Capítulo 6. Manuscritos olvidados
La nota permaneció sobre el escritorio de Abigail durante toda la noche.
Después de cerrar la librería y despedirse de Arthur Holloway, había subido al pequeño apartamento situado sobre el establecimiento con la intención de leer durante un rato antes de dormir, pero el volumen que había escogido permanecía abierto sobre su regazo sin que lograra avanzar más allá de las primeras páginas.
La breve frase escrita por el desconocido regresaba una y otra vez a su memoria con una insistencia que desafiaba su aparente sencillez.
No había en ella ninguna confesión, ninguna explicación y tampoco un rechazo.
Era una advertencia formulada con cortesía, casi con delicadeza, pero no por ello menos firme.
Quien la había escrito conocía perfectamente el peligro de determinadas preguntas.
No porque las respuestas fueran imposibles, sino porque podían alterar de manera irreversible la vida de quienes llegaran a conocerlas.
Se levantó de la butaca y caminó hasta la ventana.
Desde allí contempló las calles silenciosas de Bloomsbury, donde la lluvia había dejado sobre los adoquines un brillo metálico que reflejaba la escasa luz de las farolas.
Algunas ventanas permanecían iluminadas, revelando la presencia de estudiantes inclinados sobre sus apuntes, matrimonios reunidos junto al fuego o ancianos que prolongaban la lectura antes de acostarse.
Londres nunca dormía del todo. Siempre existía alguien escribiendo una carta, terminando un manuscrito o leyendo un libro mientras el resto de la ciudad descansaba.
Pensó, inevitablemente, en el misterioso caballero.
¿Qué estaría haciendo a aquella misma hora?
¿Escribiría? ¿Corregiría páginas? ¿O simplemente pasearía por alguna habitación de una casa demasiado grande, luchando con las mismas dudas que acompañaban a tantos escritores cuando el silencio de la noche dejaba de protegerlos de sí mismos?
Apartó aquellos pensamientos con un gesto casi impaciente.
No podía permitirse construir una imagen de un hombre al que apenas conocía.
La fascinación intelectual era comprensible; la idealización, en cambio, resultaba peligrosa.
Su experiencia como institutriz le había enseñado que las personas tendían a completar con imaginación aquello que ignoraban de los demás, y pocas decepciones eran tan profundas como descubrir que la realidad rara vez coincidía con la perfección inventada.
La mañana siguiente amaneció luminosa, circunstancia tan poco frecuente que parecía haber transformado incluso el ánimo de los transeúntes.
El sol se abría paso entre las nubes con una timidez casi británica, iluminando las fachadas georgianas y arrancando destellos dorados de los cristales todavía húmedos.
Arthur ya se encontraba en la librería cuando Abigail descendió.
Lo encontró sobre una escalera de mano, revisando el contenido de los estantes superiores donde se almacenaban las primeras ediciones menos solicitadas.
El anciano sostenía un plumero en una mano y un grueso volumen encuadernado en cuero en la otra, alternando el trabajo de limpieza con la inevitable tentación de detenerse a leer fragmentos de cuanto encontraba.
—Buenos días —saludó Abigail.
Arthur levantó la vista.
—Ha dormido poco.
Ella sonrió con resignación.
—Empiezo a pensar que usted posee un talento incómodamente desarrollado para observar a los demás.
—No hacía falta mucho talento. Tiene la misma expresión que tenía Nathaniel cuando algún libro no dejaba de darle vueltas en la cabeza.
Aquella comparación le produjo una inesperada ternura.
—¿También le ocurría con frecuencia?
—Los buenos libreros terminan viviendo rodeados de preguntas.
Descendió de la escalera con cierta lentitud y, tras dejar el libro en su sitio, añadió con tono más reflexivo:
—Existe una diferencia importante entre vender libros y convivir con ellos. Los primeros solo ocupan espacio. Los segundos terminan ocupando pensamiento.
Antes de que Abigail pudiera responder, llamaron a la puerta trasera de la librería.
Era el repartidor habitual de la empresa de transporte, un joven pecoso llamado Thomas Briggs cuya energía parecía inagotable. Siempre llegaba silbando alguna melodía popular, cargado de cajas cuya mitad transportaba sobre los hombros y la otra mitad sostenía milagrosamente con una sola mano.
—¡Buenos días, señor Holloway! ¡Señorita Turner!
Entró dejando tres cajas sobre el suelo.
—Hay un envío para ustedes... y otro que nadie ha reclamado desde hace casi un mes. El almacén dice que pertenece a esta dirección.
Arthur frunció ligeramente el ceño.
—¿Un mes?
—Eso pone aquí.
