La Librería de Bloomsbury Capítulo 5. Conversaciones entre estanterías
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Capítulo 5. Conversaciones entre estanterías

La sospecha, una vez instalada en el pensamiento de Abigail, adquirió la naturaleza persistente de esas melodías que continúan sonando mucho después de que la música haya terminado.

No se trataba de una convicción firme, ni siquiera de una hipótesis razonable desde un punto de vista estrictamente lógico.

Era, más bien, una impresión nacida de una acumulación de pequeños detalles cuya importancia individual resultaba insignificante, pero que, reunidos, comenzaban a formar un dibujo difícil de ignorar.

Su formación la impulsaba a desconfiar de las conclusiones precipitadas.

Había enseñado durante años a sus alumnas que la inteligencia consistía, en gran medida, en soportar durante algún tiempo la incertidumbre sin apresurarse a llenarla de respuestas cómodas.

Ahora debía aplicarse aquella misma lección.

Sin embargo, cuanto más intentaba apartar de su mente la figura del misterioso cliente de los miércoles, más regresaban a ella la serenidad de sus movimientos, la precisión con la que elegía cada palabra y aquella respuesta acerca de la próxima novela de Edmund Ashford, pronunciada con una naturalidad que solo podía pertenecer a alguien extraordinariamente cercano al escritor... o al propio escritor.

Arthur Holloway parecía advertir aquella lucha silenciosa sin necesidad de formular pregunta alguna.

El anciano poseía una rara capacidad para respetar los procesos interiores de las personas.

Nunca apresuraba una confidencia ni forzaba una conversación.

Se limitaba a permanecer disponible, como permanecían los libros sobre las estanterías, esperando el momento oportuno para ser abiertos.

La mañana del viernes comenzó con una intensa actividad.

Había llegado un cargamento procedente de Oxford compuesto por más de un centenar de volúmenes pertenecientes a la biblioteca particular de un profesor recientemente fallecido.

Las cajas ocupaban buena parte del pasillo central y desprendían ese aroma inconfundible de los libros que habían vivido durante décadas en habitaciones secas, rodeados de madera antigua y tabaco de pipa.

Abigail disfrutaba especialmente con aquella clase de trabajo.

Cada biblioteca privada era, en cierto modo, una autobiografía escrita sin intención de ser leída.

El orden de los ejemplares, las anotaciones en los márgenes, las flores secas olvidadas entre las páginas, los billetes de tren utilizados como marcapáginas o las pequeñas manchas de tinta permitían reconstruir fragmentos de una vida desaparecida con una precisión que ningún retrato alcanzaba jamás.

Mientras clasificaban los libros, Arthur extrajo de una de las cajas un grueso volumen de filosofía griega cuya cubierta había sufrido un serio deterioro.

—Mire esto.

Abigail se acercó.

El anciano abrió el ejemplar por la primera página.

En el interior aparecía una sencilla inscripción escrita muchos años atrás.

"Para Edward. Que nunca permitas que otros piensen por ti. Tu padre."

Arthur acarició con delicadeza la dedicatoria.

—Nunca conocí al profesor, pero ya sé cuál fue el regalo más importante de su infancia.

Abigail sonrió.

—Tiene una manera muy particular de mirar los libros.

—No.

El anciano negó suavemente con la cabeza.

—Lo particular es que la mayoría solo mira las cubiertas.

Continuaron trabajando durante más de una hora sin apenas hablar.

La complicidad nacida entre ambos hacía innecesarias muchas conversaciones.

Bastaba el intercambio ocasional de un libro o una mirada para comprender qué tarea correspondía a cada uno.

Abigail empezaba a sentir que aquella librería nunca había pertenecido únicamente a Nathaniel Turner.

También era, de algún modo, el resultado de la paciencia y el afecto que Arthur había depositado entre aquellas paredes durante más de treinta años.

Poco antes del mediodía entró un hombre corpulento cuya presencia parecía llenar el establecimiento incluso antes de pronunciar una palabra.

