Capítulo 4. El hombre detrás de las palabras
La lluvia acompañó a Abigail durante todo el camino de regreso desde la biblioteca hasta Russell Street, aunque apenas fue consciente de la humedad que se filtraba lentamente a través de la tela de su abrigo.
Caminaba con el paso automático de quien conoce de memoria las calles que recorre mientras la mente permanece ocupada en otra parte, reconstruyendo conversaciones, uniendo detalles aparentemente insignificantes y sometiéndolos al escrutinio de una razón que se resistía a aceptar conclusiones precipitadas.
Había aprendido desde muy joven que la imaginación era una aliada admirable para comprender la literatura, pero una consejera peligrosa cuando intervenía en la interpretación de los hechos.
Aun así, le resultaba imposible ignorar la coincidencia que acababa de descubrir.
Un escritor célebre cuya identidad parecía desvanecerse cada vez que alguien intentaba acercarse a ella; un lector desconocido que escribía en los márgenes de los libros con la elegancia, la profundidad y la naturalidad de un novelista consumado; un hombre que evitaba cualquier conversación prolongada y cuya existencia parecía cuidadosamente organizada para no dejar huellas más allá de aquellas breves frases manuscritas.
No era una prueba de nada, por supuesto, pero sí el comienzo de una pregunta que no encontraba manera de abandonar.
Cuando llegó a la librería, Arthur Holloway levantó la vista desde el mostrador con la rapidez suficiente para comprender que algo había sucedido.
—Ha encontrado una respuesta... o una pregunta mucho más complicada.
Abigail dejó los guantes sobre la madera.
—Creo que lo segundo.
El anciano sonrió con satisfacción.
—Las mejores librerías siempre producen más preguntas que respuestas.
Ella apoyó el paraguas junto a la puerta y extrajo del bolso uno de los ejemplares firmados por Edmund Ashford.
—He pasado toda la mañana investigando a este hombre.
Arthur dirigió una mirada al libro, aunque no pareció sorprendido.
—¿Y qué ha descubierto?
—Que nadie parece conocerlo.
—Eso ya es bastante más de lo que muchos descubren.
Abigail frunció ligeramente el ceño.
—¿Usted sabía que no existe información biográfica sobre él?
Arthur tardó unos segundos en responder mientras cerraba cuidadosamente un volumen de historia romana.
—Sabía que nadie había conseguido encontrarla.
—No es exactamente lo mismo.
—No.
El silencio que siguió estuvo cargado de una prudencia deliberada.
Abigail conocía ya lo suficiente al anciano para comprender que jamás mentía, pero tampoco decía todo cuanto sabía si consideraba que otra persona debía llegar por sí misma a determinadas conclusiones.
Aquella costumbre, que en ocasiones podía resultar exasperante, nacía de una profunda convicción pedagógica.
Arthur sostenía que las verdades regaladas se olvidaban con facilidad, mientras que las descubiertas mediante esfuerzo permanecían para siempre.
—¿Está insinuando algo? —preguntó finalmente.
Arthur levantó la mirada con expresión tranquila.
—Solo le sugiero que continúe observando.
Aquella respuesta, tan propia de él, la obligó a abandonar el interrogatorio.
Los días siguientes devolvieron a la librería su actividad habitual.
Sin embargo, Abigail comenzó a mirar cuanto ocurría a su alrededor con una atención nueva.
Descubrió detalles que anteriormente habrían pasado inadvertidos.
Algunos clientes adquirían sistemáticamente todas las novelas de Edmund Ashford apenas llegaban nuevas ediciones.
Otros preguntaban con insistencia si existía alguna noticia sobre una próxima publicación.
Había incluso lectores que discutían apasionadamente acerca del estilo del misterioso autor, comparándolo con los grandes novelistas ingleses del siglo anterior.
Una tarde entró en la librería el profesor Lionel Meredith, catedrático de literatura comparada en el King's College y cliente habitual desde hacía más de quince años.
Era un hombre de unos sesenta años, alto y delgado hasta la exageración, cuya abundante barba gris parecía haber sido cuidadosamente olvidada durante semanas.
Sus trajes conservaban siempre restos de tiza en las mangas y llevaba los bolsillos llenos de pequeñas tarjetas donde anotaba citas literarias que luego era incapaz de encontrar cuando las necesitaba.
Poseía una inteligencia brillante, aunque distraída, y hablaba con un entusiasmo casi juvenil cada vez que encontraba un interlocutor dispuesto a discutir sobre novelas.
—Señorita Turner —saludó mientras dejaba sobre el mostrador un sombrero completamente empapado—. Espero que conserve algún ejemplar de Las sombras de Blackmore Hall .
—Sí, profesor.
Abigail tomó uno de los libros de la estantería.
—Parece que Edmund Ashford despierta bastante interés.
El anciano abrió los ojos con entusiasmo.
—¡Bastante! Estamos hablando del novelista más fascinante de nuestra generación.
—¿Lo conoce personalmente?
El profesor soltó una carcajada.
