La Librería de Bloomsbury Capítulo 7. El círculo literario
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Capítulo 7. El círculo literario

El descubrimiento de la caligrafía idéntica no proporcionó a Abigail la satisfacción serena que suele acompañar a las certezas.

Al contrario, la dejó instalada en una inquietud mucho más profunda.

Hasta entonces había perseguido una sospecha nacida de intuiciones dispersas; ahora poseía un indicio material que vinculaba al misterioso cliente con un manuscrito inédito depositado años atrás en manos de Nathaniel Turner.

Sin embargo, aquel vínculo no resolvía el enigma principal.

Lo ampliaba. Porque si el desconocido era realmente el autor de aquellas páginas, ¿por qué ocultaba su identidad con tanto empeño?

¿Qué podía ganar un escritor renunciando al reconocimiento que toda una nación parecía dispuesta a concederle?

Abigail conocía bien el mundo editorial gracias a las conversaciones mantenidas durante las últimas semanas con Sebastian Whitmore y otros clientes habituales.

Sabía cuánto sacrificio exigía publicar una novela, cuánto trabajo silencioso se escondía detrás de cada volumen cuidadosamente colocado sobre una estantería.

Resultaba difícil creer que alguien capaz de escribir con semejante sensibilidad rechazara deliberadamente la posibilidad de firmar sus propias obras.

Arthur Holloway no volvió a mencionar el manuscrito durante el resto de la jornada.

Lo guardó cuidadosamente en uno de los cajones del despacho de Nathaniel junto con la carta firmada únicamente con aquella misteriosa inicial y continuó trabajando con la serenidad habitual.

Abigail comprendió que aquella decisión obedecía a una forma muy particular de respeto.

El anciano no pretendía alimentar la curiosidad mediante especulaciones precipitadas.

Estaba convencido de que algunas respuestas solo podían alcanzarse cuando llegaba el momento oportuno y que forzar ese instante equivalía a estropear una buena historia contándola antes de tiempo.

Tres días después, mientras ordenaban las novedades editoriales, Arthur anunció una noticia con aparente indiferencia.

—Esta noche tenemos reunión.

Abigail levantó la vista.

—¿Reunión?

—El círculo literario.

Ella dejó el libro que sostenía.

—No sabía que existiera uno.

Arthur sonrió.

—Existe desde mucho antes de que usted llegara a Londres. Y probablemente continuará existiendo cuando nosotros ya no estemos aquí.

—¿Quiénes participan?

—Depende del mes. Profesores, poetas, periodistas, algún editor, un dramaturgo insoportablemente vanidoso al que todos fingimos soportar, dos viudas que leen más que cualquiera de nosotros y varios escritores.

Abigail sintió un interés inmediato.

—¿Escritores conocidos?

—Algunos.

—¿Y también...?

No terminó la pregunta.

Arthur comprendió perfectamente el nombre que había quedado suspendido en el aire.

—No. Edmund Ashford nunca ha asistido.

Aquella respuesta produjo en Abigail una mezcla de decepción y alivio. Una parte de ella había imaginado, sin demasiado fundamento, que quizá encontraría allí alguna pista definitiva.

La reunión se celebraba una vez al mes en el salón principal de la residencia del doctor Horace Pembroke, un médico jubilado cuya inmensa fortuna le había permitido reunir una de las bibliotecas privadas más admiradas de Bloomsbury.

La casa ocupaba una elegante esquina cercana a Russell Square y conservaba el aspecto distinguido de las grandes residencias victorianas.

La fachada de ladrillo rojizo estaba parcialmente cubierta por hiedra, mientras dos altas columnas de piedra enmarcaban la puerta principal.

Al atravesar el vestíbulo, Abigail sintió inmediatamente que entraba en un lugar donde los libros constituían algo más que un elemento decorativo.

Había estanterías en los pasillos, en la escalera principal, en el comedor e incluso en un pequeño invernadero interior donde varios sillones invitaban a leer bajo la luz filtrada por la cristalera.

El doctor Pembroke recibió personalmente a los invitados.

Era un hombre de cerca de setenta años, robusto, de rostro ancho y expresión extraordinariamente afable.

Su cabello completamente blanco contrastaba con unas espesas cejas oscuras que parecían desafiar el paso del tiempo.

Hablaba con una voz grave y pausada, adquirida durante décadas de consulta médica, y poseía el raro talento de hacer sentir importantes a quienes conversaban con él.

—La señorita Turner, supongo.

Estrechó cordialmente su mano.

—Nathaniel me habló de usted mucho antes de conocerla.

Aquella frase comenzaba a resultarle familiar.

Nathaniel había sembrado su nombre entre sus amistades con una discreción casi paternal.

Poco a poco fueron llegando los demás asistentes.

Abigail conoció a Eleanor Marsh, una novelista viuda de unos cincuenta años cuya ironía elegante convertía cualquier conversación en un ejercicio de inteligencia.