Vestía un elegante traje color burdeos algo llamativo para el gusto británico, llevaba un bastón con empuñadura de plata que utilizaba más como complemento que por necesidad y lucía un espeso bigote perfectamente encerado que terminaba en dos pronunciadas curvas ascendentes.

Su rostro transmitía una cordialidad inmediata.

Tenía unos ojos oscuros extraordinariamente expresivos que parecían incapaces de ocultar entusiasmo alguno.

—¡Arthur, viejo conspirador de las letras!

El anciano levantó la cabeza y sonrió con auténtico afecto.

—Sebastian. Pensaba que las editoriales ya habían conseguido encerrarte definitivamente en alguno de sus despachos.

El recién llegado soltó una sonora carcajada.

—Lo intentan cada semana.

Arthur volvió la vista hacia Abigail.

—Permítame presentarle a la señorita Abigail Turner, nueva propietaria de esta casa.

El caballero realizó una impecable inclinación.

—Sebastian Whitmore. Editor, comerciante de ilusiones impresas y enemigo declarado de los correctores demasiado estrictos.

Abigail estrechó su mano.

—Un placer.

Whitmore poseía ese extraño talento reservado a algunas personas para convertir cualquier conversación en un acontecimiento agradable.

Hablaba con rapidez, acompañando las frases de gestos amplios y expresivos, pero nunca resultaba agotador.

Su entusiasmo parecía auténtico, alimentado por una curiosidad inagotable hacia cuanto sucedía en el mundo de los libros.

—Nathaniel me escribió poco antes de morir —comentó con un tono que perdió momentáneamente parte de su alegría habitual—. Me habló de usted con enorme cariño. Decía que heredaría la librería la única persona capaz de quererla tanto como él.

Aquellas palabras emocionaron discretamente a Abigail.

—Espero no decepcionarlo.

—Si continúa colocando a Browning junto a Tennyson, no lo hará.

Arthur carraspeó.

—No empieces otra vez.

Whitmore rio.

—Llevamos veinte años discutiendo sobre el orden correcto de esa estantería.

—Y llevas veinte años equivocado.

La conversación derivó pronto hacia las novedades editoriales, los hábitos cambiantes de los lectores y las crecientes dificultades económicas de algunas pequeñas librerías londinenses.

Abigail escuchaba con atención. Aquella era una faceta del oficio que apenas empezaba a descubrir.

Sebastian hablaba de imprentas, tiradas, contratos y manuscritos con la misma pasión con que otros hablaban de política o de arte.

En un momento determinado mencionó casualmente un nombre que hizo que Abigail levantara inmediatamente la vista.

—La editorial está desesperada por recibir el próximo manuscrito de Edmund Ashford.

Whitmore soltó un suspiro exagerado.

—Siempre ocurre igual. Cada nueva novela llega cuando todos estamos convencidos de que jamás volveremos a saber de él.

Abigail procuró que la curiosidad no resultara demasiado evidente.

—¿Usted tampoco lo conoce?

El editor sonrió con cierta resignación.

—Conozco a quien entrega los manuscritos.

—¿Y quién es?

—Un abogado.

—¿Nada más?

—Nada más.

Whitmore abrió las manos con gesto teatral.

—Créame, si conociera la identidad de Ashford sería el hombre más solicitado de todos los clubes literarios de Londres.

Arthur observó discretamente a Abigail.

Sabía perfectamente hacia dónde se dirigían sus pensamientos.

Aquella misma tarde, ya avanzada la jornada, la librería quedó prácticamente vacía.

Solo permanecía un joven estudiante absorto en la lectura de un tratado sobre astronomía y un anciano sacerdote que revisaba lentamente varios libros de teología.

La lluvia había cesado por fin y una luz dorada, poco habitual en Londres, penetraba por los cristales iluminando diminutas partículas de polvo que flotaban entre las estanterías como si todo el establecimiento respirara lentamente.

