inevitable para quienes lo rodeaban.

William tampoco apartó inmediatamente la mirada.

Existía en sus ojos grises una inteligencia extraordinariamente disciplinada, acostumbrada a observar antes de hablar y a medir cada reacción propia con el mismo rigor con que un escritor revisa el ritmo de una frase antes de permitirle abandonar la intimidad del manuscrito.

Sin embargo, aquella disciplina había sufrido una leve fisura.

Abigail la percibió porque llevaba semanas estudiando pequeños cambios de expresión que para cualquier otro habrían pasado inadvertidos.

Apenas un ligero endurecimiento de la mandíbula.

Un brevísimo silencio antes de responder al saludo del doctor Pembroke.

Una respiración algo más profunda al descubrir su presencia entre los asistentes.

Nada más. Pero bastaba para comprender que aquella coincidencia alteraba tanto sus planes como los de ella.

—William —dijo Sebastian Whitmore acercándose con entusiasmo—. Si hubieras tardado cinco minutos más, Julian habría conseguido convencernos de que Shakespeare escribió las novelas de Edmund Ashford desde la tumba.

Julian Harcourt respondió con fingida indignación.

—Jamás he formulado semejante barbaridad. Solo sostengo que el misterio es una excelente estrategia comercial.

William permitió que una sonrisa discreta suavizara sus facciones.

—El problema de las estrategias comerciales es que terminan interesando más que los libros.

La frase provocó algunas risas.

Abigail volvió a escuchar aquella voz en un contexto completamente distinto.

En la librería hablaba con serenidad íntima, casi confidencial; allí, rodeado de escritores, profesores y editores, mantenía exactamente el mismo tono.

No modificaba su manera de expresarse para impresionar a nadie.

Esa coherencia reforzaba la impresión que ya comenzaba a formarse acerca de su carácter.

William Fairfax parecía uno de esos hombres cuya vida interior era tan sólida que no necesitaba adaptarse continuamente al juicio ajeno.

El doctor Pembroke pidió a todos que tomaran asiento alrededor de una gran mesa ovalada donde descansaban varias carpetas repletas de manuscritos.

Aquella era la verdadera razón de las reuniones mensuales.

Cada participante presentaba fragmentos de trabajos propios o ajenos para ser comentados con absoluta sinceridad.

No existían jerarquías. Un profesor universitario podía recibir observaciones de un librero; un novelista consagrado aceptaba críticas de una lectora aficionada.

El único requisito consistía en dejar el orgullo fuera de la habitación.

Abigail quedó fascinada desde los primeros minutos.

Había imaginado un salón donde abundarían los elogios educados y las opiniones prudentes.

Encontró exactamente lo contrario. Eleanor Marsh desmontó con precisión quirúrgica un capítulo entero de la nueva novela de Julian Harcourt sin elevar jamás la voz ni recurrir a la ironía.

Sebastian Whitmore señaló problemas de ritmo en una colección de relatos presentada por un joven periodista.

Arthur Holloway dedicó casi diez minutos a explicar por qué el desenlace de un ensayo histórico debilitaba las tesis defendidas en sus primeras páginas.

Lo extraordinario era que nadie parecía ofenderse.

Discutían con intensidad, pero también con una honestidad intelectual que Abigail rara vez había visto reunida en un mismo lugar.

Cuando terminó la lectura del último manuscrito, Pembroke se volvió hacia William.

—Hace meses que no traes nada.

William negó suavemente.

—No he terminado lo que estoy escribiendo.

Sebastian soltó una carcajada.

—Eso llevas diciéndolo casi un año.

—Porque sigo creyéndolo.

—Ningún escritor termina nunca un libro, William. Simplemente llega el día en que el editor deja de aceptar correcciones.

—En eso tienes razón.

La conversación pasó rápidamente a otro asunto, pero Abigail permaneció detenida en aquella breve intervención.

Lo que estoy escribiendo . No había dicho lo que intento escribir .

Ni el libro que preparo . Había hablado con la naturalidad de quien dedicaba gran parte de su existencia a escribir.

Nadie pareció sorprenderse. Tal vez todos conocían aquella faceta suya.

Al concluir la reunión formal, los asistentes comenzaron a dispersarse por la biblioteca mientras los criados servían café y pequeñas pastas de mantequilla.

Abigail se acercó a uno de los ventanales desde donde podía contemplarse el jardín posterior, cuidadosamente diseñado con senderos de grava blanca, rosales trepadores y antiguos tejos recortados en formas geométricas.

El aire fresco que entraba por la hoja entreabierta resultaba agradable después del calor acumulado en el salón.

—Supongo que ahora conoce mi nombre.

La voz sonó a su espalda.

Abigail se volvió.

William permanecía a pocos pasos de distancia, sosteniendo una taza de café que apenas había probado.