Era una mujer alta, de porte impecable, ojos verdes extraordinariamente penetrantes y un cabello plateado recogido con sobria elegancia.

Su fama literaria era considerable, aunque ella parecía conceder mucha más importancia a las novelas ajenas que a las propias.

También fue presentada a Julian Harcourt, un dramaturgo de éxito cuyo refinamiento natural convivía con una vanidad apenas disimulada. Vestía con una elegancia casi teatral y hablaba como si siempre hubiera un público invisible escuchando sus frases.

—Las librerías independientes son las últimas embajadas de la civilización —declaró nada más conocer a Abigail—. Cuando desaparezcan, comenzará definitivamente la barbarie.

Eleanor sonrió.

—Julian lleva veinte años anunciando el fin de la civilización.

—Y, como puede comprobar, continúa acercándose.

Las risas suavizaron inmediatamente el ambiente.

Durante la primera hora las conversaciones se dispersaron por pequeños grupos.

Se habló de poesía francesa, de las recientes excavaciones arqueológicas en Egipto, de las nuevas técnicas de impresión y de la creciente popularidad de las novelas por entregas.

Abigail escuchaba con auténtico interés.

A diferencia de muchos salones sociales que había conocido en Bath, allí nadie parecía conversar para exhibir conocimientos.

Incluso las discrepancias surgían con una cordialidad intelectual que convertía el desacuerdo en un estímulo antes que en una rivalidad.

Fue Sebastian Whitmore quien terminó conduciendo inevitablemente la conversación hacia el tema que más intrigaba a todos.

—Señoras y señores, propongo la cuestión que llevamos meses evitando.

Julian Harcourt suspiró teatralmente.

—Otra vez Edmund Ashford.

—Naturalmente.

Whitmore tomó una copa de jerez.

—Mi imprenta está recibiendo cartas de lectores convencidos de que el hombre no existe.

—Quizá tengan razón —respondió Eleanor con absoluta tranquilidad.

El profesor Meredith, que acababa de llegar, negó lentamente con la cabeza.

—Las novelas existen.

—Eso nadie lo discute.

—Entonces alguien las escribe.

Julian intervino con gesto divertido.

—O varios.

Sebastian señaló con el dedo.

—Esa sigue siendo mi teoría favorita.

—¿Un grupo de escritores?

—Exactamente.

Eleanor negó suavemente.

—Imposible.

—¿Por qué?

La novelista respondió sin vacilar.

—Porque todas las novelas poseen exactamente la misma respiración.

Aquella expresión llamó la atención de Abigail.

—¿Respiración?

Eleanor volvió la mirada hacia ella.

—Cada escritor desarrolla un ritmo imposible de imitar completamente.

No hablo del vocabulario ni del estilo superficial.

Hablo de esa música secreta que organiza las frases cuando nadie está prestando atención.

Es como reconocer la voz de un amigo detrás de una puerta cerrada.

Puede disfrazarse, cambiar el tono o hablar otro idioma. Pero sigue siendo la misma voz.

Abigail recordó inmediatamente las anotaciones manuscritas del misterioso cliente.

La misma respiración. La misma cadencia. La misma forma de construir el pensamiento.

Mientras la conversación continuaba, una criada abrió discretamente la puerta del salón.

Se acercó al doctor Pembroke y le susurró unas palabras al oído.

El anciano sonrió.

—Parece que tenemos un invitado inesperado.

Todos dirigieron la mirada hacia la entrada. Un hombre alto acababa de cruzar el umbral. Vestía un sobrio traje gris oscuro perfectamente cortado y sostenía los guantes en una mano.

Abigail sintió que el corazón le daba un vuelco. Era el cliente de los miércoles.

Durante una fracción de segundo sus miradas se encontraron. La sorpresa fue mutua. Él no esperaba verla allí. Ella tampoco.

El doctor Pembroke avanzó hacia el recién llegado con evidente afecto.

—Pensábamos que volvería a excusarse este mes.

El caballero respondió con una leve sonrisa.

—Yo también lo pensaba.

Entonces Pembroke se volvió hacia el resto de los asistentes.

—Permítanme presentarles formalmente a un viejo amigo de esta casa.

El silencio fue absoluto.

Abigail sintió que todas las piezas del rompecabezas estaban a punto de encajar.

—El señor William Fairfax.

Por primera vez, el hombre que durante semanas había permanecido oculto tras el anonimato tenía un nombre.

William Fairfax.

Él realizó una correcta inclinación ante los presentes.

Cuando sus ojos volvieron a encontrarse con los de Abigail, una expresión apenas perceptible cruzó su rostro.

No era miedo, ni incomodidad. Era la serena resignación de un hombre que acababa de comprender que el delicado muro construido durante años para separar dos vidas distintas empezaba, muy lentamente, a resquebrajarse.