El joven entregó un pequeño paquete rectangular cuidadosamente envuelto en papel marrón. No llevaba sello editorial ni membrete comercial. Solo una inscripción manuscrita.
Para el señor Nathaniel Turner. Personal.
Abigail intercambió una mirada con Arthur.
—Debe de haber llegado poco después de su fallecimiento.
El anciano asintió lentamente.
—Parece que sí.
Una vez que Thomas se marchó, ambos permanecieron observando el paquete durante algunos segundos.
—¿Cree que debería abrirlo? —preguntó Abigail.
Arthur reflexionó antes de responder.
—Si Nathaniel hubiera querido destruirlo, lo habría hecho antes de morir. Si alguien se lo envió a la librería, probablemente esperaba que terminara aquí.
Aquella explicación parecía razonable.
Abigail cortó cuidadosamente el cordel.
En el interior apareció un grueso manuscrito perfectamente ordenado. Las hojas estaban mecanografiadas con una precisión impecable y sujetas mediante una sencilla cinta azul. No figuraba título alguno en la portada.
Solo una palabra.
Revisión.
Junto al manuscrito descansaba una carta.
El sobre no estaba cerrado.
Abigail comenzó a leer en voz alta.
"Estimado Nathaniel:
Como tantas otras veces, vuelvo a pedirte el favor de leer estas páginas antes de que abandonen definitivamente mis manos.
Sabes mejor que nadie que nunca he confiado del todo en mi propio juicio.
Tú posees una rara capacidad para distinguir cuándo una historia está terminada y cuándo solo está cansada de seguir corrigiéndose.
Si consideras que aún le falta verdad, no dudes en decírmelo con la misma franqueza de siempre.
W."
La carta terminaba allí.
Nada más.
Ni apellido.
Ni dirección.
Solo una inicial.
Arthur tomó lentamente el manuscrito.
Su expresión cambió de inmediato.
No era sorpresa.
Era reconocimiento.
Abigail lo observó atentamente.
—¿Conoce esa letra?
El anciano pasó los dedos sobre el borde de las hojas.
—No.
Hizo una breve pausa.
—Pero conozco esa costumbre.
—¿Qué quiere decir?
—Nathaniel leía manuscritos para muy pocas personas. Solo aceptaba hacerlo cuando confiaba profundamente en el autor.
Abigail volvió a mirar la firma.
"W."
Aquella inicial despertó inmediatamente una asociación inevitable.
William.
No sabía por qué ese nombre apareció antes que cualquier otro.
Quizá porque, sin darse cuenta, ya había comenzado a buscar un nombre para el hombre que visitaba la librería cada miércoles.
Abrió el manuscrito por la primera página.
Las primeras líneas bastaron para detener su respiración durante un instante.
La prosa era elegante sin esfuerzo, rica sin ostentación y poseía una musicalidad extraordinaria.
Cada frase parecía avanzar con la cadencia de una conversación íntima, construyendo imágenes de una nitidez poco común sin recurrir jamás al exceso descriptivo.
Abigail había leído a los mejores novelistas ingleses de su tiempo y reconocía inmediatamente cuándo un texto poseía esa cualidad casi inexplicable que distinguía a los grandes escritores de los simplemente competentes.
Entonces reparó en algo aún más sorprendente.
Había pequeñas correcciones manuscritas realizadas directamente sobre las páginas mecanografiadas.
La caligrafía era inconfundible.
La misma que aparecía en los márgenes de los libros devueltos cada miércoles.
Las mismas letras largas y elegantes.
La misma inclinación ligeramente hacia la derecha.
La misma forma de cerrar las aes y prolongar los trazos finales de las ges.
Sintió un escalofrío recorrerle lentamente la espalda.
No necesitaba comparar ambas escrituras.
Lo supo en el mismo instante en que las vio.
Arthur observó el rostro de Abigail y comprendió exactamente qué acababa de descubrir.
—Ya lo ha visto.
Ella levantó lentamente la vista.
Su voz apenas fue un susurro.
—Es la misma letra.
El anciano no respondió inmediatamente.
Solo después de unos largos segundos habló con la serenidad de quien conoce el peso de determinadas palabras.
—Sí.
Abigail sintió que todas las piezas comenzaban, por fin, a aproximarse unas a otras.
Todavía faltaban nombres. Faltaban explicaciones, faltaban pruebas concluyentes, pero el hombre que escribía en los márgenes de los libros... también corregía manuscritos inéditos destinados a Nathaniel Turner.
Y, por primera vez, Abigail dejó de preguntarse si existía una relación entre el misterioso cliente y el enigmático Edmund Ashford.
La verdadera pregunta era otra mucho más inquietante.
¿Por qué un escritor con semejante talento había decidido desaparecer del mundo hasta el punto de esconder incluso su propio nombre?