Bajo la luz más suave del jardín su rostro mostraba matices que la iluminación de la librería ocultaba habitualmente.

Era un hombre de poco más de treinta y cinco años, alto, de complexión esbelta, hombros rectos y manos largas marcadas por pequeñas cicatrices casi invisibles producidas, imaginó ella, por años de manipular plumas, papel y encuadernaciones antiguas.

Su cabello oscuro comenzaba a mostrar discretos reflejos castaños bajo el sol de la tarde, mientras una leve sombra de cansancio rodeaba unos ojos cuya serenidad parecía esconder innumerables horas de vigilia.

—Sí —respondió Abigail—. Aunque sospecho que usted conocía el mío desde hace bastante más tiempo.

Él no intentó negarlo.

—Arthur me habló de usted poco después de que heredara la librería.

—¿Y por eso empezó a acudir cada miércoles?

William sonrió muy levemente.

—No. Llevaba muchos años haciéndolo.

Aquella respuesta eliminó una sospecha que Abigail ni siquiera había confesado a sí misma.

Permanecieron unos segundos contemplando el jardín.

Fue ella quien rompió el silencio.

—No imaginaba encontrarlo aquí.

—Yo tampoco esperaba verla.

Había sinceridad en aquella afirmación.

—¿Hace mucho que forma parte de este círculo?

—Desde que tenía veintitrés años.

—Entonces todos ellos conocen que escribe.

William dirigió hacia ella una mirada pausada.

—Saben que escribo.

La respuesta era exacta. Deliberadamente exacta. No añadía nada más.

Abigail decidió no insistir. Había comprendido que aquel hombre respondía con absoluta honestidad a cualquier pregunta... siempre que la pregunta respetara los límites que él había decidido establecer. Forzarlos solo conseguiría levantar un muro todavía más alto.

En ese momento Eleanor Marsh se acercó a ellos.

—William.

Él volvió la cabeza.

—Eleanor.

La novelista observó alternativamente a ambos con una perspicacia casi divertida.

—Veo que ya se conocen.

—La señorita Turner administra la librería de Russell Street.

—Lo sé.

Eleanor sonrió.

—Nathaniel habría disfrutado enormemente viendo esta conversación.

William bajó discretamente la mirada.

—Lo echo mucho de menos.

No era una frase convencional.

La tristeza con que fue pronunciada revelaba un afecto profundo.

Eleanor apoyó suavemente una mano sobre su brazo.

—Todos nosotros.

Después de intercambiar unas palabras más, la novelista se alejó.

Abigail permaneció pensativa.

—Nathaniel era importante para usted.

William tardó unos segundos en responder.

—Fue el primer hombre que leyó algo escrito por mí sin preguntarme antes quién era mi padre, cuánto dinero tenía mi familia o qué utilidad práctica pensaba obtener escribiendo novelas.

Aquella confesión sorprendió a Abigail.

—¿Su familia no aprobaba que escribiera?

Una sombra apenas perceptible atravesó el rostro de William.

—Digamos que tenían otros planes para mi vida.

No añadió nada más, sin embargo, aquella breve respuesta bastó para despertar nuevas preguntas.

Antes de que pudiera formular alguna, el doctor Pembroke anunció que varios asistentes deseaban escuchar la lectura de un manuscrito recibido aquella misma semana. Era una costumbre improvisada que solo se producía cuando alguien llevaba un texto especialmente prometedor.

—William —dijo el doctor con una sonrisa—. ¿Te importaría leerlo? Sabes mejor que nadie cómo hacer respirar un párrafo.

William pareció vacilar. Finalmente aceptó. Tomó el manuscrito, permaneció unos segundos en silencio recorriendo las primeras líneas y comenzó a leer.

Abigail olvidó inmediatamente el texto. Lo que la cautivó fue la voz.

William no interpretaba las frases ni exageraba las emociones.

Simplemente comprendía cada palabra antes de pronunciarla.

Su lectura poseía un ritmo hipnótico, lleno de pausas precisas, de silencios cuidadosamente colocados y de una musicalidad tan natural que incluso un manuscrito mediocre parecía adquirir inesperada dignidad.

Mientras lo observaba leer, Abigail sintió una certeza completamente distinta de todas las anteriores. No sabía todavía si William Fairfax era Edmund Ashford, pero ya no tenía ninguna duda de que estaba contemplando a uno de los mejores escritores que había conocido jamás.

Y comprendió, con una mezcla de admiración y de inquietud creciente, que el verdadero misterio quizá no consistía en descubrir quién era aquel hombre, sino en averiguar qué dolor, qué antigua renuncia o qué promesa olvidada lo había llevado a ocultar un talento tan extraordinario detrás de un silencio que parecía haberse convertido, con el paso de los años, en la parte más inseparable de su propia identidad.