—Si alguien afirmara conocer personalmente a Edmund Ashford, desconfiaría inmediatamente de él.
—¿Nunca ha aparecido en público?
—Jamás.
Meredith tomó el libro entre las manos con una mezcla de admiración y resignación.
—Llevo años intentando averiguar quién es.
Algunos colegas sostienen que pertenece a una antigua familia aristocrática.
Otros aseguran que es diplomático y pasa la mitad del año en el extranjero.
He escuchado teorías todavía más extravagantes.
Incluso hubo quien defendía que Ashford había muerto hacía años y que los manuscritos actuales procedían de un archivo secreto descubierto por sus editores.
—¿Y usted qué cree?
El profesor permaneció pensativo unos instantes.
—Creo que quien escribe esas novelas conoce demasiado bien el comportamiento humano como para vivir completamente aislado del mundo. Eso es lo único que me atrevo a afirmar.
Aquella respuesta quedó resonando en la mente de Abigail mucho después de que el profesor abandonara la librería.
Llegó el miércoles.
A las cuatro y ocho minutos, como si obedeciera a un reloj invisible, la campanilla volvió a sonar.
El desconocido entró con la misma serenidad habitual.
Aquella tarde llevaba un abrigo azul marino en lugar del gris acostumbrado.
La luz que penetraba por el escaparate permitía apreciar mejor algunos rasgos que antes habían permanecido ocultos.
Las finas líneas de expresión alrededor de los ojos no eran fruto de la edad, sino de la costumbre de entrecerrarlos al leer durante largas horas.
Sus manos, elegantes y de dedos largos, mostraban pequeñas manchas oscuras de tinta cerca del índice y el pulgar de la mano derecha, marcas imposibles de eliminar por completo cuando alguien escribía con frecuencia utilizando pluma estilográfica.
La observación hizo sonreír interiormente a Abigail.
«Así que escribe mucho», pensó.
El hombre depositó sobre el mostrador el libro de la semana anterior.
—Espero no haber causado demasiados estragos.
Había un matiz casi irónico en aquella frase.
—Todo lo contrario.
Abigail sostuvo el volumen entre las manos.
—Empiezo a pensar que algunos lectores comprarían el libro únicamente por sus anotaciones.
Él bajó ligeramente la mirada.
—Sería una decepción para ellos.
—¿Por qué?
—Porque las notas nunca deberían competir con el autor.
Aquella respuesta confirmó una impresión que Abigail empezaba a consolidar.
El desconocido hablaba de la escritura con una humildad difícilmente fingida.
No era la falsa modestia de quienes esperan recibir elogios, sino la actitud de alguien que concedía al acto de escribir una dignidad casi sagrada.
Mientras envolvía el nuevo libro que él había elegido, decidió aventurarse un paso más.
—¿Ha leído a Edmund Ashford?
Por primera vez desde que lo conocía, el hombre permaneció inmóvil.
No fue más que un segundo.
Un segundo apenas perceptible.
Pero Abigail lo vio.
Los ojos grises dejaron de recorrer distraídamente la librería y se fijaron en ella con una intensidad completamente distinta. No había alarma ni enfado. Solo una concentración súbita, como la de un jugador de ajedrez que acaba de descubrir una jugada inesperada.
—Sí —respondió finalmente—. He leído todas sus novelas.
—¿Le gustan?
El desconocido meditó la respuesta con un cuidado casi excesivo.
—Algunas más que otras.
—¿Cuál considera la mejor?
Una sonrisa tenue apareció en sus labios.
—La próxima.
Aquella contestación desconcertó a Abigail.
—Pero todavía no se ha publicado ninguna nueva.
Él sostuvo su mirada apenas un instante antes de responder con absoluta serenidad.
—Precisamente por eso siempre conserva la posibilidad de ser la mejor.
Tomó el paquete, inclinó la cabeza con la cortesía acostumbrada y salió de la librería.
Abigail permaneció inmóvil observando la puerta cerrada.
Arthur dejó lentamente la pluma sobre el mostrador.
—¿Ha notado algo?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Sí.
—¿El qué?
Abigail volvió la vista hacia el libro que acababa de devolver el misterioso cliente.
—Cuando pronuncié el nombre de Edmund Ashford... no reaccionó como un lector.
Arthur arqueó una ceja.
—¿Y cómo reaccionó?
Ella recordó aquella brevísima pausa, aquella respuesta cuidadosamente medida y, sobre todo, la frase que todavía resonaba en su memoria.
"La próxima."
No había sido la contestación de un admirador. Ni siquiera la de un crítico.
Había sonado con la íntima confianza de quien hablaba de una obra que aún no existía...
pero cuya existencia conocía con absoluta certeza.
Y por primera vez desde que había heredado la librería, Abigail empezó a sospechar que el hombre que cada miércoles cruzaba aquella puerta no era simplemente un lector excepcional, sino alguien que llevaba demasiado tiempo ocultándose detrás de unas palabras que todo el país admiraba sin saber realmente quién las había escrito.