Fue entonces cuando la campanilla volvió a sonar.

Abigail levantó la vista.

El misterioso caballero permanecía inmóvil junto a la puerta.

No era miércoles.

Aquella simple alteración de su rutina resultó tan inesperada que durante unos segundos ambos permanecieron observándose con una ligera sorpresa compartida.

Él fue el primero en romper el silencio.

—Confío en no estar alterando demasiado el orden natural de esta librería.

Había un discreto matiz de humor en su voz.

Abigail respondió con una sonrisa.

—Reconozco que me ha sorprendido verlo un viernes.

—Yo también soy capaz de romper mis propias costumbres de vez en cuando.

Mientras hablaban, Arthur se retiró discretamente hacia el almacén con una expresión tan deliberadamente inocente que resultaba evidente que pretendía dejarlos conversar sin interrupciones.

El caballero recorrió lentamente la sección de historia antes de detenerse frente a una colección de ensayos de Samuel Johnson.

—¿Le gusta Johnson? —preguntó Abigail acercándose.

Él sostuvo el volumen entre las manos antes de responder.

—Me gusta su honestidad.

—No suele ser el primer elogio que recibe.

—Porque la honestidad rara vez resulta tan brillante como la inteligencia. Sin embargo, es mucho más difícil de mantener durante toda una vida.

Abigail tomó otro libro de la misma balda.

—¿Y qué cualidad considera imprescindible en un escritor?

El hombre permaneció unos instantes contemplando las estanterías que los rodeaban.

—La compasión.

Ella no ocultó su sorpresa.

—Esperaba que respondiera imaginación.

Él negó lentamente con la cabeza.

—La imaginación puede aprenderse. Incluso el talento mejora con los años. Pero un escritor incapaz de comprender el sufrimiento, las contradicciones y las debilidades de otras personas jamás conseguirá crear personajes que respiren. Solo construirá muñecos muy bien vestidos con palabras hermosas.

Aquella reflexión no sonó improvisada. Sonó vivida, como si hubiera sido meditada durante muchos años de trabajo solitario. Abigail lo observó con atención.

Había algo profundamente melancólico en aquel hombre.

No era una tristeza evidente, sino una especie de reserva emocional cuidadosamente construida, como si hubiera aprendido a proteger una parte esencial de sí mismo detrás de una cortesía impecable y una disciplina casi perfecta.

Cuanto más hablaba con él, más difícil le resultaba imaginarlo desempeñando una profesión ordinaria.

Su manera de mirar los libros no era la de un simple lector apasionado.

Era la de alguien que conocía desde dentro el arduo oficio de llenar páginas en blanco.

Él cerró lentamente el volumen que sostenía.

—La señorita Turner hace preguntas poco habituales para una librera.

Ella sonrió con serenidad.

—Y usted responde como alguien que lleva toda una vida escribiendo... aunque jamás lo admita.

Por primera vez desde que se conocían, el silencio que siguió no fue cómodo.

El caballero sostuvo su mirada durante varios segundos.

Después, con una educación irreprochable pero con una cautela que antes no había mostrado, dejó el libro sobre el mostrador.

—Buenas tardes, señorita Turner —dijo y abandonó la librería sin comprar absolutamente nada.

Abigail permaneció inmóvil contemplando la puerta cerrada mientras una incómoda sensación de haber avanzado demasiado deprisa comenzaba a instalarse en su conciencia.

Arthur reapareció lentamente desde el almacén.

No hizo comentario alguno. Se limitó a observar el libro que el desconocido había dejado sobre el mostrador.

Solo entonces Abigail descubrió que, entre sus páginas, asomaba un pequeño trozo de papel doblado con extraordinario cuidado. No recordaba haberlo visto antes. Lo tomó con delicadeza y lo abrió lentamente.

En él solo había una frase escrita con aquella inconfundible caligrafía elegante.

"Hay preguntas cuya respuesta deja de pertenecernos en el mismo instante en que alguien las formula."